jueves, 5 de diciembre de 2019

LA NIÑA DE LA SELVA


El P. Juan Ramón Moya tuvo una incansable labor pastoral durante muchos años en Huaraz. Ha escrito sus experiencias que abarcan desde su llegada a  Anguciana, hasta su paso por Ocopa.  Mucha gente lo recuerda con cariño y se han llenado de alegría al contactarlo por facebook. Colaboró en la elaboración de programas para la TV en Huaraz.
Ahora nos sorprende con una novela que prende al lector desde el principio y no lo deja escapar hasta el final.  Presenta una crítica sólida ante un fenómeno abominable que sacudió los cimientos del Perú.  Juán Ramón aborda sin cortapisas una cuestión sangrante durante los años que vivió en Huaraz. Es una novela de peculiar carácter tanto por la personalidad del autor como por el tema escogido, tanto por la agudeza de los análisis que hace como de la fina crítica a las injusticias que acarrea.

Chibolita
LA NIÑA DE LA SELVA

Juan R. Moya Santoyo

A vuelo por el  gran Amazonas.
En la confluencia del río Tambo con el río Hola nace el río Ucayali, siendo este río el más importante y principal y que junto con el río Marañón forman el río Amazonas.

El Ucayali y sus principales afluentes tienen una longitud de 2.800 kilómetros, de los cuales un ochenta por ciento son navegables.
Nuestros ríos nos dan el agua, que es nuestra vida y en algunos casos, es nuestra muerte.
De sus aguas sacamos el alimento principal, como son sus peces, para nuestro sustento y no morir de hambre.
Y por sus aguas viajamos recorriendo la amazonía de poblado en poblado


Primera Parte.

Hola, soy Lucy

Una niña nacida en un caserío olvidado de la selva amazónica del Perú.
Soy la menor de cuatro hermanos.
Huérfana de madre, pues ella murió a las pocas horas de nacer yo.
Mi padre de nombre Felipe, con más de cuarenta años, viudo, enfermo y casi ciego, pues había perdido la vista a causa de las fiebres que le ocasionaron las diferentes picaduras de serpientes y, en esas condiciones, y con mis tres hermanos (por orden de mayor a menor): José Gabriel, Francisco Javier, Felipe Andrés y Lucy Karla, hizo lo que pudo para sacarnos adelante y no morir.

Cuando tenía tan solo cinco años, mi padre nos llevó a la ciudad de Pucallpa, con la finalidad de crecer con miras hacia la prosperidad y fuera de la ignorancia a la que estaba sometida la mayor parte de la amazonía, en particular los pueblos nativos más olvidados.

Habíamos navegado por el rio Ucayali, desde mi caserío y, después de tres días de navegación, llegamos a media tarde al puerto de la Capitanía de Pucallpa.
Era la primera vez que veía una ciudad tan grande, y me quedé maravillada observando la cantidad de gente que se movilizaba en aquel puerto.
Bajamos de la lancha y, en cuanto pisamos tierra firme, se acercó un señor joven y le dijo a mi padre:
 -  ¡Hola, Felipe!, ¡Que alegría me da verte después de tantos años!
Entonces mi padre, como no veía, le preguntó:
 - ¿Quién es usted?
 - Soy Miguel, tu hermano menor.
Mi  papá y él se abrazaron.
Mi padre, nos presentó a mi tío, y mi tío nos dio la mano a cada uno de nosotros y nos dijo:
 - Su padre, que es mi hermano mayor, me mandó una carta y me comunicó de su llegada.
Como su padre está mal, ustedes se vienen a vivir conmigo, en mi casa.

Mi padre, con los ojos llenos de lágrimas, nos dijo:
  • Efectivamente, hijos, vamos a vivir en la casa de su tío Miguel.
Mi tío paró un taxi y nos llevó a su casa.
Cuando subí al carro (auto), como era la primera vez, sentí una sensación de miedo, y más susto me dio a la hora en que el carro arrancó, pues sentí que mi corazón se me iba a salir por la boca.
El taxista nos miraba como bichos raros.
Mis hermanos se miraban y se hacían cosquillas, admirados de la ciudad y de aquellas cosas que jamás habíamos visto, entre otras las motos y las bicicletas.
Yo, viendo las motos, pensaba que jamás podría manejar un aparato como ese.
Llegamos a la casa de mi tío, vivía frente a la municipalidad de Pucallpa, y nos recibieron su señora y sus hijos.
Luego de charlar mi padre con su hermano Miguel a cerca de nuestro futuro, se hizo el compromiso de acogernos y de velar por nuestra educación y desarrollo.
A mi corta edad, me sentía muy avergonzada, era tímida o, como se dice en la selva, era chunchita.

Mi padre, pese a su ceguera, tenía que buscar trabajo.
Yo me sentía mal y sola, porque mi padre regresaba tarde, cansado y, por su condición de ciego, no encontraba trabajo.
Al paso de los días, me iba dando cuenta de que éramos una carga para mis tíos.

Cuando llegó el tiempo del colegio, mi padre nos matriculó a mi hermano y a mí (mi hermano Felipe de 7 años y yo de 5), en el colegio 12-21, quedaba a dos cuadras de la casa donde vivíamos.
Mi padre estaba cada día más enfermo e incapaz de hacer nada por nosotros.
Con todos esos problemas, pues éramos una carga para mi familia, pasó ese año.

Al comenzar el segundo año de nuestra estancia en Pucallpa, mi padre, de acuerdo con mi tío, nos repartió a todos y cada uno de nosotros con distintos parientes y en distintas casas. A mí me tocó vivir en casa de mi prima Esther.

 Mi prima Esther
 Y es ahí, en la nueva casa, donde empezaron mis pesadillas a causa de las marginaciones y de los malos tratos que mi prima me hacía pasar.
Yo estaba cursando el segundo grado de primaria.
Mi padre iba con frecuencia a nuestro caserío.  
Mi prima, al regresar mi padre, lo recibía y le decía que me daba de todo y que yo estaba bien.
Él se sentía sumamente agradecido, porque desconocía cómo me trataba ella y su esposo y yo era incapaz de contarle la verdad
Me sentía triste, pues me habían separado de mi hermano Felipe, dos años mayor que yo, y estaba completamente sola en casa de mi prima, donde yo era una perfecta desconocida, sin valor alguno y hasta despreciada, era tan poca cosa…

Su casa no era un oasis de paz
Mi prima con su esposo (médico veterinario) se gritaban y se golpeaban. Yo me asustaba y me sentía mal viendo esas escenas, pues apenas contaba con seis años, entonces agarraba a mi sobrinita y me iba a fuera, para no ver...
Me trataban como si yo fuera un animal, me pegaban y me insultaban diciendo que era una chola o una india, me hacían dormir en un cajón que había estado lleno de zapatos antiguos, que después de sacar los zapatos viejos, lo acomodaron para que fuera mi catre de dormir.
No me enviaban al colegio los días completos de la semana, porque me mandaba hacer las cosas de la casa y encima tenía que cuidar de su hija.
Pasé hambre y tenía que esperar que ellos terminaran de comer para que me dieran las sobras, y me las daban a la hora que les daba la gana.
Me vestían con retazo, mi calzado eran sandalias viejas y tenía que amarrarlas con una soguilla y, así tan desarrapada, me iba al colegio, en donde era la vergüenza del salón, porque mis compañeras se apartaban de mí y me insultaban por la forma que iba vestida, por eso me sentía muy avergonzada y reprimida y creía que nadie me quería.
Pero había algo de lo cual me sentía orgullosa: en el colegio yo tenía las mejores notas y el profesor me tenía cariño, o compasión, no lo sé...
Algunos padres de mis compañeros, al verme tan haraposa, me regalaban zapatos, que sus hijos ya no utilizaban.
Realmente, el hecho de que me regalaran zapatos o ropa ya usada hacía que me sintiera acomplejada, sola, triste y abandonada.
Pero, a pesar de todo, el colegio era mi único refugio, porque era el único sitio donde yo podía estar lejos de la presencia de mi prima. Sentía pánico de regresar a su casa porque todos los días eran los mismos maltratos, por lo que sentía deseos de escaparme y no regresar nunca al seno de esa familia que estaban destruyendo mi niñez.
En el colegio muchas veces se me antojaba comer un pan con mantequilla, como lo hacían mis compañeros, pero sólo me quedaba mirarlos y tragarme la saliva o recoger del suelo el pedazo de pan que botaban, algunas veces lo recogía y me lo comía y, mientras masticaba ese pedazo de pan, se me caían las lágrimas, me llenaba de tristeza, cargada de sollozos y humillaciones.
Al regresar del colegio a la casa de mi prima, por el camino iba pensando en todo lo que me sucedía y, sin darme cuenta, llegaba a la puerta de la casa, pero deseaba profundamente que mi camino se hiciera muy largo y, a ser posible, que fuera eterno para no tener que llegar nunca.
Pero yo era una niña, ¿a dónde podía ir? y ¿en quién me iba a refugiar...?
Si la gente pudiera leer el corazón, vería como el mío iba pidiendo amor, es decir, yo necesitaba del cariño de alguien.
Mi prima me mandaba cuidar a su hija y limpiar toda la casa.
Muchas veces tenía ganas de decirle que tenía hambre, pero no lo decía por miedo.
Mientras ellos comían lo mejor, yo tenía que esperar cuidando a su hija, y no comía en la mesa, tenía que agarrar mi plato e irme a la parte trasera de la casa.

 ¡Era muy infeliz!
En mis horas de soledad, cuando ellos salían a la calle, me arrinconaba y me ponía a llorar con amargura, repitiendo el nombre de mi padre y llamando a mi mamá, que hasta ese momento ni sabía cómo se llamaba. Otras veces agarraba un pan con temor y me lo comía con lágrimas y llanto.  En varias ocasiones, cuando me sentía tan abatida, agarraba el cuchillo y trataba de matarme, total, me decía a mí misma, a nadie le importo, pero...  me daba miedo.
En la casa tenía un perro y un gato que mi padre me había regalado, y eran mis únicos compañeros y mis únicos juguetes, y con ellos comía y con ellos dormía en mi cajón de zapatos.
Cuando no hacía las cosas, tal y como mi prima quería, me empezaba a jalar de los pelos, me arrastraba por el suelo diciéndome palabras soeces y recordándome que yo era la hija de una india, y que no sabía cómo su tío podía tener una hija tan chola como yo, que mejor me muriera o cómo no me atropellaba un carro… (coche).
Algunas veces, cuando lavaba mal la ropa o cuando peleaba con su esposo, buscaba pretextos para pegarme. Tanto era su desprecio hacia mí que, cuando sus amistades llegaban a su casa y le preguntaban quién era yo, le respondía que era una chiquita que había recogido de la calle.
Me sentía tan mal y despreciada que prefería irme a esconder por algún rincón de la casa, iba con un nudo en la garganta y sintiendo por dentro lo mal que me encontraba.
Cuando estaba en algún rincón llorando, hablaba despacito a mi padre y le decía, como si él me estuviese escuchando, papito ven, ¿por qué te has ido?, ven y llévame contigo, no me dejes sola…

En el colegio me alejaba de todas.  
Me hacía la promesa de que algún día sería alguien.
Así, con esos tratos, pasé aquel año.
Llegó la clausura escolar.
Todas mis compañeras de clase llevaban a sus padres a recoger las libretas y a celebrar la clausura, iban bien vestidas y al lado de sus padres.
Yo, como siempre, me iba a un rincón del colegio, avergonzada, esperando que el profesor dijera mi nombre para entregarme la libreta a mí solita.
¡Cómo deseaba que mi padre estuviera presente!, pero no, ahí estaba yo sola y triste, con un nudo en la garganta, con un vestido viejo y unas sandalias rotas.
La gente me miraba con compasión, pero mi profesor, un buen profesor, me abrazaba, me entregaba la libreta y recalcaba a los demás niños mi dedicación, mi buen comportamiento y las buenas notas que sacaba. Cuando bajaba del estrado, con mi libreta en la mano, me encaminaba a la puerta de la salida del colegio, hacia la calle y me sentaba en una esquina.

En una ocasión, una señora que pasaba se me acercó y me dijo:
 - Niña, ¿por qué estas llorando?
Yo sin contestarle, moví la cabeza haciendo un signo de que no quería hablar, pero la señora, al ver que no quería responderla, se sentó a mi lado y sacando un pañuelo me secó las lágrimas.
 - Cuéntame, niña, por qué lloras.
Mirándola, le dije:
 - Estoy llorando porque nadie me quiere.
La señora, volvió a preguntar:
 . ¿Con quién vives?
 - “Vivo con una bruja, me maltrata mucho y quiere que me muera”.
 - ¿Tu mamá, vive?
Le dije que no, ni sé cómo se llama y nunca la he visto...
Ella me abrazó y me dijo: “no creas que nadie te quiere”.
Después de conversar un rato, me llevó a un kiosco que estaba por ahí cerca, me invitó a comer un queque con una gaseosa y, mientras tomaba mi gaseosa y comía, pensaba lo rico que era tomarse una gaseosa con una mamá.
Ya con más confianza, le conté a la señora las cosas que me sucedían en la casa de mi prima.
Un rato después me despedí de la señora que me había consolado y dado muchos consejos.



Navidad
Faltaban escasos días para la Navidad, los preparativos estaban listos, entre otros el árbol de la Navidad, bien adornado y con regalos alrededor.
Llegó el día de fiesta del Nacimiento del Niño Dios.
Mis primos salieron con su hija a comprar discos musicales de villancicos.
En ese tiempo estaba de moda el disco de villancicos interpretado por los Niños Cantores de Huaraz, lo conformaban los niños del coro de la parroquia franciscana de san Antonio de Padua, el grupo se llamaba “Paz y Bien”, felizmente lo encontraron y lo compraron.
A las doce de la noche toda mi familia estaba en la mesa y lista para cenar y brindar.
Yo, sola, en mi rincón, con mi perro y mi gato.
Todos mis primos jugaban con sus regalos.
Yo, con ropa vieja, sin nada nuevo y deseando un juguete o un pedazo de panetón y me quedé con las ganas.
Como siempre, llamaba a mi padre, pero él no estaba.

Me encantaban las flores, esas flores tan preciosas de nuestra amazonía. Yo las cogía y las llevaba a mi habitación, las trataba con mucho cariño, las acariciaba, las besaba, les decía que eran muy lindas; las veía como el mejor regalo que ha dejado Dios a niñas que, como yo, no tienen mamá. Por eso las cuidaba mucho, varias veces al día les ponía agua fresca y les hablaba, diciendo que no tengan miedo pues yo las voy a cuidar. Me pasaba un buen rato contemplando la belleza de sus colores, sus aromas y sus caprichosas formas de distinguirse y diferenciarse unas de otras, y   mis predilectas era las rosas.  
Esa noche, noche de Noche Buena, tenía a mis flores muy cerca de mí, ellas sabían de mis emociones y de mis sentimientos.
Yo, esperando que mi prima me llamara para darme algo, como pasaba el tiempo y nada..., me metí en mi cajón de zapatos y me quedé dormida, envuelta en mis harapos, hasta el día siguiente.
Muy temprano, mi prima me levantó y me dijo que limpiara todo, y que ellos iban a seguir durmiendo.
Había sobras de panetón y pavo y, yo, con desesperación me comía esas sobras, mientras limpiaba la casa.
Llegó el año nuevo y fue igual.
Ellos estrenaban buena ropa, yo como siempre sumergida en mi trabajo, tristeza y soledad. Pero no me faltaban las bellas flores de mi amazonía, porque ellas eran mi consuelo, la luz de mis ojos y el calor de mi corazón; y tampoco no me faltaba la ronronearía de mi mimoso gatito y la compañía del atento y fiel perrito.
Pasaron los meses de vacaciones.

De vuelta al colegio
Mi padre llegó en abril de 1980, apenas veía, y me decía con lágrimas en los ojos que no podía verme bien.
Al ver a mi padre tan viejo y acabado me daba pena contarle todas las cosas que me pasaba y me hacían sufrir.
Mis primos mentían diciendo a mi padre que su hija estaba bien.
Yo le decía a mi papá que me llevara con él, pero el pobre no podía, por eso tenía que seguir soportando los maltratos y humillaciones de mis primos.
Si quería ver televisión tenía que irme a una esquina de la casa; en otras ocasiones me quedaba en la casa de una vecina hablando y viendo la tele, pero cuando regresaba me caían golpes, pues era presa de las histerias de mis primos.

El día de la madre
Cuando llegó el día de la madre fue un trauma para mí, pues se hacían preparativos en el colegio y todos los alumnos iban con sus madres.
La profesora nos hacía preparar corazones con rosas rojas para regalar a nuestras madres.
El viernes, antes del domingo, día de la madre, todos teníamos los regalos listos para llevar y regalar a nuestras madres.
El día de la actuación yo, como no tenía mamá a quién llevar mi regalo, me quedaba con las ganas…
Por el camino a casa boté mi regalo, pensando en mi madre…

Algunos días, mi prima con su esposo salían con su hija y me quedaba sola. Me alegraba cuando salían, porque así no los veía y me dejaban en paz por unas horas. Entonces podía jugar con mis animales y en ellos encontraba el cariño que tanto necesitaba.
Por las noches salía al patio a mirar la luna y hablar con mi soledad, y recordar cuando, con mi padre y mis hermanos, estábamos juntos y que, a pesar de la pobreza que nos rodeaba, saciábamos el hambre con pescados recién sacados del río Amazonas, ¡Dios, qué río tan grande y abundante en peces!
Y, como yo era la menor, toda la atención de mi padre y de mis hermanos era para mí.
Pensado en estas cosas sentía cómo que un aire frío me envolvía y me llevaba a un mundo de fantasía, donde todo era hermoso y de color de rosa... Para olvidar mis penas, en mi imaginación de niña, saltaba y volaba, como saltan y vuelan los pajaritos de colores o como las mariposas, y me hacía llegar a un mundo lleno de paz, de alegría, de color, de entretenimiento, donde se respiraba amor.
Yo, en mis sueños, amaba las flores, las mariposas, los pajaritos de colores y hasta a los tigres feroces que los amansaba y les pasaba la mano sobre su cabeza peluda y, en ese mundo mágico, yo era la reina que daba vida a las cosas...

Muchas veces, el esposo de mi prima me levantaba de mi cajón de zapatos dándome  un palmazo, diciéndome: ¡levántate, carajo de mierda y no duermas tanto!.
Estaba tan harta de ellos que me mordía los labios y la impotencia me hacía dura, y no lloraba, pero dentro de mi ser les decía: “¡malditos!”
Había días que me sentía enferma de cansancio, me venían dolores de cabeza y no les decía nada por miedo, porque según ellos, yo lo hacía por ociosa y no me creían, por eso tenía que soportar mis dolores, sacar fuerzas no sé de dónde y terminar mis quehaceres.

Me sentía como abandonada de Dios.
Llegaba la temporada de vacaciones y pensar en vacaciones me daba vértigo, pues era tener que ver a mis primos a cada instante, al menos en la temporada de colegio me libraba unas horas de ellos, pero en las vacaciones tenía que soportarlos todos los días enteros.
Rogaba a Dios para que pasasen los días rápido y salir de esa tortura.

Mi padre venía, y lo hacía por temporadas, pero, al verlo tan viejo y cansado, me daba mucha tristeza y prefería callar mis penas.

Yo iba creciendo, y cada día, y cada mes y año que pasaba crecía también mi resentimiento en contra de los que me criaban.
Me había convertido en una niña arisca, antisocial, no conversaba con nadie y con mi prima sólo habría mi boca para decir sí o no.

Me alejaba de mis compañeras del colegio, pues no deseaba tener a nadie a mi lado, porque lo único que sabían decirme era:
“¡Pobrecita, no tiene mamá, es huérfana!” y, para no dar que hablar, me aislaba.
Cada año que pasaba con mi prima me trataba peor de que los anteriores, pues me veía más grandecita, y por eso me exigía mayor trabajo y mayor responsabilidad.
Fue peor cuando estuvo embarazada de su segundo hijo, ¡hay, Dios!, era una fiera, me llamaba a su cuarto para darle aire por horas.
Yo, para alegrar a mi prima y darle un toque de fragancia y buena vista a la sala donde mayormente paraba ella, le preparé un hermoso jarrón de flores, pero mi prima tan pronto lo vio, me gritó y me mandó tirar lejos las flores, pues decía que le producían alergia.
Como yo era muy tierna todavía, no sabía lo que era alergia, por eso es por lo que miraba por todas partes para ver si estaba escondida en cualquier sitio…
Poco tiempo después nació su segundo hijo, le puso de nombre Lucio, ¡qué lindo bebé! Y, por supuesto, tenía que cuidarlo yo y hacer las cosas de la casa.
Me encariñé mucho con él bebe, era mi pasatiempo más lindo, lo llamaba mi “Lusito”. Y, a medida que él crecía me quería más y me llamaba “ñaña”, me encantaba hacerlo dormir y cuidarlo

Ya tenía 10 años, estudiaba quinto de primaria.
En el gobierno del presidente Fernando Belaunde Terry corrían noticias de que había salido un partido político clandestino de nombre “Sendero luminoso”, al mando del que se hacía llamar gran estratega político Abimael Guzmán Reynoso, catedrático en la Universidad de Huamanga, Ayacucho, con miras a convertir al Perú en un país comunista, sembrando pánico y terror para los que no estaban a su merced.
Recuerdo que mi primo me amenazaba diciéndome que me iba a vender a ese señor y, yo, a mi corta edad, sentía un miedo terrible.
Lo único que tenía en mi corazón era soledad y tristeza, ¡tantas cosas juntas ...!
Un día en que fui al mercado sucedió algo que iba a separarme de mi familia, fue así:
Salí a las 9 de la mañana a hacer las compras, me quedé mirando a un joven que comía una raspadilla, aquel joven me vio, se me acercó y me dijo:
 - “¡Hola! ¿Cómo te llamas, chiquita?”.
No le respondí.
Entonces, me agarró de la mano y me dijo: “Oye, ¿cómo te llamas?” Le respondí que Lucy. Me ofreció una raspadilla y no la recibí.
A la semana lo volví a encontrar en el mercado y otra vez se acercó a mí, venía con una señorita y se quedó mirándome.
 - Oye, niña: ¿te acuerdas de mí? Ella es Sofía, es mi novia.
Les perdí el miedo y dejé que me acompañaran al mercado, esta vez le acepté comer en un kiosco y tomar gaseosa.
Me preguntaron dónde vivía, y les conté casi toda mi vida.
Cuando se despidieron, me dijeron que me iban a esperar al día siguiente.
Como me sentía a gusto con mis amigos, me demoré bastante y hasta me olvidé del tiempo para volver a casa, y por eso no me libré del castigo por mi tardanza y fue la primera vez que no sentí la pena del castigo.
A mis nuevos amigos les contaba de mis cosas, y sentí que se amargaban, cuando le comentaba sobre el mal trato que me daban mis primos.
Me prometieron verme todos los días y conocer a mi papá.
Desde que los conocí, pensaba bastante en ellos y sentía que me querían. Empecé a creer que en el mundo había también gente buena.
Al paso de los días entablé una bonita amistad con ellos, pues sentía que me brindaban cariño, mucho cariño, aquel cariño que siempre había deseado.
Me entraban ganas de llorar y reír al mismo tiempo.
En aquella temporada tenía muchos problemas en casa con mi prima por las constantes demoras en regresar a casa, pero me bastaba pensar en mis amigos para sentir una gran alegría dentro de mí, era como si una luz de esperanza se me encendiera, era sentir sufrimiento y felicidad.
¿Habrá felicidad, o solo es un sueño…?
Y empezaba a soñar con una vida bonita y meditaba mucho sobre la vida, mis anhelos y mis ilusiones. Deseaba ser importante, algo muy grande, ser alguien, tener un hogar, recuperar alguna vez a mi familia y darles la felicidad que una vez nos arrebató el destino.
Y soñaba en construir un hogar para los niños abandonados y darles el cariño que yo no tuve.
Un día mi primo encontró en mi cuaderno un pensamiento que había escrito meses antes, se lo leyó a mi prima y luego me dijo que yo estaba loca.
 Estos fueron mis pensamientos, tenían por título: “¿Qué es la vida?”
“La vida, es lo peor que le puede dar Dios al abandonado ser humano, como yo”.
“Odio al mundo y a la gente sin sentimientos, que viven dañando a los niños abandonados, como era mí caso…”
“El mundo es sólo una bola llena con seres con odio, abusando de la fragilidad de los débiles”
¡Que rabia me da la vida y que este mundo sea así!
Fueron mis pensamientos escritos, vistos desde aquel ángulo de tristeza y maltrato en que vivía.
Después de los problemas que me hicieron mis primos por el escrito, me fui al colegio.
Pero ese día, antes de llegar a mi escuela, me encontré con Paolo Russ y Sofía, me invitaron a comer, este detalle me alegró, pues estaba triste por haberme tratado mis primos de estúpida y loca, además de las dos cachetadas que me dio mi prima, diciéndome: “Eres una niña mal agradecida”.
Se lo conté a mis amigos entre sollozos, porque sabía que ellos me comprendían.
A cambio de lo que me hicieron mis primos, mis amigos me dieron una propina y me acompañaron hasta la puerta del colegio.

Una clausura feliz
Sin cambios en mi casa, más con la constante amistad que me brindaban mis amigos, llegamos al final del año escolar.
Esta vez, mí clausura fue distinta, porque me acompañaron mis amigos que pidieron y recibieron mi libreta.
No esperamos que terminara la ceremonia de entrega, me dijeron que iríamos a comer helados, hasta la hora en que tenía que regresar a mi casa.
Paolo me preguntó si mi prima alguna vez vino a acompañarme a la ceremonia, y le dije que nunca.

El bote de perfume.
Faltaban escasos días para la Navidad.
Una mañana, estando, limpiando la casa, derribé una colonia y se rompió. Con el ruido, mi prima vino y me pegó duro. Sus ojos brillaban de odio, me jaloneó de los pelos, sentía que me los sacaba y hasta chucaques sonaban en mi cabeza y luego me jaló duro de las orejas, tanto, que me sacó sangre. Fue despiadada conmigo, yo gritaba y me arrodillaba ante ella pidiéndole perdón, pues sentía pánico y terror al verla tan enfurecida.
Después de pegarme, me ordenó que me lavara la cara y limpiara todo.

LA FUGA
A media mañana, mi prima me mandó al mercado.
Me encontré con Paolo y me dijo:
 - ¿Has llorado? Pobrecita mi chiquita, cálmate, cuéntame...
Reparó en mi oreja que tenía sangre, y me abrazó muy fuerte.
“¡Esa maldita bruja!”. “Llévame a tu casa, tengo que hablar con esa mujer”.
Le dije que no, pues posiblemente me iba a pegar más.
Me llevó a un kiosco del mercado y pidió agua para lavarme la oreja, me revisó la cabeza y me encontró varios chichones.
Mi amigo, mirándome a los ojos y muy serio, dijo:
 - “Es la última vez que te maltrata, porque yo te cuidaré”.
 - ¿” Quieres venir conmigo lejos de aquí”?
Yo, sin pensarlo dos veces, le dije que sí quería irme, que para mí era el cielo escapar de todo ese tormento.
Mi pensamiento era irme lejos de mis primos y regresar algún día, cuando ya hubiera hecho realidad mis sueños. No me importaba a donde fuera, solo pensaba en escapar de sus garras y en estar lejos de su alcance.

Recogí algunas de mis cosas y, sin decir nada a nadie, salí.
No volví la vista atrás, caminé, caminé a la libertad.
Dando los primeros pasos sentí que había  un sendero de luz y escuché en mi cabeza una voz que me decía: ánimo, mira esa senda de paz y camina a tu liberación...

En la esquina me esperaba Paolo, me subió en su moto y me llevó a su cuarto, donde estaba esperando Sofía que se alegró al verme.
Paolo se lo explicó todo, y le dijo:
 - “Nos vamos los tres hoy mismo a Tingo María.
    Báñala que ahorita regreso, voy a cobrar a la gente”

Era cerca del mediodía.
Sofía me bañó, luego me sentó en su cama.
Al rato Paolo regresó con unas bolsas de compras, me vio un poco asustada y me dijo:
 - No tengas miedo, nada te va a pasar, nosotros te vamos a cuidar.
   “Mira, mi chiquita, te compré cosas”.
Después le dijo a Sofía:
 - Cámbiala, y ojalá no me haya equivocado de talla, nunca compré ropa de niños, es la primera vez.
Sofía se sorprendió de lo que Paolo había comprado, pues eran ropas de varón, y le dijo:
 - Paolo, ¿por qué compraste ropa de varón para ella?
 - Porque puede que la familia de Lucy la debe estar buscando, y por eso,  no debe vestirse de mujer, pues podrían reconocerla, pero si va vestida de varón, nadie se va a fijar y va a ser más fácil sacarla de aquí.
Sofía empezó a vestirme con la ropa nueva.
Nunca me había puesto ropa nueva, aunque fuera de varón.
Me miraba en el espejo, me sentía como una princesa o un príncipe... No podía creerlo, todo era muy bonito y ya no sentía miedo, pues me hacían sentir que les importaba y me querían.
Me puso una gorra, pero mi pelo sobresalía mucho.
Sofía le dijo que era mejor que me cortaran el pelo.
A dos cuadras de allí había un peluquero y me llevaron.
Paolo le dijo al peluquero que quería que me corte chiquito el pelo, porque tenía mucho piojo.
Me cortaron muy chiquito, parecía un varoncito completo, y me sentía más segura al estar así, sobre todo en compañía de Paolo y Sofía.
Con ellos me sentía protegida, segura y me embargaba la emoción de saber que iba a viajar lejos, muy lejos de mis primos y dispuesta a olvidarme de todo lo pasado.

 ¿Podría olvidar todo…?
Regresamos al cuarto a ordenar todo lo referente al viaje.
Fue al anochecer cuando Paolo nos dijo que iríamos a la agencia el “León de Huánuco”.
Fuimos y nos embarcamos en el carro.
El chófer y su ayudante, como conocían a Paolo y a Sofía le dijeron:
 - “Oye, Pol, ¿quién es el chiquito?
  • Es mi sobrino, lo llevo de vacaciones.
Pasamos los controles sin problemas.
Me senté en medio de Paolo y Sofía y me dormí dando riendas sueltas a mi imaginación, pensando en todo lo bueno que me estaba sucediendo.
No tenía miedo, confiaba plenamente en ellos. Tampoco me pregunté si lo que estaba haciendo era bueno o malo, suponía que sería bueno , pues ya no estaba bajo la tutela de mi prima.
¿Qué pensaría mi prima y su esposo al ver que no aparecía por su casa: ¿se alegrarían?, ¿me buscarían...? no lo sé, pero de una cosa si estoy segura, es que no llorarían por mi ausencia.
Paró el carro en un restaurante que tenía por nombre “San Juan”, bajamos a cenar.
Comí como gente, y de todo lo que   quería y ellos me miraban con mucha ternura, y se hacían bromas diciendo que Paolo iba a ser mi papá, mi papá soltero.
Yo miraba a todas partes, creía ver a mi prima con la mano en alto a punto de dame dos cachetadas y llamarme ingrata, y ese temor no se me quitaba.
Continuamos el viaje y llegamos a Tingo María, era el 23 de diciembre.
 El paradero de la agencia estaba ubicado en la Av. Raimondi, bajamos del carro y caminamos dos cuadras buscando el mercado donde comer.
Ya en el mercado nos metimos en un restaurante a tomar desayuno.
En el restaurante conocían a Paolo, pero no con su nombre, y lo saludaban con respeto.
Terminamos de desayunar y Paolo le dijo a Sofía, quédate un rato, que voy a ver el carro.
Lo esperamos un buen rato.
Apareció en un auto del comité 5, y nos llamó y nos subimos los tres.
Me di cuenta de que el chófer del carro también conocía a Paolo y a Sofía.
Paolo le preguntó al chófer cómo estaban las cosas, y le respondió que estaban bien.
El chófer le preguntó a Paolo:
  • Oye, Pol, por qué regresaste tan pronto, pensé que ibas a pasar las
  • fiestas en Pucallpa...
 - Es que no tengo nada que hacer allá, pero sí en Aucayacu

Mi nuevo hogar
Dos horas después llegamos a Aucayacu.
El carro paró en frente al estadio de aquel pueblo, bajamos del auto y entramos en una casa de color verde, de material noble (cemento), se veía que era una casa muy cómoda y había de todo.
Me sentía con un poco de vergüenza, pero Paolo me dijo que dejara atrás todos los sufrimientos, y que con el tiempo buscaremos a tu papá y hablaremos con él.
Las palabras de Paolo me sentaron tan  bien que me parecía que ya estaba en la gloria.

Como no había en la casa nada para comer, Sofía y yo fuimos al mercado.
Por la tarde Paolo sacó su moto y nos fuimos los tres a hacer más compras.
Yo me acordé de mis flores, de mis entrañables amigas, cuando vivía en casa de mi prima, y de cómo en mis momentos más tristes y amargos  me refugiaba en ellas y eran mi paño de lágrimas. Es que al verlas tan bellas y alegres daban esperanza a mi vida, por eso le rogué a Sofía que comprara un ramo para  ponerlo en la casa  y que nos alegre con el  bello don de su  brillante color y de su suave olor. Felizmente conseguimos uno de rosas rojas.

Entramos a una tienda de nombre “Roberto Carlos” y, para mi sorpresa, Sofía y Paolo me dijeron: “escoge la cama que te guste”. Escogí mi cama, y me compraron también colchón, sábanas y edredón.
Después fuimos a una boutique de niños que quedaba en la misma avenida y me compraron ropa y zapatos ya de niña.
Al atardecer regresamos a casa.
La verdad que me sentía cansada de tanto viaje y, al mismo tiempo, con tantas emociones juntas, me pareció como si todo fuera un sueño.
¡Cómo me gustaba soñar…!
Empezaron a acomodar mi cama en un cuarto que estaba vacío.
 Después me llevaron a cenar.   
 Al salir vi la alegría en las caras de la gente, las luces de colores y los árboles de Navidad encendidos.
¡Todo como un cuento de hadas¡

Es mi hija
En la mañana salimos a pasear y hacer compras para la Noche Buena.
Por la noche volvimos a salir a dar vueltas por el pueblo.
Fuimos a la casa de un amigo de Paolo, el señor Pedro y su esposa, que  nos recibieron bien y empezaron a tomar unas cervezas. Más tarde Llegaron los familiares del señor y  algunas personas que le preguntaban a Paolo:
 “Oye, Pol, ¿quién es la niña?” “Es mi hija” y como está de vacaciones, la tengo a mi lado.
Había varios niños jugando con juguetes y luces de bengala, Paolo me dijo que fuera a jugar con los niños y me dio una propina para comprar cohetes. Salió Sofía y me dijo que no me alejara.
Me uní a los niños para jugar, lo pasé muy bien correteando y gritando. Fue la primera vez que sentí verdaderamente placer y felicidad de gritar, reír y jugar sin temor a que me dieran de palos…
A cada hora y minuto que pasaba sentía que amaba más la vida, la veía de otra manera y realmente me sentía niña.
Ya iban a ser las 12 m. Sofía salió a llamarme.

Entramos a la sala, había una mesa finamente servida, me sentaron en medio de Sofía y Paolo y sirvieron la mesa para todos. Todos miraban sus relojes y empezaron a contar los segundos, se guardaba silencio, pero no cesaba de escucharse los cohetes por toda la ciudad.
Y, a las doce de la noche, en un instante, todos nos abrazamos.
 Empezaba el nuevo día.

Paolo y Sofía me abrazaron era un abrazo real y con mucho cariño y mi cuerpo se estremeció de emoción.
¡Qué diferencia a la Navidad en casa de mis primos…!
Empezaron a repartir los regalos a los niños.
Sofía sacó una caja del cuarto de la señora de la casa, me la dio y la abrí y entre otros regalos había un juego de raquetas con dos pelotas de tenis. Como era la primera vez que recibía regalos, no pude resistir la emoción y empecé a llorar sin poder controlarme, pues era lo más bonito que había recibido en mi vida.

Me acordé de mis hermanos, en especial de mi hermano Felipe y recordé todo lo feliz que éramos en nuestro monte, cuando todos estábamos juntos, aunque sin regalos.
Estuvimos hasta bien entrada la noche en casa del señor Pedro.
Regresamos a casa, entré a mi dormitorio muy cansada y me acosté, pero, aunque tenía los ojos cerrados, continué viendo por un rato luces de colores hasta que me quedé dormida.

Dinero enrollado.
Tocaron la puerta.
Bajé de la cama, eran unos señores en moto, me preguntaron por Paolo y me dijeron que lo llamara.
Salió Paolo y los saludó. Entraron en la casa y empezaron a sacar de sus bolsillos rollos de dinero. Le dijeron a Paolo que lo esperaban en la tarde en el Ramal de Zampuza. Paolo Agarró el dinero y lo contó.
Luego, cuando se despidieron. Paolo me dijo: ¿Tienes hambre?  Le dije que un poco. Pues yo tengo sueño, me voy a descansar, pero dentro de tres horas me despiertas y, efecto, lo desperté a la hora señalada.

Y salimos a comer a un restaurante que tenía por nombre “El Camionero”. Era un restaurante  , estaba en la carretera a Ramal. Después de comer jugamos sapo los tres. Paolo se encontró con sus amigos y se puso a charlar, y estuvimos como tres horas allí.

Después nos fuimos en la moto de Paolo a Ramal de Aspuzama, que quedaba a 50 minutos de Aucayacu.
 Ramal es un pueblo chiquito, de una sola calle, pero con mucha gente y repleto de bares.
Entramos en el pueblo, había motos y carros en gran cantidad, y era un bullicio total.
Nos fuimos hasta el final de la calle, paramos en una casa de madera, y unos hombres lo saludaron y entramos en la vivienda.
Dentro de la casa había mujeres y hombres que estaban tomando cervezas y  eran amigos de Paolo y Sofía.

El dueño de la casa nos invitó a pasar más al fondo. Allí, Paolo, le preguntó cuántos kilos sacaron de…: Y el tipo dijo que sacaron once kilos, y del interior de la cocina sacaron once paquetes bien envueltos con cinta adhesiva.
Paolo tomó un cuchillo y rompió por un costado un paquete, sacó un poquito de polvo blanco, lo probó y le dijo a su amigo que estaba bien.
El joven le preguntó por mí. Paolo, le contestó: Ella es mi hija.  
El joven le dijo:  Tu hija está grande
Guardaron los paquetes.
Paolo le preguntó al chico:
 . Oye, tortuga, ¿a qué hora llega el vuelo?
 - El viernes, en la madrugada, para poder entregar toda la carga Al Turco, contestó el joven. Pues mañana temprano estaré acá para tratar.
Conversaron de su negocio largo rato. Salimos de la casa y nos fuimos al puerto, donde había varios estibadores y botes de cola chica, que esperaban pasajeros.
Paolo bajó a hablar con un motorista.
Se escuchaba música de todo tipo, y las luces de los carros y de las motos eran enloquecedoras.
Ciertamente era una feria, donde la gente solo se dedicaba a divertirse y tomar cerveza. Los bares estaban llenos de hombres y mujeres y los restaurantes llenos de comensales.
Veía gente que sacaba dinero en cantidad, mayormente en dólares, pues la gente compraba y vendía en dólares.

Apareció Paolo, y nos fuimos camino a Aucayacu, paramos frente a una casa. Paolo, bajo y nos dejó en la moto.  
Sofía le dijo:
 - Dile a Ronsoco que te pague para que puedas comprar más material.  
Ya, respondió Paolo.  
Al rato salió de la casa de Ronsoco.
Día a día me iba acostumbrando más a ellos, por su trato y el cuidado que me brindaban. Yo caminaba por el pueblo con la certeza de que Paolo me protegía, por eso no tenía miedo.
El negocio de Paolo   La gente me iba conociendo como la hija de Paolo. Paolo me brindaba mucho cariño y comprensión. Me aconsejaba bastante sobre las cosas de la vida, y me puso al tanto sobre su forma de vida y a lo que se dedicaba. Yo, un poco extrañada, miré a Paolo, él me comprendió y me dijo que no era cosa del otro mundo, que él no tenía familia, que también se crio solo y que siempre supo valorarse como persona.
Esa misma noche soñé que una enorme serpiente, abriendo sus boca me enseñaba sus colmillos ponzoñosos, dispuesta a clavarlos en mi carne, pero Paolo se interpuso entre la ella y yo, entonces la serpiente decidió alejarse y no hacerme ningún daño.
Paolo y yo hablábamos mucho, y me decía que siempre le contara mis problemas sin temores, porque mientras esté en esta tierra nunca iba a permitir que me pasara nada malo.

Para año nuevo viajamos a Huánuco.
Entre otras cosas que visitamos, me llevaron a conocer la casa de la señora Cuculiza. Esta señora era muy conocida y estimada por todo el pueblo de la selva. Que yo sepa nunca estuvo envuelta en ningún negocio turbio.
Después viajamos a un pueblo que tenía por nombre Tomayquichua. Paolo y Sofía eran mayordomos de los negritos de Tomayquichua.
Había bastante gente en ese pueblo, venida de distintos sitios del Perú, para celebrar esta fiesta tradicional de Huánuco, que era costumbre por Pascua y bajada de Reyes.
Es la famosa fiesta de los “Negritos”. Una tradición muy antigua del tiempo del Virreinato que se hacía en homenaje al Niño Dios, desde el 1 al 8 de enero. En esos días la gente se distraía, comiendo, bebiendo y bailando, y se embriaga, pues había banquetes con abundante comida y bebidas de toda clase, y las orquestas de músicos amenizaban alegremente el ambiente, y todo era costeado por los mayordomos salientes.
Al término de la celebración entregan el cargo a otra pareja, con la obligación de comprometerse y brindar el mismo agasajo al año siguiente.

Regresamos a Aucayacu, llegamos casi al anochecer.
Paolo en los días siguientes iba y venía a Ramal, a veces nos llevaba con él. Con el pasar de los días me daba cuenta de cómo era el negocio del tráfico de drogas. Para la mayoría de la gente que vivía en estos poblados su ocupación principal era la producción de hojas de coca y su elaboración hasta convertirla en droga.
Cuando íbamos a Ramal, Paolo, siempre llegaba a la casa de madera, donde pesaban en unas balanzas de aguja la cantidad de paquetes envueltos en papel manteca, pegados con cinta adhesiva marrón y le ponían una marca a cada paquete, por ejemplo, donde decía: “ol” (Pol) se refería a Paolo ; después le entregaban dólares en cajas de madera cerradas.

Paolo, abrió una caja, había billetes de 100, 50, 20 y 10 dólares.
Dinero que Paolo iba entregando a los hombres conforme llegaban en sus motos o en carros, uno por uno. Jamás en mi pobre vida vi tanto dinero como el que veía en manos de Paolo.
Mientras Paolo hacía su negocio, Sofía y yo tomábamos gaseosa o comíamos lo que se nos antojaba, o nos íbamos a la orilla del río a bañarnos.
Poco a poco, mi confianza crecía más y más hacia mis protectores. Pasamos dos meses con la misma rutina.
Se acercaba el tiempo de las matrículas del año escolar y, en esos días, también empezaba la cosecha de coca en la chacra de mis protectores y era en este mes cuando se hacía más intenso el trabajo.

La chacra de Paolo.
Desde el primero de marzo,  Paolo, empezó firmemente a trabajar en su negocio.
Muy temprano partimos a Uchiza en la moto de Paolo, pasamos Ramal de Aspuzama y Madre mía y, después de dos horas, llegamos a Progreso, un pueblo también a la orilla del río y nos quedamos en un kiosco a tomar desayuno.
Un rato después partimos con dirección a Uchiza, primero llegamos a un puerto en donde se acababa la carretera. En aquel puerto, por donde pasaba el río Uchiza, había una balsa con troncos grandes y gruesos, esa balsa era de ocho troncos bien encadenados, con tres botes de madera y sus respectivos motores, eran de cola chica y con capacidad de hacer pasar a los carros, las motos y las personas que deseaban ir a la otra banda. Nos subimos en la balsa, para mí no era novedad, pues en mi pueblo de la selva también se acostumbraba ver esos transportes, que mayormente servían para transportar ganado; pero aquí estaba más modernizado, pues tenía motores.
Era la primera vez que iba a conocer aquel pueblo.
En 10 minutos llegamos a Uchiza, un pueblo muy agitado, pues las motos y los carros corrían como locos; la mayoría de los hombres que manejaban motos cargaban mochilas en sus espaldas.
Yo, que ya estaba cansada del viaje y sobre todo de estar sentada en medio de Paolo y Sofía, les dije que sentía mi cuerpo molido, pues la carretera de Aucayacu a Uchiza era un pedregal y quería descansar.
Pasamos el pueblo y al final de él nos detuvimos en un restaurante a almorzar.  Conocían a Paolo y a Sofía en ese restaurante.
Se saludaron con un señor y una señora.
Paolo me presentó como su hija, ellos le argumentaron que él había dicho que no tenía hijos. Paolo les mintió diciendo que en años pasados tuvo un romance sin importancia y que de ahí nació una hija y que la mujer lo llegó a ubicar y le entregó a su hija, pero que estaba muy contento de hacerse cargo de mí y que me quería mucho. Yo asentía con un sí a todo lo decía Paolo.  
Cuando terminamos de almorzar, continuamos nuestro viaje.
 Le pregunté a Sofía a dónde íbamos y me respondió que estábamos yendo a la chacra, que queda a unos 20 minutos más allá. Pasamos por un puente colgante y llegamos a una casa que quedaba en la misma margen derecha de la carretera, nos metimos con todo y moto por el pasto hasta que frenó la moto en la puerta de una casita.
La casita era bonita, sus ventanas eran redondas, la puerta de hierro y el edificio de material noble; había dos árboles de coco frente a la casa. Entramos en la casita, era muy cómoda, tenía una salita chiquita, dos cuartos, un baño y cocina, pero no estaba muy implementada,
Paolo le dijo a Sofía que fuera arreglando las cosas, que él iba a ir a la chacra del vecino a pedir peones para poder empezar la cosecha mañana mismo y que luego iría al pueblo a comprar gasolina para el generador de luz.
Empezamos a limpiar la casa, a trapear, a arreglar y a desempolvar los muebles. Sofía me dijo que solo estaban allí en las temporadas de cosecha, que es cada tres meses, que a veces Paolo venía cada quincena para hacer mejoras en las plantas.
A los quince minutos regresó Paolo, traía dos galones de combustible y me llamó para ayudarle a agarrar el embudo.
Detrás de la casa, había una chocita de madera, con techo de calamina, donde guardaban el motor de luz y otras cosas de implemento de las chacras, echamos el combustible al generador de luz que se encendió y empezaron a lucir los focos.
Regresamos a la casa y la encontramos casi todo bien arreglado, Sofía y yo entramos al cuarto a tender las camas.
Había dos cuartos bien equipados, un cuarto lo ocupé yo y el de la derecha lo ocupaba Paolo y Sofía.
Por la tarde, Paolo nos llamó y nos dijo que íbamos a subir al cerro para ver cómo estaba la chacra, que está a unos cinco minutos caminando.
Llegamos a un inmenso cocal y nos pusimos a revisar los árboles de coca.
Al regreso encontramos el pozo para macerar la droga, era de 10 metros de ancho por 20 metros de largo, hecho de cemento y con metro y medio de profundidad, estaba escondido entre los arbustos y era allí donde se amontonaba toda la cosecha de coca para ser molida.
Junto al pozo había tachos vacíos y bunques donde se derramaba el ingrediente (el líquido que se utiliza para la maceración de las hojas de coca). Cuando terminaron de revisar todo el rededor del pozo, caminamos como 20 pasos y llegamos a un riachuelo.
 Regresamos a la casa, ya estaba oscureciendo.
Después de cenar, mientras veíamos televisión, tocaron a la puerta. Paolo abrió la ventana, eran cuatro hombres y Paolo los saludó cordialmente y, luego de hablar, se despidieron.
Por supuesto que yo no entendía nada de lo que ellos conversaban, pero noté su modo autoritario de hablarle a Paolo.
Paolo regresó junto a nosotras y nos comentó que pasado mañana abría una reunión de los compañeros (sendero luminoso) en la chacra de Al Turco.

Sofía le preguntó a Paolo: ¿Vendrá también Lucy con nosotros?  Por supuesto que sí, le respondió.
Mientras veía televisión, con el canto de los grillos y de los sapos me quedé dormida.
Al día siguiente, mientras tomábamos desayuno con Paolo y Sofía,  me dijeron que teníamos que subir a la chacra.
Caminamos por una pendiente cerca del pozo, pasando el riachuelo, llegamos a una casita hecha de madera, con techo de paja, donde habitaban dos mujeres que nos saludaron. Le dijeron a Paolo que había 27 peones y que ya estaban cosechando.
Cerca de la casita había una plazoleta en donde se secaba la hoja de coca, la misma que nos pusimos a barrer y, terminando el trabajo, nos fuimos a ver a los peones.  
Vi como cada peón, en cada una de las hileras de sembradío, con un costal en la mano, para echar las  hojas de coca que iban sacando del árbol; algunos peones tenían mallas en las manos para evitar lastimarse a la hora de jalar las hojas; otros tenían una bola en la boca, creía que era chicle, pero me quedé con la duda en la cabeza, pues no tenía ganas de preguntar, más tarde me enteré de que estaban chacchando (masticando) hojas de coca, con el fin de no sentir el cansancio, ni el calor, ni malestar alguno, pues era una droga para ellos.

Después de ver a los peones, regresamos a la choza, era cerca ya del medio día y también regresaron los 27 peones con la cosecha de hojas de coca a la choza para pesar las hojas recogidas.
Paolo sacó una romana y un cubo y los colgó en un arco que había en la plazoleta, acto seguido vinieron los peones con su costal de hojas de coca para ser pesada uno por uno.
Paolo me llamó para que le llevase un cuaderno y un lapicero, y para ayudarle a anotar nombre por nombre y el kilaje de lo que cada uno había cosechado.
Lo controlaba por arrobas, siendo 12 kg, una arroba, después de pesada la hoja, cada peón iba a derramar la hoja en la plazoleta, para que se fuera secada por el sol.
Después de esta faena, los peones pasaron a la choza a almorzar.
Las dos mujeres que estaban en la choza se dedicaban a cocinar y a atender a los peones.
 Al término del almuerzo, los peones regresaron a sus labores, mientras que nosotras y las dos mujeres nos pusimos a voltear la hoja para que se secara más rápido, que debería ser antes de la puesta del sol.
Yo le pregunté a Paolo, por qué no la dejábamos hasta más tarde y me respondió, que en cuanto le cayera el sereno, la hoja se malograba o se quemaba y ya no servía para la elaboración, es por eso, por lo que empezamos a recoger la hoja y a llevarla a la choza y amontonarla debajo de las tarimas.
Al anochecer, empezaron a llegar los peones a pesar más hoja fresca y que guardaban también en la choza, pero la colocamos en el otro extremo, para no ser mezclada con la hoja seca.
Después de terminar todo regresamos a la casa de la pista

Sendero Luminoso
Los compañeros (Sendero luminoso)  
Estábamos en la casa de la pista descansando después de un día muy agitado en la chacra, cuando tocaron a la puerta, eran los mismos hombres que dos días antes habían venido, y nos dijeron:
Compañeros, a la reunión.
Paolo nos dijo que preparáramos nuestras chompas, y, antes de salir, le dijo a Sofía que no se olvide de poner dos termos y algunas galletas, porque nos íbamos a la reunión de los compañeros en la chacra de Al Turco y duraría toda la coche-
Sacó la moto y nos fuimos a la reunión, avanzamos como cuatro curvas, llegamos a una casita deshabitada, la cual servía como punto de encuentro de los que estaban invitados a la reunión.
Avanzamos hacia el fondo de la casa y bajo un árbol de mango,  estacionamos la moto y nos quedamos sentados en la oscuridad.
De rato en rato iba llegando gente que hacía lo mismo que nosotros.
Sería aproximadamente las 10 de la noche, cuando bajaron de un cerro un grupo de aproximadamente 26 personas, entre hombres y mujeres, venían bien armados, vestidos como de soldados y equipados con linternas y mochilas. Yo me asusté, pero Paolo me dijo que no me asuste, porque eran sus amigos.
Cuando ese grupo de personas se pusieron en medio del campo, como por arte de magia, salió gran cantidad de gente de los matorrales.
Entre las personas había madres con sus hijos, jóvenes y ancianos.
Le pregunté a Paolo quiénes eran, me respondió que eran gente del pueblo y que había asistido para la reunión.
Uno de los hombres armados habló en voz alta, diciendo:
 Compañeros, buenas noches.  Júntense un poco más.
Se presentó como el compañero camarada “Perdiz”.
La gente empezó a juntarse más, y a sentarse en el pasto.
Dos chicas sacaron una bandera roja con la hoz y el martillo, empezaron a cantar, a levantar la mano derecha y a lanzar vivas para el presidente Gonzalo.
Pasaron como dos horas hablando cosas que yo no entendía, y uno de ellos sacó un cartón rojo con letras negras, donde había advertencias y, en las cuales, decía:
Muerte a los soplones,
Muerte a las sacas vuelteras,
Muerte a los rateros,
Muerte a los cerradores, (los que se quedaban con dinero de los cocaleros que dan su droga en contraseña)
Muerte a los antirrevolucionarios,
Muerte a la dictadura.
Eso fue, a grandes rasgos, lo que pude leer.
Sentía sueño y estaba un poco asustada, pues nunca había asistido a una reunión tan rara como esa.
Ya, casi al amanecer, seis hombres encapuchados trajeron a una mujer y a un hombre y los pusieron frente a la gente reunida y los hombres encapuchados se pusieron a un costado.
Salió el compañero Perdiz a hablar, y dijo:
“Compañeros, estamos reunidos para hacer justicia en contra de estas dos personas que han sido encontradas culpables de robo, y para cumplir justicia con nuestras propias manos, de acuerdo con la ley expuesta por el presidente Gonzalo”.
Escuché la sentencia del pueblo en contra de los dos rateros.
El pueblo no deseaba la muerte de nadie, sino que se fueran de sus chacras. Pero tampoco podían oponerse a la sentencia de los terroristas.  Los encapuchados (eran los acusadores) que los había traído, ellos  sí querían que los matasen.
Al cabo, decidieron matarlos.
Una de las mujeres armadas que se hacía llamar compañera Estrella, ordenó en voz alta que todos los niños, hasta los doce años, los sacaran a la carretera, con la finalidad de que no vieran la ejecución de los rateros.
Al darme cuenta de que los iban a matar, empecé a temblar.
Paolo que me vio le ordenó a Sofía que me sacara del campo.
Empezamos a caminar por la carretera, había luna llena y llegamos a la casa, me acosté pensando en mil cosas y aterrorizada por todas las cosas que había pasado en esa reunión.
Sofía empezó a hablarme, explicándome que esas reuniones eran normales. Pero se me quitó el sueño y no pude dormir en toda la noche. En la madrugada, escuché el ruido del motor de la moto de Paolo y un gran bullicio de personas hablando en la carretera. Me levanté a mirar por la ventana y vi una gran cantidad de gente que retornaban cada cual a sus chacras.
Paolo entró, me saludó y se fue a platicar con Sofía sobre lo que había sucedido desde que nosotras regresamos.
Entré a su cuarto y le pregunté directamente si los habían matado, me contestó que sí, que no pudieron salir a favor de ellos, pues los encontraron robando chanchos (cerdos) en la chacra vecina y me dijo que no me asustara, porque mientras nosotros no hiciéramos nada malo, nada nos sucedería.


Sofía y yo comenzamos a arreglar la casa y a preparar el desayuno.
A media mañana, Paolo, se levantó, tomó su desayuno y salió al pueblo. Regresó cargando en su moto un bunker lleno de gasolina, aproximadamente de 40 litros.
Nos comunicó que teníamos que subir a la chacra porque tenía que chambear todo lo que quedaba del día y toda la noche, pues ya estaba todo listo.
Sofía y yo nos levantamos más tarde y nos fuimos a la chacra.
Al medio día, Paolo ordenó a cinco peones llenar en los costales la hoja de coca seca, para después pesarla.
Una vez henchido el costal y pesada la hoja, los peones la acarreaban al pozo de cemento que estaba casi a la orilla del riachuelo, para después seguir el proceso.
Todos los días, después del desayuno, los peones cogían sus costales y se iban a continuar con la cosecha.
Sofía y yo nos fuimos al pozo a ver a Paolo, bajamos por la pendiente y llegamos al lugar donde estaban trabajando los peones y los encontramos dentro del pozo pisoteando la coca en el agua.
Paolo, estaba a cuatro pasos más allá, donde había un cuadrado hecho con palos, como un cajón envuelto con un plástico, llamado mica y en el interior había una cantidad de líquido mezclado con otras sustancias que Paolo no quiso decirme. En el momento que llegué estaban vaciando bolsas de cal, todo esto se removía para mezclar bien con un palo que tenía clavado en la punta una hélice de plástico.
A mi parecer tenía un olor muy desagradable.
Nos quedamos allí acompañando a Paolo y observando todo el procedimiento que hacían para elaborar la droga.
Dos horas después llegaron las dos mujeres trayendo comida para los peones y para nosotros.
Terminado el almuerzo, ayudamos a sacar el líquido del cajón grande para ponerlo en dos bunques y mezclar con las hojas de coca, luego vi como se iba poniendo espeso, de color blanco y granulado para que luego se formaba como  si fuera queso.
Paolo nos hizo agarrar un mantel blanco de tela de pañal que servía para colar el contenido de los bunques y, a medida que íbamos llenando el mantel, lo iba exprimiendo con fuerza hasta convertirse el contenido en bolas.
Pasamos todo el día prácticamente juntos. Por supuesto que yo me sentía a gusto al descubrir aquellas cosas. Era un trabajo duro y pesado, hacía cansar a la gente hasta el agotamiento y sentía lástima de ellos.
Ya había tres tinas llenas de bolas de droga, que los peones ayudaron a cargar hacia la choza.
Paolo ordenó acarrear bastante agua a los cilindros que estaban fuera de la choza y, terminado el trabajo, todos nos fuimos a cenar y como ya estaba oscuro, se prendió una lámpara petromax para darle más luz a la choza.
El trabajo del proceso continuaría al día siguiente.
Los peones habían extendido una sábana atada en cuatro puntas, colocaron bajo ella un cilindro grande, en donde vaciaron después toda la droga.
No sé más porque me retiré para estar con Sofía.

A mi corta edad no podía imaginar que ese trabajo duro y pesado fuera inmoral, pues lo veía como uno más de los tantos modos de ganarse la vida.
Me desperté muy temprano.
Paolo y Sofía dormían.
Salí al campo, y no estaban los peones, pero me fijé que había una gran cantidad de hoja amontonada bajo las tarimas.
Tomé sola el desayuno que una de las mujeres me sirvió  y me dijo:
 - Tu papá está cansado, porque ha chambeado toda la noche, no lo despierte.
Obedecí y me salí a caminar otro rato por la chacra y  ya estaban los trabajadores cosechando.
Regresé y encontré a Paolo y a Sofía despiertos y me preguntaron si había desayunado, les dije que sí.
Cuando terminaron de desayunar, Paolo salió para seguir con el trabajo.
Sacó un cilindro lleno de una sustancia granulada blanca, nos llamó para ayudar a sacar una blandona de lata, que pusimos en la era. Se empezó a acarrear leña, para hacer una fogata grande. Luego se echó toda la droga dentro de la blandona y se empezó a remover para secarla y, a medida que se iba secando, se iba haciendo polvo. Cerca del medio día se terminó de secar toda la droga, que se hacía llamar base.

Al rato bajamos los tres a la casa de la carretera, cargábamos tres mochilas llenas de droga. Paolo nos hacía apurar, pues escuché que le decía a Sofía que había vuelo a la 11:30 am. y que por eso teníamos que llegar a tiempo para entregar toda la “mercancía”

Los vuelos del Narcotráfico
Ni bien llegamos a la casa, Paolo sacó la moto y nos fuimos a la casa de Al Turco y le entregó las tres mochilas.
Al Turco sacó la balanza y pesó la droga.
Media hora después una avioneta aterrizaba en la carretera, y salimos con la moto para ver el aterrizaje.
Había ocho camionetas con varios hombres armados y en el interior de cada camioneta había  varios costales llenos, los mismos que los iban entregando a un hombre que había bajado de la avioneta por la puerta trasera y estaba acompañado de otros dos hombres, que eran los que tomaban los costales y los introducían en la avioneta y después regresaban con cajas bien cerradas.

Terminado el trueque de ambos bandos, la avioneta emprendió el vuelo y los demás nos fuimos a nuestras casas.
Me explicó Paolo que esa avioneta pertenecía a los colombianos.
En mi mente se cruzaron muchos pensamientos, por todo lo que había visto y pasado en las tres últimas noches, pero, sobre todo, lo relacionado con la reunión de los compañeros.

Horas más tarde volvimos a salir con Paolo a la casa Al Turco, quien lo invitó a tomar un par de cervezas, mientras le contaba el dinero, producto de la venta.
Vi una gran cantidad de fajas de billetes de dólares que Paolo iba guardando en una mochila.
Terminando de hacer el negocio, nos retiramos de la casa y nos fuimos directamente al pueblo de Uchiza, que queda a 20 minutos de la chacra.
Nos instalamos en un hotel, era casi de noche.
Paolo guardó la mochila del dinero debajo de la cama y salimos a cenar y a ver una película.
Regresamos al hotel, ya era de noche. Paolo le dijo a Sofía que para mañana, ella y yo, teníamos que regresar a la casa de Aucayacu. Sofía le preguntó, medio celosa, que por qué quería quedarse solo. Le respondió que debía ver a los peones, y que tenía que terminar de chambear toda la hoja de la cosecha y que ella sabía muy bien que no podía dejar la chacra hasta que no terminase todo el trabajo.

El Colegio.
Sofía y yo regresamos a Aucayacu.  Descansamos un rato.
Sofía salió y yo me quedé sola en su casa.
Ya, en el silencio de mi soledad, vivieron a mi mente todos los recuerdos de las cosas ocurridas en los últimos días, en especial el juicio a los dos acusados de robo. Me entró un escalofrío `por el cuerpo pensando que era yo la sentenciada y que me sentía impotente para defenderme de esa gente armada de pistolas y desalmada de sentimientos.
El trabajo y el negocio de la droga en principio no lo vi tan mal, pues desconocía los efectos tan nocivos que causaban a las personas adictas a la droga, pero tampoco era de mi agrado.
Al regreso, Sofía, me dijo que me   había matriculado en el colegio y que al día siguiente íbamos a salir para hacer las compras.
Me sentí muy contenta, porque sabía que  no repararía en comprarme todo lo necesario para vestirme.
Era la primera vez que me vestía y escogía yo misma mi ropa, pues en años anteriores nunca supe lo que era ponerme un uniforme de colegiala ni zapatos nuevos. No solamente me compró una puesta, sino tres faldas, tres camisas, polos, shorts y zapatillas.
En ese momento me sentí muy feliz por el cariño que se me daba y, sobre todo, porque la gente que atendía en la boutique me trataba con mucha consideración.
Le preguntaban a Sofía de dónde Paolo había sacado una hija, que nunca habían sabido y cómo lo había tomado ella. Les respondía que era normal.
Al salir de la boutique agarramos un taxi y nos fuimos a una pollería.
Pasados unos días, regresó Paolo y me sorprendí cuando me abrazó, me levantó en alto, me dijo que nos había extrañado bastante y que se sentía muy feliz de tener una familia completa.

Llegó el tiempo del colegio. Ya estaba cursando el 6º grado de primaria
En mi primer día de clase me llevó Paolo al colegio.
Fue para mí como un sueño que me presentara como su hija y me sentí grande y muy orgullosa.
Habló con mi profesor y le dijo que yo era su hija y que cualquier problema se lo comunicara a él o a su señora.
Me dio mi propina y se fue, diciéndome que vendría a recogerme después de las clases.
A la salida de mis clases, Sofía y él estaban en la puerta del colegio esperándome.
Nos fuimos directamente al restaurante “El Camionero” a almorzar, jugamos al sapo y regresamos a la casa para cambiarme, pues todavía estaba con el uniforme colegial.
Por la noche salimos a hacer las compras de mis útiles escolares. El que se dedicó a escoger los útiles fue Paolo.
Era la primera vez que me compraban cuadernos bonitos y todos los demás útiles.
¡Qué diferencia tan enorme de cuando estaba en casa de mi prima!
Terminamos de hacer todas las compras y nos fuimos a cenar en
el mismo restaurante “El Camionero”, porque Sofía era muy poco de cocinar en la casa y por eso comíamos en los restaurantes. Yo comía lo que se me antojaba, y ellos no se medían en darme.

Y veía, por las expresiones de mis padres adoptivos, que se sentían muy contentos conmigo y eso me alegraba mucho.
Así transcurrieron los días.
De vez en cuando nos íbamos los fines de semana a Ramal, porque Paolo tenía su negocio con sus amigos de venta de droga. Siempre llegábamos a la misma casa de madera que tenía en Ramal y ya estaba acostumbrándome a verlo con las distintas personas que llegaban a la casa y entregarle el dinero, producto de la venta de la droga.

Vida social
De vez en cuando asistíamos a las reuniones, a invitaciones y a los distintos eventos y festivales deportivos.
Era divertido vivir en ese mundo, donde nada me mezquinaba, por el contrario, se preocupaban bastante por mi persona. Yo no cabía de felicidad, pero siempre tenía miedo de que se me escapase, pues la vida me había enseñado a desconfiar, a ser cauta, pero la felicidad y la libertad que gozaba esos días era inmensa, tanto que a veces creía que era un sueño, me gustaba soñar, notaba que me estaba haciendo otra, que poco a poco iba dejando de ser niña y no quería dejar escapar esa etapa feliz de mi vida.
Así transcurrieron los meses.



Mi primera fiesta.
Paolo le dijo a Sofía que hiciera todos los preparativos para mi cumpleaños, que sería el día de mañana, pues me harían una fiesta, a la que invitarían a todos mis amigos del colegio, más a los hijos de sus amigos y a todos los que yo invitara.
Cuando regresé del colegio encontré varios paquetes, incluso una piñata.  En la tarde, Sofía me dijo que le ayudara a llenar las tarjetas de invitación, que las entregaríamos ese mismo día, pues el loco de mi padre se había olvidado de mi cumpleaños y que esa misma mañana recién lo recordó.

Empecé a hacer las invitaciones para los amigos del colegio, mientras que Sofía hacía las invitaciones para los hijos de sus amistades.
Más tarde llegó Paolo y le preguntó a Sofía si había hecho todas las compras, le respondió que sí.
Paolo le dijo que ya había pedido que le hicieran la torta y los bocaditos en la panadería.
Por la tarde, Sofía le pidió que nos llevara a repartir las invitaciones. Salimos a repartir las invitaciones y, cuando terminamos, me llevaron a una tienda para comprarme un vestido y un par de zapatos.



Regresamos para preparar la gelatina, los refrescos y la mazamorra. Mientras Sofía y yo preparábamos la canchita, Paolo ponía la mazamorra y la gelatina a congelar.
Terminamos a las 11:30 pm y nos fuimos a dormir.
Ya, en mi cama, estaba muy emocionada por la fiesta y por todo el cariño que me profesaban y me demostraban con hechos, sentía como si realmente fuera su hija.
Y quería más a Paolo porque era un hombre muy bueno, y me daba todo el cariño de padre, de un padre comprensivo y afectuoso. A Sofía la veía como la madre que nunca tuve.
Con todo no pude escapar de mis recuerdos de niña, de aquellos años de pobreza en casa de mi padre, pobre, ciego, viudo, cargado de hijos, y lloré, lloré pensado en mi papá y en mis hermanos.
Estando al lado de mi padre y de mis hermanos nunca aspiré a regalos lujosos, ni fiestas por cumpleaños, pero me sentía feliz  por el calor de familia, pobre e incompleta, pues me faltaba mi mamá, pero me conformaba mucho al recibir un abrazo de ellos deseándome felicidad.
  
Me levanté muy temprano y me sentía como si hubiera vuelto a nacer, me fui al cuarto de Sofía y Paolo, los desperté. Sofía me abrazó y me besó. Paolo me llamó, me acerqué y me felicitó por mi cumpleaños y me dijo que me daría una sorpresa por la tarde.
Los tres preparamos el desayuno, luego me cambié y me llevó al colegio.
Al terminar mis clases, encontré a Paolo esperándome en la puerta del colegio para llevarme a la casa. Cuando llegamos, me sorprendió verla tan bien arreglada y adornada. Había una mesa grande y, sobre ella, todo tipo de bocaditos en fuentes floreadas y una piñata colgante del techo y globos y serpentinas en las paredes. En la pared había un cartel de tecnopor en donde estaba grabado mi nombre y edad, pero no era mi verdadero nombre, sino que se leía: “Lucy Carla Gómez Parra”, esos eran los apellidos de Paolo y Sofía.
Le pregunté:
 - ¿Por qué me has puesto ese nombre?
 - Es mejor que la gente empiece a creer que eres mi hija, que ese es tu verdadero nombre y apellidos.
Lejos de incomodarme, me alegré por el detalle y por la molestia que ambos se tomaron.
Sofía me llamó para que me diera prisa en bañarme y cambiarme. Van a llegar los invitados, me advirtió.
Cuando terminé de bañarme, Sofía me ayudó a arreglarme; mientras tanto, Paolo puso música.
Eran, aproximadamente, las tres de la tarde y ya no tardarían en llegar los invitados.
Paolo gritaba como loco llamándome, y es que los hombres no se dan cuenta que nosotras, las mujeres, necesitamos más tiempo para el arreglo personal, pues somos mucho más detallistas que ellos y nos gusta apurar todas las pruebas hasta quedar satisfechas.
Aquel día iba de sorpresa en sorpresa, porque, cuando bajé al salón de la fiesta, vi en el extremo de la puerta una mesa bien adornada y sobre ella una torta de tres pisos con mi nombre.
Empezó la fiesta, estuvo muy amena, pues había música para bailar y payasos para animar y alegrar.  Me sentí muy bien acompañada con mis compañeras de colegio y otros invitados que no conocía.
Paolo apareció cerca de las 5 pm, entró con un paquete muy grande, suspendió la fiesta para hablar sobre mi persona, como lo hace un verdadero padre. Terminado el discurso, me entregó un paquete que era más grande que yo, me pidió que lo abriera y era una bicicleta.
No se imaginan cuán emocionada estaba, era mi sueño dorado de niña, desde cuando vivía con mi verdadera familia y que, para entonces, era tan difícil el llegar a tener una bicicleta. Volví en mí, empecé a observar la bicicleta, abracé a Paolo y le dije:
 - “¡Gracias, papá!”.
 - Es una alegría, para mí, felicitarte en tu día, y me siento dichoso de ser tu padre.
Fue la primera vez que me salió de la boca la palabra “papá”.
Paolo no lo esperaba, porque lo vi muy sorprendido y, al mismo tiempo, feliz. Creo que lo dije para que lo escuchasen todos los invitados
Después se acercó Sofía para felicitarme y para romper la piñata.
La fiesta acabó después de las 7 p.m.

Pero muchos padres se quedaron a brindar con Paolo y Sofía.
Yo estaba muy cansada, pero, a pesar de ello, salí con los chicos a la vereda a manejar mi bicicleta.
Sería, cerca de las 9:30 p.m., y la fiesta continuaba en la casa, pero Sofía salió a llamarme y ordenó que entrara, pues era demasiado tarde y al día siguiente debía ir al colegio. Obedecí y me fui a dormir.
Pero el sueño no me vino tan pronto, pues por mis oídos escuchaba los más hermosos acordes de música y cantos alegres y divertidos; por mis ojos cerrados pasaban las más vivas imágenes de abrazos, risas, bailes y rostros cariñosos. Empecé a flotar en el aire, a subir hasta las nubes, envolverme en sus tiernas espumas y me quedé dormida.

Al día siguiente Paolo me llevó al colegio muy temprano.
En mi salón se comentó mucho sobre mi fiesta. Me sentía muy importante y, sobre todo, al escuchar los buenos comentarios sobre mis padres.


El terror.
En los días que siguieron me divertía manejando mi bicicleta por el parque y, por su puesto, con el permiso de Sofía, hasta que un martes por la tarde, Paolo me esperó muy molesto, estaba sentado en la sala de la casa, se notaba que estaba amargo conmigo y discutía con Sofía.

Paolo me ordenó que me sentara y, por vez primera, habló muy seriamente conmigo, me dijo:
 - “Estás saliendo muy seguido, cuando regreso a casa no te encuentro, puedes salir a jugar, pero no todo el día”. “En la vida no todo es juego, todo tiene su momento”.
Bueno, ya se imaginan el sermón que me dio.
Le escuché en silencio y le dije que obedecería.
Los regaños de Paolo confirmaron mis pensamientos y ciertas inseguridades que tenía a cerca de si me querían de verdad o solo eran apariencias, pero no, no lo eran, porque lo vi como a un padre preocupado  que penaba por mí, por mi seguridad.

El motivo de este sermón fue porque en aquellos días surgieron varios problemas, no solamente en la selva, sino en todo el territorio del Perú, no había ningún departamento, ni provincia a la que no se hiciera sentir el terror, por los atentados, coches bombas, camiones quemados, torres de luz derribadas, puentes destruidos, carreteras cerradas y cortadas, edificios quemados, muertes por todas partes. y las amenazas de terror de Sendero Luminoso eran incalculables, por lo que no había nadie que no sintiera temor.
Los terroristas habían entrado al pueblo, hicieron pintas en las casas con pintura roja, con vivas al partido y con rechazo al gobierno.
Se encontraban en la carretera cientos de cadáveres de personas con carteles sobre su cuerpo, que decían: “Mueran los soplones”.
La gente estaba muy asustada y se comentaba entre ellos que los terroristas habían entrado con fuerza y que estaban escondidos entre las chacras.

Pregunté a Paolo sobre esas cosas y me dijo que no temiera, porque solo atacaban a las personas que se portaban mal y que mientras evitáramos hacer algo malo no nos harían daño.
Cuando me iba al colegio, veía constantemente la movilización de la policía y del ejército solicitando documentos a los transeúntes.
Paolo también lo vio y me dijo:
“Te quiero mucho, mi chiquita, mi hija preciosa”, por eso no quiero que salgas a la calle, puede haber un atentado en cualquier momento, si estás en la calle puede pasarte cualquier cosa y es mejor que te quedes en la casa.
Por supuesto que sentí miedo, creo que recién comprendí la gravedad del problema. Ver aquello y la explicación que me dio mi padre adoptivo fue suficiente para evitar salir de la casa, a pesar de que mis amigas iban a llamarme para salir y jugar en el parque.

A principios de Julio, Paolo tuvo que irse a la chacra de Uchiza, porque se iniciaba la cosecha.
Le dijo a Sofía que se cuidara y que me prohibiera salir a la calle. Sofía también le dijo a Paolo que se cuidara, porque la situación estaba muy peligrosa. Se despidió y nos dijo que regresaría los fines de semana.
Cuatro días después que Paolo se fuera a la chacra, llegaron ocho hombres y tres mujeres a buscarlo, al no encontrarlo, le dejaron el recado a Sofía:
  “Solicitamos donación de medicinas y botas para los compañeros.”
Y, dejando un papel, se fueron.
Sofía me dijo que estaban buscando a mi papá, son los compañeros
y quieren que Paolo les apoye.
Sofía se quedó muy preocupada.  Por la tarde salió para averiguar algo más.
Busqué debajo del equipo de sonido, donde Sofía había guardado el papel, lo tomé y me puse a leerlo, entre otras cosas había escrito:
En la parte de arriba, y con las letras rojas, se leía, como una oración: ¡Viva el presidente Gonzalo!
Que Paolo tenía que cooperar con los compañeros.
Que no se resista a colaborar. Si se resiste lo considerarían contrarrevolucionario.
Que al desobedecer les podría acarrear problemas.
Y que lo invitaban a una reunión en la base 4.

Cuando Paolo regresó, Sofía le comunicó sobre la visita de los compañeros. Él se molestó y se preocupó, y dijo: ¡Carajo! ¡Cómo joden estos hijos de perra!
Sofía le preguntó si iba a colaborar, y le respondió que tenía que colaborar, porque no quería tener problemas y que iría a la reunión, pero solo.
El fin de semana nos fuimos los tres a Ramal, porque Paolo tenía que ver su negocio. En el camino encontramos gran cantidad de palos y piedras que bloqueaban la carretera marginal.
Había varias motos y carros en fila esperando que el ejército limpie la carretera.
Nosotros nos fuimos a una bodeguita, nos sentarnos y tomamos gaseosa. Paolo preguntó al dueño qué había ocurrido, le dijo que por la noche vinieron los compañeros y llamaron a la gente a reunión para decirles que debían ayudar a bloquear la carretera y que había programado un paro armado.
Minutos después, vimos llegar a numerosos soldados en los carros del ejército.
Paolo nos ordenó que nos fuéramos al fondo de la casa del señor, que aquello estaba peligroso y que podía suscitarse un enfrentamiento.
Despejar la carretera duró una hora y media.
Hasta el momento no hubo enfrentamiento.
Mientras tanto, el ejército ordenó que por precaución nadie se moviera del lugar.
Yo sentía miedo, más aun, cuando escuchaba los disparos que el ejército hacía al aire.
Al medio día pudimos seguir nuestro camino en dirección a Ramal.
 Como había transcurrido dos meses desde la primera visita a Ramal, me llamó la atención que esta vez las casas estuvieran pintadas con el símbolo de la hoz y el martillo.
Llegamos a la casa de madera, allí también comentaron con la gente sobre la reunión que había tenido el pueblo con los compañeros, que habían anunciado que en todo vuelo se pagaría cupo, que estaba prohibido hablar con la policía y que todo aquel que desobedeciera la orden moriría en manos de los compañeros.
Vi a Paolo muy preocupado.
Por la tarde, los amigos de Paolo lo invitaron a jugar football en el campo del pueblo. Sofía y yo fuimos a la parrillada “Pollo godo” para comer.
Cuando estaba anocheciendo regresamos a Aucayacu y sentía un poco de miedo, me imagino que todo el resto de la gente sentía lo mismo que yo.
En la casa, Paolo dijo a Sofía que tenía necesidad de ir a Uchiza al día siguiente, porque debía avanzar en el trabajo de la chacra.
Recuerdo que en los noticieros pasaban las noticias sobre los atentados en distintos puntos del país, sobre todo los que ocurría en la carretera de Tingo María a Aucayacu y de Uchiza a Tocache.
La zona se declaró en emergencia por el peligro de los constantes ataques subversivos.
El pueblo de Aucayacu fue ocupado por las fuerzas del ejército y de la marina.

La de-valuación
Tiempo después, llegó la “cola.”  y los “controles”.
La moneda cada día se devaluaba, cada día valía menos en comparación con el dólar. Los alimentos eran más escasos y había que hacer largas colas para comprar alimentos.
Sé agrandaban los problemas con los atentados de los terroristas.
Por los noticieros, el comando político militar emitió un comunicado, anunciando que se suspendía el desfile cívico militar por medidas de seguridad y, desde esa fecha, se imponía el toque de queda, desde las 6 p.m. a 6 am y nadie debía transitar por las calles dentro de esas horas.

28 de Julio.
En la tarde, Paolo estaba muy preocupado, se alistó, dijo que iría a la reunión de los compañeros y que regresaría al día siguiente.
Nos advirtió que no abriéramos la puerta a nadie, por ningún motivo.
Yo me sentía un poco asustada por el terror causado por los senderistas.
Por la noche, Sofía y yo nos quedamos a ver televisión hasta muy tarde, y escuchábamos disparos por los alrededores.

El 29 de Julio, Paolo regresó muy temprano, muy cansado, soñoliento y muy preocupado.
Durante el desayuno, nos dijo que los terroristas habían acordado cometer un atentado contra la base del ejército y estaban preparados para bloquear la carretera, que por la noche bajaría una columna senderista a realizar un ajuste de cuentas y que todos los traqueteros debían pagar cupo por la venta de droga.
Sofía sugirió la compra de una casa en otro lugar y Paolo respondió que lo pensaría.

Aproximadamente a las 9 p.m. escuchamos dos detonaciones cerca del río. Se interrumpió el fluido eléctrico y en los alrededores del pueblo se escuchaban disparos y explosiones, como si se estuvieran enfrentando los terroristas con las fuerzas del ejército.
Se escuchaban los gritos de los hombres:
¡Allá van! ¡Disparen, agárrenlos!  
Algunos, gritaban: ¡Maten, a esos perros!
Todo era un laberinto, griterío y disparos, fue una horrible noche.
Pensé que entrarían a la casa a matarnos, temblaba de miedo y mis dientes castañeteaban.
Recé el Padre Nuestro, pidiendo protección a Dios.
Me fue imposible acostarme, porque la cama estaba al lado de la ventana. Paolo, Sofía y yo nos sentamos debajo de la ventana. Paolo tenía un revólver en la mano.
fue una noche espantosa.
Pensé que la gente del pueblo tampoco podía dormir por el ensordecedor ruido de los disparos, de los autos y de las explosiones.
Al amanecer todo se tranquilizó.
El pueblo parecía un cementerio, no se escuchaba como otros días el ruido de los carros, motos, ni gente.  
Miré por la ventana y todas las calles estaban desiertas.
Recién, cerca ya del medio día, escuché transitar por las calles a los habitantes del pueblo.
Paolo y Sofía se despertaron y dijeron que saldrían, pero que no podían llevarme porque iban a ver un negocio.
Regresaron luego de unas horas y trajeron comida hecha para la noche.
Paolo me dijo que viajaríamos a Huánuco porque la situación estaba muy movida en el pueblo y era peligroso vivir allí.
Aquella noche fue distinta a la anterior, porque ya no había movimiento y, como estábamos en estado de emergencia, nadie transitaba a partir de las 6 p.m.
Pudimos dormir en paz y tranquilidad, pero con el oído atento al menor ruido sospechoso.
Paolo y Sofía prepararon sus maletas muy temprano y salimos a tomar un auto en dirección a Tingo María.
En el trayecto pasamos por un puente que tenía por nombre Guacamayo, estaba completamente destrozado.


En el control de Santa Lucía, la DEA fue muy estricta en la inspección y nos preguntaron por los compañeros: ¿Los han visto?  Por supuesto que ningún pasajero sabía nada, pues enseguida recordábamos la advertencia: “no hablar con el ejército”.
Vi como las casas de la carretera estaban abandonadas y con pintas en las paredes.
En la carretera quedaban huellas del bloqueo.
El único puente ileso era el puente de Independencia.
Antes de llegar a la garganta del diablo, a 20 minutos de Tingo María, vi dos cadáveres en la pista, hinchados, con la ropa destrozada, con un agujero en la cabeza y las huellas del impacto de los disparos en la espalda.

¡Todo estaba salpicado de sangre!
Los muertos tenían un cartel, que decía: “Así mueren los soplones”.
El chófer dijo que los compañeros los habían eliminado, porque los vieron charlando con gente de la DEA.
Llegamos a un pueblito muy cercano a Tingo María, llamado Naranjillo y en una zanja vi el cadáver de una mujer que tenía un cartel que decía: “Así mueren las sacas vuelteras” (adúlteras).
La patrulla del ejército vigilaba la carretera y paraba algunos ómnibus para pedir documentos.
Cuando llegamos a Tingo, Sofía tuvo que tomar una pastilla para tranquilizarse.
Nos alojamos en el hotel, muy cerca al mercado.
En la noche nos fuimos al cine, creo que más que por divertirnos, lo hicimos por terapia, para tranquilizar nuestro estado nervioso e inquieto, pero no pudimos seguir el trama, pues nuestro pensamiento era revivir las  tristes víctimas masacradas.

Tingo María.
Paolo alquiló una moto y fuimos a visitar a un amigo suyo que vivía en un pasaje de la Av. Raymondi. Era un hombre viejo, vivía solo y alquilaba habitaciones, se llamaba Diego Castillo, era de Chiclayo y vivía desde hacía muchos años en Tingo María y nos pidió que nos quedáramos en su casa.
Yo noté que este buen anciano sentía cariño por Paolo, lo trataba y lo quería como a un hijo.
Le aconsejó que comprara una casa en Tingo, y lo felicitó porque al fin había sentado cabeza y que debía pensar en su familia.
Hablaron del terrorismo y de todo lo ocurrido en la ciudad.
A media noche regresamos al hotel.
Al día siguiente salimos a comer.
Horas después, Paolo nos dijo que pensaba comprar una casa en Tingo María, además quería que yo estudiara en esta ciudad.
Pasamos todo el día andando de arriba abajo, viendo y preguntando sobre las casas en venta.
Por la tarde volvimos nuevamente donde don Diego y le dijo que deseaba encontrar una casa para comprarla.
Don Diego le propuso venderle parte de la suya y que por la casa no se preocupara, que más bien debía preocuparse por comprar cosas y, si quería, podía instalarse ese mismo día.
Para mí le recomendó un colegio que estaba muy cerca de la casa y podría matricularme en él.
Paolo aceptó, y al día siguiente nos instalamos en la casa.
Sofía le dijo que deberíamos traer las cosas de Aucayacu, nos harían falta, pero Paolo le contestó que no era necesario, porque de todos modos las cosas de Aucayacu nos hacían falta allá, ya que los fines de semana tenía que ir a trabajar.
Salimos en la tarde a comprar muebles.
Me matricularon en el colegio.
Pasamos días muy tranquilos, haciendo arreglos en la casa nueva.

Después de una semana, Paolo regresó a Aucayacu, fue solamente a hacer unos negocios y porque tenía que cobrar unas cuentas.
Cuando regresó de Aucayacu, me trajo mi bicicleta y algunas cosas que nos hacía falta en la casa.
Nos comentó que la situación en Aucayacu empeoraba día a día; que bajó el precio de la droga y los vuelos se retrasaban por el control de la DEA.

Empecé a tener amigos en mi barrio y salía a jugar con ellos, con el permiso de Sofía.
Comenzaron mis clases, iba todos días al colegio.
Paolo viajaba constantemente a Uchiza, Ramal y Aucayacu, por sus negocios.
A mediados de noviembre del 84, Paolo compró una nueva chacra en Ramal, porque el negocio del tráfico, en esa fecha, había mejorado y estaba fuerte y los grandes narcotraficantes hicieron sus bases en Ramal.
Para entonces, Paolo tenía mucho dinero y estaba levantando vuelo con grandes cantidades de droga.
Puso un radio transmisor en la casa de Tingo María, para comunicarse con los colombianos. Muchas veces contesté la radio, le pasaba la voz a Paolo o a Sofía y me fascinaba mucho estar prendida de la radio.
Se aproximaban las  Navidades.  

Navidad, del 84
Tuvimos una fiesta muy bonita en la casa y de igual manera también celebramos el Año Nuevo.
Viajamos a Huánuco a celebrar la fiesta de los negritos, a un pueblo llamado Acomayo.
A Paolo le fascinaban esas fiestas tradicionales. Estuvimos cinco días en la fiesta de los negritos.
Sofía se encontró con una amiga, que era de la familia Quiroz y su amiga le propuso que yo estudiara en Huánuco, que podía vivir en su casa, porque su abuelo daba pensión en el jirón Abtao. Sofía le contestó que lo consultaría con Paolo.
A Paolo no le pareció mal la idea, y dijo que lo pensaría.
Al día siguiente nos regresamos a Tingo María y después viajamos a Aucayacu.
Paolo nos dijo que pasaríamos las vacaciones allí, porque, como había comprado una chacra en el Ramal, teníamos que conocerla.
Pasábamos en Ramal casi todo el día, pero por las noches regresamos a la casa de Aucayacu.
En varias ocasiones nos quedamos en la casa de madera de Ramal, pues estaba a cargo de un vuelo por semana y nos encargamos de repartir el dinero a los traqueteros que se encargaban de comprar la droga.
A veces íbamos a ver los vuelos y Paolo iba con la gente bien armada. Bajaban hasta 10 cajas de la avioneta, cajas grandes de madera, llenas de dinero, que la gente de Paolo subía a las camionetas y las llevaban a la casa de madera.

Algunas veces llegaban hombres colombianos a la casa. Uno de los que pertenecían a la firma, se llamaba Sancocho, naturalmente que ese no era su nombre, y era capitalista junto con Paolo.
En muchas ocasiones llegaron los compañeros a pedirle cupo y Paolo les regalaba medicinas y botas.
A mediados de marzo del 85, estábamos regresando de Ramal, cuando un grupo de hombres armados salieron a la carretera y nos pararon, eran los compañeros y le dijeron a Paolo que necesitaban su camioneta para que los llevaran a Aucayacu.
Paolo les dijo: ¿Mi hija y mi mujer..?
Le contestaron que podían venir.
Eran cinco hombres los que se subieron a la camioneta y dimos media vuelta.
Paolo iba con miedo, temía encontrarse con una patrulla del ejército, y nos dijo que iba a embalar el carro para llegar rápido.
Estábamos con los nervios de punta.
En 20 minutos llegamos a Aucayacu, uno de los compañeros le indicó que se metiera por una pequeña carretera, que se desviaba de la carretera principal. A la entrada del camino había otros hombres que estaban esperando con linternas y estaban armados. Los hombres que estaban en la camioneta le dijeron que apagara el carro.

Cuando ya todos los hombres habían bajado, uno de ellos nos dijo que los acompañáramos a la reunión.
Paolo se quiso oponer, pero le contestó el otro que era una orden y teníamos que quedarnos, no pudimos oponernos.
En aquel lugar había un campo abierto y había concurrido mucha gente.
Paolo nos dijo: ¡Carajo!, en qué mala hora, tendremos que quedarnos hasta mañana.
Sofía extendió una toalla en el suelo y nos sentamos. Era la segunda vez que asistía a una reunión de los compañeros.
Estaba por empezar la reunión y con lo poco que entendí me di cuenta de que se llevaría a cabo un juicio popular, o sea, que ajusticiarían con sus propias manos a un grupo de personas, a los que llamaban contrarrevolucionarios.

Siendo ya avanzada la noche, llevaron a ocho hombres y dos mujeres, estaban desnudados, amarrados y vendados, cada uno en un tronco. El jefe, que era un sujeto de raza indígena, cogió una hoja donde estaba escrita la acusación, deletreaba las palabras.
Paolo dijo a Sofía en voz baja que me tapara los ojos con la toalla para evitar que viera semejante barbaridad, pero no pude evitar levantar la toalla y lo que vi fue horrible.
Con una cuerda amarraron del cuello a cada uno de los sentenciados y unos compañeros, los ejecutores, empezaron a enroscar la cuerda al rededor del cuello de los sentenciados hasta ahorcarlos. Recuerdo cómo, con desesperación, pedían clemencia y piedad.
 Los senderistas aducían que lo hacían así, para que la gente al ver lo duro de su justicia obedecieran siempre las órdenes de sendero. Era la ley del terror, de ahí que la gente los llamara terroristas o terrucos.
Lo más triste de todo fue que sus hijos, sus esposas y sus familiares estaban presentes y solo atinaban a gritar y llorar. Sentí miedo y terror, parecía una pesadilla.
A esto llaman juicio popular los senderistas.
Después de la muerte de los enjuiciados, los senderistas profirieron una serie de amenazas contra el pueblo y prosiguieron con su charla hasta el amanecer. Uno de los terroristas dijo a Paolo que podía irse.

Paolo nos apresuró y emprendimos camino a casa. Nos dijo que nosotras dos regresáramos a Tingo María, pues él tenía que quedarse.
A los seis días Paolo vino a Tingo.
Habló con Sofía y le dijo que se quedaría una temporada en casa.
En aquellos días nos enteramos que en Castillo Grande, a 10 minutos más allá de Tingo, habían salido los terroristas a cobrar cuentas a una familia muy aludida y conocida, los Caballeros de Tucán.
Según decían las personas que los conocían, eran grandes narcotraficantes, y que los terroristas les estaban ajustando cuentas por cerradores, y que ya había matado a algunos de su gente.

También se sabía que los terrucos habían puesto su base en la Florida.
Mucha gente empezó a salir del pueblo dejando sus chacras y sus casas por temor a los senderistas.
Días después salimos muy temprano al mercado, y vimos que había un grupo de policías que estaban mirando un cadáver, estaba tirado en la acera y tenía un cartel que decía: “Así mueren los soplones”.
¡Concha de su vida!, ni en la ciudad se está libre de esta porquería de gente, pensé para mis adentros.

Por la tarde nos fuimos a Castillo Grande a pasear y comprar frutas. Paolo quería comer una pachamanca en el “Aserradero” de Don Tomás, un viejo loco y carachoso.
Al pasar el puente, que separaba Castillo de Tingo, nos fijamos que todas las casas estaban pintarrajeadas con lemas senderistas.
Paolo tenía amigos en Castillo, entre ellos los hijos de los López, que eran huérfanos, pues sus padres fueron matados en la chacra.
El territorio pertenecía al más fuerte y había peleas por el poder.
Entre los grandes traficantes, estaban los Caballeros, los Tucán, los Potros, los Toros, y otros tantos que luchaban por el poder de la coca.
Había matanzas entre bandas o firmas y se disputaban los vuelos.
En Tingo María, los puntos de vuelo eran Cachicoto, Agua Sonia y Monzón y de vez en cuando íbamos a esos lugares.

Paolo tenía protección en los vuelos que hacía en Aucayacu y también de las firmas.
Muchas veces nos encontrábamos con los compañeros en la carretera.
En algunas ocasiones nos quedábamos en el restaurante, cerca del puente de la Bella Durmiente que, junto con la cueva de Las Lechuzas, da fama a este lugar y por ser dos monumentos naturales.
Tingo se hace llamar la ciudad de la bella durmiente.




Todo el entorno es un paisaje natural muy vistoso y maravilloso, por eso me encantaba Tingo María, y tiene una pródiga naturaleza. Pero me daba miedo vivir alejada y sin la protección que me daban  mis tutores, por el brote terrorista que había en aquellos tiempos.

En Huánuco
Yo soñaba con tener mucho dinero para opacar a aquellos que me hicieron mucho daño y maltrataron de niña, pero la verdad es, que cada día que pasaba, ya me importaba menos tomar revancha contra la familia de mi padre.
Recordando a mis padres y hermanos me daba mucha nostalgia, deseaba ser grande y poder sacarlos de la pobreza.
Mis sueños infantiles no los comentaba con mis tutores, era mi pensamiento privado y reservado, solo era esperar a que fuera mayor y entonces...

Ya casi a inicios de clases del año 85, Paolo y Sofía, me comunicaron que por los problemas de los terroristas por los que estaba pasando el pueblo, que había decidido mandarme estudiar a Huánuco, que estaría en una pensión y en la que me cuidaría una amiga de Sofía.
Acepté, además no me quedaba otra.
Esa era la decisión de mis tutores, aunque sentía sinceramente pena separarme de ellos.
Pero noté que ya me estaba gustando tener un poco de libertad, aunque sabía que era un peligro.

Inicio de mis clases
Viajamos a Huánuco para instalarme en la pensión de la abuela Rebeca. Ese mismo día compramos mis cosas, como una cama, cómoda y ropa. La pensión era muy bonita. La chica que me cuidaría se llamaba Rosa Loli, era una buena chica.
Paolo prometió visitarme todas las semanas o, de lo contrario, yo iría a Tingo si ellos no podían venir. Me quedé muy triste, pero sabía que lo hacían por mi bien.
Paolo deseaba que yo tratara con otro tipo de gente y que aspire a más. ¿A qué podía aspirar...?: el tiempo lo dirá...
Me alegré de que mis padres adoptivos me concedieran esa confianza, confianza que no despreciaba y hasta la deseaba, pero yo me preguntaba si realmente ya estaba preparada para esa responsabilidad, o tendría que esperar…, no estaba segura.

Por esa fecha, me matriculé en el Instituto Nacional de Cultura Daniel Alonía Robles, para estudiar música.
Mis tutores venían los fines de semana, pero no les dije que estaba estudiando música, pues no me parecía buena la idea.
Para mi cumpleaños prepararon una fiesta en Tingo, a la que invité a unas amigas y a la chica que me cuidaba.
Lo pasé muy bien y llevé de paseo a mis amigas a conocer los sitios turísticos.

Más preocupaciones
Estábamos a mediados de julio del 85, Paolo vino a verme muy preocupado. Le pregunté por Sofía y me dijo que la había dejado en la chacra. Me contó cómo los compañeros no querían que los dueños de las chacras salieran y, si salían, tenía que ser con su permiso.
Las cosas se estaban poniendo cada día peor y más peligrosas y, por último, que vendría para llevarnos a la chacra en vacaciones.
Le dejó dinero a Rosa Loli y le encargó que me cuidara bien.
En la mañana salí de compras con Paolo, y ese mismo día se fue a Tingo. Sentí un gran vacío cuando Paolo partió.
Mi corazón me anunciaba que a ese hombre, que tanto bien estaba haciendo por mí, se le venía encima algo, pero qué…
Veía la diferencia que se estaba marcando en los ojos y en el comportamiento de Paolo, antes llegaba alegre, pero esta vez estaba muy preocupado, me habló de los compañeros y de los reglamentos que había impuesto para el pueblo.

Estábamos próximos a fiestas patrias y tenía que desfilar por mi colegio.
Mandé una carta a Aucayacu para interesarme por ellos y para avisarles que me quedaría en Huánuco por ese motivo.
En aquellos días salió un comunicado en la radio, se decía que los que querían participar en el primer festival de la “Voz de Oro”, los interesados podían inscribirse en la radio JSV, y como yo tenía afición por la música, me inscribí en el festival que sería el 28 de Julio.
Mis tutores llegaron y la abuela Rebeca les permitió quedarse en mi cuarto.
Esos dos días me acompañaron en los ensayos de música.
Recuerdo que el dueño de la orquesta con quien ensayamos, el señor Federico Solís, me decía que tenía buena voz.
Yo estaba practicando la canción de Amanda Miguel: “Así no te amarán jamás”.
Mis tutores estaban muy contentos y Sofía me dijo que me compraría un vestido bonito.

El desfile.
Paolo y Sofía me acompañaron a la plaza de armas, a ver el desfile.
Los presenté a mis amigas del colegio como mis padres.
Me sentí eufórica, porque cuando pasé desfilando por delante de mis tutores, me aplaudían y me tomaban fotos.

Yo tenía doce años y cursaba el segundo año de secundaria.
Por la noche nos fuimos al festival, ese día era la semifinal en el coliseo Kotosh.
Habían asistido mis compañeros del colegio para hacerme barra, era un grupo muy escogido de amigos y amigas del Instituto.
El coliseo estaba lleno de gente y animado con muchas luces y sonidos musicales.
Todos mis compañeros me deseaban suerte al verme nerviosa, y mis tutores me acariñaban, pues se les veía la cara de orgullo.
Paolo le decía a Sofía que hasta cantante le había salido.
Fui la cuarta participante, canté bien, y el jurado analizaba.
Recuerdo que conocí a los miembros del jurado y entre ellos resaltaba la señora María Luisa Cuculiza, mujer muy bonita y a Sonia eran todas unas damas, y me impactaron por su personalidad.
Fui una de las ocho finalistas. Paolo estaba muy feliz y me dijo que si ganaba me iba a regalar algo bonito.

Sofía me compró un vestido muy bonito para la final del festival. Me llevó a la peluquería, me arreglaron el pelo, me pusieron algo de maquillaje, era la primera vez que me maquillaba y me sentía una chica importante, pero sentía que había dejado de ser una niña, para convertirme en señorita, me daba algo de sofoco.
Nos fuimos al festival. Era el mismo jurado. Fui la segunda participante y quedé en tercer puesto.
Ganó un chico que sufría de polio y que ahora es cantante, un hombre romántico. Recuerdo que cuando íbamos a los ensayos me fascinaban sus canciones, pues tenía bonita voz, era muy bueno y ganó con la canción “Susana”, fue una noche espectacular.
Nos tomamos fotos con todos los participantes y con los ganadores.  
Recibí mi regalo, como tercer participante finalista, lo recibí de las manos de la señora María Luisa Cuculiza.
Aquella noche fui muy feliz, aunque no había ganado el primer puesto, pero me sentía una estrella y estaba realizando poco a poco mis sueños de niña.
A mi corta edad conocí a gente con buena influencia y veía a mis tutores muy contentos. Les conté que estaba estudiando música y me dijeron que podía hacer todo lo que mi deseo anhelara, siempre y cuando estuviera en lo correcto y que siempre me apoyarían en mis decisiones.

Regresamos a Tingo María, estuvimos dos días en la casa y después nos fuimos a Aucayacu. Esos días, que estuvimos en Aucayacu, nos fuimos a la chacra de Uchiza, para ver lo de la cosecha.
Paolo y Sofía me llevaban al aeropuerto de Uchiza, era una pequeña pista donde llegaban las avionetas de Colombia y algunas avionetas de distintos Departamentos que hacían taxi tour.
En esos días, en la Chacra ayudábamos a Paolo a embalar la droga en cajas de cartón, que después la llevábamos a la pista de aterrizaje, por supuesto con toda su gente armada
.
Paolo tenía y manejaba mucho dinero.
A veces nos quedábamos en el pueblo, porque había fiesta con conjuntos musicales.
Paolo y Sofía me sentaban a su lado, y yo tomaba gaseosa, mientras ellos bailaban.
Paolo era un hombre al que no le gustaban los tragos, pero sí fumaba bastante y era poco de diversión, pero Sofía era alegre y por eso la llevaba.
A veces se encontraban con sus amigos y hacían una ronda. No era raro ver que todos tenían pistolas en la cintura y algunos eran sicarios de algunas firmas o vuelos.
A esa gente no era raro verlos gastar el dinero como agua. En esas fiestas, una cerveza costaba diez dólares, una gaseosa cinco, superando por mucho su precio normal.
La mayoría de las familias que asistían a esas fiestas iban con sus hijos, pero Paolo no quería que me juntara para jugar con ellos.

Pasé mis vacaciones sin novedad.
En la quincena de agosto me llevaron a Huánuco.
Comenzamos el segundo semestre del año escolar.
La cosa con la subversión seguía cada vez más fuerte, por ese motivo, Paolo, prefería tenerme en Huánuco, aunque había atentados subversivos en todo el país, pero al menos en Huánuco había más seguridad.
Lo peor era que nos estábamos acostumbrando  a las noticias rojas.
Mientras permanecía en Huánuco, como no tenía apuros económicos y tenía tiempo libre, por las noches opté por estudiar inglés en el centro de idiomas “Theo new Language Center”. A mi padre adoptivo no le molestó que estudiara inglés, por el contrario, le alegraba que quisiera superarme.
Por el pago de la academia no me preocupaba, porque Paolo me dejaba dinero suficiente, siempre me dejaba $270 para mis gastos extra; mi pensión la pagaba él personalmente, por eso vivía cómoda y sin apuros y mi cuarto estaba bien amueblado.

Mis amigas
Recuerdo que mi restaurante preferido era el “Huapri”, un lugar juvenil. Siempre salía con Rosa, la chica que me cuidaba, también tenía otras amigas, pues vivía en un sitio céntrico.
Pero, a pesar de tenerlo todo, en mi corazón siempre había un vacío y una nostalgia por mi familia que estaba lejos. ¿Qué será de mi papá…?, ¿de mis hermanos…?
Muchos días, en la madrugada, me despertaba y me invadía la desesperación por la soledad. Miraba mi mundo interior y los recuerdos venían como si fueran una película, y me preguntaba por qué me dolían tanto y lloraba con un nudo en la garganta por todos esos años de sufrimiento, sobre todo porque sabía que mi padre y mis hermanos me hacían mucha falta y no sabían nada de mí.
Bajaba de mi cama y me acurrucaba en una esquina de mi cuarto y lloraba. Y entre lágrimas y suspiros llamaba a mi madre, le preguntaba a Dios que por qué se la había llevado. No sabía cómo era ella, ni quién era, sólo sabía que murió cuando yo nací.
Creo que me engañaba pensando que yo era feliz, porque tenía a Paolo y a Sofía que me querían; pero me daba cuenta de que tener de todo lo material no era suficiente, pues yo quería un hogar con mi padre, mi madre y mis hermanos de sangre, y no tenía ese hogar propio ni hermanos de sangre.
Mis tutores que, a pesar de que los quería mucho, no llenaban del todo mi vida y, por eso, mi soledad era grande.
Paolo me prometió que ayudaría a mi padre, pero tenía miedo, porque temía que lo encarcelasen por rapto, por mi rapto.  ¡Cómo es la vida!
Desde aquel entonces me di cuenta de que no todo se puede tener en la vida. Yo tenía amor, dinero, comodidad, pero no era feliz.
Entre tristezas y alegrías pasé mis años de estudios bajo el cuidado de Rosa Loli y las visitas quincenales de Paolo y Sofía, mis padres adoptivos.

La Navidad en Tingo.
Salimos a la feria a comprar cosas. Tuve varios regalos: ropa y zapatos nuevos, entre otros.
Para año nuevo viajamos a Huánuco, a un pueblo que se llama Panao,
a una fiesta tradicional, al que había sido invitado Paolo.
Me pareció un feo pueblo y lleno de paisanos.
Llegamos donde una familia, los Huamanes, que se dedicaban a la cosecha de papas, y también sacaban vuelos en Ramal, y tenían unos carros mixtos de pasajeros y carga, viajaban por la ruta de Panao a Aucayacu.
¡Huy!, ¡qué lejos queda Panao!, está cerca de Prometea. Nada me gustaba en ese pueblo, sentía frío, un pueblo donde ni Cristo llegó.
Las paisanas usaban polleras con colores vivos, se vestían con doce polleras. Lo más chistoso era cuando se sentaban en cuclillas, en cualquier sitio, abriendo sus polleras y, cuando se levantaban, dejaban mojado el lugar porque, como no utilizaban ropa interior, en cualquier parte se agachan para orinar, eran costumbres del pueblo, a pesar de que aquella gente tenía dinero, pues la mayoría eran dueños de  cocales en la selva.
Estuvimos tres días en ese pueblo y me daba vértigo pensar en el regreso, porque la carretera parecía arruinada o camino de herradura.

Regresamos a Aucayacu, pues era el comienzo de la cosecha. Acompañé a Paolo y Sofía en la Chacra, pero debido a las constantes reuniones que los compañeros hacían en Ramal, optamos por regresar todas las tardes a Aucayacu.
Éramos poco de comer en casa, solíamos ir a un restaurante, al ya conocido Camionero, era muy bonito y con juegos recreativos.
A principios de febrero, mi tutor decidió mandar una carta a Huánuco para la chica que me cuidaba, invitándola por vacaciones a que se viniera a Aucayacu a cuidarme.
La chica aceptó, pues estaba sin trabajo.
Cuando, Rosa Loli llegó, la instalamos en mi cuarto.
Y, cuando Paolo y Sofía se iban a la chacra, yo me quedaba con Rosa Loli en el pueblo.
En una ocasión llevamos a Rosa Loli a la chacra y se quedó impresionada al ver todo lo que Paolo y los peones hacían en el pozo de maceración de la droga.
A veces nos íbamos a pasear a Ramal y Rosa se quedaba mirando cómo la gente vendía droga como pan del día.
Paolo confiaba bastante en Rosa, en varias ocasiones nos quedábamos cuidando la plata y la droga en la chacra

La emboscada terrorista
Una mañana estábamos en la chacra desayunando cuando escuchamos tiroteos en la carretera, Paolo nos dijo que posiblemente era una emboscada terrorista.
Después escuchamos como venían los helicópteros.
A toda prisa Paolo mandó a los peones al pozo para que lo tapasen con ramas y yerbas.
Una hora después, mientras estábamos conversando, aparecieron tres hombres sin camisa, con botas, armas, asustados y nos preguntaron si por allí podían salir a Caimito. Paolo les dijo que sí, que ese era el camino y les rogó que se fueran para que no comprometan su propiedad y a su familia con el ejército. Cogieron algunos víveres y se lo llevaron.
Poco después aparecieron dos personas, un hombre y una mujer herida, tenía un balazo en la pierna y el hombre la sujetaba. Llegó tan ensangrentada que nos pidió por favor que la ayudáramos, Paolo les dijo que no teníamos medicinas, pero sí le proporcionó unas vendas. Nos carajearon y el hombre le dijo a Paolo que ordenara a dos peones que ayudasen a llevarla hasta su base que quedaba en Caimito. Paolo no pudo oponerse, porque temía que los del ejército llegaran y los encontraran en la casa.
Cuando se fueron, la chica dejó un charco de sangre en la vereda, que nosotros la limpiamos asustados, porque sabíamos que la represión estaba viniendo. Rosa Loli temblaba por todo lo que había visto.

Al cabo de unas horas apareció el ejército por mi chacra. Nos preguntaron si habíamos visto a los compañeros. Paolo les dijo que nadie había pasado por allí. Pidieron documentos a todos y se fueron.
Más tarde, Paolo salió a la pista a ver si ya todo se había calmado. Regresó en una hora, nos dijo que hubo una emboscada y que ya todo estaba calmado.
Salimos todos de la chacra y nos fuimos a Aucayacu.
Paolo le dijo a Rosa Loli que estas cosas eran normales en ese sitio, y le explicó que los compañeros no fastidiaban a la gente mientras se portasen bien. De igual manera el ejército tampoco atacaba a la gente, aunque sí pedían documentos, pues solo buscaban a los compañeros.

Le explicó que los compañeros solo hacían justicia, o juicio popular, a los rateros, soplones, cerradores y los saca vuelteros  (adúlteros).
Lo cierto es que el pueblo estaba entre dos fuerzas enemigas y que para vivir tranquilos solo deberíamos portarnos bien y no estar ni con el uno ni con el otro.
Estuvimos todo el mes de febrero en Aucayacu.
El primero del marzo, Paolo, nos mandó a Tingo porque estaban ocurriendo demasiadas emboscadas en la Marginal (la carretera principal de la selva), pues los compañeros habían puesto sus bases en el Alto Huallaga y lo dominaban todo.
Toda esa zona se había convertido en zona de emergencia.
Los terroristas habían destruido las carreteras, acostumbraban a parar los carros y obligar a la gente asistir a sus reuniones.
Tuvimos varias veces que amanecer en el monte, escuchando los discursos que hacían de sus líderes comunistas. Uno de ellos era de fama internacional, como era Mao Tse Tung y el otro el ya famoso  Abimael Guzmán
Algunos jóvenes se integraban a las filas senderistas, haciendo sus juramentos. Esas cosas me parecían estúpidas, pues no tiene sentido renunciar a la libertad, dejar a la familia por un partido que ni cree en Dios.
Yo, que desde niña había vivido sin libertad, ni para comer un pedazo de pan la tenía, apreciaba mucho la verdadera libertad y la paz como lo mejor del mundo y me parecía absurdo renunciar a este bien, por defender las ideas de un hombre que no se atrevía a dar la cara y que, luego me enteré, vivía como un rey, rodeado de sirvientes.

Era abominable vivir matando gente, escondidos por el monte, eso no era vida. Por el contrario, yo soñaba con una vida tranquila y con el deseo de pasar el resto de las vacaciones en la chacra, en Ramal, en Tingo o paseando por los sitios turísticos bonitos y agradables de mi selva. Contemplar la grandeza de sus árboles, la variedad de sus animales de monte, sus campos floridos; me recreaba y soñaba con el vuelo de las aves; me prevenía de los animales feroces, al que más le temía era a las serpientes, pues ellas parecía que gozaban matando a sus víctimas, a las que primero las miraba con una frialdad espantosa, para luego tragárselas, comenzando por la cabeza.

Mi primer proyecto de novio.
 Se Iniciaron mis clases. Ese año fue distinto a los anteriores, pues conocí nuevas amistades.
En la pensión conocí a un chico que se llamaba Santos Miranda y otro chico de nombre Yelmo García, estudiaban y eran guapos y muy educados. A mi corta edad me convertí en su novia y venían a buscarme en la mañana para salir a correr; otras veces venían por las tardes y nos íbamos a pasear. Me decidí por Santos Miranda.
Rosa Loli lo sabía y me dijo que no se lo comentara a mi padre porque se negaría a aceptarlo, pues yo era muy tierna
Mis tutores venían cada quincena.
Les presenté a mis tutores a mi supuesto amigo y les pareció educado, pero no les dije que era mi novio, ni que el chico me quería mucho. Yo estaba por cumplir 13 años, él estaba en quinto de secundaria y era de Aucayacu. Paolo lo miró con cierto celo, y Sofía lo miraba con cierta inquietud o incógnita femenina, pues intuía que, yo, ya...

Mis tutores llegaron a Huánuco, para llevarme a Tingo a celebrar mi cumpleaños, pero yo no acepté, les dije que prefería pasarlo en Huánuco con mis compañeros, porque ya había hecho planes de celebrarlo en la pensión. Paolo aceptó y me dijo que iba a venir con Sofía el día de mi cumpleaños.
Hice una fiesta en la Quinta de los Charapas, con mi novio y mis amigos. Estuvieron mis tutores y, a petición mía, me regalaron una bicicleta montañera, me encantó la bicicleta.
Empecé a tener afinidad por la moda, me gustaba vestirme bien y compraba las cosas más caras.
Paolo y Sofía siempre me complacían en mis caprichos, pero con la condición de que me portase bien y que me sacara buenas notas en el colegio
.
En las vacaciones semestrales, me fui a Tingo a pasar unos días. También estuve en Aucayacu y, como mi presunto novio vivía allí, salía a pasear con él, siempre con el permiso de Sofía. Mi amiga Pancha también vivía allí, pues sus padres tenían una panadería en el pueblo.
Pasé unas vacaciones divertidas, tenía 13 años, y la vida, dentro de las dificultades que teníamos, me sonreía, me hacía vibrar, pues estaba entrando en la pubertad. ¡Todo un cambio!
Sofía fue para mí una verdadera mamá, y me fue explicando el desarrollo femenino, por el que estaba pasando y me advirtió de los peligros que se pueden correr, si una no se cuida…

A mi regreso a Huánuco, en la fiesta de aniversario de Huánuco, Santos me presentó a su amigo, llamado Joel Toledo que se enamoró de mí y yo lo acepté, pero Santos no lo sabía. Empecé a sentir emoción por estar con dos chicos. Rosa Loli lo supo y me dijo que no debería jugar con los sentimientos de los chicos; pero yo lo tomaba a juego, no sabía medir las consecuencias.

Locuras de la pubertad.
Santos era serio y Joel alegre y juguetón y muy exigente. Para poder estar con los dos intercalaba mis salidas: un día salía con uno y otro día con el otro, para mí era todo un juego.
Dos meses después, conocí a una amiga un tanto loca, pero de buena familia, ella era Mónica Pérez y me presentó chicos muy guapos y otras amigas.
Los padres de mis amigos creían que los míos eran millonarios y yo les daba la razón, pues les decía que mis padres tenían tiendas en Tingo y Aucayacu y que, como era su única hija, me daban de todo y que eran bien respetados.
Dejé de frecuentar a mis amigos de la Quinta y a mis dos novios, ya no me importaban, y para eso inventaba un pretexto para no salir. Era más divertido salir con mi amiga Elena que me presentó a unos chicos que pertenecían a un grupo musical, llamado “Séptimo Día”, un grupo roquero.
Todas mis amigas tenían novio, Elena estaba con Neto, Luisa con Cándido y yo me metí con un chico que se llamaba Eduardo.
Eran chicas guapas y los chicos eran churros.
Éramos el grupito que nos hacíamos llamar los Jai Lai, y mi grupo de amigos y amigas eran de las familias más conocidas de Huánuco.
Empecé a frecuentar las discotecas.
Recuerdo que había un local que se llama el Chun Chun, era un lugar elegante, donde se realizaban los eventos más importantes, como la semana china.
Me presentaron a Lorenzo dueño de la discoteca, “El Maxin”. Otro día, Alina me presentó a su amigo promotor de espectáculos, Diego Fernández, que nos propuso participar en un desfile de trajes típicos y aceptamos.
Diego era un chico alto, guapo, hijo de la familia Fernández. Casi todo nuestro grupo participó en el desfile. Diego nos invitaba a distintos desfiles de moda.
Todo eso era divertido.
Empecé a salir casi todas las noches y gastaba bastante dinero pues, Paolo, siempre me dejaba lo suficiente.
Rosa Loli evitaba contarles a mis padres sobre mi comportamiento para no causarles amarguras.

En todo el tiempo en que cambiaba de amistades, el único que era fiel a mi noviazgo era Santos y, aunque le hacía desaires, siempre me rogaba que no lo dejara y creo que lo quería. Aparte de él yo estaba con Eduardo y Ángel, este último era un chico alto, apuesto y divertido. Los consentía como amigos, pero alguno podría convertirse con el tiempo en mi novio verdadero, no como los que tenía hasta entonces. Estaba viviendo la vida muy apresuradamente.
Mis amigos tomaban licor y fumaban cigarrillos, pero yo me abstenía, aunque ganas no me faltaban, pero la verdad no es que me diera miedo, sino que no quería llegar hasta ese punto.
Rosa Loli me decía que yo podía salir, pero el día que regresara con olor a trago, aunque me amargara, ella avisaría a mi padre y, por supuesto, yo no quería defraudar a mis tutores.
En la soledad de mi cuarto meditaba sobre lo que hacía, y me sentía muy mal, pues me volví callejera y estaba descuidando mis estudios, dejé de ser la mejor alumna y...
Cuando Paolo llegaba a visitarme, me aconsejaba, y me sentía con la conciencia sucia.
Pero, como toda joven alocada, meditaba y al día siguiente, cuando llegaban mis amigas a llamarme para salir desaparecían mis remordimientos.
Echaba por tierra mis sueños de hacerme importante para poder un día darle en las narices a mis parientes. Pero con la alegría de vivir mi juventud entre amigos, se me iban mis sueños de niña.

Coliseo Kotosh
En noviembre, del 86 hubo un concierto de rock en el coliseo Kotosh, recuerdo que me fui con los amigos del grupo.
El grupo musical tocaba pura música rock de los años 60 y 70, como mis amigas compraban su chatita de ron, y lo escondían entre su ropa interior y algunos chicos del grupo llevaban botellas de gin con gin, también escondidas entre sus ropas, luego hacían sus combinaciones para así poder tomar licor durante la actuación. Estas trampas las hacían, porque estaba prohibido a los menores de edad tomar.
Yo me limitaba a tomar pura gaseosa y mis amigas me decían “gallina”, “miedosa”.
Me gustaba bailar, tener chicos, pero más allá de esto no me atrevía, temía que mis tutores llegaran en cualquier momento.
En esos días conocí a un chico que se llamaba Pedrito, de quien me enamoré. Un día me invitó a salir, fuimos a la discoteca “Las Cuevas” y sacó un cigarro que olía muy feo.  Me di cuenta de que estaba fumando mariguana o algo parecido, cómo no iba a darme cuenta de que era droga, pues yo conocía bien el olor del tabaco, ya que mi padre adoptivo fumaba.
El chico, empezó a reírse y caminaba como si estuviera en el aire.  Me dijo que fumara, le contesté que a mí no me gustaban esas cosas y se molestó, yo también me molesté, por eso lo mandé al diablo y me regresé a la pensión desilusionada del chico.
Le conté a Rosa, lo del cigarrillo y me dijo que mis amigos eran una sarta de vagos, pelucones y rocanroleros.
Al día siguiente, el chico, vino seguramente a disculparse, pero, como ya estaba advertida Rosa, no le permitió hablar conmigo, por eso no salí y Rosa votó al chico.
La verdad, las drogas no me llamaban la atención, pues veía droga a cada rato, hasta asco me daba, aunque mis tutores eran elaboradores de droga.
Ese año fue muy divertido para mí.
Comenzaban las vacaciones, y después de unos días nos fuimos de Tingo a Aucayacu.



El horror.
Fue en el mes de febrero del 87 que tuve que ver un espectáculo horroroso.
Fue en una tarde de regreso de Ramal a Aucayacu,  escuchamos un enfrentamiento cerca de Aucayacu, entonces Paolo desvió la camioneta al monte y nos bajamos del carro, dijo que corriéramos por el monte a escondernos, nos metimos por los matorrales sin saber qué camino tomar, solo queríamos alejarnos monte adentro, pues a nuestros oídos llegaban el ruido de disparos y de metralleta.
 Corrimos hasta que llegamos cerca de un riachuelo y buscamos un sitio donde hubiera rocas grandes y pudiéramos escondernos.
Nos dijo que no hiciéramos ruido, pase lo que pase, y nos hizo echar bien pegados entre las rocas.
Estábamos asustados, sentíamos mucho miedo, pero nadie decía nada. Estábamos muy lejos de la carretera, sería cerca de las 2 de la madrugada, pues miré el reloj, cuando escuchamos el estallido de las bombas, aparecieron los helicópteros que alumbraban con sus luces fuertes todo el monte.
Nosotros, para pasar desapercibidos, tratábamos de escondernos más y más en el hueco formado por las rocas grandes.
Amaneció. Paolo nos sacó por el monte, adivinando el camino, caminábamos por el canto del río hacia Aucayacu y nos demoramos casi tres horas para llegar al pueblo, estábamos sucios y embarrados, pero al fin llegamos sin daño.
El pueblo parecía un cementerio.
En mi mente aparece de repente la imagen de la serpiente, con su fría mirada, calculando clavar el colmillo ponzoñoso sobre sus víctimas.
Llegamos a una casita donde estaba un señor al que le contamos lo que nos había pasado, y él nos contó cómo hubo una matanza en toda la carretera, que los terroristas habían matado mucha gente y que los del ejército también habían matado gran cantidad de terrucos. Todos estábamos muy asustados, con ganas de salir corriendo del pueblo
.
Cuando salimos, para ir a mi casa, encontramos varios cadáveres tirados en las calles del pueblo, esperando ser recogidos.
Ya en casa, Paolo dijo que nos preparáramos para irnos a Tingo.
Las fuerzas del ejército iniciaban la patrulla y control de las calles, y lo mismo que el control de los carros del comité que iban a Tingo.
Esperamos un largo rato hasta que concedieran permiso de transitar nuevamente.
Mucha gente empezó a correr para ganarse los carros e irse del pueblo.
El pasaje había subido de precio, hasta 30 dólares por persona, pero a la gente no le importaba pagar el precio que fuera por la desesperación de salir del pueblo. Al fin Paolo consiguió carro y pagó extra.

La matanza de la “ponzoñosa serpiente” fue horrible
Vimos los cadáveres regados a lo largo de la carretera, ofrecían un cuadro aterrador y el olor era insoportable, por estar expuestos al sol; yacían uno detrás de otro, hinchados y cubiertos de cal.
El chófer nos contó que los terroristas habían matado a la gente que vivía en las casas de la carretera.
Luego, llegó la represión, en la noche, que también empezó a matar a quemarropa.
Los gallinazos rondaban los cadáveres, de algunos salían gusanos blancos horribles; se veían trozos de manos y piernas regados por distintos tramos de la carretera.
Los carros con los pasajeros transitaban en fila y en silencio..

La gente estaba aterrorizada, silenciosa, triste...
Las fuerzas del orden se acantonaron en algunos tramos de la carretera. Se les veía agotados, soñolientos, tristes, apenados  y asombrados del horror.
Iniciaron el embalsamiento de los cadáveres, y los llevaban a los carros.
Aún recuerdo los rostros de los cadáveres con los ojos desorbitados, algunos cuerpos estaban sin cabeza; en otros lugares se veían restos de cerebros o trozos de cuerpos mutilados.
Me fue imposible soportar y vomité.
Me era imposible comprender que seres humanos mataran de esa manera tan abominable, porque ni a un perro rabioso se le mataba de la misma manera tan despiadada.
Alucinaba pensando e imaginando cuánto habría sufrido esa gente y cómo Dios permitía esas cosas... Todo a aquello quedó grabado en mi mente.
¡Dios santo!, ver en mi país, un país democrático, ver tan sanguinaria escena.
Mi cuerpo se estremeció de terror. Paolo me abrazaba y pensé que era el fin del mundo.
Los rostros de los muertos quedaron fijos en mi mente, sobre todo sus ojos.
Las casas de las carreteras lucían pintarrajeadas, parecía que había ocurrido un terremoto, algunas estaban quemadas, también había carros quemados.
Para llegar al puente Tulumayo, en la acera de una casa, vi el cadáver de una niña, como de 8 años, otro de un niño de unos 5 años y al lado yacían los cadáveres de sus padres, estaban en fila.
No se imaginan cuánto me impresiono.
¡Santo Dios!, cómo un ser humano es capaz de matar a un niño.
Antes de llegar a Tingo María, los miembros del ejército controlaban a la gente que llegaba de Aucayacu.

Yo estaba muy mortificada y se me revolvía el estómago. Sofía estaba pálida y Paolo fumaba, sus ojos lucían hundidos por el cansancio, y me dijo que venderíamos todo lo de Aucayacu para quedarnos a vivir en Tingo.
En Tingo la gente también estaba muy inquieta.
Los carros del ejército conducían los cadáveres a la morgue del hospital. La gente observaba.
Cuando llegamos a casa nos bañamos, pues habíamos pasado toda la noche escondidos en el campo.
Sentí nauseas, pues no dejaba de pensar en todo lo que habíamos pasado y visto y quedó grabado en mi mente como una película de terror.

Esa era la vida ordinaria que se vivía en ese momento, era la vida real, tan real que al verme en el espejo me daba cuenta de que todo aquello era real, aunque dudaba, no quería creerlo, me esforzaba por engañarme y decirme a mí misma que eso que había visto no era sino producto de mi mente enferma, de una pesadilla, y que pronto despertaría.
En otras ocasiones he visto muertos, pero no como entonces. No los conté, pero no exagero al decir que habría aproximadamente 200 cadáveres.
Al día siguiente fueron enterrados en las fosas comunes que el ejército cavó.
Nosotros, como mucha gente, fuimos a ver cómo arrojaban los cadáveres en las zanjas del cementerio.
Me pregunté en dónde estarían sus familias, pues todos los que asistimos al entierro éramos curiosos.
Se sentía la sensación de muerte en todo el entorno y hasta nuestro cuerpo parecía estar muerto.
Por las noches me resistía a dormir, sentía miedo, no quería cerrar los ojos, pues a penas los cerraba  aparecía la cabeza erguida de la serpiente helada, con los fríos ojos mirándome  y una señal de veneno aparecía por la punta de su boca.
Sofía se acercaba a hablarme y me decía que no sintiera miedo. Le pedía que no apagase la luz porque necesitaba ver algo en qué concentrar mi mente y no ver las escenas de pánico del camino.
Me quedé un poco traumatizada, porque fue tal la impresión que sufrí que se me fue el hambre, y alucinaba pensando que me servían carne humana.
Cuando Paolo se dio cuenta de mi estado, me llevó al psicólogo. El doctor nos habló largo rato, y como Paolo, Sofía y yo, vivimos de cerca ese terror, aunque teníamos la misma imagen, pero eran distintos los sentimientos y emociones de cada uno, el psicólogo nos habló por separado. Sus palabras y explicaciones nos hicieron mucho bien.

Recuerdo las noticias de los periódicos y las fotos, pues los medios de comunicación estaban al día y solo se escuchaban noticias referentes a la matanza que hacían los compañeros terroristas.
Paolo estaba preocupado por la gente que había dejado en la chacra y por el carro que había dejado en el monte.
Viajó a Aucayacu a ver qué había pasado. Regresó a los dos días, estaba triste y preocupado y nos dijo que el carro estaba quemado y volteado, ya no servía; que no encontró gente en la chacra y todo lo habían robado; y que en el pozo de maceración había encontrado a un hombre muerto y que lo había enterrado en una chacra colindante a la nuestra.

Los vuelos se habían paralizado por el movimiento.
En Ramal la gente había huido, estaba casi vacío y todo se había paralizado. Para suerte, Paolo, encontró a un viejo y lo contrató para que se quedase a cuidar la chacra.

En Lima
En el mes de marzo, viajamos a Lima a pasear y a despejar nuestra mente, por ese tiempo ya estaba superando mi miedo.
Llegamos a un hotel.
Salimos a hacer compras y a la playa.
Pregunté a Paolo dónde vivía su familia, me dijo que no la tenía, y me di cuenta de que no quería hablar del tema. Años después supe de su familia, y que fueron los herederos de su fortuna, pues Paolo todo lo tenía en orden. Me alegré por ellos.
Días después viajamos a Huacho, visitamos distintos sitios de esta ciudad, como la campiña; luego fuimos a Huaura a conocer la casa que está en frente a la plaza, donde el libertador, Don José de San Martín, proclamó la independencia del Perú; llegamos hasta Paramonga y visitamos sus playas.  
Fueron unas vacaciones muy bonitas, me despejé bastante y regresamos a Tingo María.

A fin de mes, Paolo quiso trasladarme de colegio en Tingo, al colegio “Sagrada Familia”. Se fue a hablar, pero no había vacante.
Poco después conocí a Luz María, una chica interna de ese colegio y nos hicimos amigas.
Como no pude estudiar en aquel colegio, tuve que seguir mis estudios en Huánuco, pero los fines de semana, cuando estaba en Tingo, me iba al colegio Sagrada Familia para invitar a salir a mi amiga. A Paolo le cayó bien mi amiga.

En esos días los terroristas estaban convirtiendo a Tingo María en zona de emergencia.
Se escuchaba que en Castillo Grande los compañeros estaban haciendo juicios populares, matando personas.
Paolo seguía viajando a Aucayacu a ver sus negocios.

Yo como toda joven que ha superado el temor y que iba creciendo en desarrollo, fui descubriendo la vida de diversiones.
En ese tiempo, para mí todo era fácil, pues tenía todo lo que a mí se me antojaba. Paolo y Sofía me proporcionaban todas mis exigencias y, yo, para justificar mis gastos les inventaba cuentas y gastos que no existían. ¡Me estaba convirtiendo en mentirosa!  ¡Qué horror…!
Me había acostumbrado a la moda y a las discotecas.
Estaba viviendo la vida muy aceleradamente.
Puede que el motivo era porque tenía pánico a la soledad, pues cuando estaba sola en la pensión me invadía la tristeza y me ahogaba la soledad, por eso optaba por salir con mis amigas a la calle a pasear y por las noches a distraerme…
Mientras estaba acompañada no sentía temor, pero cuando estaba sola me venían los recuerdos del pasado, y sentía que mi vida no valía nada.

Estaba por cumplir los 14 años y me sentía más segura que los años anteriores.
Ya para entonces, habitualmente, le decía papá a Paolo, estaba totalmente identificada con mis tutores, los quería mucho, pues a su lado me sentía segura, con ellos no sentía temor y todas las inseguridades que antes sentía se iban debilitando.
Cuánto hubiese deseado que ellos fueran en verdad mis padres, no por lo que tenían, ni porque eran jóvenes, sino porque siempre deseé un hogar con papá y mamá.
Pero, qué podía pedirle a la vida, si no conocí a mi verdadera madre.
¿Cómo habría sido mi madre...? No sabía nada de ella, sólo que había muerto cuando yo nací. Y la tristeza que llevaba en mi corazón por mi anciano padre, siempre me preguntaba cómo estaría, ¿qué sería de él...? Con todo, el terror de la fría mirada de la serpiente no se iba de mi mente y me atormentaba.
El mes de mayo fue un mes negro para mí.





Muerte de mis Tutores.
A fin de mes Sofía me llamó a Huánuco, y la noté preocupada, pues me dijo que pidiera permiso y viajara urgente a Tingo. Le dije a Rosa Loli que tenía que viajar a Tingo, era el 28 de mayo del 84.

Cuando llegué, encontré a Sofía y a dos peones de la casa, y me dijeron que Paolo tenía problemas con los compañeros en Ramal de Aspuzama, porque había mandado a Colombia 1,300 kg, de droga, en contra entrega, y que el colombiano le había cerrado y como los campesinos le habían dado la droga, en contra entrega, pensaban que Paolo los estaba cerrando, y querían su dinero, a como dé lugar. Paolo no podía responder por la mercancía, pues no tenía noticias de los colombianos.
Entonces, los campesinos, habían llamado a los compañeros de la columna senderista para que les hicieran justicia.
Yo me sentí muy desmoralizada y le rogué a Sofía para que me llevara a Ramal, pues no quería llevarme.
Me dijo que ella sola lo iba a solucionar. Yo me encapriché, y como ya era señorita me sentía capaz de apoyar al hombre que me dio su apellido y su cariño incondicional.
Me aterraba la idea de que lo matasen, porque de los compañeros se podía esperar todo tipo de sanciones brutales.
Mi corazón latió con desesperación, hasta entonces no me había dado cuenta de cuánto lo quería, era inmenso mi amor por él y, además, le debía todo lo bueno de mi vida.
Partimos a Ramal con los peones. Esas dos horas de viaje me parecieron interminables. Llegamos como a las siete de la noche. Sofía lloraba. Llegamos a la chacra.
Los peones estaban tristes y preocupados. Nos dijeron que los compañeros habían llevado a Paolo a la base de “Caimito”.
Nosotras, con tres peones, nos equipamos con linternas y dos pistolas y partimos hacia el monte de Caimito.
Caminamos casi 4 horas. En ese momento no sentíamos miedo, aunque todo estaba oscuro. Miraba a todas partes, me parecía que la abominable y astuta serpiente me seguía.


Cuando llegamos al pueblito, nos comunicamos con un compañero del pueblito y nos dijo que a Paolo lo tenían en la base 4, al otro lado del cerro. Le rogamos que nos llevara y el compañero nos guio.
Llegamos a unos tambitos y, en una curva antes de llegar, salieron cuatro hombres, eran compañeros de Sendero, estaban bien armados, escondidos detrás de los árboles y nos pararon.
Se acercó el compañero y dio su clave, dando vivas al presidente Gonzalo y se identificó con ellos. Le dijo que íbamos a conversar con el compañero mando logístico de la base, que Sofía era esposa de Paolo y yo su hija.
Nos hicieron pasar al campamento, pero sucedió algo que me heló la sangre, pues, cuando salió el jefe de la base, ordenó que nos encerraran a mí y Sofía.
Nos metieron en una casita de madera, bien amarradas de pies y manos. Sofía les preguntó por qué nos hacían esto. Uno de ellos le respondió que Paolo había dicho que Sofía sabía dónde estaba el dinero de la mercadería de la droga. Sofía le respondió que ella no sabía nada. Les rogó mucho que la dejaran hablar con Paolo.
No hicieron caso a su súplica y nos dejaron encerradas.

Casi a medio día ingresaron a sacar a Sofía, a mí me desataron y me condujeron a donde estaba el mando logístico, el cual me dijo que a mí no me harían nada.
Le pregunté por qué mi padre estaba allí y por qué también Sofía iba a ser enjuiciada. La respuesta fue que había una acusación contra ellos.
Le pedí de rodillas que me dejaran verlos.
Miré a sus ojos, los vi fríos, como los ojos de la serpiente que te clava con sus colmillos su veneno ponzoñoso y pronto a devorarte, así veía al mando logístico.
Nada podía esperar... Estaba desesperada por la incógnita de lo que a ellos les sucedería.
Por la tarde, dos mujeres bien armadas y jóvenes, eran cholas, aserranadas  y tenían aspecto de malas y feas, me sacaron de la casa de madera y me dijeron que me llevarían a donde estaba Paolo, pues había pedido verme.
Me llevaron a un campito donde, según creo, era donde jugaban los compañeros.
Yo me encontraba destrozada, pero no sentía miedo.
Cuando estaba por llegar al campo, vi a un hombre en ropa interior, prácticamente desnudo, atado a un grueso tronco.
¡Dios mío, era Paolo!, estaba muy demacrado, nunca lo vi tan mal y en esas condiciones, Las lágrimas se me empezaron a caer.
El, que me vio, comenzó a llorar.
Se me hizo un nudo en la garganta al ver llorar a ese hombre que siempre me hizo ver su fortaleza, ahora no podía ni hablar y lloraba.  Yo, al verlo en ese estado me quedé paralizada. Él, me llamó entre lágrimas, me dijo: Ven, hijita.  Me acerqué y lo abracé.
Paolo estaba atado al tronco por el cuello, también las manos y los pies y desnudo.
Le dije: papá, ¿qué pasa?, ¿por qué todo esto?, ¿qué has hecho?
Me respondió que era muy difícil que yo comprendiera.
Se puso a llorar, diciéndome:  
 - Hija, si algo me pasa, quiero que seas una buena chica y regreses con tu familia.
Me da mucha tristeza dejarte, tenía tantos planes para ti.

Las piernas me temblaban, sentía como que el cuerpo frío de la serpiente me envolvía, me oprimía y no me dejaba respirar.
Se fuerte, hija, no me defraudes, ya eres una señorita, no permitas que nadie te maltrate y busca tu futuro.
- ¡Papá!, yo... (lo abracé y besé)
   . “Te quiero mucho. Sofía y tú sois lo único que tengo en la vida”
     “No llores, hija, se fuerte”

Le pregunté por Sofía y me dijo que no sabía nada.
Me suplicó que me fuera y que siempre recuerde que él era mi padre y que no hubiera querido que todo esto sucediera.
Las dos mujeres me alejaron por la fuerza de su lado, y Paolo les dijo:

 - ¡Por el amor de Dios, no lastimen a mi hija, ella no tiene la culpa!
 - “¡Papito, no me dejes!”
Y forcejeaba con las chicas y las insultaba.
Paolo lloraba y gritaba:
 - Déjenla, no la maltraten, malditas perras.
Sentía morirme de desesperación, me sentía impotente al ver al hombre que me crio, atado, esperando su juicio y sin ninguna esperanza...
Me encerraron de nuevo. Lloraba con desesperación, pues no podía creer lo que me estaba sucediendo y me hacía preguntas que no podía responderme.
Nada sabía de Sofía, ¿qué había pasado con ella?
 Entre lágrimas rogaba a Dios que ocurriera un milagro.
Me negaba a aceptar tanto horror, porque suponía lo que estaba por suceder, pues ya había asistido a varios juicios populares, como espectadora en casos anteriores y, ahora, como parte y, ya de antemano, se sabía el final…

Me tuvieron allí hasta que se hizo de noche, luego escuché que traían a tres hombres más, con la cabeza cubierta con pasamontañas, los vi pasar, pues miraba  por la rendija de la la puerta y, aunque no les vi el rostro, los reconocí.
A la media hora me sacaron de mi encierro y me llevaron al campito.
Había bastante gente, estaba un tanto oscuro, pero vi a Paolo que estaba en el mismo sitio, más allá estaba Sofía atada y amarrada y llorando y más allá también los tres hombres que habían traído, los tenían arrodillados y eran los amigos de Paolo: Don Toño y sus dos hijos, que trabajaban con Paolo.
Yo estaba de pie en un extremo de la canchita y había llorado tanto...
Ya solo había en mi mente rabia y odio hacia esa gente repugnante, salida de la mierda del demonio, gente ignorante con sangre echa de veneno.
¡Dios mío!  Me están quitando la felicidad. ¿Qué será de los seres que tanto amo? ¿Qué iba a ser de mí sin ellos?
Tenía ganas de correr hacia uno de los terrucos para quitarles sus armas y matarlos a todos, uno a uno; miraba a cada uno de ellos, pero era tan cobarde y qué podía hacer sola contra ellos…
Después apareció el mando general, se presentó dando vivas al loco y maniático de Abimael Guzmán.  ¿Quién mierda era ese mal parido hijo del diablo, para que mi padre tuviera que morir? Sentía que estaba al borde del desmayo, pero mi mente era más fuerte que el cansancio y que la desesperación que sentía en esos momentos.
¡Dios santo!, qué tortura emocional al sentirme incapaz de poder hacer algo por los únicos seres que me supieron amar y a los que yo tanto quería!
Sentía que allí se acababa mi fe, aquella fe por vivir, que ellos un día me dieron y con la que se me abrieron tantos horizontes....
Ese día, nuevamente, el destino me condenó a la soledad.
En mi desesperación, haciendo un esfuerzo superior a mis fuerzas, me desprendí de una de las senderistas, corrí en medio de todos, crucé el centro hasta llegar donde estaba el mando general y me arrodillé frente a sus pies, le supliqué, por el amor de Dios, que no mataran a mis padres y le imploré que les dieran una oportunidad de vivir. Indiferente a mis ruegos, ordenó a sus malditas serpientes venenosas que me sacaran.
A causa de la oscuridad no podía ver con claridad.
¡Lloraba tanto!
Me llevaron a una esquina del campo.



El juicio popular.
Empezó el juicio popular en contra de mis protectores y su gente, como si fuese un juicio de verdad, con jueces y fiscales. Todos acusaban a Paolo de haber cerrado con droga a gente campesina y pedían que los mataran, para que las demás firmas escarmienten y no hagan lo mismo.
Al final de la acusación, los mandos generales de la columna senderista dieron su veredicto en voz alta, diciendo: ¡Muerte, muerte a los cerradores!.
Toda la gente se amontonó y uno por uno empezaron a pasar frente a Paolo, a Sofía y los demás acusados, y le empezaron a escupir.
Cuando terminaron de hacer todo esto tan asqueroso, regresaron a sus lugares.
Vi a Paolo desnudo.
¡Dios santo!, me asfixiaba por la demasiada pena que tenía en el corazón de verlo en esa condición, no comprendía cómo podía existir esa clase de gente tan perversa y asesina.
Un cuarto de hora más tarde llegaron cuatro encapuchados, traían una moto sierra pequeña y se pararon frente al mando general, lo saludaron y, haciendo vivas al maldito Abimael Guzmán, gritaron a una sola voz: “¡Muerte a los cerradores!”
El mando general, abrió su boca y de ella empezaron a salir serpientes venenosas escupiendo veneno sobre Paolo, Sofía y los amigos de Paolo y el veneno le hacía quemar el cuerpo y gritaban de dolor.
Yo, intentaba correr hacia Paolo, pero las malditas terrucas me tenían bien agarrada.
Después desataron a Paolo y lo pusieron en medio del campo, lo ataron de pies y manos, lo obligaron a arrodillarse y luego fueron por Sofía y procedieron igual que con Paolo.
Lloraban y suplicaban que no los mataran.
Con los otros tres, procedieron de igual manera.
Los cuatro encapuchados se pararon frente a ellos.
El mando general habló en voz alta ordenando que empezaran a matar a Paolo.

Lo que siguió fue horrible para mí, pues se volvió a escuchar con más fuerza y desesperación la súplica de mis protectores y sus llantos, diciendo:
“¡Dios mío, ayúdanos!” “¡Por favor, no nos maten!”
Yo también gritaba pidiendo misericordia.
Escuché cómo sonaba la moto sierra.
Dos encapuchados levantaron a Paolo, le estiraron la mano derecha, y el que estaba con la moto sierra, sin asco, con la frialdad del asqueroso reptil, le cortó la mano. Paolo gritaba con desesperación.
Suplicaba: “¡Por favor, no nos maten!”
Me sentía al borde de la desesperación, del desmayo...
Eran tan espantosos los gritos y los llantos de él y de los que estaban esperando la misma suerte.
¡Dios mío! Qué podía hacer: ¡solo llorar y gritar!
Me arrodillé y gritaba al cielo maldiciendo mi destino y, entre mí, decía que algún día me vengaría de toda esa mierda de malditos, pues tenía grabada en la mente los rostros de cada uno de ellos.
Levanté la mirada, vi a Paolo sin piernas, sin brazos.
Mi pobre padre con todo el dolor de su sufrimiento, y todavía con vida, gritaba espantosamente:
 - ¡Perdonen a mi mujer!  
¡Dios, que horrible!
Sofía se cayó al suelo. No sé si estaba desmayada o qué...
Lo que siguió fue cortar la cabeza a Palo y, por último, ver entre chispas de fuego y sangre, como le cortaban la mitad del cuerpo.
La sangre le salía disparada, era algo indecible.
Cerré mis ojos, no podía ver más. Hubiese preferido que lo mataran de un balazo y no de esa manera tan sanguinaria.

Mi corazón me golpeaba tan fuerte que me  hacía doler el pecho.
Después levantaron a Sofía, estaba inconsciente, le cortaron las manos. No vi más, pues la vista se me nubló totalmente.
Ya no tenía valor para ver, pero los gritos desesperados de los demás sentenciados, los ruidos de la moto sierra me hacían levantar la vista, pero no veía. ¡Dios mío!, ¡qué horror!, todo estaba negro, de negro luto.
Caí al suelo, pero las terrucas me levantaron y volví a mirar, hice un esfuerzo y vi la moto sierra y las ensangrentadas manos de los encapuchados.

Según ellos, ya habían hecho justicia.
Mi estómago no lo soportó y empecé a vomitar.
Me acurruqué sola, lloraba, me mordía, rezaba y me moría...
Me preguntaba si era cierto el espantoso y macabro cuadro que esa gente era capaz de hacer. La boca la tenía sequísima, como si no hubiese tomado agua durante un mes, y me tragaba las lágrimas.
Entre gemidos secos, sin luz en mis ojos, y sin peso en mi cuerpo, caí en
la tierra.

Fue una matanza tan cruel y brutal, de la que solo pueden hacer los psicópatas, asesinos y seres inhumanos. No es explicable, porque no hay razón para que ordenen esos malditos hijos de perra,  esa sarta de serranos brutos, sin sangre ni cerebro, que hicieran semejante ajusticiamiento.
Se creían dioses en la tierra, por el solo hecho de tener en sus manos un par de armas de mierda, con las que andaban asustando, amenazando y propagando su terror y gritando su política de mierda, que no sé de dónde la sacaron.
¿Qué se podría esperar de esa gente, con cerebro de escoria?
¿No se daban cuenta que, las verdaderas cabezas de sendero luminoso vivían bien posesionados y, sobre todo el líder de sendero, Abimael Guzmán, vivía como un rey, gracias a los cupos que sus esclavos, sus compañeros mal paridos, cobraban a los campesinos y otras firmas y que por temor tenían que pagar?
Fue terrible y horroroso lo que tuve que presenciar.
Me derrumbé al suelo, como muerta y con ganas de no seguir viviendo.
No estaba segura si lo que veía era real o ficticio, si lo que pensaba era, a causa de mi estado inconsciente, si era o no lo lógico o  ilógico, si verdadero o falso, pues no `podía tener control de mis emociones y sentimientos.
No tenía valor para acercarme a ver los cadáveres mutilados, ni  de cómo hacer para enterrar a mis padres y quién me ayudaría a juntar los pedazos de mis protectores...
Lo único que podría reconocer serían sus cabezas...

Mi cabeza parecía una caja de resonancia, por eso en mi inconsciencia, me pareció que me eché a volar y me acerqué a los cuerpos mutilados, mientras una asquerosa serpiente, enroscada en la silla y con la cabeza en alto y en tono amenazante escupía palabras como estás: Muerte a los cerradores...  
Mientras la serpiente hablaba a la gente, yo busqué las cabezas de mis amados padres, las encontré revueltas entre las manos y piernas, los brazos y los cuerpos ensangrentados, las tomé en mis manos y las acerqué a mi corazón.  La cabeza de Paolo tenía los ojos en blanco y sangre espumosa le salía de su boca.
No pude pronunciar palabra alguna, en mi corazón había dolor, horror, odio y venganza.
No recuerdo más porque todo se me oscureció y no sé cuánto me duró ese estado de plena oscuridad.
De pronto apareció ante mí la asquerosa serpiente, con su mirada  fría, pero ya no era  calculadora, ahora la veía reír, reía sin parar, sus carcajadas eran espantosas, sus colmillos afilados los tenía clavados  en mi corazón, sentía un dolor ardiente insufrible, no podía moverme, con mi mano agarré su cabeza, pero ella se zigzagueó con furia y me lanzó a un abismo que no acababa nunca...

Desperté en la choza, donde estuve anteriormente.
Me vi allí, en un rincón y tirada en el suelo, recobré el conocimiento y poco a poco me fui dando cuenta de la realidad.
Estaba empapada de sudor y sangre.
Sentí horror al ver mis manos y cuerpo cubiertos de sangre. Yo misma me había herido con mis uñas, que las clavaba en mi cara, en mi pecho, en mis brazos…
Empecé a gritar desesperadamente, llamando a Paolo y Sofía.
Me negaba a aceptar la realidad, me parecía una ficción, pero ni Sofía ni Paolo acudieron.

Era ya casi de madrugada, me sentía cansada de tristeza y soledad y sin saber qué hacer, había sido un largo y corto día, para suceder tan rápidamente tantas cosas, para aprender a morir y  perder las ganas de vivir.  
Lloraba recordando todo lo bonito que habíamos vivido los tres. ¡Tantos recuerdos!
¿Qué sería de mí? No tenía ánimo para nada.
¡Dios santo!, me habían quitado a mis seres queridos. Juraba por mi vida vengarme algún día en nombre de Paolo y Sofía.
Sufrí en unas horas mucho más de lo que sufrí en mi niñez.
Yo había nacido para sufrir.

Ante mi vista apareció un hombre que nunca había visto, no estaba armado. Me llamó: niña, niña… Abrió la puerta y me dijo:
¡Sal de ahí, no tengas miedo!
 Le pregunté dónde se encontraba el mando general y me contestó que no sabía, que la columna senderista se había marchado y que mejor no preguntara nada.
 - ¿Dónde están los cadáveres?
 - Los han llevado a enterrar en una fosa común.
Me aconsejó que no hiciera más preguntas, que no podía decirme nada más, porque no sabía nada.

Pasamos por el campito y vi la sangre ya reseca, había en gran cantidad, estaba salpicada por el suelo y las moscas a su alrededor.
El recuerdo de lo ocurrido volvió a mi mente y lloré nuevamente.
El señor me miró con tristeza y me jaló del brazo sin pronunciar palabra.
Me preguntaba a mí misma en dónde estarían los cadáveres de Paolo y Sofía, mientras seguía al señor como un autómata y sollozaba.
Pasamos los cerros hasta llegar a Caimito.

El señor me llevó a una casa de madera donde vivía una anciana para que me lavase.
La anciana no me hizo preguntas, me indicó que pasara a su humilde casa. El señor habló en voz baja con la anciana y se fue.
La anciana me dijo que detrás de la casa había un chorro de agua y que allí podía bañarme tanto la ropa como mi cuerpo, me alcanzó un jabón.
Todo mi cuerpo estaba manchado. Me envolví con el costalillo y lavé mi ropa interior, la exprimí bien y me la puse húmeda, mientras lavaba y se sacaba el resto.
¿Por qué me está sucediendo esto...?
Solo me quedaba llorar y, estando sumida en mis pensamientos, no advertí la presencia de la anciana que estaba detrás de mí y sufrí un sobresalto.
¡No te asustes!, sólo quería darte esta ropa para que te cambies.
Le recibí la ropa: un short y un polo, este último era un poco grande para mi tamaño, pero igual me lo puse.
La anciana me dijo que dejara la ropa para lavarla ella, me invitó a pasar a su casita y me preguntó si tenía hambre, le contesté que no.
Me quedé sentada en su banca, mientras recogía el silencio de mi soledad y recorría los caminos del ayer, ya que no tenía caminos para el mañana.

Al rato tocaron la puerta.
La anciana abrió, y entró el señor que me recogió de la choza del cerro, y me dijo que había llegado una camioneta de pasajeros que salía para Ramal, que debía irme del pueblo. Sacó de su bolsillo 3 billetes de 20 dólares para regresar a mi casa.
Volví a preguntarle si podía recuperar los cadáveres de mis padres y me dijo que los compañeros no permiten que la familia recoja ningún cadáver, que mejor era que no volviera más al sitio y que me olvide de todo lo que vi.
No hice más preguntas y me despedí de la anciana.
Cuando me llevó al paradero era medio día.
El señor le dijo al chófer que si hubiera alguna batida por parte del ejército dijera que yo era su hija. La camioneta salió con pocos pasajeros. El chófer me daba conversación, pero yo no tenía ánimo para conversar.
Me preguntó por qué estaba triste y llorando y le dije que mataron a mis padres.
Me dijo, que no me preocupara, que confiara en él, que también tenía hijas.
¿Cómo se llamaba tu padre? Le respondí que Paolo Russ.  
Y me empezó a contar cómo Paolo lo había tomado de taxista expreso en varias ocasiones y que a él lo llamaba el “preferido”, se veía que era buena gente.

 Segunda parte
Lucy sola

Me sentía sola y muy triste,  y sigo estando sola, especialmente por el mal paso en que encaminé mi vida, pero con la gracia de Dios pude superarme.
Ya nada era igual, con la muerte de mis padres adoptivos murieron también mis valores.
Hubo un cambio en mi vida, pues me entregué a la nada. Pero ni estoy sola ni soy nada,  aunque solo tengo mi corazón herido y solo, hora que recuerdo estos hechos, sé que tengo un pedacito de mi propio corazón que late con vigor y fuerza que será mi pequeño hijo, mi pequeño Salvador.

Al cabo de dos horas llegamos a la carretera principal, que es la marginal, me quise bajar en la carretera, pero el señor “preferido” me dijo que no lo hiciera, que me llevaría hasta mi casa en Tingo, nos fuimos a dejar pasajeros en Ramal y luego de llenar nuevos pasajeros en su colectivo, partimos para Tingo.
No sabía lo que iba a hacer, me encontraba sola, no tenía cabeza para pensar más que en lo que había ocurrido y lloraba en todo momento, lloraba bastante, lloraba sin parar.
El señor preferido  me dijo que me calmara, que ya no podía remediar las cosas, que debía ser fuerte para seguir adelante.
¿Hacia dónde…?, me pregunté.
Los compañeros, según ellos, había hecho justicia matando a mis padres, pero, y la injusticia de dejarme huérfana y sola en el mundo, eso ¿qué es…?

Serían como las 4 de la tarde cuando pasamos por la entrada de la Chacra, donde teníamos el cocal, recordé que allí tenía ropa y le dije al señor detuviera su carro porque quería recoger unas cosas. Paró, e incluso me acompañó a la casa.
La puerta estaba abierta. Miré todo alrededor de la casa, vi que   en la puerta había un letrero con letras rojas que decía: “Viva la lucha armada”, y otro debajo: “Mueran los cerradores desde la raíz”, todo el interior estaba destrozado y, viéndolo, se me caían las lágrimas de la pena que sentía.
El señor me miró y me dijo: rápido, recoge tus cosas, porque tienes que salir de aquí inmediatamente.
Me asusté y recogí mi ropa que estaba en el ropero, lo que aún servía, y salí a toda prisa.
Regresamos a la camioneta y seguimos nuestro camino a Tingo.
Al llegar a Aucayacu paramos. 
Qué iba a ser de mí…

El señor me invitó una gaseosa y la recibí, cuando la tomaba, noté que me dolía la garganta, porque la tenía muy seca y no había probado líquido en horas.
 Partimos para Tingo.
La carretera era una catástrofe, lo que tiempo atrás estaba asfaltada y sin huecos, ahora estaba prácticamente destruida, con huecos y zanjas que los terroristas habían hecho en sus diversos paros armados.
En el control de Santa Lucía nos detuvo la DEA, nos pidió documentos y revisaron el carro.
Partimos de nuevo y llegamos a Tingo sin novedad, ya era de noche.
El señor “Preferido” me preguntó dónde vivía, y le di la dirección.
 Me dijo que primero iría a dejar el resto de los pasajeros y luego me llevaría a mí.
Yo, en realidad, hubiese deseado que el viaje se prolongara interminable y me llevara a la eternidad, donde mis tutores, pero ya estábamos en Tingo.
Después de dejar a los pasajeros me llevó a mi casa y, cuando iba a entrar, me acordé de que no tenía la llave y me fui a llamar al señor que tenía la llave para que la abriera, me abrió, me preguntó qué hacía a esa hora y sola. Lo único que hice fue abrazarlo y llorar. Me siguió preguntando que dónde estaban mis padres, entonces apareció el señor “preferido” y le dijo lo que había pasado una desgracia.
El señor nos hizo pasar a su casa, al pobre se le hizo un nudo en la garganta y no podía hablar. El señor “preferido” le contó lo que había sucedido y le dijo que quedaba sola.
El señor Lucas se paró y fue a su recámara, regresando con un vaso con agua y le puso un poco de agua de florida que sirve para calmar, y la tomé.
Le preguntó al chófer cuánto le debía por su pasaje, pero el señor “preferido” no quiso cobrar, y se despidió de mí y me dijo que al día siguiente iba a venir y que siempre estaría al tanto de mi persona.

Me quedé con el señor Lucas, me llevó a mi casa y me dijo que descansara. Le rogó a una niña, hija de una de sus inquilinas, que me acompañara. La chibola me acompañó.
Como me encontraba al borde del agotamiento, me fui a la cama, pero no hice más que acostarme cuando empecé de nuevo a recordar, sentía mucho dolor, no podía cerrar los ojos, recordaba todo, y me sobrecogía de terror y tristeza. Como no podía estar en la cama, me levanté y me fui a la sala.
Todo me recordaba a Sofía y Paolo.
Era un martirio estar allí. Me senté en una esquina y empecé a llorar, lloraba muy fuerte y tanto que me mataba. Yo no entendía nada, no entendía como de la noche a la mañana, de lo que era una niña feliz y lo tenía todo o casi todo, y ahora era una doble huérfana.
No comprendía cómo a un hombre tan trabajador y cariñoso, como lo era mi tutor, pudo acabar de una manera tan cruel. Un hombre que colaboraba con los senderistas, y que ellos se voltearan.
Yo entiendo que la droga, trabajo de mi tutor, no era el trabajo honorable que desear, pero lo había visto trabajar, trabajaba hasta el agotamiento y jamás se me ocurrió, en mi mente de niña, que aquel trabajo fuera un delito. Sé que ganaba dinero en abundancia, pero...
Hoy día pienso de otra manera, gracia a Dios, y por nada del mundo entraré a ese sucio negocio.
Sin darme cuenta, me quedé dormida profundamente en el mueble.
Al día siguiente me desperté y vi que estaba echada en el suelo

Ya habían pasado dos días de la muerte de mis protectores.
Miré alrededor de toda la casa y me parecía ayer cuando éramos una familia feliz, y ahora no había nada, solo había nada. Era como si un viento fuerte hubiera entrado en la casa y se hubiera llevado todo. Y me hubiera dejado a mi solita
Me di un baño y me cambié.
Salí a la calle y caminé por largo rato pensando en lo que tendría que hacer en adelante. Sin darme cuenta, mis pasos me llevaron hasta la Plaza de Armas de Tingo María, estaba por pasar por la puerta de la parroquia del pueblo, y como iba mirando al suelo, no vi que había ante mí un sacerdote y me asusté, intenté correr, pero el cura me tomó por el brazo y me dijo: ¿Qué tienes Chiquita?, te veo muy sofocada.
No pude decirle nada, sino llorar y llorar, entonces me tomó de la mano y me dijo:
-Ten confianza, ven, ven conmigo y me cuentas.
Le perdí el miedo, me dejé llevar, me condujo a una oficina de su parroquia, me dio a beber agua y mirándome a los ojos, me pidió que desahogara mi corazón en su compañía ya que él me comprendería…
Le estuve hablando de todo y todo lo que me ha pasado, desde que nací y me quedé sin madre, hasta la muerte de mis tutores y al trabajo que ellos hacían…
Cuando terminé de hablar, ya no lloraba. Yo  miraba al sacerdote como si viera a un ángel, su rostro sereno y apacible me sobrecogió sobre manera. Noté que me entendía, aunque no le hablara, solo me miraba con dulzura y con pena.
Padre, le dije, Usted hace misa por los difuntos… Yo quisiera una misa por mis padres adoptivos, pero solo tengo sesenta dólares, sé que es muy poco para borrar sus culpas. El sacerdote me dijo que no quería dinero, y sobre todo ese dinero que tanta falta me iba hacer…  
Yo quiero que confíes en Dios. Ahora Él es tu Padre y tu Madre. Confía en su misericordia.
Inmediatamente celebró la misa, y yo salí del templo muy fortalecida.
Ya tenía las ideas más claras.
Decidí viajar a Huánuco, para ver lo de mis estudios, pero solo tenía 60 dólares, ¿qué iba hacer...?
Decidí hablar con el señor Lucas para que me hiciera un préstamo.
Regresé a mi casa y hablé con él sobre el préstamo. Me dijo que no podía darme nada sin que hiciéramos un documento, un pagaré y con garantía de la casa. No tenía cabeza para pensar y le contesté que estaba conforme.
Por la tarde me llevó a un notario y firmé una letra por 1500 dólares.
Arreglé mis cosas y me despedí, dejando las cosas y las llaves en sus manos, pues no quería seguir allí, quería alejarme, me dolía tanto estar mirando todo lo que me recordaba a ellos, sentía un temor espantoso y me imaginaba cosas feas.
Agarré mis maletas y me fui al paradero de autos que viajaba a Huánuco.
Llegué a Huánuco, me fui a mi pensión y le conté a mi amiga y compañera de cuarto lo que me había ocurrido.
Cambiamos cuarenta dólares, pagué mis cuentas y tres meses adelantados de mi pensión.
Mi amiga de cuarto me preguntó qué haría en adelante. Le respondí que por el momento no quería pensar en nada. Volvió a preguntarme sobre mi colegio y le dije que no tenía ganas de volver a él.

En muchas ocasiones tenía ganas de ir a la policía y acusar los hechos criminales, pero tenía miedo de hablar, sobre todo por las advertencias que los terroristas me hicieron.
Mis amigos llegaban en la noche para salir como era costumbre, pero le dije a Rosa Loli que les dijera que no me encontraba bien y que no iba a salir a ningún sitio.
Me encontraba acongojada y destrozada moralmente, pues a cada instante revivían los recuerdos de la matanza de mis tutores y en las noches no podía conciliar el sueño.
Volví donde el sacerdote que celebró la misa por mis padres adoptivos. Hablé con él largo rato. El sacerdote en silencio me escuchaba, de vez en cuando sacaba un pañuelo blanco y me limpiaba los ojos. Sus palabras eran su miradas tiernas y compasivas de un padre, me decía más con su silencio, sus palabras eran pocas, y siempre eran de esperanza, tenía que vencer mis miedos y mis pesares, pues Dios era mi verdadero Padre y nunca me abandonaría. Por último, me dijo que nunca me olvide de hablar con Dios, pues en adelante El sería mi guía y que confiara en El, al modo como lo hizo san Francisco de Asís.
Nunca lo olvidaré.

Pasé mucho tiempo ordenando mi vida, buscando trabajo, buscando amistades, tener compañía. Poco a poco volvía a ver a mis amistades.
Opté por ir con unas amigas, me invitaban a salir con ellas, y a tomar con ellas unos tragos. Me sentía tan desesperada y triste y me refugié en el licor...
Me di cuenta de que estaba descontrolando mi vida. Dejé esas amistades y el licor, pues no me servía de nada.
Mi compañera de cuarto me aconsejaba y me rogaba que pensara bien lo que hacía. Pero que tenía que hacer algo eso ya lo sabía, pero qué...
Recordé cómo mi padre adoptivo me rogó que regresara al seno de mi familia de sangre. Pero habían pasado tantos años que no me sentía capaz de enfrentar mi pasado. Regresar con mi familia, para mí, significaba volver a mi dolor y no tenía deseos. En mi corazón había puesto una barrera de odio y repudio contra los que destrozaron mi niñez, y no estaba dispuesta a regresar y aceptar que a mi temprana edad había fracasado y era una derrotada.
Sin darme cuenta estaba trazando mi camino.
Un día, en la madrugada, me puse a llorar y no sé cómo sucedió, pero ese día agarré una Biblia y dejé de llorar y le pedí a Dios que me diera fuerzas de voluntad para encaminar mi vida. Me sirvió de mucho consuelo. Traté de hablar con Dios, como me dijo el sacerdote y de escuchar lo que él quería que hiciera.

Había decidido regresar a Tingo María, porque me había propuesto trabajar, además ya había gastado casi todo mi dinero.
Una semana después regresé a Tingo María.


En búsqueda de un nuevo hogar

Mientras estaba en el paradero para Tingo María conocí a una pareja de esposos, tenían una hijita y me uní a ellos para el viaje.
Los pasajes habían subido el 50%, por motivo de las fiestas de San Juan. La verdad es que no me había dado cuenta de que esos días eran festivos, en mi mente solo estaba la idea de que debía trabajar para poder vivir y ya tenía planes de cómo empezar y en qué iba a trabajar.
La pareja de esposos y su hijita que iban a mi lado se percataron que estaba muy callada y triste, me preguntaron sobre mis padres y les conté lo que había ocurrido con ellos. Me invitaron a su casa y me dijeron que vivían en Castillo Grande, que podía confiar en ellos y, como era la fiesta de San Juan, me dijeron que podía pasar con ellos la fiesta.
Me explicaron cómo podía llegar a su casa.

Cuando llegamos a Tingo me bajé en la esquina, me despedí de los esposos y les prometí ir a verlos por la tarde.
Me fui a pedirle al señor Lucas la llave de mi casa. Grande fue mi sorpresa cuando los inquilinos me dijeron que el señor Lucas había viajado a su pueblo.
Una de las inquilinas que me conocía, me ofreció que me quedara en su cuarto mientras regresaba el dueño de la casa.
Me sentí incómoda y no sabía qué hacer.
Me invitaron a almorzar.
Como la dueña estaba preparando sus juanes, que es la comida tradicional de San Juan, y estaban todos ocupados en los preparativos de los juanes, le dije que podía ayudar, pero no quiso y dijo que no me preocupara, que descanse.
Cerca de las 3 de la tarde le dije a la señora que tenía que salir y que iba a ir a Castillo Grande a visitar a una pareja de esposos, pues me sentía aburrida e incómoda.
Me dijo que tuviera cuidado, que no esté hasta tarde en la calle y, sobre todo, en Castillo Grande, porque los terroristas habían atacado a una patrulla del ejército.
Me fui al paradero de micros que estaba en la esquina del colegio Sagrada Familia. Mientras salía de viaje pensaba qué hacer y cómo administrar el poco dinero que tenía, con él podía vivir como un mes, comiendo en la calle. Pero no sabía qué iba a hacer cuando el dinero se me acabara, sólo me quedaba esperar al señor Lucas y pedirle otro préstamo.
Con esos pensamientos abordé un micro que me llevaría a Castillo y, antes que el carro llene sus pasajeros, le pregunté al chófer si conocía el Caracol, me respondió que sí, y le rogué que me avisara cuando llegáramos, 20 minutos más tarde, me avisó y bajé.
Empecé a caminar por la carretera, entré a una bodega, pregunté por la dirección de los esposos que conocí en el colectivo y me fue fácil llegar a su casa, pues el dueño de la bodega me explicó cómo hacer.
Me recibió el señor y le dijo a su esposa en voz alta:
 . “Oye, Vidalina, muestra amiguita del viaje ha venido”.
La señora salió, me dijo que había llegado en el momento justo, porque estaba necesitando manos para preparar los famosos juanes y celebrar al día siguiente la fiesta de San Juan.
Mientras ayudaba a preparar los juanes, recordaba los años anteriores, cuando con mis protectores viajábamos a algún pueblo turístico a celebrar la fiesta, y habíamos disfrutado en las distintas playas y ríos nadando y comiendo todo el día.

En la fiesta de san Juan, la selva se llena de visitantes, hay muchos turistas que son atraídos por la fama del calor humano de mis paisanos y por la belleza de nuestra región.
También nosotros por el encuentro entre amigos, parientes o gente forastera, nos sentimos contentos y felices, sobre todo al ver la cara de satisfacción que ponían al compartir nuestras costumbres, nuestra música y nuestros manjares.
La ciudad se llenaba de grupos musicales que amenizaban la fiesta en las playas o en plazas y otros lugares de la selva y por las noches se hacían grandes fogatas y se bailaba. Nos divertíamos muchísimo, fueron tiempos inolvidables y que jamás se borrarían de mi mente.

¡No saben cuánta falta me hacían mis padres en esos días!
Necesitaba urgentemente que alguien me acogiera para protegerme.  Estaba tan desorientada, que solo pensaba en morirme, pues que iba hacer yo sola, sin su cuidado   y protección, sin nadie que me quiera ni alguien a quien yo querer.
Todo era extraño para mí.
Por la noche, cuando me quise regresar a Tingo, la señora Vidalina me dijo que me quedara en su casa y que allí podía quedarme todo el tiempo que quisiera.

Fiesta de san Juan Bautista.
Me levanté muy temprano, limpié y lavé todo el servicio que había quedado sucio de la noche anterior.
La señora me repitió la invitación de que me podía quedar en su casa, que ellos me iban a apoyar en lo que fuera necesario y que lo decían de corazón. Les contesté que tenía que ir a Tingo a cambiarme de ropa, que regresaría rápido. Me aconsejó que no me demorara, porque teníamos que ir al río a festejar la fiesta de San Juan.

Me fui a Tingo a recoger mis cosas y aproveché para dejar una nota al señor Lucas, que me quedaría en Castillo hasta que él regresara de su viaje.
Regresé a Castillo. Ya estaban esperándome los esposos para ir al río.
Aquel día intenté pasarlo tranquilo a pesar del bullicio de la gente que se divertía, me sentía retraída y sin ánimo para juntarme con los demás.
Me senté en el canto del río a pensar, por ratos caminaba por las piedras y veía como el agua seguía siempre su camino, sin detenerse Así es la vida, sigue su rumbo sin detenerse hasta cumplir y cumplir su cometido. Yo aprendí que debo caminar sin volver la vista atrás, caminar y caminar como caminaba el agua. Sentí que Dios me habló por medio del agua, y eso es lo que yo debo hacer, seguir viviendo y cumplir mis buenos propósitos.
Distintos grupos de personas habían hecho sus tambitos de caña brava para protegerse del sol, tomar refrescos, gaseosas, cerveza y algo para comer.
La señora Vidalina y su esposo, Don Simón Poma, tomaban su cerveza, mientras que su hija se bañaba.
Había grupos musicales y mucha gente que bailaba entre tragos y mojados. Yo pensaba y me decía: ¡bien por ellos que viven felices!
Cerca de las 5 de la tarde regresamos a la casa de la señora Vidalina.

Me ardían los ojos y la cara me quemaba, pues sin darme cuenta me había soleado y estaba más negra que un gallinazo.
Por la noche me llevaron a una fiesta cerca de la casa, un poco más allá del Caracol, y junto a un paradero que se llamaba “Cochita”, en donde hay un recreo campestre y es un lugar muy ameno. La fiesta estaba amenizada por un conjunto musical especialistas en cumbia, pero ese tipo de música no me agradaba, jamás me gustó la música cumbia, pues me parecía un género musical muy chusco y, para mi gusto, era horrible, pero en gustos y colores no hablaron los poetas ni escritores.
Como me sentí aburrida, opté por cuidar a la hija de la señora Vidalina y me distraje bastante.
De regreso les dije que deseaba quedarme con ellos hasta que regrese el señor Lucas. La señora se alegró y el señor me dijo que no me preocupara, que ellos iban a ayudarme y que si deseaba estudiar me ayudaría. Le dije que ese año de estudios ya lo tenía perdido.
Pasaron los días sin novedad.
Ayudaba a la señora en los quehaceres de la casa, me iba acostumbrando a ellos y me sentía bien en su casa.
En esos días no podría decir en qué trabajaba el señor Simón, solo veía que salía a la calle y regresaba a casa.
Por las tardes me iba a jugar vóley con unas amigas, que había conocido en aquel lugar.
Encontré una amiga muy buena, siempre venía a llamarme para ir a jugar vóley en el campo de la ganadería de la señora Teresa Roca, de la cual decían que era bruja, me reía de lo que la gente pensaba de la supuesta bruja y le decía a mi amiga que creer en esas cosas me parecía una tontería.
Teresa y yo éramos buenas amigas, a veces íbamos a su casa, tenía varios hermanos y su mamá era buena señora.
Teresa tenía la fama en el lugar de ser buena peleadora, decían que podía pelear hasta con cuatro y que siempre ganaba. Fuera de esos atributos era muy humana y generosa y fue creciendo nuestra amistad.
Yo acostumbraba a quedarme hasta tarde en su casa, sin sospechar que más adelante, esa familia y esa casa iba a ser mi familia y mi hogar y esa señora, la mamá de Teresa, iba a ser la madre que nunca tuve y siempre deseé.
Sin darme cuenta empecé a sentirme a gusto en ese pueblo, toda la gente me conocía y me trataban bien y me sentía como si toda mi vida hubiese vivido allí.
De nuevo volví a enfrentarme con la mirara fría y calculadora de la astuta serpiente. Fue un sueño desesperante. ¿De nuevo tendré el viento en mi contra...?
La señora Vidalina se había acostumbrado conmigo, pero su esposo, el señor, cambió y no sabía por qué, no me trataba como cuando llegué a su casa, me miraba muy distinto y con otros ojos...
Lo que más me indignó fue  cuando un día que la señora Vidalina se fue al mercado, el viejo feo y rabo verde me hizo proposiciones para ser su amante, me advirtió que no le dijera nada a su esposa, y me ofreció darme todo lo que yo deseara. Me quiso agarrar, pero caminé hacia la puerta, la abrí a propósito y me quedé parada en el umbral. Con esto me sentía desmoralizada y por los suelos y, desde ese lugar,  le contesté que jamás traicionaría la confianza y el afecto que su esposa me entregó, y que quedara tranquilo porque no estaba dispuesta a contarle nada de eso a la señora Vidalina.
Yo apreciaba mucho a la señora, tanto como para evitarla el disgusto o decirle cosas que podrían causarle problemas.

Tenía que apartarme de aquel hogar.
 ¿Tendré una vez más que mendigar cariño...?
No esperé a que la señora regresase del mercado.
Salí y me fui a Tingo.
Al llegar a mi casa me topé con la sorpresa de que una semana antes, llegaron los hijos del señor Lucas solamente para cobrar los alquileres de los cuartos y les comunicaron a los inquilinos, que el señor Lucas estaba mal de salud y que se encontraba descansando en Chincha.
Pensé irme a Huánuco, a mi pensión, pero aún no había traído mis cosas que estaban en casa de la señora Vidalina.
Empecé a caminar sin rumbo, tenía ganas de llorar por mi mala suerte.
¡Oh, Dios!, ¡cuánta falta me hacían Paolo y Sofía!
Si no hubiesen muerto, no estaría yo andando como perro sin dueño. Me agarró una nostalgia tan grande que no pude retener las lágrimas y algunos transeúntes me miraban.
Opté por sentarme en un kiosco, me tomé una coca cola y me fui tranquilizando
Era un poco tarde y necesitaba tanto el calor de un hogar y una sonrisa de madre, pero nadie me daba nada.
Por un momento me entraron ganas de ir a un restaurante, a pedir trabajo como moza.
También pensé en regresar a la casa de la señora Vidalina, pero sentía vergüenza y temor de encontrarme con su esposo.
Mi cerebro no daba para más y decidí regresar a Castillo.
A la caída del sol, ya al atardecer, siempre me daba mucha tristeza y me compadecía de mí misma.
Como finalmente había decidido regresar a casa de la señora Vidalina, en el carro iba pensando qué mentira iba a inventar, y deseaba de todo corazón que el trayecto entre Tingo y Castillo fuera eterno para no llegar, pero...
Cuando estuve cerca de la casa no sentí valor para bajar y decidí pasarme de largo.  
Estando, caminando frente a la ganadería de la señora Simona Roca vi a Teresa y a otras amigas jugando como todas las tardes, bajé y fui a sentarme en una de las bancas que había allí. Teresa me llamó para jugar, pero no tenía deseos. Me acordé de las palabras del sacerdote: “De ahora en adelante Dios será tu Padre y tu Madre..” Le pedí ayuda a Dios, mi Padre y Madre.

Un rato después llegó una señora a sentarse a mi lado. Yo empecé a conversar con ella, le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Ana. Mientras conversaba con la señora, le contaba mis problemas y no pude aguantar el llanto. La señora se dio cuenta de lo desesperada que estaba y me dijo que si quería podía quedarme en su casa, acepté y me tranquilicé un poco.
La casa de la señora Ana quedaba cerca a la casa de Teresa.
Llegando, me presentó a su esposo y a sus cinco hijos.
Me dijo que dormiría con su hija Aída, la mayor.
Durante la cena me dijo que iría a hablar con la señora Vidalina, y recoger mis cosas y decirle que estaba en su casa. Me sentía mal por la señora Vidalina, porque yo le tenía mucho cariño, pero había decidido quedarme en la casa de esta familia, y así no volver a encontrarme con el esposo de la señora Vidalina.
Al día siguiente, la señora fue a recoger mis cosas, dándoles la noticia de que yo iba a trabajar con ella.
Cuando me encontré con mi amiga Teresa, no quise contarle lo que me había ocurrido, solo le dije que necesitaba trabajar y que por eso estaba en la casa del costado.
En los días que siguieron ya me llevaba bien con todos.
Un día, viernes por la tarde, me sorprendieron todos los miembros de aquel hogar, era casi las 6 p.m., la señora me invitó a orar, arrodillados en el suelo y haciendo un círculo  leíamos la Biblia. Y, después de terminar el culto familiar, la señora me dijo que ellos pertenecían a una religión que se llamaba “La Iglesia del Séptimo Día”, y que todos los sábados descansaban para dedicárselos a Dios, que el sábado empezaba desde la puesta del sol del viernes, hasta la puesta del sol del sábado y el sábado lo pasaban todo el día en la iglesia.

Me pidió que los acompañara para aprender la palabra de Dios.
Efectivamente, al día siguiente nos fuimos a la iglesia en Tingo, estuvimos todo el día. No me agradó mucho el culto.
Los días que siguieron ya fueron tranquilos.
Siempre jugábamos en el campo, y mi amistad con Teresa se iba haciendo más bonita; me llevaba bien con su familia, sobre todo con su mamá y fui haciendo una estrecha amistad con la familia de Teresa y a veces me quedaba a dormir en su casa.
Por haberme quedado a dormir en la casa de Teresa, la señora Ana me resondró un día, me dijo que si quería vivir en la casa de Teresa, mejor era que me fuera de su casa y me quedara con ellos.

Mendigando calor de hogar

La señora había hablado tan alto que Teresa lo escuchó todo, me llamó y me dijo que su mamá deseaba que me fuera a vivir a su casa, que todos sus hermanos estaban de acuerdo y especialmente ella. Era el mes de agosto.
Me retiré de la casa de la señora Ana para ir a vivir a la de Teresa y su familia me recibió muy bien y feliz. Su mamá, se llamaba Lucy Fernández, estaba separada de su esposo, tenía 6 hijos que vivían con ella.
Teresa me acomodó en su cuarto, estaba en la parte de atrás de su casa y que compartía con su hermana Gladys, menor que ella.
Gladys era distinta a Teresa, y yo la veía un poco mala, pero eso no me importaba, porque la señora Lucy me trataba muy bien.
Como Teresa y Gladys estudiaban, la señora Lucy y yo parábamos juntas y nos hicimos más amigas.
La señora me lavaba mi ropa y me llevaba a todos lados a donde ella iba. Me compraba ropa, zapatos, etc. En muchas ocasiones compraba ropas idénticas para las tres, y parecíamos trillizas.
Con Teresa congeniaba bastante, pero Gladys se amargaba y peleaba mucho con Teresa, porque nosotras no queríamos llevarla cuando íbamos a pasear, pues era chismosa.
La señora Lucy vivía de su chacra de fruta, y criaba animales en su galpón y también recibía apoyo del papá de sus hijos, don Félix Huamán. Todos los días uno de sus hijos iba a Tingo en las mañanas, para que les diera su diario.
A veces, yo, acompañaba a Teresa a pedirle dinero a su papá, nos parábamos en la esquina de la farmacia Galeno, lo espiábamos hasta que alguno de su tienda nos viera y le avisase a don Félix. A Teresa no le gustaba entrar en la tienda de su papá porque la amante del papá era mala y se amargaba.
Algunas veces, Teresa y yo engañábamos a la gente, diciéndoles que éramos hermanas y eso me gustaba mucho, porque ella me daba mucha confianza y nos comprendíamos.
Sus hermanos también empezaron a encariñarse conmigo.

En esos días conocí a un chico que vivía en Castillo, de nombre Ceferino del Castillo, era muy guapo y educado. Teresa conoció a otro joven mayor que ella, de nombre José Luis y empezamos a salir los cuatro.
La relación de Teresa con José Luis era más sería que la mía con Ceferino. José Luis amaba en verdad a Teresa, pero, como ella era muy joven, no lo tomaba en serio. Fuera de eso, la familia de José Luis, sobre todo su madre, no le tenía afecto a Teresa y la trataba mal. A ella no le importaba, porque Teresa estaba asediada por otros jóvenes que disputaban su amor.

Esos días también empecé a viajar a Huánuco para ver mis cosas en mi pensión. Teresa me preguntaba el porqué de mis viajes. Le inventaba historias.
Como todavía tenía pagada varios meses adelantados en la pensión, no tenía problemas y mis gastos eran mínimos.
Muchas veces la señora Ada, dueña de la pensión, me preguntaba por mis padres y sobre mis estudios. Volvía a inventar historias, historias que ella me las creía.
No me quedaba muchos días en Huánuco.
En los días que estuve en Huánuco   por salir con mis amigas pitucas. Y, como tenía algunos ahorros de la plata que me sobró de los meses anteriores, la gastaba con ellas; también tenía ahorradas las propinas que la mamá de Teresa me daba, pero ni así me reponía de la tristeza que me causó perder a mis protectores.

Y en la soledad de mis noches acudían los recuerdos, por eso no me gustaban las noches, porque era cuando más sola me sentía, me atacaba la desesperación y la nostalgia en mi soledad.
Intentaba con todas mis fuerzas seguir adelante y dejar de pensar en el pasado, pero no lo lograba; a veces andaba por las calles por horas, pensando y tratando de poner mis pensamientos en orden, pero al final volvía a lo mismo.
Algunas veces acompañaba a la señora Lucy a la sierra.
El 13 de septiembre del 87 había una fiesta juvenil en el colegio de Teresa, el colegio “César Vallejo”, Teresa y Gladys tenían que asistir porque tenían que colaborar y las acompañé.


Viento del río
En una fiesta conocí a Luis Enrique del Río
Luis Enrique era un chico rubio, con rasgos chinitos, muy guapo y se notaba la diferencia entre los otros chicos. Se acercó a mí y me preguntó si quería bailar. Yo me sentí halagada por su petición y le acepté, pues fue un flechazo de amor a primera vista. Me preguntó si mi enamorado estaba allí y le mentí diciéndole que no tenía enamorado. Me di cuenta de que yo le gustaba al chico.
Se reunieron conmigo Teresa y Gladys, le presenté a Luis Enrique, pero ellos ya se conocían.
Después de la noche de fiesta, Luis Enrique, me acompañó a mi casa  y, desde entonces, nos veíamos todas las tardes en la carretera o en el campo de vóley.
A la semana que me conoció, se me declaró diciendo que se había enamorado de mí. La verdad, yo estaba esperando esa declaración, porque también sentía lo mismo por él. ¡Se me llenó el corazón de emoción y alegría!
Acepté a Luis Enrique Del Río como mi enamorado, se lo conté a Teresa, y me dijo que estaba bien. Pero me preguntó qué iba a hacer con Ceferino del Castillo, qué pasaría si Ceferino se enteraba que yo estaba con otro chico y  qué pasaría entonces...
Yo, como sabía que Ceferino sólo disponía tiempo para verme los sábados y domingos por la tarde, a Luis Enrique lo veía con bastante libertad el resto de la semana.
Teresa me ayudaba para mentirle a Luis Enrique y decirle que los sábados y domingos no podíamos estar muy tarde en la carretera porque su mamá se amargaba. Se había comido el cuento que le habíamos inventado. Pero ninguna mentira dura y sucedió lo inevitable, que…

Un domingo por la noche, cuando estaba conversando con Ceferino en un kiosco que había en la entrada de la casa, se presentó Luis Enrique, parecía un tigre de la selva, dispuesto a dar el zarpazo a su contrincante.
Yo no sabía dónde meterme, pero antes de que él llegara a mi lado, me levanté y me fui a darle el encuentro. Ceferino me miró extrañado, pero no me dijo nada.
Lo cierto es que yo estaba en un aprieto, no quería perder a ninguno de los dos, porque Ceferino me gustaba mucho, pero por Luis Enrique sentía algo más fuerte que un gusto y todo en él me parecía maravilloso.
Cuando llegué junto a Luis Enrique, se amargó y me preguntó por qué estaba tan nerviosa, y qué hacía fuera de mi casa a esa hora, y quién era aquel joven que estaba allí sentado. Le dije que era un amigo de Teresa, que había venido a visitarla, y como Teresa se fue un ratito para la casa, me pidió que me quedara conversando con él.
La verdad es que no sabía cómo deshacerme de uno de ellos. Se me prendió el foquito en mi cerebro y le dije a Luis Enrique que me esperara un rato, que iba llamar a Teresa para que atienda a su amigo y regresaba enseguida.
Acto seguido me acerqué a Ceferino y le dije otra mentira, que Luis Enrique era amigo de Teresa y me encargó que la llamara.
Ceferino era un chico muy educado y tranquilo.
Me fui corriendo a mi casa, llamé a Teresa, y le supliqué que me ayudara en ese instante. Planeamos que ella iba a quedarse con Ceferino, le iba a decir que ella no quería hablar con Luis Enrique, después yo iría a donde Luis Enrique. También hablamos con Gladys para que nos ayudara a salir del apuro, su papel sería el de llamarnos a las dos, porque su mamá nos estaba reclamando en casa. Así lo hicimos y salió bien.

La guerra del amor.
En Castillo había una discoteca que se llamaba el “Bambú”, y siempre acostumbramos a ir a bailar y pasar un rato con los amigos.
Un sábado, estando bailando con Ceferino, se presentó Luis Enrique, me dio un jalón que casi me desarma los huesos y quedé avergonzada,  Ceferino reaccionó y se armó una pelea de miedo.
Salí disparada de la discoteca, dejando a los dos, y pensé que los perdía. Llegué a mi casa muy apenada y preocupada por lo que podría haber sucedido.
Me di cuenta de que me dolía perder a Luis Enrique, pues me interesaba mucho más de lo que me imaginaba.
Me sentía preocupada, pues no sabía cómo había terminado la pelea entre Luis Enrique y Ceferino, y me moría por saber mi situación entre mis dos enamorados, aunque ya sabía de antemano que mi mentira iba a ser descubierta y quedaría en ridículo.

Al día siguiente me sorprendió muchísimo la visita de Luis Enrique, medio temerosa lo recibí y lo escuché. Me echó en cara mi mala vida y me insultó muy rabioso. Yo no pronuncié ni una sola palabra mientras él me decía todo lo que le vino en gana.
Minutos después, cansado de reprocharme, me preguntó si yo lo quería. Le respondí que sí. Se puso más amargo, me volvió a reprochar, a decirme que entonces por qué “carajo” jugaba con sus sentimientos y no lo respetaba. Y mientras él hablaba, yo cavilaba lo que le iba a contestar y le expliqué que estaba con Ceferino antes de conocerlo a él, y que estaba esperando el momento más indicado para terminar.
Discutimos mucho rato y le di la razón en todo momento. Al final le dije que me perdonara, y que si me perdonaba no volvería a engañarle. Pero si no quería estar conmigo que no le echaba la culpa, porque era yo la que había fallado.
Él me perdonó, y me dijo que me quería y que no le dejara ni le engañara. Le prometí que haría todo lo que él deseara.
No volví a saber de Ceferino, y me daba pena recordar, pero en realidad amaba a Luis Enrique y no quería perderle por mí estupidez y  decidí portarme bien.

Con el pasar de los días ya todos sabían en mi casa que era la enamorada de Luis Enrique.
Yo no dejaba de buscar un verdadero amor, a pesar del calor y el cariño familiar que recibía en la casa de aquella familia y, a pesar de tener el amor y la comprensión de Luis Enrique, mi vida no estaba completa.
Aun así, mi vida era una tormentosa realidad de tristeza y soledad y deseaba con toda sinceridad estar con mi verdadera familia.
Pensé seriamente que Luis Enrique podría ser el ser querido con el que me uniera un día y formar una familia, una gran familia sostenida en el amor, en el más puro y sincero amor.
Pensaba bastante en mi verdadero padre y mis hermanos que un día dejé, pero no quería regresar derrotada; también sentía mucha culpabilidad, pues sabía que, desde que me escapé hace años, mi padre sufría por mí, lo sentía en mi corazón.
Y muchas veces trataba de regresar al lado de él, pero tenía miedo de que no me perdonara y,  desde que me fui, nadie me había buscado.
Sentía que quizás nadie en mi familia me quería, y eso me daba más pena, pues en verdad deseaba ser querida, aunque no podía quejarme del buen trato que me daban en el hogar de Teresa, pero jamás una familia ajena reemplaza a tu padre y a tu madre, porque siempre te sentirás cohibida, por cualquier motivo.
Recuerdo que nunca lloraba delante de ellos, porque tenía vergüenza, pero, cuando estaba sola, veía mi vida como un libro abierto y me invadía la nostalgia y lloraba con desesperación por mi cruel destino. Yo veía que mis amigos y amigas vivían felices con sus padres.
Muchas veces deseaba contarle a Luis Enrique todo lo referente a mi vida hasta ese momento, pero no encontraba la oportunidad. A veces, en casa, los hermanos de Teresa me preguntaban de dónde era y por qué estaba sola y, como siempre, les inventaba cualquier historia.






Mi hermano Felipe.
Una luz de esperanza brilló en mi mente por un momento y mi corazón se llenó de felicidad.
Fue de esta manera: Recuerdo que por esos días, mientras paseaba en Tingo, cerca del banco de Crédito, vi a mi hermano Felipe.
Sentí que me embargaba la felicidad de verlo. Corrí tras él y lo llamé. Se volteó, sonrió y me dijo:  
 - ¿Quién eres?  
 - Ñañito, ¿no te recuerdas de mí?, soy Lucy.
Me miró más fijamente y me reconoció. Nos abrazamos y nos pusimos a llorar. Me dijo:
 - Estás señorita, que alegría me da verte. Han pasado cuatro años desde que desapareciste.
 Cuéntame qué es de tu vida, con quién y en dónde vives.
Le contesté que vivía muy sola, en casa de una familia que me acogió.
El me empezó a contar que mi papá había sufrido mucho y que deseaba encontrarme.
Le pregunté a qué se dedicaba. Me dijo que al poco tiempo que yo me había escapado él también decidió viajar en busca de otra vida, lejos de esa maldita familia que tanto daño nos había hecho.
Me sentía orgullosa de mi hermano joven y fuerte.
Pensaba que podía llevarme con él, pero cuando me dijo que trabajaba en Uchiza con una firma de narcotraficantes, y que por el momento no podía llevarme, me entristecí.
Comprendí que, allí donde él paraba solo había hombres, y que era muy peligroso tenerme.
Me siguió contando que estaba de paso y que no podía quedarse en Tingo, porque su jefe, y todos los que estaban con él, ya iban a partir para Uchiza.
Me prometió que en cuanto termine su trabajo me iba a buscar en Castillo Grande. Le di el croquis, indicándole cómo podía ubicarme y el nombre de la familia con la que estaba.
En ese momento salieron sus amigos del banco y lo llamaron. El sólo atinó a decirme:
Ñañita, te quiero mucho, espérame en Castillo hasta que yo regrese; te juro que te buscaré y nos iremos a donde papá.
Me puse a llorar, y él también.
Sus amigos lo llamaban con insistencia.
Mi hermano Felipe me dijo que me esperara un ratito, voy hablar con mi amigo.
Se alejó unos pasos y se puso a conversar, se le notaba que estaba triste y lloroso y, cuando mi hermano estaba conversando con ellos, sus amigos me miraban, en seguida regresó a mi lado y me dijo: toma este dinero, te compras ropa y zapatos y gasta el resto moderadamente hasta que regrese por ti. Cuídate bastante, ñañita.  Me abrazó y se fue.
Me quedé mirando, se subió a una camioneta roja, cuatro por cuatro, se volvió hacia mí, levantó la mano despidiéndose y me gritó fuerte unas palabras: “cuídate, volveré pronto”.
Me quedé parada, triste, hasta que la camioneta desapareció, guardé el dinero y empecé a caminar pensando y las lágrimas se me caían. Todo fue tan rápido. Por un instante gocé de la presencia de mi hermano. Pero, qué dolor más grande, teniendo la felicidad al alcance de la mano  y  que  desaparezca en un abrir y cerrar de ojos.
No sé que pasa conmigo...
Pasado un tiempo, como mi hermano no regresaba a llevarme con él, hice algunas averiguaciones hasta que por fin de dieron la mala noticia que a esa firma la había eliminado la DEA, dejando por muertos a la mayor parte de sus componentes, entre ellos a mi hermano Felipe.

Está claro que mi destino es sufrir.

Regresé a Castillo.
Le conté a Teresa lo que me había sucedido y me puse a llorar, creo que fue la única vez que lloré delante de ella.
Le dije que me dio dinero y que me prometió regresar a buscarme.
Me sentía triste y feliz al mismo tiempo.
Al día siguiente del encuentro con mi hermano me fui al banco de Crédito y deposité en mi cuenta el dinero que mi hermano me dio. Como me dio en dólares, le dije al cajero que lo quería depositar en soles, le presenté mi partida de nacimiento y una foto, me aceptaron y me dieron mi libreta de ahorros.

La verdad es que no necesitaba dinero en efectivo para mis gastos, porque tenía un poco de ahorros al alcance de mi mano que me iba sacando de apuros y, fuera de eso, no gastaba en comida porque en la casa me daban techo y comida.
Mi hermano me había dado 650 dólares que equivalía a casi 1800 soles.
Le hice ver a Teresa mi libreta de ahorros y la guardé. Le comenté a Teresa que estaba pensando trabajar en algo, pero que todavía no sabía en qué.
Al paso de los días acompañé a la señora Lucy en su viaje a Moyobamba a visitar a uno de sus familiares y estuvimos cuatro días.


Venta de mi casa
Cuando regresamos a Tingo opté por ir a ver si había llegado el señor Lucas y, gracias a Dios, lo encontré. Le conté que había dejado el Colegio porque no tenía medios económicos para pagar mis estudios y que estaba pensando en trabajar con frutas en el Mercado. Me dijo que sus hijos querían que vendiera su casa para irse a vivir al lado de ellos en Chincha.
Le hablé de cancelar mi deuda. Le pareció bien, pero tenía que pagar los intereses del préstamo y habían subido bastante y prácticamente, mi deuda subió nada menos que a 5.500 Dólares, él sabía que no podía cancelarle. Le respondí que no podía pagarle tanto dinero, ni sabía dónde, ni de dónde sacaría semejante cantidad.
Entonces el señor me dijo que mejor le vendiera la casa, que él me pagaría lo que mi papá le había pagado por ella, y que descontando lo que me había prestado más los intereses, acepte.
No me quedaba otra opción, porque de todas maneras iba a perder la casa por lo elevado de los intereses.
Me dijo que Paolo le había pagado 12,000 dólares, y me hizo ver los papeles. Restaba 6,500 dólares:
Ven mañana que voy a buscar el dinero para dártelo.
Nos quedamos conversando un rato más, me aconsejaba que no ande en malos pasos y que guarde el dinero en el banco, que sólo me quede con lo necesario para trabajar, que sepa invertir y administrar bien el dinero y que no desearía verme perdida en la vida.
Me empezó a contar y recordar cómo había conocido a Paolo cuando era un chiquillo de 13 años, que lo recibió de pena al verlo solo. Para entonces tenía un frutal y una casa en Castillo Grande.
Me agradó mucho cuando me contó que Paolo era un buen muchacho, que se dedicaba a cuidar su frutal y su casa en Castillo, y que después, cuando cumplió los 15 años, se fue a trabajar a Aucayacu como peón en un cocal y, a parir de esa fecha, solo lo veía esporádicamente.
Me fui pensando en todo lo que me contó y me aconsejó. Yo no acostumbraba contarle a nadie mis cosas, porque eran cosas muy privadas y además no quería dar detalles de mi vida a nadie, pero esa noche estuve muy preocupada, pues quería saber qué iba a hacer con ese dinero...
Cuando en la casa me preguntaron a dónde iba sola, les dije que estuve paseando y pensando en lo que debería hacer de mi vida.
Al día siguiente me fui por la tarde a concluir el trato de la venta de mi casa. En efecto, el señor Lucas cumplió con su palabra y me pagó.
Le pedí por favor que guardara mis cosas hasta que me ubique y encuentre un lugar donde acomodarme.
Me dijo que no me preocupara, y que podía guardar mis cosas el tiempo que yo quisiera. Me despedí de él y me fui.
Guardé mi dinero, bien escondido entre mi ropa, y me fui a Castillo Grande.
Una semana más tarde viajé a Aucayacu con el permiso de la señora Lucy, pues le dije que tenía que cobrar unas cuentas que me debían. Cuando llegué a Aucayacu, me fui a mi casa.

Empieza mi trabajo.
El negocio de la droga era el más sencillo para ganar dinero, pero...
Como la gente me conocía y ya sabía lo que había sucedido con mis padres, algunos vinieron a saludarme y volví a sentirme deprimida por estar en la casa en donde todo sabía a soledad, pero me dije que debía ser fuerte.
Arreglé mi casa y, como sabía manejar moto, saqué la de Sofía, que era una honda 70 roja y empecé a dar vueltas en el pueblo.
Llevaba mil dólares, pues me hice el propósito de trabajar comprando droga y quería buscar a alguna persona que hubiera conocido a mi tutor para asociarnos, pero ese día no encontré a nadie que me inspirara confianza y empezaba a desesperar.
Estábamos casi a fines de octubre del 87, era el tercer día que estaba en Aucayacu cuando conocí a una señora que se llamaba Martha, estaba jugando sapo en un restaurante ubicado en la salida de Aucayacu, tendría unos 29 años. Como jugaba ella sola, le propuse jugar a una gaseosa y aceptó. Nos hicimos amigas y conversamos bastante. Le conté lo que había ocurrido con mis padres.
Me dijo que era de Tacna y que estaba en Aucayacu esperando que le pagaran de una mercadería, o sea de una contra entrega, y que el vuelo se estaba demorando. Le dije que tenía mi casa en el pueblo y le propuse que si deseaba podía quedarse en ella, pues se había hospedado en el hotel. Me dijo que sus colegas en el negocio estaban en Ramal, también en espera del vuelo y que por la tarde regresaban. Me preguntó qué hacía yo sola allí, le dije mi propósito y me prometió su ayuda para empezar a comprar droga y si quería podía poner en contra-entrega mi carga y traquetear, o sea, que podía comprar la droga a bajo precio en las chacras o en algún puerto, sacar la droga al pueblo para venderla a un precio más alto a los traqueteros mayoristas, con lo que podría ganar 20  dólares por kilo y que no era arriesgado.
El kilo de base estaba a 500 dólares, yo tenía justo para 2 kilos y no quería invertir más, pues temía perder dinero. Lo que pretendía era aprender el método del negocio.
Ese día almorzamos juntas. Nos fuimos a su hotel, la dejé allí y le dije que por la noche iría a recogerla para pasear.
Me fui a descansar a mi casa y pensar si hacía bien o mal, y llegué a la conclusión de que debería arriesgar, pues si perdía ese dinero, todavía me quedaba el que había dejado escondido en Tingo.
Caí en la cuenta de que lo que hacía no era lo que me había propuesto desde un principio, sabía que me estaba acercando al precipicio y que me podría pasar, lo que les ha pasado a muchos: lo peor...
Empecé a recordar los consejos de Paolo, y me propuse trabajar como él trabajaba, y me prometí no darme a la vida.
Dormí casi toda la tarde y, cuando desperté, ya estaba anocheciendo. Me cambié y fui a buscar a Martha.
Pregunté por ella al hotelero, me dijo que estaba en el restaurante del hotel, y allí estaba con sus amigos, eran cinco. Cuando me vio, me llamó a su mesa y me presentó a su gente. Les dijo que ella me ayudaría a comprar mercadería hasta que llegue el vuelo. Sus amigos me cayeron bien. Los invité a mi casa y aceptaron la invitación, también les dije que en vez de que estén en un hotel, mejor se hospedaran en mi casa y que tenía camas.
La verdad es que no tenía miedo a la gente que llegaba al pueblo, pues allí había leyes impuestas por sendero y la gente las respetaba, por eso los llevé con confianza a mi casa.
Aquella noche nos fuimos a la discoteca del Camionero. Estuvimos bailando hasta la media noche. Yo, fiel a mis principios, no tomé trago alguno porque deseaba portarme bien, hacer las cosas con cordura y porque sentía miedo de los terroristas.
Por ese tiempo yo no veía al narcotraficante como un delito abominable, pues toda esa región vivía de la droga de la coca, y desde el más pequeño de los niños al más grande sabía que sus padres y todos los que vivían allí vivían de eso. Hoy, que comprendo todo el mal que se hace, hasta me da vergüenza pronunciar esa maldita palabra y aborrezco a los que se dedican a la droga.
Al día siguiente los amigos de Martha se fueron a Ramal. Fui con ellos, pero nos pasamos a Madre Mía, y nos quedamos a recibir a algún campesino que bajara con carga. Estuvimos sentadas en el puerto de Madre Mía en la mesa de un restaurante al borde de un río, en otras mesas también había gente que estaban esperando a los campesinos.

Le di los 1000 dólares a Martha para que ella se encargara de la compra. Estuvimos como dos horas tomando gaseosa y comiendo, cuando aparecieron tres serranitos con sus mochilas a la espalda y entraron al restaurante. Uno de los traqueteros que estaba frente a nuestra mesa se paró y se fue a conversar con los campesinos.
El dueño del restaurante sacó su balanza y la dio al campesino. Martha también se paró y me dijo: Vamos a preguntarle  al otro campesino a cuánto está vendiendo y cuánto de descuento acepta.
Yo no hablaba, tan solo miraba. Martha habló con el campesino, éste le dijo que la estaba vendiendo en 470 dólares y que estaba descontando el 10%. “Quiero ver”, dijo Martha
Y el campesino sacó de su mochila varios paquetes, envueltos en bolsas
de  manteca, Martha me llamó y me dijo:
Dile al señor de la tienda que te preste una cuchara, y compra una caja de fósforos.
Entregué la cuchara y los fósforos a Martha.
Ella sacó un poco de droga y la puso en la cuchara, después sacó una parra y la prendió, y se puso a derretir el contenido de la cuchara hasta que quedó como aceite semicaliente, frotó el contenido en la palma de la mano con un dedo, contaba el número de frotadas, en la tercera frotada se hizo un rollito, y dijo al campesino que estaba pintando en la tercera. Que no estaba de acuerdo con el descuento, le propuso descontar el 15%; el vendedor aceptó y se pusieron a pesar la droga.
Como teníamos dinero para dos kilogramos, Martha le dijo que con el descuento alcanzaba para dos y medio kg.  Empacamos y lo pusimos en la mochila. Antes de regresar a Aucayacu, Martha le preguntó a uno de los traqueteros que si todo estaba bien en la carretera, le contestó que no había batida y que todo estaba tranquilo. Arranqué la moto y nos fuimos de regreso. Paramos en Ramal, a petición de Martha, para averiguar el precio de la mercadería. Le dije que conocía gente allí y la llevé directo a una casa de madera, la que tenía Paolo al final del pueblo.
Cuando llegamos a aquella casita, me recordé de Paolo y de los bonitos ratos que habíamos tenido.
Toqué la puerta, y salió una señora a la que le pregunté si se encontraba el señor Laurel.
La señora me vio bien, y me dijo:
Te conozco, eres la hija de Paolo
Sí, soy la hija de Pol. Ya sabrás lo mis padres...
Entonces me abrazó y me dijo que sentía mucho lo que había ocurrido con ellos. Llamó a su esposo, que también me reconoció. Me preguntaron qué estaba haciendo y dónde estaba viviendo. Dije que estaba traqueteando para recusarme.
Me dijo que el precio estaba a 500 dólares al contado, que si yo quería se la podía dejar a ellos en contra-entrega y que la estaban pagando a 800 dólares. Martha me dijo que mejor lo vendíamos al toque para comprar más.
El señor salió y al rato regresó con su joven amigo, me lo presentó y le anunció que yo era la hija de Paolo. El joven me dijo que a mi papá lo habían matado por gusto, porque tres meses después el colombiano que estaba a cargo del vuelo que Paolo dirigía, había caído en manos de la DEA, y que todos los que iban en la avioneta estaban presos. Por eso es por lo que habían tomado a otra gente para dirigir los vuelos.
Me sentí muy molesta y detesté aún más a toda aquella gente de mierda que le hizo juicio popular a mi tutor.
El señor Laurel me dijo que ya todo estaba hecho, que este negocio es así, y seguiría así mientras los terroristas tengan el control de la zona.
Eso no me consolaba en nada y tenía un nudo muy desagradable en la garganta.
Me pidió disculpas por hacerme recordar cosas tristes. Le contesté que no se preocupara, que en parte me tranquilizó saber que el nombre de mi padre estaba limpio y que ojalá toda esa gente que participó en la muerte de mi padre esté con remordimientos de por vida.
Cuando digo que el nombre de mi papá estaba limpio no quiero con esto dejar de reconocer la culpa de su condición de narcotraficante, sino que había dicho la verdad, que nunca pensó quedarse con el dinero de nadie.

El joven prendió su parra y puso un poco de droga en una cuchara hasta que se derritió y la frotó en la palma de su mano. Me dijo que estaba pura en un 15% de descuento. Martha le dijo que estaba bien, pesaba 2.95 kg y me pagó 1200 dólares.
Cuando se despidió, me dijo: me dicen el “Iguana”, búscame cuando lo desees
Te agradezco tu ofrecimiento y, sobre todo por haberme aclarado sobre   de mis padres
Le dije a Martha,  ¿a dónde vamos:? a Aucayacu, mañana regresaremos para hacer otro pase, me respondió.
Arranqué la moto y, de regreso a Aucayacu, miré hacia la chacra donde quedó parte de mi felicidad. Se la enseñé a Martha y me dijo: Oye, chaparrito, no recuerdes cosas tristes. Embala para llegar rápido, que me muero de hambre. Después del almuerzo le dije si quería venir a nadar al río, se alegró de mi propuesta y nos fuimos allá.

Estuve traqueteando cuatro días, al cabo de los cuales me regresé a Tingo.
Al despedirme, le dije a Martha que no se preocupara, que podía quedarse en mi casa los días que ella quisiera y le di el duplicado de la llave y que también podía agarrar la moto.
En los días que estuve en Aucayacu conocí a mucha gente de la que traqueteaba, y también a varias firmas.
Cuando regresé a Tingo, dije en la casa que me demoré porque no me pagaban.

Luis Enrique
Cuando llegué a Castillo, me dijeron que Luis Enrique había ido todos los días preguntando por mí.
Revisé mi escondite secreto, en donde había dejado mi dinero, y estaba bien.
Compré algo de ropa.
Por la tarde estuve con Luis Enrique y le conté que me fui porque tenía unas cuentas pendientes que debía cobrar.
Por la noche el hijo mayor de la señora Lucy me comentó que la familia de Luis Enrique estaba hablando cosas feas de mi persona.
Resulta que Luis Enrique se enfermó de una enfermedad venérea, y su familia me estaba echando la culpa, pensando que yo había sido la causante y lo habían llevado al hospital para curarlo.
Me sentí ofendida grandemente, era injusto, pues me ponían como una cualquiera.
Hablé con Teresa, le dije que hasta la fecha nunca tuve relaciones sexuales con él ni con nadie.
No soportaba tal acusación, y me sentía engañada por él. ¡Que rabia sentía!
Me arreglé y salí a buscarlo. Me fui con uno de los hijos de la señora Lucy, y unas cuadras antes de llegar a su casa  lo mandé llamar.
Vino y se extrañó al verme, sobre todo por la hora. Me preguntó qué pasaba. Me armé de valor y le dije de frente
¿De qué estás enfermo?
 De nada.  
¿Cómo tu familia habla mal de mí?
Ya lo voy a aclarar todo con mi mamá.
Me enfurecí y le dije sus verdades y que no me iba a quedar tranquila hasta que le dijera a su familia que nunca tuvimos relaciones; que me daba asco su proceder y que no quería saber nada con él.
El me pidió perdón por su estupidez, pues lo sentía y me respetaba y amaba y que todo lo había hecho de cólera porque yo le había engañado con Ceferino.
Me contó que un día se fue de parranda con sus amigos a un bar de los Nube Huancas, había bebido demás y tuvo relaciones con una chica del bar y, como estaba borracho, no se dio cuenta de lo que hacía. Me pidió perdón.
Te perdono, pero con la condición de que digas la verdad a tu familia, pues no quiero  que me miren como a una puta barata. Mañana vienes a mi casa para confirmarme lo que has conversado con tu familia.
Los días que siguieron, mis relaciones con Luis Enrique fueron normales.

 YO, MUJER
18 de octubre del 87, esta fecha no la olvidaré jamás. Me sentí en la cima del mundo
Por la tarde salí al cine con Luis Enrique, le comenté que tenía que viajar a Lima, pues no quería que supiera que me iba a ir a Aucayacu. Me contestó que cómo lo iba a dejar solo, que no lo hiciera, pues deseaba verme también en las noches. Lo acepté, y quedamos en vernos.
Vino Luis Enrique a mi casa con su amigo Pepe para ir a dar una vuelta al Caracol, pero cuando llegamos frente a su casa me dijo que nos metiéramos en la de su tía, que ella no estaba allí y que él tenía la llave.
Le obedecí.
Su amigo Pepe dijo que tenía que irse.
Sin necesidad de cavilar mucho se veía que era un plan formado por ellos dos, pero yo no opuse resistencia.
Entramos al interior y nos sentamos en un mueble. Empezó a acariciarme dejé llevar por sus caricias y sucedió lo inevitable: me entregué a él.
Me sentí mujer por primera vez en sus brazos, sin importarme lo que viniera después.
Aquella noche lo amé más que nunca y no me arrepentí de lo sucedido.
Sentía que algo en mí había cambiado.
Ya en mi casa recordaba todo lo ocurrido, era algo de lo que nunca me iba a olvidar.
Al día siguiente vino por la tarde, me dijo que estaba feliz y que me amaba como nunca amaría a nadie. Conversamos bastante y le dije que tenía que viajar al día siguiente, pero me pidió que no viajara y me convenció.
Los chismes de la gente me carcomían, pues decían que la familia de Luis Enrique me despreciaba. Todo fue, según Luis Enrique, porque no le dijo a su mamá que yo no era la culpable de su enfermedad anterior.
Luis Enrique estaba terminando su secundaria.
Un día lo noté preocupado, le pregunté el motivo, y me dijo que deseaba escaparse conmigo para que pudiéramos estar juntos toda la vida, y que estaba decidido.
Yo, a pesar de que era casi una niña, comprendí que no era prudente, porque él estaba estudiando y yo no era dueña de mis actos.
Pero había algo en mí que me avisaba que algo grande y feo nos iba a pasar por el rechazo de su familia.
Vivía un tanto fastidiada, a veces tenía ganas de mandar a Luis Enrique a volar, pero no lo hice, pues realmente lo amaba, además en él  encontraba a alguien que me amaba y me quería.
Yo no era consciente de lo que estaba sucediendo en mí, pues volaba por los aires con solo pensar en el. Soñaba con él, tanto despierta como dormida y en mis pensamientos solo había una persona que se llamaba Luis Enrique.

Seguí viajando a traquetear a distintos sitios, algunas veces iba a Aucayacu, otras a Progreso, a Uchiza, y Tocache comprando droga y re vendiéndola.
Conocí a bastante gente de ese medio, y no tenía miedo de viajar con distintas amigas y amigos con los que nos hacíamos compañía.
Muchas veces nos quedábamos en las reuniones de los compañeros, por obligación, pues no podíamos negarnos, ni tampoco queríamos arriesgar nuestro pellejo; además necesitábamos entrar y salir en esos pueblos, aunque el miedo no era poco, sobre todo por el temor de que hubiera una emboscada por parte del ejército y vernos comprometidos; también teníamos que colaborar con cupos para que nos dejaran trabajar.
Encontrarse en el camino con los senderistas era fastidioso, pues teníamos que escuchar las barbaridades de esos matarifes, teníamos que mirarlos con buena cara, y tanto los traqueteros como la gente del pueblo ya estábamos acostumbrados.
En otras ocasiones nos obligaban a participar en las faenas del pueblo, o nos pedían las motos para que se moviesen de un lado para otro.
Yo, por dentro, les decía malditos perros, analfabetos y todo cuanto se me viniera al pensamiento.
Hacían matanzas de cerradores o de soplones en nuestras narices; otras veces encontrábamos muertos en la carretera, con su cartel rojo,  y hubo una temporada en que los mataban clavándoles una estaca en el corazón.
Yo no sé qué es lo que se creía esa gente al estar poniendo en práctica la muerte de Drácula.  Imagínense, matar a estacazos...¡Por Dios!, ¡qué ignorancia! Y lo peor era que cada vez que veía esas cosas, recordaba lo que le hicieron a Paolo y Sofía en mi cara y se me encendía la sangre.
A veces pensaba hacer algo en contra de los terroristas, pero me sentía un bicho para luchar contra ese club de asesinos, y me quedaba con las ganas.
En aquellos tiempos ya mucha gente había recibido un lavado de cabeza a favor de los senderistas, y algunos los aprobaban.
Los enfrentamientos entre los terroristas y el ejército se hacían más frecuentes, por lo que se paralizaba el negocio y los vuelos.
¡Carajo!, que rabia me daba verlos tan prepotentes, tanto que se creían dioses, y todo por esas cochinas armas que manejaban.
Ya todo el mundo conocía las reglas que tenían, y la primera y principal  era que el pueblo se sometiera a sus imperativos de terror y todo lo demás era pan comido. Había algunas reglas que convenían y que estaban bien, como no robar, no violar a las mujeres, no cerrar con dinero ni droga, no sacar la vuelta ni el hombre ni la mujer y tampoco estaban de acuerdo con que hubiera prostitutas.
La ley era drástica y por temor la gente la obedecía. También obligaban a casarse a los enamorados, ningún hombre podía burlarse de la mujer y bastaba que un hombre se declarara a una chica para que, prácticamente, ya estuviera casado.
Nadie podía tener amistad con los militares porque automáticamente lo consideraban  soplón y lo mataban sin remedio.
Como yo era muy joven, me llovían admiradores y unos eran más educados que otros, pero esas cosas no me interesaban, aunque me sentía halagada por los cumplidos y me agradaba que se fijaran en mí.
Tenía bien en cuenta la advertencia que había de por medio, y no tenía ganas de atarme a ningún hombre de esa clase, y me mantenía al margen de todo.
Me dedicaba a mi trabajo y, mientras estaba de viaje, en todo momento mi corazón pertenecía a un solo chico.
En ese entonces, entre los traqueteros y la gente de esos lugares me conocían como la “chibola”, pues era la más mocosa y joven de todos los que se dedicaban a hacer pases. Me tenían en gran estima, no solamente por ser la hija del difunto “Pol”, sino porque siempre fui derecha en mis negocios y en mi comportamiento.
Mucha gente trataba de apoyarme, y me gané el respeto de la gente.

Cuando regresaba a Castillo no comentaba nada con nadie de lo que hacía y les inventaba cualquier mentira.
En el mes que pasé en esos quehaceres me preocupó un poco mi reloj biológico porque la fecha en que debía de menstruar no lo hice y lo peor es que no le di importancia.
Tampoco se lo comenté a Luis Enrique, pues pensé que se trataba de un retraso y que no tenía importancia.
Se aproximaba la Navidad y, llegada esta fecha, el negocio de los vuelos y la traqueteada se paralizaba, porque la mayoría de las firmas se quedan sin gente, ya que gran parte de los traqueteros viajan a su pueblo, otros paralizaban porque había mucho control por parte de la policía.
Así que decidí darme unas vacaciones, y como había dejado regular dinero pagado en distintos sitios, para que me guarden carga hasta que regrese a esos pueblos y así no perder los clientes.

Regresé a casa, pues estaba cerca la Navidad
Desde temprano empezamos con los arreglos respectivos para recibir la Noche Buena en mi casa y con la familia, que ya se había ganado mi corazón.
Estábamos alegres, pero recordé a mi hermano Felipe, ya había transcurrieron cuatro meses desde que lo vi en Tingo y no había venido a buscarme, y deseaba volver a verlo. En muchas ocasiones, cuando estaba en Uchiza, como la gente me conocía, les preguntaba por él, pero nadie sabía quién era. ¡Deseaba tanto verlo!, pero ni rastros de él.
Ese día de Navidad, a pesar de la tranquilidad, sentía y recordaba las Navidades que había pasado con Paolo y Sofía, y lo bonito que la pasábamos.
Me invadió la nostalgia que me venía con una lluvia de recuerdos, lamentablemente ya solo eran recuerdos y nada más.
En mi soledad, como si fuera una loquita hablaba sola a Paolo y a Sofía, les prometía nunca apartarlos de mi corazón, que siempre vivirán en mí como el más bello pensamiento y el más puro amor.

En la noche algunos familiares de la señora Lucy habían llegado, y nos juntamos doce, entre niños y jóvenes, diez varones y dos mujeres, más mi persona. Algunos de los miembros de su familia me conocían y me trataban bien y a los otros recién los conocí.
Casi a las 12 m. apareció Luis Enrique y me regaló una tarjeta amorosa y me dijo que no pudo venir más temprano porque tenía que atender a sus familiares y me juró que me amaba y estuvo unos minutos mas y se fue.

A las 12 m. todos nos felicitamos y cenamos.
Yo me sentía sin ánimos y estaba un tanto triste, pero lo superé.
Me acosté un poco temprano, pues me sentía cohibida por ser una desconocida, y además estaba cansada, triste y deprimida.  
La gente no suele darse cuenta de la tristeza interior que muchos sienten, como era mi caso, pues aparentamos tranquilidad y seguridad para no inspirar lástima ante los demás y así ocultar nuestro mundo interior. Otras veces sentía rechazo por la vida, prefería estar muerta para no andar pataleando e insegura de mí misma. Lo único real, era que estaba sola.
Esa noche fue fatal para mí, tuve un sueño desesperante, de muerte. Una vez más la maldita serpiente me acechaba,  yo estaba tan desesperada, que no le presté atención y en ese momento de descuido, ella extendió la cabeza y sus ponzoñosos colmillos los clavó muy dentro  de mi ser. Al principio me pareció que su veneno era dulce, pero no pasaron ni dos segundos que comencé a sentir un ardor amargo y de fuego que me destrozaba hasta el alma. Di un fuerte grito y desperté. Lloré y lloré hasta el amanecer.

Pérdida de Luis Enrique.
Siempre que estaba a punto de ser feliz, la felicidad huía de mí, no sé qué vería la felicidad en mi persona que ese valor humano y divino, a penas me veía,  daba media vuelta y hasta luego...
Al día siguiente me encontré con Luis Enrique y me invitó a nadar al río, donde pasamos toda la tarde.
Me dijo que su familia había decidido mandarlo a Lima, para que se preparara a ingresar en la universidad y hacerse profesional.
No le respondí nada, pues con esa noticia se me fue la alegría.
No sé, pero sentí que algo así como un puñal se me había clavado en todo mí ser y lo único que le dije: “Luis Enrique, yo te amo mucho y no quiero perderte”.
Al día siguiente, 26 de diciembre, esperé a Luis Enrique por la tarde, pero no vino y me quedé muy triste. Pensé que él tenía algo que hacer, pero al otro día tampoco vino y ya suponía por qué...
Fue una noche, cuando estábamos cenando, que Chaco, uno de los hijos de la señora Lucy, me dijo:
 - Debes estar triste porque ayer tu amor se fue a Lima. Por ahí las malas lenguas andaban diciendo que su familia había mandado a Luis Enrique a Lima para alejarlo de ti.
Fue recién que me enteré claramente de que se había ido y me dejó. Se me quitó el hambre por completo y no contesté nada.
Me sentía incapaz de admitir de lo que me acababa de enterar, y me preguntaba a mí misma el por qué...
¿Todo lo que me dijo y prometió fue teatro...? Me levanté de la mesa y me fui a mi cama.
Lloré como llora una niña, llamándolo, pero ¿a quién llamaba...?, ¿a Luis Enrique?,  ¿a mi felicidad?,  ¿a una compañía?,  ¿a una madre…?

Otra vez estaba sola.
 ¡No, no, no estaba sola, pues intuía que un niño, un hijo había en mi seno!
Otra vez el destino me jugaba otra mala pasada porque me separaba del chico que adoraba y que era el padre de mi hijo. Yo no sé qué estaba pasando conmigo...
Estaba totalmente desorientada, no encontraba mi punto en el mundo, no sabía cuál era mi rol en la vida  y todo me salía mal.
Necesitaba de alguien que me hiciera crecer, porque mis valores eran muy reducidos, y los pocos que tenía se me iban escabullendo de mi mente poco a poco, uno a uno y, sinceramente, necesitaba de ese alguien, ¿de quién...?
En los días que siguieron sufrí bastante por la ausencia de Luis Enrique. Lloraba a escondidas, recordando cada minuto que pasé con él y más aún, cuando iba al lugar en donde solíamos pasar las tardes, lloraba junto al agua, para mezclar mis lágrimas con el agua del río y aprender a estar siempre en camino.

Año nuevo 88.
Estuve paseando hasta las 12 p.m. Después me fui con Teresa y otras chicas a una discoteca. Mientras las chicas bailaban alegres, yo me sentía con pena de muerte, no tenía ganas de nada, me quedé sola, sentada y fumando cigarrillos, no sé cuántos... Mi mente estaba con Luis Enrique y me daba mucha tristeza no verlo a mi lado
Unos días después de Año Nuevo me fui de viaje a Uchiza, porque tenía negocios pendientes y necesitaba estar haciendo algo.
En Uchiza me hospedaba en la pensión de Al Turco.
En esos días estaba toda decaída y sentía mucho sueño.
Como paraba comiendo en la calle, la comida me caía mal y me daban ganas de vomitar.
 Mis amigas me decían:  
 - Oye, Chibolita, te vemos mal y parece que  has adelgazado.
Una de ellas me dijo:  
 - Oye, chibola, creo que estás incubando y no lo sabes.
Yo me quedé paralizada. Recordé que, efectivamente, el mes pasado no había reglado y este mes tampoco, pero disimulé mi temor ante ellas y les dije que no era posible porque no había hecho ninguna travesura y me reí. Pero me invadió la duda, pues sabía en mi conciencia que había tenido varias relaciones con Luis Enrique y sentía, intuitivamente, que un niño  se formaba en mi seno era mi hijo y que con su manita acariciaba mi corazón...
En esos días advertí que me asqueaba el aderezo de la comida y no tenía hambre, pero no lo daba a notar y disimulaba muy bien.
En la pensión de Al Turco había varios traqueteros que a veces nos invitaban a la discoteca el “Porris”, pero ninguno era de mi agrado.
Un sábado, el menos pensado, cuando estuve en el río lavando mi moto, un joven me asustó, pues se metió al río cerca de mí, lo hizo, como decimos en la selva, con todo y moto y sonó como si estuviera echando agua a un montón de leña ardiendo
 - ¿Te asusté?,¡disculpa!
 - No solo me has asustado, que también me has mojado.
Iniciamos amigablemente, una corta conversación, preguntándome qué de dónde era, qué me vio en varias ocasiones en las que iba a hacer mi pase en Huilte y, como él trabajaba con la firma de Palenque, allí me conoció.
Terminé de lavar mi moto y le dije que tenía que irme.
Oye, mi nombre es Juan. Tú, ¿cómo te llamas?, aparte de que te dicen chibola, pues hemos conversado largo rato y nos olvidamos de decir nuestros nombres
  - Mi nombre es Lucy.
 - ¿Dónde te hospedas?
 - En la pensión de Al Turco.
  Arranqué mi moto y me fui a la pensión. Me sentí mal al pensar en cosas tontas porque debería preocuparme de mi situación y. más aun, en mi posible embarazo, ¡hay, qué horror me daba pensar qué...!
Era ya tarde cuando sentí que tocaban la puerta. Me paré, abrí y era Juan.
Por educación le dije que pasara y dejé la puerta abierta, porque las malas lenguas abundan desde que se hizo el mundo y yo no quería dar lugar a chismes. Conversamos largo rato.
Me preguntó si estaba mal de salud, y le dije que tenía un malestar pasajero. Me preguntó si podíamos salir a bailar por la noche, y le respondí que sí.
Efectivamente, por la noche vino por mí y nos fuimos a una discoteca. Allí se me declaró.
No es que yo aceptara a todo chico que me dijera algo bonito o simplemente se fijara en mí, era que más bien yo estaba buscando un poquito de amor, buscaba a alguien que me hiciera compañía, porque la soledad era mi mayor tortura. Desde chiquita, desde los cinco años, tuve que enfrentarme a un mundo hostil, duro y caprichoso. Soy una persona familiar, social, amigable y me gusta hacer el bien, secar las lágrimas, consolar, arreglar el mundo...
Los días que siguieron paseamos por distintos sitios.

Juan era un hombre un tanto mayor que yo, me acompañaba, y me supo hacer sonreír y no pensar en mis problemas. Me gustaba pues era muy atento y cariñoso, sabía escucharme y comprenderme. Hasta ese entonces no me faltaba el respeto.
El recuerdo de Luis Enrique no se me iba, lo tenía latente  en mi corazón.
Decidí viajar a Tingo.
Les dije a mis amigas y a Juan que me habían llamado con urgencia de Tingo unos familiares, y que volvería pronto.
Una tarde, antes de viajar, estando en la pista de aterrizaje esperando el vuelo que iba a traer mi dinero, Juan, me propuso que viviéramos juntos, y respondí que lo pensaría. Por ratos pensaba y me daban ganas de contarle sobre mi posible embarazo, pero temía que se desilusionara de mi persona y preferí callar.
Viajé a Tingo, era el mes de enero, dejando pendientes algunos negocios en Uchiza.

Visita al médico
Ya en la casa de Castillo me cambié y me fui al doctor.
Pero no conocía a ninguno de la especialidad que yo necesitaba y entré al primer consultorio que vi abierto.
En la puerta había una enfermera, a la que pregunté a qué hora llegaba el doctor.
El doctor Genaro no tarda en llegar, pero debes sacar tu consulta.
Entré, di mi nombre, pagué la consulta y me senté a esperar hasta que me tocara mi turno.
Me sentía inquieta, indecisa y tenía ganas de salir corriendo. No sabía qué le iba a decir al doctor, pues sabía que preguntaría sobre mis padres y con quien había tenido relaciones.
Cuando entré al doctor, me dijo:
 - Pasa y siéntate. Por qué estás nerviosa, qué te pasa o de qué estás enferma.
No sabía cómo empezar y me da vergüenza.
 - Con confianza dime qué te preocupaba, yo soy médico y no juez.
Me sentí un poco mejor y le dije mis dudas, porque no venía mi regla desde hacía dos meses, y que ya iba para el tercero.
 - El doctor me miró fijamente y preguntó:
 - ¿Cuántos años tienes?
Respondí que 14 años.
Me dijo que era una niña y que si mis padres ya sabían…
Le dije que no tenía padres.
Siguió preguntándome quién era el padre, el responsable de mi posible embarazo.
Contesté que estaba en Lima y que no estaba enterado.
Le tomé confianza y le seguí contando que mi enamorado, con quien tuve relaciones, era un chibolo de 15 años, y que sus familiares lo mandaron a Lima para alejarlo de mí.
El doctor Genaro me dijo que eso sí era serio.
Minutos después sacó un calendario y me dijo:
 - Vamos a ver, chiquilla: ¿Cuándo fue tu última regla?
 - El 2 de octubre del 87.
Y le conté que tuve mi primera relación el 8 de octubre.
El doctor me enseñó los días peligrosos, según la fecha de antes y después de la regla y me dijo que posiblemente estaba por cumplir dos meses de embarazo.
En la camilla, me tocó la barriga muy fuerte, me revisó los ojos, me preguntó si tenía nauseas, sueño y cansancio, y si me daban asco los aderezos.
Le contesté que solo estaba tomando líquido, porque mi estómago no resistía los aderezos.
Después, como si fuera mi padre, me aconsejó que tener un hijo era una responsabilidad muy grande, que debería avisar a la familia del chico para que me apoyen, porque yo estaba muy débil y que esas cosas son muy serias.
¿Con quién vives y en qué trabajaba?
Yo le engañé, pues le dije que mis padres me dejaron regular dinero y que por ese lado no tenía preocupaciones.
Me entregó un frasquito y me dijo: Mañana orinas y echas el orín en este frasquito para llevarlo al laboratorio y ver si efectivamente estás en estado, porque no puedo recetarte nada hasta estar seguro y confirmado.
Me dijo que la muestra costaba 42 intis, que la llevara al siguiente día antes de las 9 am., y si él no estaba, se la diera a la enfermera y que regresara en la tarde para ver los resultados del análisis.
Realmente estaba muy preocupada. Me preguntaba qué iba a hacer con mi bebé, cómo iba a trabajar, qué le iba a decir a Teresa, a su mamá y cómo iba a poder trabajar tan barrigona.
Me fui a un kiosco, pedí una naranjada y unos cigarros.
No hacía más que pensar, y de tanto pensar se me vino la idea de abortar.  ¿Por qué no...?  Pero no sabía a quién y cómo se lo iba a decir. Dios, mío: ¿por qué no tengo una mamá?, ¡qué falta me hace…! A ella sí le contaría todo lo que me pasa, aunque me pegara, aunque me dijera que soy una mala y aunque...
¡Ay!, en esos momentos la luna de Paita quedaba más cerca que la solución que yo buscaba. Y lo cierto era que había decidido abortar a cualquier precio.
Mi verdadera madre no me lo hubiera permitido, aunque ni ella ni yo hubiéramos querido por nada del mundo tener un hijo en esas circunstancias, pero ya era un hecho. Aunque  sin padre, sin abuelos, sin tíos, sin una madre que supiera tener un hijo, como era mi caso.
Un hijo tiene el derecho de venir a este mundo con todas las garantías, yo no las tenía ni para mí misma  y menos podría  dárselas a mi hijo.
Yo era toda una montaña de ignorancia, sola, sin calor de madre, de esposo, de hija, de nadie...
Recordé aquel momento feliz en que me sentí mujer, pero no valía la pena ser mujer sin saber si puedes ser madre, sin saber si puedes tener un hijo y sin saber cómo mantenerlo.
Fue la primera y única vez que sentí arrepentimiento de haber hecho lo que hice.
Por la noche en Castillo, mientras descansaba, pensé que lo mejor que podía hacer era someterme a un aborto. Yo había oído tantas veces hablar sobre él, que no me daba miedo, no lo veía fácil, pero tampoco imposible.
Prácticamente lo había decidido, pero no se lo diría al doctor Genaro, pues parecía un hombre honrado y no lo hubiera aceptado.
Al día siguiente eché la orina al frasco y me fui al consultorio. La enfermera me la recibió y me dijo que saque consulta para ver al doctor. Saqué mi consulta y me fui a dar vueltas por el pueblo. Pero mis pies me llevaron a un tópico con la idea de conversar con un médico o una enfermera sobre mi embarazo y ver la posibilidad de un aborto.
Encontré un consultorio. El médico me hizo pasar y empecé a contarle todo y  le dije que quería abortar, que por dinero no se preocupara.
El doctor me miró fijamente y preguntó mi edad, le dije que tenía 16 años, pero le mentí, pues si le decía que tenía 14 años me rechazaría, o me regañaría, o...
Me preguntó sobre mi familia.
Mira, me dijo:
 -  Estas cosas son muy serias, de repente podría pasarte algo malo y me juego mi carrera.
 - Quiero saber cuánto tiempo de embarazo tienes.
 - Dos meses.
Después el médico me chequeó y me dijo:
 - Vienes mañana, y traes 45 intis porque te voy a poner una ampolla para que caiga el feto.
Y me advirtió que lo hacía porque le daba pena mi situación. Y  por favor,  no le digas nada a nadie, porque si pasaba algo,  cualquier cosa,  él no me conocía.
Le respondí que no se preocupara.
Me despedí del médico, pero no estaba tranquila, sabía que corría un gran riesgo, y por otro lado la conciencia me acusaba.
Sabía qué hacía mal procediendo de esa manera, pero qué iba a hacer yo sola con un hijo y sin una familia que me apoye.
Luis Enrique no sabía nada, además, qué podría hacer él si solo era un chiquillo ...
Eran muchos los obstáculos para hacerme cargo de un hijo, a veces una piensa en los beneficios, pero es necesario conocer bien  los obstáculos y ese fue mi caso.
Con sinceridad yo estaba optando por lo más fácil, sin pensar que ese niño iba a ser la razón de mi vida y mi felicidad. Estaba optando por librarme de algo que el padre no sabía y yo no quería.
Por la tarde del 19 de enero del 88 me fui donde el doctor Genaro que me dio el resultado de los análisis, y me dijo:
- Bueno, chiquita, tus análisis dan positivo y vas por más de dos meses.
 - Qué puedo hacer, pues me siento muy débil.
 - Tienes que reponerte y estar fuerte para el parto.
Me preguntó si tenía dinero para ponerme el suero y las vitaminas, y le contesté que sí. Llamó a su enfermera y le dijo:
Vete a la Montero y compra las vitaminas con aguja y un juego de mariposa.
Le di 100 intis. La enfermera quiso darme ánimo y no tuviera miedo...
Mientras tanto el doctor fue preparando las cosas para ponerme el suero.
Me mandó ir a la camilla a esperar. El proceso iba a durar 3 horas. Le contesté que no me preocupaba, lo tomé con calma, y dormí largo rato.
El suero se terminó cerca de las 7 pm.
El doctor me recomendó que no hiciera ningún esfuerzo y que volviera al consultorio a fin de mes.
Esa noche anímicamente me sentía mal y muy preocupada, porque al día siguiente tenía que ir al tópico, para que el otro médico me pusiera la ampolla que me haría abortar.
¡Bueno!, me dije a mi misma: ¡que pase lo que tenga que pasar...!
Efectivamente, al día siguiente me fui al tópico, el médico me esperaba y me puso la ampolla.
A la salida me dijo que si por la noche sentía algún dolor que no me preocupara porque era normal, y me fue explicando con toda paciencia el procedimiento. Pero si no pasaba nada, es decir, si no hacía efecto la ampolleta que regresara al día siguiente y ponerme otra.
Esa noche no sentí ni cosquillas, o sea, que la ampolla no hizo efecto y tenía que regresar.
Le dije al médico que no me hizo efecto y ni siquiera tuve el más mínimo dolor. Me puso otra ampolla que tampoco dio resultado, y así me puso siete  ampollas durante siete días, pero mi organismo no reaccionaba a la medicina y mi embarazo estaba muy bien.
El médico estaba consternado y me dijo que mi ovario era muy fuerte.

Estaba molesta con el médico y le dije que me diera otra opción. Me contestó que no podía hacer más.
Me fui del tópico muy preocupada y amargada.
Mientras caminaba me vino la idea de ir donde el doctor Genaro y, como ya tenía confianza con él, le iba a proponer que me hiciera un legrado al precio que fuera.
Efectivamente, al día siguiente, fui al consultorio del Dr. Genaro. Cuando estuve frente a él le dije a lo que iba, que era por mi hijo, porque yo no sabía cómo cuidar a una criatura.
El doctor Genaro de inmediato cambió las facciones de su rostro y me respondió que él jamás haría una cosa así y mucho menos a una menor de edad.
Estaba furioso y me preguntó si yo estaba loca, que antes de hacer tonterías, qué  me preocupara en trabajar y ahorrar para comprar los pañales.
Le supliqué:
 - Por favor, no sé qué hacer. Le pago lo que usted me pida. Le ofrecí 1000 dólares o lo que él pidiera”.
Muy molesto, me respondió:
 - Mira, mocosa, no lo voy hacer ni por 10,000 dólares. En mi juramento de médico he jurado salvar vidas, no matar, y no estoy dispuesto a perder mi carrera por el chiste de una mocosa loca.
Prácticamente me botó de su consultorio.
Me fui muy avergonzada por lo sucedido, y, a pesar de que me puse siete  ampollas abortivas,  no había señales de ningún malestar y mi niño se iba formando, gracias a Dios.

Regreso a Castillo
Regresé a Castillo por la tarde, fui a jugar vóley en el campo de la señora Emma Roca y me encontré con la hermana de Luis Enrique. Estuvimos conversando,  le dije que no me venía mi regla desde hacía dos meses, por lo que estaba embarazada de su hermano y que no se lo dijera a nadie.
Ella me preguntó qué iba hacer yo, pues pronto se notaría y tendría que hacer algo...
No lo sé. Te juro por Dios que el bebe es de tu hermano, le respondí.
Me contó que Luis Enrique estaba bien, que se estaba preparando para ingresar a la Cayetano, pues quería estudiar odontología, y que no sabía más.
Me alegré saber algo de él, por eso recordé los momentos que pasamos juntos, momentos inolvidables, y más inolvidables aún, por el hijo, por nuestro hijo.  Estaba embarazada de él, y sentía que dentro de mí estaba algo de Luis Enrique, por lo qué el seguía acompañándome en mi camino.
No hubo más comentarios.

Tenía una amiga se llamaba Helen, ella, se reía y me decía: tienes en el vientre a un robustino y está bien pegado.
Muchas veces hacíamos chistes sobre las embarazadas.
En esos días conocí a un hombre muy bueno, se llamaba Joel, tuvimos una bonita amistad  y se portó muy bien.
Nadie sabía lo de mi embarazo.
En la casa de Teresa tampoco lo sabían, no quería decirles nada. Les engañé diciendo que estaba trabajando en Tingo en una casa, y que por eso no podía estar en Castillo.
Y, como dinero no me faltaba, arrendé un cuarto en Tingo y compré mis cosas.
Días después viajé a Uchiza, pues me sentía bien de salud, gracias al suero y vitaminas que me recetó el doctor.
Ya en Uchiza algunos amigos me decían: “Oye, chibola, estás engordando”. Les contestaba que últimamente estaba comiendo mucho.
Mientras estuve traqueteando me detenía a pensar cómo podría ahorrar dinero, porque dentro de pocos meses mi estado se iba a notar y ya no podría estar con mis amigos; también mi amigo Juan se iba a dar cuenta y no quería que eso sucediera.
Les anticipé a mis amigos que me iba a retirar del trabajo por unos meses, porque tenía que regresar a Huánuco y ver sobre mis estudios. Lo mismo le dije a Juan, pero él me dijo que me quedara, que me amaba y quería vivir conmigo. Le contesté que no se preocupara, que ya regresaría, o de lo contrario, que él viniera a visitarme a Huánuco.
Me resigné a tener al bebe, pero no estaba conforme por las muchas preocupaciones de mi embarazo y por el temor de no saber ser madre.
En los siguientes días ya estaba conforme en ser madre y querer mucho a mi hijo.

Y lo más bonito de todo es que me estaba gustando estar embarazada.
Vi que la mano de Dios me estaba protegiendo y protegiendo a mi hijo.
Por primera vez sentí Paz. Posiblemente mi mente estaba cambiando y ya me sentía madre, una madre que ama el fruto de sus entrañas, ese era ya mi caso y  me hacía sentir bien, y me hacía la idea de amamantarlo, de jugar con él, de sentir su ternura, de verlo hermoso y reluciente, mirándome a los ojos y, sobre todo, esperaba  escuchar esa bendita palabra: ¡¡Mamá!!
Ahora mi ilusión era ver por el futuro de mi hijo, para ello tendría que poner de mi parte todo el esfuerzo posible para ser una buena madre
 ¡Ah, que feliz me sentía soñando!

Me quedé en Uchiza casi dos meses, traqueteando, juntando dinero y tenía ya ahorrado casi 13,000 dólares.
Pensaba en dedicarme a algún negocio por lo legal, ya que con mi hijo no podría caminar de aquí para allá, porque tendría fuertes obligaciones y no quería ser mal ejemplo.
Regresé a Tingo el mes de abril del 88, a mi cuarto que tenía alquilado.
En esos días me buscó mi amigo Joel y no advirtió mi embarazo.
La verdad es que estaba muy asustada, me entraban ganas de regresar a Pucallpa, donde mi padre, decirle que estaba embarazada y proponer que hiciéramos un negocio.
 Pero, cómo iba a regresar y decirle que estaba en ese estado y,  además, qué iban a decir las brujas de mis tías...
Eran casi cinco años que no veía a mi familia, pero, aunque los necesitaba mucho, pues no tenía quién me guiara y me quisiera, sentía la necesidad del apoyo de mi padre y el cariño de mis hermanos.
.
Fui a mi control de maternidad, esta vez a un doctor particular, de apellido Angulo, y le dije las cosas que había hecho para evitar mi embarazo. El doctor me dijo que tenía un ovario fuerte, pero, a pesar de ello, que no estaba seguro de si el bebe nacería bien, y me estuvo explicando los riesgos que iba a correr.
En los días siguientes a mi consulta el médico me dijo que me sacara varios análisis.
Efectivamente, lo hice, y vio que no había muestras de enfermedad, me chequeó muy bien y me dijo que era estrecha y posiblemente me harían una cesárea.
Como me faltaban 3 meses, el doctor me dijo que, a partir de la fecha, tenía que hacerme un chequeo cada mes, para un mejor parto y para prevenir cualquier contratiempo. Desde esa fecha no trabajaba en nada. Fui comprado los pañales y algo de ropa de bebe.

  Victorio Rodríguez.
Un verdadero amigo
Por esos días, mientras almorzaba en mi pensión, conocí a un antiguo amigo, tendría unos 26 años, se llamaba Victorio Rodríguez, era mecánico y le dije la verdad, se lo conté todo y también lo referente a mi vida pasada. Fue para mí un buen amigo, sin condiciones, y le hablaba de todo con toda confianza, no quiso dejarme sola e impotente y, por eso, se mudó a vivir en la quinta donde yo vivía para acompañarme.
Los sábados y domingos hacíamos compras, cocinábamos me cuidaba y por las noches nos íbamos al cine.
Yo lo veía como un padre y hasta como una madre. Su compañía fue para mí el mejor regalo que podía tener una mujer sola y abandonada. Me acompañó en los días más difíciles de mi embarazo, especialmente en el hospital, donde nació mi hijo, hasta que yo me pude valer por mí misma y, por último, hasta hacer de padrino en el bautizo de mi hijo Salvador.
Su encuentro con el fue una bendición, como también su desaparición fue un misterio inesperado.
 Fue así:
Una mañana, fui a buscarlo a su habitación, me extrañó ver todo en orden, pero él no estaba, pensé que se habría ido muy temprano al taller, lo estuve esperando todo el día y  no llegaba a ninguna hora, volví a entrar en su habitación y debajo de la almohada vi una nota escrita en que se despedía de mí y que no me preocupara por nada, pues estaba haciendo lo correcto
 Desapareció de mi vista. Pasaron varios años para volver a tener noticias de él. Supe que su desaparición fue a causa del terrorismo, pues no se sentía seguro en Tingo María.

Pensando en las advertencias que me dio el doctor, decidí ir unos días a Pucallpa a visitar a mi papá, por si me agarraba la muerte y, antes de morir, como le pasó a mi mamá cuando nací yo, por eso  quería ver a mi familia real de sangre.

Como tenía dinero ahorrado, dejé guardado en mi cuarto 8000 dólares bajo el cuidado de Victorio, y el resto, 4000 dólares, lo llevé a Pucallpa para invertir en algo de provecho a favor de mi padre y, quien sabe..,,  despedirme para siempre de él.

Encuentro con mi padre.
Era ya mediado el mes de mayo.
Llegué a Pucallpa al atardecer, y me hospedé en el hotel. Como estaba cansada ese día, y ya era tarde, no fui a visitar a mi padre. Primero tenía que averiguar si se encontraba en aquella casa que tan infeliz me hizo pasar mi niñez.
Le dije al hotelero que viera un taxista de confianza para que me guiase al día siguiente porque deseaba tomar sus servicios y que le pagaría lo que él ganara en un día. Me contestó que sí había agencias de turismo de confianza.
Dos horas más tarde, cerca de las 8 am., vino un señor de avanzada edad, pertenecía a una agencia de turismo y me dijo que tendría que abonar 300 intis por adelantado. Le pagué y me hizo el recibo.

El chófer contratado me llevó a visitar los restaurantes de Pucallpa y al puerto de la “Hoyada”.
Le expliqué que tenía que averiguar el paradero de mi padre, que no estaba segura si continuaba viviendo allí, porque me fui de casa a temprana edad, que mi padre era un hombre ciego  y que no sabía cómo reaccionaría con mi presencia, tanto él como el resto de mi familia. Por favor, señor, le supliqué, usted pregunte por él, yo me quedaré en el carro, si mi padre se encuentra, lo llama a un lado y le dice a solas que su hija lo quiere ver.
El chófer, chismoso, me hacía preguntas, que en qué trabajaba, de dónde sacaba dinero, etc. Tuve que explicarle que cuando escapé de mi casa, cansada de los maltratos que me daban, me recogió una pareja que tenía mucho dinero, que murieron en un accidente y me quedé con la herencia y ahora deseaba encontrar a mi padre para ayudarlo.
Efectivamente, llegamos al puerto de la Hoyada, volví a recordar los días tan tristes que había pasado en aquellos tiempos de pobreza.
Vi los barcos que estaban varados en el puerto.
Como mi corazón me latía fuerte, el señor me dijo:
Señorita, ¿está usted bien?
 Estoy bien, un poco nerviosa. El chófer se estacionó frente a la casa de mis tíos y le dije:
Vaya a esa casa y pregunte, como cosa suya, por Felipe el ciego. Cuando lo vea  dígale que su hija lo busca, y desea hablar a solas con él”.
Minutos después salió un viejito y reconocí en él a mi padre, estaba muy acabado y caminaba con bastón, se notaba que la ceguera le había avanzado. Al verlo así mi cuerpo se estremeció, no sé si de alegría o de pena. Venía hacia el carro, caminando junto al chófer, que lo cogía de la mano.
 ¡Dios mío!: dame valor, pues me sentía culpable de haberlo dejado tantos años, y ahora estaba más anciano e inválido que nunca.
Sentí un hondo dolor en el pecho y me asfixiaba verlo en ese estado.
Y ver aquella casa donde pasé mi niñez tan dura, solitaria y triste, las lágrimas empezaron a humedecer mi rostro y me daba vértigo.
A punto de llegar mi padre al carro, abrí la puerta y grité:  ¡Papito! Lo abracé y nos pusimos a llorar.
 ¡Ay, hijita!: pensé que nunca volvería a verte, sufrí mucho por no saber de ti.
La culpa de todo la tiene su familia.  Por favor, sube al carro, debemos ir a otro sitio donde podamos hablar, pues no quiero que mis tíos se percaten de que he llegado y me vean.
Subió al carro y nos fuimos al centro de la ciudad, a un restaurante.
Me contó que también mi hermano Felipe se escapó tiempo después del que yo me fui, y que no sabía nada de él.
Le conté que lo había visto en Tingo María,  y los motivos por los  que lo empujaron a escaparse de la casa de su familia eran semejantes a los míos.
Me dijo que mi hermano mayor también se fue por los mismos motivos y que vivía en la Hoyada
Nuestra conversación fue larga y durante la misma, ni en él ni en mí había alegría, pues nuestros pensamientos se concentraban en la tristeza del pasado y la dura realidad de nuestra separación.
Mi padre sufría mucho por la separación de sus hijos.
Y con el gozo del encuentro y la pena de los recuerdos pasamos ese día.
Yo, en la tranquilidad de mi hotel, pensaba cómo o qué hacer para sacar a mi padre adelante, pero por otro lado también pensaba en la criatura que estaba por nacer de mi vientre, no podía quedarme a su lado y no deseaba decepcionarlo más de lo que ya estaba.
Me causó mucha tristeza cuando me dijo que me quedara, que él trabajaría en lo que fuera necesario para educarme y mantenerme. Le contesté que no podía quedarme más de un par de días porque tenía mucho trabajo en Tingo María y que, por el contrario, era yo la que deseaba llevarlo y ponerle algún negocio.
Mi padre me reconoció como una chica madura y cariñosa.
Para que no pensara mal de mí, le expliqué que mi trabajo era viajar a distintos sitios de la selva, que tenía un pequeño capital con el que estaba dispuesta a ponerle un negocio y una casa alquilada hasta que pueda comprarle una.
Yo, definitivamente, no tenía intenciones de quedarme a vivir en Pucallpa, pues me haría daño estar cerca de su familia, y porque los recuerdos de niña me atormentaban.

Al día siguiente seguimos paseando y recorriendo distintos lugares de Pucallpa. Hablamos de los recuerdos de mi infancia, de él, de mis hermanos, de nuestra tierra, etc.
En una conversación, cuando le dije que mi deseo era tenerlo cerca de mí, mi padre me dijo que él no quería irse lejos de sus otros hijos y me sentí ofendida, pues llegué a pensar que él quería más a sus otros hijos y que yo no le importaba.
Como ya era tarde le dije que nos veríamos al día siguiente, que no se preocupara por mí, que ya, desde hacía mucho tiempo, estaba acostumbrada a sentirme sola y no me pasó nada.
Me fui al hotel después de dejar a mi padre, me sentía emocionada, pero con tristeza, pues se quedó en mí alma el rechazo de mi padre, eso me molestó un poco. Pero, en fin, me dije a mi misma, si la felicidad y tranquilidad de mi padre era estar al lado de mis hermanos, lo único que me quedaba era ayudarlo  brindándole un apoyo económico.

En las presentes circunstancias, con mi embarazo, yo necesitaba estar sola unos meses hasta que mi bebé naciera, después ya vería...
Me sentía un poco incómoda con la barriga, pero más era mi preocupación por mi padre y la salud de él.
Para que la gente no se diera cuanta de mi estado, usaba pantalón talla 28 y polos grandes, pues había engordado, más parecía una chica gordita que una mujer embarazada y hasta mi papá me dijo que me veía gordita.
Al día siguiente, el chófer me estuvo esperando en el salón del hotel y en seguida nos fuimos a darle el encuentro a mi padre.
Lo encontramos en el paradero y nos fuimos a tomar desayuno.
Le propuse un negocio, y también le dije que averiguase el costo de la operación en alguna clínica y que yo iba a pagar los gastos.
El me miró sorprendido y me preguntó que en qué estaba trabajando para ganar tanto dinero; si es que estaba en el tráfico de drogas o en qué... Le respondí que no, que no estaba trabajando en nada ilegal, que trabajaba con repuestos, que por ese motivo no podía quedarme mucho tiempo en Pucallpa ni en Tingo, pues debía viajar constantemente.
Mientras paseábamos me dijo que deseaba viajar a la Amazonía a visitar a uno de mis hermanos, que se había unido a una shipiba y que su deseo era de viajar conmigo a visitarlo y saber de él. Le contesté que me gustaría, pero que no podía, pues el tiempo lo tenía medido y estaba muy retrasada.
Le pregunté dónde vivían mis otros hermanos, me respondió que iríamos a visitarlos, pero sobre todo a mi hermano mayor.
Mi hermano José, vivía en la Hoyada, no había tenido suerte en la vida, pues se casó y su mujer lo llenó de hijos.
Compré ropa y zapatos para mi padre y algunos regalos para mi hermano.
 Al medio día fuimos a visitar a mi hermano, mi padre me llevó por unas chozas de madera hasta su casa.
La gente que vivía allí era muy pobre, pero no me extrañó, porque yo había vivido peor y sabía lo que es la vida necesitada.
Llegamos a una chocita con escalón, afuera había tres niños sucios y mal cuidados.
No sé, los miré y me vi en ellos, como si estuviera reflejada en esos niños, sin saber que eran mis sobrinos y me acerqué a ellos.
Mi papá me dijo que eran los hijos de mi hermano. El cuerpo se me estremeció, pues advertí que mi familia era una desgracia, que en vez de progresar se había arruinado más y más.
Resolví que definitivamente no debía quedarme allí que, si ellos no habían progresado, yo tendría que hacerlo cueste lo que cueste.
Al ver a mi familia atravesando ese cuadro de pobreza, me di más valor para pensar en trabajar y apoyarlos.
Los niños saludaron a mi papá.
Les preguntó por mi hermano, y respondieron que estaba en la casa.
Mi papá llamó a José, que salió inmediatamente.
José se quedó mirándome, pues no me reconocía.
José, tú hermana vino a saludarte.
Bajó de la escalera y me dijo:
 ¡Eres Lucy!.
Nos saludamos y nos hizo pasar a su choza, nos sentamos en una banca de madera y noté que no tenían cama y dormían en el suelo; en un rincón de la habitación había una cocina de barro seco.
Me sentí muy mal al ver a mi hermano mayor, que estaba terminando su vida como un pordiosero.
Me dije que no permitiría consumir mi vida en la pobreza y tampoco me llenaría de hijos y que el hijo que llevaba en mis entrañas sería el único y no volvería a tener otro.
Al rato apareció una señora muy descuidada con un bebe en brazos y mi hermano dijo que era su señora.
Dije a mi hermano que no podía quedarme muchos días en Pucallpa, por eso quería ver la posibilidad de ponerle un negocio a mí papá para curarse  y recuperar la  vista.
Su señora nos trajo un caldo de pescado que se llama timbuchi, o sea chilcano y lo tomamos. Mandé a los niños a comprar gaseosas y unas cervezas. Charlamos sobre el negocio hasta el atardecer.
Al despedirme, le dejé 1000 intis a mi hermano para que se comprara alguna cosa, pues ni cubiertos tenía, y que se acordara de mi visita.
Dejé a mi padre en la esquina de la casa de mi familia.
Al día siguiente fui a ver a mi hermano y a mi papá, para saber la cantidad de dinero que necesitarían para el negocio y la operación.
Me sentía un poco mal de salud. Mi barriga estaba creciendo mucho. No podía quedarme más días porque recordé que tenía cita con el doctor y tenía que prepararme para el nacimiento de mi bebé.
Le dije a mi papá que tenía urgencia de regresar a Tingo y que continuaría comunicándome con ellos.
Entré con mi padre a la choza de mi hermano para hablar del dinero que les iba a dejar, que viera en qué iban a invertir y que regresaría en tres meses.
Antes de despedirme le supliqué a mi hermano que llevara a mi padre al hospital o a la clínica para que le hicieran un estudio y lo operaran de su ceguera, posiblemente eran cataratas.
A mi padre le di 2000 intis para que se opere de la vista y 7000 intis para que con mi hermano invirtieran en lo que creyeran conveniente.
Mi papá se entristeció y lloraba.
Estuve todo el día con ellos en el puerto de la Hoyada, me despedí al anochecer. Me sentía un tanto tranquila porque al menos mi padre estaba bien, dentro de lo que cabe.
Me sentía satisfecha porque les estaba dejando un poco de dinero para que pudieran sobrevivir. Me prometí estar siempre pendiente de mi padre y hacer hasta lo imposible para mandarle su mensualidad.

Mi parto
Inmediatamente me fui a la agencia  León de Huánuco.
Miro mis ahorros y veo que estaba con poco dinero, con lo justo para llegar a Tingo. No me importaba el haber gastado todo el dinero que había llevado, más bien me sentía feliz porque mi padre estaba tranquilo con su hijo.
Deseaba llegar cuanto antes a Tingo y ponerme al día con mi control.
Ya en Tingo tuve que ponerme ropa de maternidad, y evitaba salir a la calle. Victorio   siguió estando a mi lado.
El médico me dijo que ya me faltaban pocos días para dar a luz.
Le confié a Victorio   todo mi dinero y le dije que en cualquier momento daría a luz y que confiaba en su persona.
Le encargué la compra de mis necesidades, el cuidado de mi cuarto y le di la llave.
En esos días me molestaba la barriga porque estaba ¡tan grande!
Yo había adelgazado y, cuando me miraba en el espejo, me parecía a una pita con nudo. Me fastidiaba la barrigona para dormir. Temía que mi bebe naciera con defectos por los tantos medicamentos que había ingerido en los meses pasados.

Lunes, 23 de junio.
En la madrugada me sentí un poco mal, con dolores leves, me palpitaba la barriga, justo en el útero, y me bajó un poco de líquido y me asusté.
No tenía a quien decirle lo que me estaba pasando.
Los dolores de útero eran leves y el líquido seguía bajando.  
Me asusté tanto que decidí arreglar mis cosas para ir al hospital.
Le escribí una nota a Victorio   haciéndole saber dónde estaba y que me llevara un poco de dinero al hospital.
En esos momentos me sentía tan sola, sin una sola persona que me diera aliento. Pensé que me iba a morir, como mi madre murió dándome a luz
Cuando llegué al hospital no sabía cómo decirle al que estaba en la puerta lo que me pasaba, pero el señor me preguntó qué era lo que deseaba, y le dije que tenía dolores de parto. Inmediatamente abrió la puerta y me hizo entrar, llamó a una enfermera que me atendió.
La enfermera me preguntó sobre mis síntomas, desde qué hora empezaron los dolores, me acostó en una camilla y me revisó.
Me confirmó que efectivamente estaba a horas de dar a luz, y que caminara hasta que llegue el doctor.
A las 10 am. llegó el doctor y me revisó, estaba con 2 de dilatación. Me recomendó que debía caminar para que sea más fácil el parto
Los dolores me venían más seguidos, aunque cortos.
¡Ay, era horrible!
Las enfermeras me controlaban cada hora.
A las 6 p.m. el médico me revisó y dijo que estaba con 4 de dilatación, que faltaba poco, y que posiblemente nacería mi bebe a las 12  de la noche.
Yo también deseaba que mi bebe naciera para esa hora.
Para mí, el dolor y la espera eran desesperantes. Mientras caminaba en el pasadizo pensaba en qué nombre le pondría a mi hijo o hija. Le dije a Victorio   que si era varón le pondría Salvador, pero si era mujer le pondría Karla.
Me preguntó si le pondría el apellido del padre. Respondí que no, que el hijo o hija que tuviera sería sólo mío y que le pondría el apellido de mi padre adoptivo, porque el nombre de mi padre adoptivo tenía para mí un significado muy grande.
Dos horas después, el doctor me puso un Valium para que pueda soportar el dolor, pero no me hacía efecto.
Dos horas más tarde, me revisó de nuevo, tenía 5 de dilatación, que soportara un poco más, pues pronto nacería el bebe.
Dieron las 12m, y mi dilatación no avanzaba.
Le dije que el dolor era insoportable. Me pusieron otro Valium con una ampolla dilatadora.
Victorio estaba junto a mí, pues yo había pedido habitación aparte, y en ese cuarto había 2 camas.
Pasaron casi tres horas, y nada.
El doctor me revisó y me dijo que era necesario ponerme más dilatador y otro Valium.
Le pregunté si era peligroso que me estuviera bajando sangre, y me respondió que seria un parto seco, pero lo vi preocupado por el retraso de la dilatación.
Estaba aterrada y con dolores a cada segundo.  Quería desmayarme y me caía de agotamiento.
La enfermera  le dijo al doctor:  “Es urgente que usted dé su autorización para hacerle la cesárea”.  
Pero le respondió que no podía dar la autorización porque corría riesgo mi vida, al escuchar esto, me asusté aún más.
Victorio   dijo al doctor: “Por favor, apúrese en tomar una decisión”.
El doctor le dijo a la enfermera que revisara la sala de operaciones y el equipo. La enfermera le respondió que esa noche habían operado a un paciente y que todo está ya en orden.
Victorio   se quedó a mi lado y me decía que fuera fuerte, que rezara y orara con fe.
Entró el médico de guardia. Le preguntó a Salinas: ¿Qué pasa?  Le hizo ver Salinas la tabla de mi estado.
Vi el gesto de cólera en la cara, luego  llevó al doctor Salinas al umbral de la puerta y le dijo:
¿Cómo es posible que no haya dado la orden para practicar una cesárea?  
Yo no estoy dispuesto a firmar la autorización, pues a su edad es muy arriesgado, y esta niña puede morir con el bebe, le contestó.
Después de discutir con el doctor Salinas, le dijo que él se responsabilizaría de mi operación y firmó la autorización.
Media hora después me llevaban semiconsciente a la sala de operaciones. Recuerdo que una enfermera me dijo que me inclinara y me puso la anestesia en la espina dorsal.
Entre nubes vi a unos médicos y enfermeras cogiendo pinzas.
Había una enfermera hablándome en la cabecera y, mientras me hablaba, me tocaba la cara con un paño helado y me decía:
 Soporta el sueño, no duermas, ya van a terminar, no tengas miedo, niña, todo saldrá bien.
No podía hablar y no sentía mi cuerpo, sentía que yo no podía más, se me cerraban mis ojos y en mi subconsciente sabía que no debía dormir.
Vi al doctor levantando a un bebe, lo tenía con los pies hacia arriba y me desvanecí.
Cuando desperté vi unas luces potentes cerca a mis ojos y vi una mujer que me hacía preguntas.
Mis brazos estaban atados y en ambos me había inyectado suero.
Por mucho tiempo estuve tratando de despertar, pero no podía, sin embargo, trataba de contestar a las preguntas que la mujer me hacía.
En esos momentos no me daba cuenta de lo que había pasado, tampoco me imaginaba que estaba en un hospital.
No sé, creo que mi mente estaba en blanco y quería dormir
Cuando desperté, ya estaba lúcida.
La enfermera se me acercó y me preguntó:  
  • ¿Estás bien?”  Respondí:
  • “¿Qué hora es?”
  • Has dormido casi 29 horas.
Me quedé sorprendida. Pensé en mi hijo y con mucho temor le pregunté:
 - ¿Qué pasó con mi bebe?
 - Está en cuidados intensivos para  bebes, porque le hicieron lavado gástrico,  pues ingirió líquido, ¡es varón y hermoso!
Le pregunté qué día era, y me respondió que era el 25 de junio.
Tu hijo nació a las 10 de la mañana de ayer, 24, y está durmiendo.
Ya más tranquila y feliz, le pregunté:
 - ¿A qué hora puedo ver a mi hijo?
 - Cuando estés recuperada, me respondió.
En la tarde del 25 de junio del 88, la enfermera me traía un bebe envuelto en pañales, venía acompañada de Victorio.
Al ver a mi hijo envuelto en pañales se me llenó el corazón de gozo la emoción me hizo estirar los brazos y me faltó tiempo para besarle y decir es mi hijo, mi hijo querido, lloré y lloré de alegría.
Luego miré a Victorio y me alegré al verlo y lloré de nostalgia, era la única persona que me acompañó esos días que tanta falta me hacía mi madre, pero la presencia de mi hijo me llenó de alegría, de mucha alegría.
 Se acercó, Victorio, con el bebe y me dijo:
 - Ya no llores, Lucy Karla, porque de ahora en adelante vas a tener por quién vivir y a quién querer.   Mira, es varón y está muy lindo, se parece a ti. Y lo puso en mis brazos. Me miré a mí misma en él y me vi hecha una madre.
¡Ya era Madre! Lo miré con toda la ternura y amor de una buena madre, por más que…
¡Era una criatura tan linda e indefensa! ¡Abría su boquita bostezando! ¡Era tan lindo, me enternecía tanto!
¡Dios mío!, jamás pensé sentirme tan feliz, una felicidad que jamás había sentido.
¡Era mi hijo, de mi sangre! Yo no cabía de felicidad y era tanta la alegría que me arrepentí de todo corazón por haberlo querido abortar.
¡Dios mío!, que mala fui con mi propio hijo, lo abracé y pedí perdón a Dios y a mi hijo.
Por primera vez en la vida sentía que debía vivir por mi hijo y para mi hijo. Ya no estaría sola, viviría con él, sentía como si hubiera recibido un regalo que ni el tesoro más grande del mundo podía reemplazarlo.
¡Juro por Dios, que me sentía el ser más feliz de la tierra!
Victorio   me preguntó:
 - ¿Qué nombre le pondrás?
-   ¡Salvador!, sí, Salvador, porque es mi ¡Salvador!

Yo me prometía que por mi hijo, que me había traído tanta felicidad, cambiaría el rumbo de mi vida y sería la mejor madre del mundo. Dios me había recompensado con el nacimiento de un hijo, y con él borraba todo el sufrimiento que había pasado, lo tenía todo y tenía a ¡¡¡mi Salvador!!!

 El bautizo.
Al salir del hospital, con mi hijo en mis brazos y apoyada en los brazos de mi amigo, sentí que ya era otra persona, ya era madre. Me sentía orgullosa, no miraba a nadie, miraba a mi  hijo tierno, indefenso, hermoso y me vi como una madre a quien Dios le había salvado la vida.

Ya en mi casa, la encontré muy bien adornada, vi que  en la mesita había dos ramos de flores, uno de rosas rojas y el otro claveles del mismo color de las rosas. Con mi amigo Victorio, organizamos todo para que, al niño, a mi niño, no le faltara nada.
De repente mi vino a la mente una revelación: ¡bautismo!, a mi hijo le falta el bautismo para ser completo.
Le dije a Victorio:
 - He pensado que mi hijo necesita dos cosas: una es un Padre y la otra un padrino. El Padre sé que es Dios, y he pensado que el padrino seas tú. Victorio abrió sus grades ojos, mirándome fijamente y, en sus labios se dibujaba una satisfactoria sonrisa y, tragando una fuerte bocanada de aire, me dijo:
 - ¿Yo, su padrino...?
 - Sí, pues nadie hay que sea más digno que tú. Acéptalo, por favor…
Nuevamente lo observé llenando de aire sus pulmones, para hacerse oír muy bien:  Sí, si acepto y gracias.
La ceremonia la realizamos con el mismo sacerdote que celebró la misa por mis padres adoptivos.
Ya no estaba sola, éramos tres: Dios, mi hijo y yo. Cuando el sacerdote me preguntó el nombre de mi hijo. Yo, sin pensarlo dos veces, le dije: ¡Salvador Gómez Parra! Y con Salvador Gómez Parra, está inscrito en el registro de bautismos.


Todavía me quedé un mes más en Tingo María. En esos días, y como siempre iba cargando a mi bebe, más  la compañía del padrino de mi bebe  hasta que desapareció de mi vida.



Segunda Parte.

Caminando un día por el mercado de Tingo, me encontré con Mary  y con  su mamá y les hice ver a mi precioso bebe.  
Me preguntaron qué porqué no nos avisaste que estabas embarazada y sobre todo del nacimiento de tu hijo, les respondí que no quería preocupar a nadie.
Mary se quedó mirando a mi hijo y me dijo:
 - Oye Lucy, ¡qué lindo está tu hijo! Te vendrás con nosotras a Castillo, ¿verdad...?
 . Sí, nada hay en el mundo que estar con mi buena mamá y mis buenos hermanos.
Aquel día nos fuimos a su casa, a Castillo Grande.  
Mary ya estaba casada con Juan Diego, todos en su casa se quedaron prendados de mi hijo, y me pidieron que me quedara a vivir con ellos y que querían ayudar a criar a mi hijo.
Durante el tiempo que pasé en Castillo con la familia de Mary observé que en verdad querían mucho a mi hijo, y todos se preocupaban y me lo cuidaban con cariño, sobre todo Mary y su esposo que lo llevaban  a pasear a todas partes.

Me detuve a reflexionar sobre mi situación y me di cuenta de que realmente mi hijo y yo necesitábamos una familia que nos protegiera. Yo tenía que pensar en trabajar y tendría que dejar a mi hijo al cuidado de alguien y  nada mejor que dejarlo al cuidado de ellos.
La llegada de mi hijo a aquel hogar fue una gran felicidad para todos.  La señora Lucy se portaba como su verdadera abuela y como una verdadera madre para mí, y sus hijos me apoyaban en todo sentido, por eso me sentía protegida y muy querida.  
Con ellos encontré el calor de familia.  
Poco a poco iba conociendo a toda mi familia adoptiva, y yo trataba de ganarlos con obediencia y cariño.  
Un día recibí la visita de la familia de Elías Villanueva, y me Preguntaron por mi hijo y quisieron verlo, se dieron cuenta que en verdad no había duda de la paternidad de Elías.  Dijeron que le avisarían, pero yo me opuse y les dije que no permitiría que se acerque a mi hijo.  Me dijeron que de todas maneras se lo iban a comunicar a Elías.
Además, a la familia de Mary no le importaba quien fuera el padre de mi hijo, pues lo consideraban como si fuera de su propia sangre.
Gracias, Dios mío, porque me siento feliz de haber encontrado una familia tan buena y el apoyo moral que nos brindaban a mi hijo y a mí.
Poco a poco me fui identificando con ellos.  
Empecé a decirle mamá a la madre de Mary, y ella me aceptó como una más de sus hijas.  
También los hermanos de Mary empezaron a tenerme cariño y decían a toda la gente que yo era su hermana, y poco a poco llegué a decir tío y tía a los hermanos de la mamá de Mary, e incluso les decía abuelo y abuela a sus padres.
Estaba muy agradecida por todo lo que ellos hacían y me querían, pues para mí ya constituían mi familia, y me sentía muy bien al ver como engreían a mi hijo Salvador.

Cumpleaños de mi Salvador.
Pasó un año y ya se acercaba el primer cumpleaños de mi Salvador. Preparé una pequeña fiesta para mi hijo por su primer año, me sentía feliz, y todos en la casa me ayudaron en los preparativos.  
Para entonces Mary ya estaba embarazada y le faltaba poco para dar a luz y Juan Diego, su esposo estaba feliz de ser padre.
Nace la hija de Mary y le pone por nombre Yajaira, era muy bonita.  Pensé que la bebe destronaría a mi Salvador, y sería natural porque la hija de Mary  era realmente sangre de ellos, pero me equivoqué, porque mi Salvador siguió teniendo las mismas atenciones de siempre y eso me alegraba.  
Mary y Juan Diego, a pesar de que ya tenían dos hijos, seguían estando al tanto del mío.
Para el mes siguiente programé empezar a trabajar, porque en verdad ya me quedaba muy poco dinero, y tenía que mandarle a mi padre dinero para sus gastos.  Estaba muy preocupada por mi economía, pero no deseaba volver a traquetear porque no quería dejar a mi hijo solo.  
Fue cuando pregunté a las amistades qué tipo de negocio podía poner, con apenas 2000 dólares.


Me aconsejaron que me podría dedicar al negocio de la frutas y verduras, propias de la región y que en Lima tenía mucha acogida.
Me decidí por este negocio.
Me puse al tanto de la compra y venta. Traté de buscarme la aprobación de los vendedores y vendedoras de este negocio y llegué a un entendimiento con ellos.
Yo aceptaba los tratos que mis amigas me hacían en el negocio de frutas, pero les advertí que por nada del mundo trabajaría los domingos, porque toda la semana no podía dedicarla a mí, daba por hecho que los domingos se lo dedicaría a mi hijo y aceptaron el trato, pero me dijeron que no tendría ganancias ese día.
La verdad me sentía mal con mi hijito, porque no podía dedicarle todos los días.  Cuando salía a trabajar a las 5 de la mañana, lo dejaba dormido y regresaba a las 9 de la noche, que también lo encontraba dormido y así no tenía tiempo para jugar con él y atenderlo, por eso los domingos por la mañana lo alistaba para llevarlo al mercado y hacer compras.

Jugábamos en la casa y le enseñé a ordenar sus cosas.  Por las tardes lo llevaba al parque para que jugara hasta cansarse, después nos íbamos a comer y a tomar helados.  
Para entonces ya caminaba bien y era todo un jovencito.   
Como no ganaba lo suficiente me era imposible enviarle dinero a mi padre y eso me hacía sentir mal.  Mi conciencia no estaba tranquila, lo que ganaba era poquísimo.
Hacía hasta lo imposible para ahorrar unos centavos y facilitarle a mi Salvador sus alimentos, a parte que tenía que ahorrar para su domingo.
Lo más duro era cuando se me enfermaba, adoraba tanto a mi hijo que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa con el fin de evitar que sufra lo que yo había sufrido de niña.  El me daba fuerza de voluntad y alegrías, tan solo mirarlo me llenaba de felicidad.  
Los que más me ayudaban eran Mary y su esposo.
No me importaba lo que la gente pensaba del apellido de mi hijo, y me prometí a mí misma que si, algún día, tendría otro hijo, de igual manera le pondría el apellido de Leo; pero con lo que padecí en el parto de Salvador no tenía ni la más mínima gana de tener otro.
Contemplando a mi hijo me deshacía en piropos, le decía que era mi tesoro, mi estrella, mi vida, mi corazón, y mi cielito lindo.  El agarraba mi carita  y me daba besitos diciéndome: ¡Mamita, mamita linda!, eso me producía una incomparable felicidad

El negocio de frutas no me estaba yendo nada bien, porque la temporada de frutas había bajado.  
No había podido enviarle a mi padre ni un céntimo y eso me preocupaba. A veces tenía ganas de regresar a traquetear, pero no podía por el amor hacía mi hijo y porque le había prometido a Dios que no volvería a traficar.
Se aproximaban las fiestas navideñas y no tenía mucho dinero, y la situación económica en la casa no estaba bien. Mi mamá estaba delicada de salud, y Juan Diego y Joselo estudiaban, y Mary tenía sus propios problemas, y Gladys ya tenía su esposo.  
Yo tenía que trabajar para los alimentos, y lo hacía con todo gusto, pues ellos eran mi apoyo moral y no tenía forma de pagarles todo el amor que nos daban y, a pesar de los pequeños problemas económicos, vivíamos tranquilos y, si no había cosas materiales, teníamos amor y paz.
En la Víspera de Navidad estuve trabajando hasta media tarde, después me fui a mi casa con el poco dinero que había ganado, vestí a mi hijo y regresé a Tingo para hacer compras, me acompañaba uno de mis hermanos.  Compré ropa para mi hijo y un juguete, también compré algunos víveres para los preparativos de noche buena.  
Estaba tan corta de dinero que tuve que gastar algo de mi capital, pero no me importaban los gastos, lo que me importaba era que mi hijo y que mi familia lo pasaran bien.
  
No les miento, en esa Navidad no pude comprar ni un polo de 5 céntimos para mí, no podía gastar el dinero en cosas vanas, a veces me preguntaba si mi madre me hubiese criado..., si me hubiese querido tanto como yo amaba a mi Salvador, qué habría hecho ella por mí...
 Cuando meditaba sobre mi vida, me asustaba mucho, apenas tenía 16 años, y ya tenía la responsabilidad de mantener a un hijo.  Me asustaba la idea de que algún día le faltara yo, con la experiencia de cosas feas en mi vida, sentía miedo de que esta felicidad que estaba viviendo al lado de mi hijo se acabara.  
Mi hijo me sacó de mis pensamientos y me preguntó:
Mamita,  ¿vas a traerme otro regalo...?

Ya mis hermanos estaban arreglando la casa y estaban esperándome para preparar la comida y recibir la Noche Buena.
Era la segunda Navidad que pasaba con mi hijo, pero esta vez era distinto, porque la íbamos a pasar con una familia que Dios nuevamente me regalaba.  Otra vez Dios me ponía en manos de una madre y con 8 hermanos y cuñados que me querían sin condiciones y, por supuesto, también a mi riquísimo hijo.
Ya, en casa, estaba mi hermana Mary, Juan Diego y su hijita alistando la mesa.  Yo cargaba a mi hijo dándole las bendiciones del día santo de Nochebuena.
Terminada la cena, todos nos abrazamos y salimos al patio a reventar los cohetes.  
Pensé con nostalgia en mi padre y en mis difuntos padres adoptivos, pero me sentía feliz por mi bebé.
 Pasamos una Noche Buena muy bonita.  
Tía Mary le regaló ropa y zapatos a mi Salvador, y sus otros tíos políticos también le dieron regalos.
Salimos al día siguiente a pasear con mi hijo.
 Entramos en el Templo a dar gracias a Dios y escuchar la santa misa.

En los días que siguieron a la Navidad, el negocio estuvo bajo, trabajaba porque a la clientela no se puede quedar sin abasto, pero no recuperaba mi capital, a pesar de que me sacaba el ancho.

En Año Nuevo todos aportamos nuestro granito de arena para celebrar el Primer día del año y  tuvimos una celebración familiar muy bonita.
Viajé con mi hijo a Huánuco, y visitamos a nuestras antiguas amistades y festejamos la fiesta de los negritos, durante ocho días.  
Muchas amistades de Leo me daban el pésame. Todos me atendieron muy bien y gasté poco, porque todo era costeado por los mayordomos.
También indagué sobre el precio de las verduras para ver la posibilidad de comprar verdura al por mayor, y negociarla en Tingo María y así poder recuperar algo de mi capital gastado.
Abastecí una camioneta llena de verduras y el chófer de la camioneta nos llevó a Castillo para dejar a mi hijo con mi familia.  
Después regresamos a Tingo, a descargar la verdura en el mercado.  Pagué a un celador para que cuide por la noche.  
AL día siguiente me dediqué a ofrecer y vender la verdura al por mayor, no tuve suerte el primer día, al día siguiente como algunas ya estaban malográndose, las tuve que vender al menudeo, y al mismo precio que al por mayor.  
Me arrepentí de haber invertido en verduras, porque era más el trabajo y el cansancio que las ganancias. A las justas recuperé lo invertido y prácticamente terminé asqueada de las verduras.  
En los días que siguieron retorné a la venta de las frutas.  No era fácil trabajar así, pero a cambio del esfuerzo podía estar cerca de mi hijo.  
En esos días estuve pensando en el dinero que me debían en Uchiza y me entraban ganas de ir y cobrar algún dinero que tanta falta me hacía, pero sin el deseo de volver a traficar.
Me decidí viajar a Uchiza a cobrar mis deudas de hacía dos años atrás.  Yo sabía que no podía llevar a mi hijo por los peligros que había en la carretera con los terroristas y decidí contratar a una chica de nombre Celina para que ayudase a mi mamá a cuidar a mi hijo.   
En la quincena de marzo viajé a Uchiza, sentía pena porque era la primera vez que dejaba a mi hijo por varios días, pero era necesario, pues no podía seguir con tantas necesidades y, además, me preocupaba no poder mandar su mensualidad a mi padre.
Mientras viajaba en un auto del comité le pregunté al chófer si los problemas con los subversivos ya habían terminado, el chófer me contestó que nada había cambiado, que los terroristas seguían haciendo de las suyas y que los controles de la DEA y el ejército eran muy estrictos.
Viajar por esas carreteras me causaba nostalgia por el recuerdo de mis padres adoptivos.
Las casas seguían pintarrajeadas, las carreteras más destrozadas que hacía dos años atrás.  
Recuerdo que eran los últimos meses del gobierno de Alan García, ya habían elegido a Fujimori.
Los agricultores se sentían imposibilitados de sacar sus productos, porque los puentes que unen a distintos departamentos estaban destruidos y los camioneros no querían arriesgar a quedarse atascados.
En los puntos de ataque de las fuerzas del Orden, muchos chóferes perdieron la vida y sus carros saqueados y quemados. Por esos motivos el comercio lícito, tanto de productos alimenticios básicos, como de artefactos, ropa, etc. era escaso.  
En muchas tiendas o bodegas se hacían colas largas para conseguir un kilogramo de azúcar, arroz, leche y otros. Pero el problema de escasez no solo era por estas zonas, era en casi todo el país.  La gasolina subía de precio cada día y, por consiguiente, al alza de la gasolina, subía el precio en todos los demás productos.
Los “paquetitos” que continuamente daba el  gobierno era un problema masivo en todo el país.  Yo, en ese entonces, no entendía tanto de política, pero algo iba asimilando por medio de las noticias.  

Mi amigo Pablo
Llegando a Uchiza me fui directamente a la pensión de Al Turco, alquilé una habitación.  Con solo dar un vistazo a la pensión me di cuenta de que todo había cambiado, no había ninguna persona de las que conocía, los inquilinos eran traqueteros nuevos.
Así, después de acomodar mis cosas, me fui a conversar con el dueño de la pensión y le pregunté por mis amigos y amigas.  Me dijo que hacía varios meses que se habían ido, y no volvieron más, esta respuesta me preocupó.  
Salí a dar una vuelta en el pueblo, por ver a las personas que me quedaron debiendo.  
Por suerte encontré en la calle a un amigo que tuvo negocios conmigo anteriormente y nos reconocimos, me saludó muy efusivo y me invitó una gaseosa.  Mientras charlábamos, me ponía al tanto del negocio y me contó que muchas cosas habían cambiado, que la situación no era como antes, que había nuevas firmas, que los vuelos no eran constantes por las batidas que hacía el ejército y la DEA.
Me preguntó si había regresado a traficar.  Yo le dije que no y que solo había ido a cobrar algunas deudas porque necesitaba dinero.  
Le conté que tenía compromisos muy importantes en Tingo.  No le dije que tenía un hijo, porque deseaba tener a mi hijo fuera de todas esas cosas, por el bien de él.
Después de charlar, mi amigo se ofreció a llevarme en su carro a buscar a las personas que me debían.  Yo le acepté y nos fuimos.
Fue decepcionante la búsqueda porque solo encontré a dos personas que me debían y, peor aún, me dijeron que espere un par de días hasta que llegue el vuelo porque ya habían hecho su contra entrega de droga.  
No podía insistir, pues yo sabía cómo era el negocio.  No me quedó más remedio que aceptar y quedarme a esperar.  

La verdad, me sentía triste por mi bebé, lo tenía en mi mente en todo momento y me sentía disgustada por no haber encontrado a las demás personas que me debían.  
Algunos se fueron del pueblo.  
A otros los agarró la DEA y a tres de ellos los habían matado los terroristas, pero al menos tenía el consuelo de cobrar algo.  Mi amigo Pablo me dijo que él iba a presionar a esas personas para que no me cierren con mi dinero.
Después de arreglar toda la situación de mi cobranza, me llevó al puerto de Huiste a comer pollo hua hua y a pasear en deslizador por el río Uchiza.  
Casi anocheciendo me llevó a la pensión de Al Turco, y me dijo que me cambie, que vendría a recogerme para ir a cenar.
 Al comenzar la noche me vino a recoger y me llevó a cenar.  Después nos fuimos a tomar un trago a la discoteca.  
Él se daba cuenta que yo no estaba tranquila y me preguntaba qué era lo que me incomodaba o me preocupaba, le decía que me sentía algo rara porque hacía mucho tiempo que no había estado allí, para tranquilizarlo le dije que bailáramos un poco.  
De rato en rato me proponía para traquetear con él, y me prometió respetarme por la memoria de mi padre y porque él también tenía hermanas. Le dije que lo iba a pensar pero que antes tenía que regresar a Tingo para arreglar mis asuntos personales.  
Me preguntó si era muy grave mi problema y que si necesitaba dinero. Le dije que no eran graves, que con ese dinero que me debían era suficiente para solucionarlo.  
Me llevó a mi pensión y me dijo que estaría temprano para salir a desayunar.  Efectivamente, me vino a recoger y nos fuimos a tomar desayuno. Terminado el desayuno, me dijo que tenía que recoger una mercadería en Buenos Aires, me pidió que lo acompañara y no me negué.
En el trayecto, pasé por la chacra que era de Leo y le conté a Pablo que esa era la casa y la chacra de mi papá.  Me  dijo que los compañeros en una reunión habían dado esa casa a una familia.  
Seguimos avanzando por la carretera rocosa y llegamos a una casita. Pablo paró el carro y me dijo que lo acompañara, tocamos la puerta y salió una niña que reconoció a Pablo, en seguida la niña llamó a su papá y salió un señor canoso que nos hizo pasar al interior.  
Al rato, el señor, regresó con un costal y lo puso en la mesa, después sacó una balanza y le dijo a Pablo que pesara y probara la droga. Pablo me dijo que lo ayudara a pesar los paquetes mientras que el quemaba la droga en la cuchara.  
Yo pesaba y anotaba el peso, al final había 28 kg de droga. Pablo sacó de su canguro un fajo de dólares y le pagó al señor.  
EL señor le preguntó a Pablo si tenía información de los vuelos, le dijo que recién se iba a comunicar por radio con Leticia. Nos ayudó a llevar el costal al carro y lo pusimos en el maletero y le dijo que dentro de tres días iba a tener más, Pablo le contestó que regresaría a comprar.

Dimos la vuelta con el carro y regresamos a Uchiza.  Ya en Uchiza, le pregunté a dónde íbamos a ir y me contestó que iríamos a Progreso, por el río.  
En el puerto había varios deslizadores, tanto de uso personal como de pasajeros. Pablo, contrató uno, cargó el costal y nos fuimos al deslizador.  
  
Al cabo de 30 minutos llegamos al puerto Progreso, Pablo bajó del deslizador para amarrarlo y me dijo que me quedara a cuidar el costal, que él regresaba en seguida.  Al rato, subió y me dijo que bajara, pues le estaba esperando una camioneta de doble cabina y con tres hombres dentro.  Puso el costal en la parte trasera de la camioneta y nos subimos al carro. Me presentó a esos hombres como si fuera su enamorada. y todos, sonriendo atentamente, me saludaron.  
Unos diez minutos de viajar, paró el carro frente a una chocita de madera, entramos en ella, donde nos estaban esperando varios hombres con sus camionetas. Llamaron a Pablo,  sacó el costal de la camioneta y lo llevó hasta la choza.  Uno de los hombres abrió el costal y se puso a probar con velas y cucharas.  Después se pusieron a pesar la droga, regresamos a Progreso, en Progreso los amigos de Pablo nos invitaron a almorzar.
Emprendimos el regreso a puerto de Huicte y de ahí a Uchiza
Por la noche me vino a recoger, como era temprano nos fuimos a comer molleja a la parrilla con un vino, prácticamente él se lo tomó todo el vino, pues yo solo me serví un poquito y lo mezclé con coca cola helada.
Me dijo que por haberlo acompañado a hacer su pase aquel día me iba a dar 200 dólares para mis gastos, y que si yo deseaba podía empezar a traquetear con él.
Pero yo no tenía ganas de estar lejos de mi hijo y, ese mundo de la droga, así como te daba mucho dinero, así también te separaba por temporadas de tu familia, y yo no estaba dispuesta a estar muchos días lejos de mi hijo, por eso le dije que lo pensaría.  
 A los siete días que estuve en Uchiza, Pablo y yo  estábamos en la orilla del río lavando el carro y bañándonos, escuchamos el ruido de una avioneta a lo lejos, yo me alegré porque al fin cobraría mi plata, y Pablo me dijo que me cambiara rápido para ir a la pista de aterrizaje a esperar a la firma donde él trabajaba.
 Arrancamos el carro, y Pablo lo embaló  hacia la pista de aterrizaje,donde  vi a la avioneta parada en plena carretera de Buenos Aires.  
Nos paramos a una buena distancia de donde estaban tasando los colombianos con las firmas de Uchiza.
Rato después, cuando la avioneta despegó, Pablo se acercó a un grupo de hombres que estaban cargando cajas en sus carros, le entregaron una caja que en seguida Pablo la llevó al carro y la puso en el  maletero
Regresamos a Uchiza y me dejó en la pensión.
Vino al anochecer y me dijo que iríamos a ver a las dos personas que me debían.  Cuando nos encontramos con las dos personas, Pablo y yo les reclamamos nuestro dinero, pero nos dijeron que el dinero de la contra entrega no había llegado.  Entonces Pablo se amargó y les dijo que yo no podía quedarme más días en Uchiza porque tenía problemas que resolver en Tingo.  
Los dos hombres nos suplicaron que por favor los esperáramos unos días hasta que llegue otro vuelo.
Pablo me ofreció prestarme la mitad de lo que me debían y que si yo deseaba podía regresar a Tingo al día siguiente, que él se encargaría de cobrar mi deuda en caso de que el vuelo llegara y me guardaría mi dinero hasta que yo regrese.  
Al día siguiente, mi amigo  llegó a la pensión y me llevó al paradero de carros que me llevaría de regreso a Tingo.  
Mientras esperábamos nos sentamos en un Kiosco a tomar desayuno.  
Pablo era un joven que años atrás había trabajado con Leo, era muy respetuoso, me apreciaba por ser hija de Leo y, mientras desayunábamos, me dio 1000 dólares y 100 intis para mis gastos extras.  
La verdad no veía hora ni minuto de llegar para estar al lado de mi hijo.  
Llegué a Tingo.
  
Cuando llegué, mi Salvador dormía.  Dios Santo, que alegría y ternura sentí al verlo dormido. Se despertó y me dijo: “Mami, dónde has estado... Le dije que estaba trabajando.
Al día siguiente, pregunté a mi mamá y a Mary como se había portado mi tutito lindo, me dijeron que bien y que por el cuidado del bebe no me preocupara que ella, más la chica lo atendían igual que yo.  
Esa noche me sentí feliz de estar al lado de mi familia y de mi hijo lindo.  
Al día siguiente me fui a Tingo con mi hijo a comprarle sus cosas y algunos juguetes y aproveché para mandarle 400 dólares a mi papá y me sentí más tranquila.
Los días que siguieron me dediqué al cuidado de mi hijo, pero estaba pensando en Pablo y en el resto de mi deuda.  Yo sabía que podía confiar en él, pero de todas maneras tenía que regresar a Uchiza, aunque me daba pereza y tenía que dejar a mi hijo solo otra vez.
Me fui a Uchiza, pero esta vez me fui un tanto preocupada porque los terroristas habían pintado la casa de Castillo amenazando a la familia Contreras Palacios.  Para ese entonces ya mi hermana Gladys se había casado con uno de los sobrinos de Marcial Contreras, un hombre que los terroristas habían jurado matar, a él  y a su familia, pero como Pepe Contreras era solo sobrino del señor Marcial, no sentía tanto miedo.
Él y Gladis vivían con sus hermanas y con su madre cerca del aserradero, o sea a 5 minutos más allá de mi casa.
Llegando a Uchiza, me instalé en la pensión de siempre y salí a buscar a Pablo.  Lo encontré borracho en una cantina.  Me vio y vino a mi encuentro muy alegre, me preguntó a qué hora había llegado y le dije que hace 4 horas.  Se despidió de sus amigos y me llevó a un restaurante a almorzar para reponer fuerzas.  Mientras almorzábamos le pregunté sobre las personas que me debían.  Me dijo que no pudo cobrar porque no hubo vuelos en todo ese tiempo que estuve en Tingo, pero que posiblemente en los días siguientes ya tenía que haber, que si yo necesitaba dinero, él me lo iba a proporcionar. Me preguntó si los problemas que tenía en Tingo se habían solucionado...  
Pero, Pablo, me miró a los ojos y me dijo que yo le ocultaba algo... Le dije que eran imaginaciones tontas. Me agarró las manos y me dijo que cualquier cosa que me preocupara se lo confiese, que él me ayudaría incondicionalmente.
Al día siguiente Pablo me llevó con su deslizador a Progreso para traquetear.
Esos días Pablo me enseñó a manejar el deslizador, era divertido.
Al cuarto día que estuve en Uchiza Pablo me dijo que iríamos a Yanahanca a comprar droga, porque en Uchiza había escaseado.  
Al día siguiente muy temprano me recogió y salimos hacia Yanahanca con el correo. En ese pueblo había bastantes traqueteros que se disputaban la compra de la droga, pero Pablo era muy eficaz en esas cosas. Me dijo que lo ayudara, que me quedara y que él iría a corretear a los vendedores de droga.  En todo el día lo único que pudo comprar fue 14 kg. Por la tarde emprendimos regreso a Uchiza, pero antes de llegar a las balsas vimos que el ejército estaba haciendo batidas. Pablo se puso amarillo y yo estaba asustada, había varios carros delante de nosotros.  
Pablo me dijo que tratara de botar la mochila al monte por la ventana del carro.  Le dije que no podía porque por la parte trasera había efectivos del ejército y podían verme.  No sé cómo pensé rápido y le dije que abriera su puerta y que se ponga a orinar para yo poder echar la mochila por debajo de la puerta, ya que con la puerta abierta taparía algo. Entonces Pablo abrió la puerta y dijo al efectivo si podía mear.  El efectivo le hizo señas que sí.  Cuando Pablo abrió la puerta aproveché para botar la mochila con droga al pasto de la cerca de la carretera.  
Por suerte el efectivo se volteó de vergüenza, yo me sentí un poco aliviada, pero Pablo no estaba tranquilo porque temía que  iba a perder su mercadería, así que me dijo que bajara yo del carro con el pretexto de hacer también mis necesidades e ir donde estaba la mochila y tratar de taparla con un poco de hierba.
 Le obedecí, bajé del carro y pedí permiso al oficial, me dijo que no me demorara.  Avancé hacia la mochila y me senté justo al costado de ella y la tapaba con cuidado con algunas hojarascas que había allí.
Le dije a Pablo que estaba sumamente avergonzada por lo que tuve que hacer para tapar su mochila.  Pablo me dijo que le había salvado la libertad,
Le contesté que no volvería a hacer otro teatro como ese ni aunque me estén apuntando con una pistola. Se rio y me dijo que yo valía un Perú, sin habitantes.  
Al rato los carros empezaron a desplazarse para su control y revisión respectivos.  Cuando llegamos al control, los efectivos nos bajaron del carro y nos revisaron minuciosamente, también revisaron el carro.  Nos pidieron documentos, yo no tenía, pero Pablo les dijo que yo era su esposa y nos dejaron pasar.
Más allá Pablo me dijo que nos quedaríamos en el puerto de las balsas hasta que termine la batida y poder regresar al lugar donde escondimos la mochila.  A mí me pareció un poco peligroso regresar a ese sito. Me contestó que no tuviera miedo de los compañeros porque él era amigo del mando militar de esa zona.  
Fue cuando le pregunté si él también era compañero, me aseguró que no lo era, aunque de vez en cuando colaboraba con cupos de cosas materiales.  Se dio cuenta que me había desilusionado, pero para tranquilizarme me dijo que no aprobaba los actos de los cuales eran culpables los terroristas, pero él no podía negar su apoyo por temor a las represalias.  
Un poco apenado me dijo que en verdad sentía lo que los terroristas le hicieron a Leo, y me daba la razón por el odio que yo sentía por esa gente.  
Llegamos al puerto. Las balsas hacían su última vuelta de baldear pues solo trabajaban hasta las 6 pm. .  
Pablo estacionó el carro y bajamos a tomar gaseosa en una ramadita que era como restaurante. Yo comí un pescado ahumado con sus plátanos asados y su salsa de cebolla y ají.  Pablo solo tomaba gaseosa y estaba preocupado por su carga. EL dueño de la ramada le dijo a Pablo que era peligroso viajar a esa hora por los asaltantes y los compañeros, pues ya habían encontrado varios carros quemados y hombres muertos.
Pablo pensó un rato y me dijo que al día siguiente nos iríamos y que esa noche dormiríamos en el carro. Al día siguiente muy temprano regresamos al lugar donde habíamos dejado la mochila y grande fue nuestra sorpresa al descubrir que la mochila no estaba, buscamos por todos los alrededores y no la encontramos.  
Lo más seguro que alguien había visto el sitio en el momento que la había tirado al pasto y que esperó a que nos retiráramos para apoderarse en la moche. Yo trataba de animarlo, pero él me explicó que la plata que había perdido era plata de la firma para la que él trabajaba. Viendo su preocupación le dije que  hablara con las personas que me deben, y que si no tenían dinero, que nos dieran el importe en carga para venderla y volver a comprar y sacar algo de ganancia hasta que completemos la cantidad del dinero.  
Efectivamente, nos fuimos a buscar a mis deudores.  
Cuando los encontramos yo conversé con ellos y les expliqué que tenía problemas de dinero muy fuertes.
 Ellos me dijeron que me darían droga en vez de dinero y uno de ellos que había negociado conmigo en otro tiempo me dijo que si yo deseaba me podía fiar unos kilos, porque tenía plena confianza en mí y se disculpó por haber demorado en pagarme.  
Le dije que realmente estaba fuera del negocio desde hacia dos años y que recién estaba empezando a traquetear.    
Le dije a Pablo que me llevara a mi pensión a cambiarme, por el camino me dijo que no sabía cómo pagarme lo que estaba haciendo por él, le contesté que, cuando yo estaba necesitada, también él me ayudó y era lógico que lo ayudara.  
  Al día siguiente, efectivamente, temprano nos fuimos a casa del señor Benjamín, que nos recibió e hizo pasar al interior.  
Nos   dijo que de inmediato nos  fuéramos al puerto Huicte. los tres nos embarcamos en el carro y luego en deslizador. Desembarcamos y caminamos hasta llegar a una chocita, un  anciano y tres perros bravos salieron a nuestro encuentro.  El anciano saludó al señor Benjamín y nos hizo pasar a la choza, después nos invitó a dar unas vueltas por la chacra.  
   como 10 minutos y llegamos a un cocal inmenso.
Nos dijo que esa era su mina, y nos contó que la chacra botaba 280 arrobas de coca.
 Al rato vino el anciano con un costal y una balanza, lo entregó al señor Benjamín y nos dijo que lo ayudáramos a pesar la droga, que la probáramos con la cuchara para ver...  
Me entregó 7 kg, por lo que me debía y le pedí 5 kg más como fiado, en total nos dio 12 kg la echamos en la mochila y le dije que le pagaría en diez días los 5 kg fiados, porque necesitaba traquetear.

En la noche, cuando vino a recogerme para ir a cenar, le dije que tenía que regresar a Tingo y que necesitaba un poco de dinero. Me miró y me dijo:
 - ¿Qué tanto tienes que hacer en Tingo?, ¿por qué no puedes quedarte más tiempo?  
Le respondí que no se lo podía decir porque eran asuntos personales y me volvió a suplicar que se lo dijera.  
-Soy tu amigo y  entre amigos no debe haber secretos.  
Fue entonces que le dije la verdad:
 - Sabes, Pablo, no deseo que me critiques por lo que te voy a decir, es que tengo un hijo pequeño que me necesita y no puedo dejarlo mucho tiempo., si yo vine acá, a Uchiza, solo vine por cobrar mi dinero.
No tengo intenciones de volver a traquetear, quiero trabajar a lo limpio y sin riesgos, porque quiero que mi hijo tenga a su madre siempre  a su lado,  y tú sabes que el tráfico es un arma de doble filo, así como te llena de dinero, también te aleja de tu familia, ya  sea por motivo de  los viajes o porque te refundes en la cárcel o, peor aún, en este negocio no tenemos la vida comprada, ya sea por los asaltantes o por los psicópatas senderistas y  no estoy dispuesta a arriesgarme y perder a mi  hijo, por el que tengo que luchar.
Me escuchó muy atento, y me dijo que tenía razón, y que me ayudaría a lograr mis propósitos, y además me daría un poco de dinero para viajar a Tingo, y se encargaría de trabajar la mercadería para pagar lo que debía y después me daría el resto de mi dinero.  
Efectivamente, al día siguiente vino muy temprano a recogerme para llevarme al paradero y me dio 600 dólares para mis gastos y me dijo: Cuida mucho a tu niño, algún día lo conoceré, quiero que sepas que deseo ser su amigo. - Gracias, Pablo, eres muy bueno
Salí de Uchiza a las 8 am, casi a las 11 am llegamos a Madre Mía y tuvo que detenerse el carro, porque había una hilera de autos parados.  El chófer bajó a preguntar qué era lo que ocurría, después regresó y nos dijo que el ejército estaba haciendo batida porque una cisterna de las palmeras aceiteras había sido emboscada y quemada, y la carretera estaba bloqueada con piedrones y árboles caídos.  
Bajé del carro un poco asustada por lo sucedido y tenía miedo porque el ejército estaba allí y los terroristas podían atacar en cualquier momento.  
Miré a mí alrededor para ver a donde podía correr o esconderme en caso de que sucedieran esas cosas.  Puse mi dinero en la plantilla de las zapatillas y me amarré bien los pasadores.
Cerca de las 3 pm escuchamos ruidos de tractores.  
El chófer dijo que recién iban arreglar la carretera, cerca de las 5 pm terminaron de limpiar y después empezaron a transitar los carros.
Más adelante, los del ejército, estaban revisando los documentos, cuando tocó revisar el carro donde yo iba, me asusté porque no tenía documentos, pero rápidamente saqué 50 dólares, por si las moscas...
Los efectivos empezaron a pedir documentos.
El chófer me preguntó si yo tenía documentos, le respondí que no, me dijo que se haría pasar por mi tío.
 Uno de los efectivos se me acercó y me pidió documentos. Respondí que era menor de edad y viajaba con mi tío. Se acercó el chófer y le preguntó que si yo era su sobrina le contestó que sí.  
Entonces el efectivo llamó a su compañero y le dijo que me llevaría a su superior.
El capitán preguntó por mi nombre y me preguntó que hacía yo en esos sitios.  Le dije que vivía en Uchiza y que estaba viajando a Tingo a ver a mi tía y que el chófer era mi tío.  
El capitán mandó llamar al chófer, el chófer volvió a disimular que era mi tío. Le dijo al capitán que podía darle una propina, porque ya era tarde y todavía faltaba mucho para llegar a Tingo.  El capitán le dijo que cuanto tenía para darle.  Le respondió, lo que Ud. pida.
Yo no necesito ni quiero propinas, es más, podría detenerte por corruptor. Pueden continuar su camino.
Nos fuimos al carro. El chófer me dijo que no volviera otro día a andar sin documentos y que ruegue a Dios que no haya más controles.  
Llegando a Santa Lucía, también tuvimos un percance con los de la DEA., pero pudimos pasar.
 Le pagué al chófer lo que le debía.  Cuando llegué a casa, todos dormían.  Mi mamá abrió la puerta y me dijo que el bebe se había enfermado.  Me sentí mal y me fui a su cama.  
En la cama estaba Mary, Juan Diego y su hijito y me dijeron que el bebe ya estaba bien, que solo fue una diarrea.

La enfermedad de mi hijo
Cargué a mi bebe y se despertó.  En verdad estaba un poco deshidratado.  Me sentí muy preocupada y culpable.  
Al día siguiente lo llevé al hospital para su control, y el médico me dijo que le dé suero casero y unas vitaminas.  
Me fui para comprar sus vitaminas y aproveché para ir a depositar 200 dólares para  mi papá en la agencia, luego me fui a pasear por la ciudad con mi hijo.  
Nos fuimos a la esquina donde cambiaban dólares.  
Salvador ya iba a cumplir 2 años y todavía tomaba biberón y se ponía pañal y no comía nada que no estuviera desmenuzado.  
Por la tarde, cuando regresamos a Castillo, el chófer del micro me dijo que no esté caminando hasta tarde en el paradero porque los terrucos están andando como cualquier persona, también me dijo que los Contreras Palacios estaban en peligro.  
Se especulaban muchas teorías sobre las vidas de los Contreras Palacios.  
Como la gente era chismosa, no se sabía a quién creer, unos decían que eran cerradores y otros que habían sido pishtacos.
Le pregunté a mi cuñado Pepe si sabía algo del pasado de su familia.  Me dijo que ni a su padre lo había conocido  y que a sus tíos, los ricos, no los visitaba y no sabía nada sobre ellos.
 Pepe trabajaba cosechando papayas y frutas con mi mamá.
En esos tiempos, la gente de Castillo ya no salía de su casa a caminar por la carretera, por temor a algún ataque senderista, o a las batidas que hacían los del ejército.  
A partir de las 6 de la tarde ya la gente se metía en sus casas como ratones de chacra.  
Cuando estaba regresando a Castillo me fije que en todas las casas habían escrito con letras grandes y rojas: “mueran los Contreras Palacios”,  y otras cosas más.
Por suerte en mi casa no pintaban, tal vez porque mi casa no estaba en la carretera.
En los siguientes días, la enfermedad mi hijo empeoró.  Lo llevaba al médico, pero no daba con su enfermedad, tenía mucha diarrea y vómitos y yo estaba desesperada.  
Durante varios días anduve como zombi y acongojada por los distintos tratamientos a que la doctora Pachas sometía a mi hijo.
 Decidí ir a la casa de un amigo en Tingo para quedarme con mi hijo hasta que se recupere.  
Pasaban días y días y mi bebe no mejoraba.  Su estómago no resistía ningún alimento y vomitaba la leche. ¡Dios, me daba tanta pena y tristeza al ver a mi hijo así!  
Mi desesperación era total y  peor aún cuando le salieron escaldaduras en sus partes íntimas.
Por suerte mi amigo me daba ánimo y me decía que los bebes siempre se enferman.  
Los médicos me decían que era infección al estómago.  Hasta le hicieron lavado gástrico para limpiarlo de algunas cosas que hubiese comido y se le hubiese atascado en el estómago. Tuve que ponerle cuatro sueros para que no se deshidratara tanto y en su biberón le daba suero oral, hasta 2 litros diarios, gracias a Dios que eso no lo vomitaba.
Estaba tan delgado que no resistía estar parado ni sentado, solo paraba acostado.  No me despegaba de él y pasaba noches enteras velando su sueño y cargándolo cuando se despertaba.    
Un día me fui al paradero de autos para Uchiza y busqué a los chóferes que conocían a Pablo. Encontré a un chófer que me dijo que lo vio dos días antes. Le expliqué hasta con lágrimas lo que me estaba ocurriendo,  le rogué para que llevase una carta a Pablo y que le dijera lo que me estaba sucediendo.
 Tanta era mi pena por la enfermedad de mi hijo que andaba como loquita, y preguntando a algunas madres de familia las descripciones de las enfermedades de sus hijos menores.  
A veces me paraba a escuchar a los charlatanes callejeros que sabían algunas enfermedades.  
 Un día, mi amigo Panta me dijo que conocía a una curandera.  Pedí que la traiga para que lo revisara.  Cuando llegó, le pedí que sanara a mi hijo, que le pagaría mucho dinero.  La curandera le pasó el huevo, lo zamaqueó y me dijo que su estómago estaba ladeado y que con eso sanaría.   
Mi hijito solo estaba viviendo con suero.  
Después de que transcurrieron tres días de la fecha en que entregué al chófer la carta para Pablo, cuando estaba cambiando de pañal a mi hijo, tocaron la puerta y abrió mi amigo Panta, regresó y me dijo: Lucy, te busca tu amigo Pablo.  Me alegré al escuchar su nombre y le dije que lo hiciera pasar.  
Pablo pasó, me saludó y vio a mi hijito.
Está muy mal... tenemos que llevarlo al hospital, hay que internarlo.
Le dije que lo había llevado a los mejores médicos de Tingo y no daban con su enfermedad.  
 Pablo me vio tan desesperada que me propuso que lo lleváramos a Huánuco para ver a otros médicos pediatras.  Acepté y viajamos a Huánuco.  
 En verdad que allí llegué a admirar a Pablo, era muy bueno y caritativo.  Se comportó como si fuera el padre de mi hijo y mientras él lo cargaba, yo preparaba las cosas del bebe.  
 Por la noche mi hijo empeoró debido al viaje.  Pablo tuvo que bajar con el termo a buscar una farmacia de turno para comprar un suero oral, poco después llegó con el termo lleno con manzanilla y el suero.  
Todo el tiempo tenía a mi hijo cargado, hasta que al verme llorosa y cansada, me pidió al bebe, y me dijo que él se haría cargo de mi niño.
Nos fuimos a la clínica San Juan a sacar cita por emergencia.  
Poco después nos atendieron y examinaron a mi hijo.  Después de examinarlo el médico pediatra nos dijo que era necesario hacerle un análisis de sangre, esputo, heces y orina, para saber lo que tenía.  
 Estaba deshidratado y muy bajo de peso. Me dio una cita para el día siguiente, para llevarlo en ayunas y sacarle sus análisis, mientras esperaba el resultado de sus análisis, nos fuimos al cafetín de la clínica.  
Pablo, mi fiel y único amigo me daba ánimo. El cargaba y le decía al bebe: “yo te voy a curar”.  
A las 10 am. el médico nos llamó para darnos a conocer el resultado de los análisis.
Estaba bajo de hemoglobina, un poco anémico, pero no tenía bichos u otra cosa que le causara ese tipo de vómitos y diarrea.
Me dijo que le recetaría vitaminas, algún jarabe para los vómitos y la diarrea y que tratara de cuidar en lo más mínimo la limpieza; también me recetó cremas para su escaldadura que no sanaba por nada.  
Pablo y yo nos fuimos a comprar todos los medicamentos recetados. Llegando a la casa de mi amigo nos dispusimos a preparar el jarabe.  Pablo me dijo que no le pusiera pañal al bebe que dejara sus partecitas expuestas al aire libre para que se seque un poco su escaldadura.  
Empezamos a darle los medicamentos y nos dimos cuenta de que las medicinas le hacían poco efecto.  En los días siguientes las diarreas y los vómitos continuaron, pero con menos frecuencia.  
Pablo nos acompañó durante nueve días, luego tuvo que regresar a Uchiza, porque el dinero se le estaba agotando.  
Antes de irse me dejó 300 dólares y me dijo que, si no volvía a la semana siguiente, mandaría un giro por comité, pero que de todas maneras regresaría antes de fin de mes.  
 Sentí una gran tristeza porque Pablo era un gran apoyo moral para mí.

El milagro
Estábamos en la quincena de mayo.
Una tarde me puse a limpiar un espacio donde mi amigo guardaba gran cantidad de cosas viejas.  
Entre esas cosas viejas encontré un calendario viejo y sucio con el retrato del Corazón de Jesús.  
Me persigné ante el retrato y lo limpié, terminando de limpiar el espacio, cogí el retrato del corazón de Jesús y lo puse en la cabecera de la cama de mi hijo, era casi de noche, miré a mi hijo y lloré de impotencia porque no sabía qué hacer, levanté mi mirada hacía el Corazón de Jesús. Después me arrodillé ante mi hijo mirando la estampa y me puse a llorar.
Mi corazón le pidió a Dios que se compadezca de mi hijo. Yo sé que tú puedes hacerme encontrar el remedio que curará a mi hijo, le dije.
Tú puedes señor, Dios Mío, hazme encontrar o hazme soñar que debo hacer para que mi hijo se salve. Él no tenía la culpa de estar sufriendo, hazme sufrir a mí.
Tú puedes, para ti nada es imposible, pero con todo el dolor de mi corazón te pido que no sufra más mi hijo, si deseas que mi hijo no viva a mi lado, llévatelo a tu gloria, pero si deseas que mi hijo viva a mi lado, cúralo pronto...  Te entrego la vida de mi hijo, y Tú sabrás lo que vas hacer y yo me resignaré a tu voluntad.
En mi oración con Dios, entregué a mi hijo en sus manos para que él, que es el único dueño de nuestras vidas, decida según su voluntad.  Tanto oré con Dios que me sentí bien en toda la noche.  Al día siguiente muy temprano me levanté con una paz y tranquilidad, que desde hacía casi dos meses no sentía.  
Mi Salvador estaba despierto, me miró y se alegró.  
Lo cargué y bese diciéndole: ¡mi bebito, te quiero mucho...!
Lo cambié y le preparé su suero.  Estuve jugando con él. En ese instante, llegó mi amigo.  
Le serví el desayuno y le dije que cuidara de mi hijo un rato, porque tenía que ir a comprar las cosas para el almuerzo.
Cerca del mediodía cuando estuve haciendo compras, había una señora muy humilde que estaba también comprando al costado del puesto donde yo estaba y escuché de repente una conversación entre la señora humilde y otra.
La señora humilde le decía y dio las características:
 - Esa enfermedad es peligrosa...  Diarrea, vómitos y escaldaduras, eso es escorbuto rojo al estómago...
Me acerqué a la señora y le dije:
  - Mi hijo tiene esa enfermedad, ningún médico lo ha podido curar..., no sabía que la escaldadura era parte de la enfermedad...
Ella me dijo y me explicó que  cuando está avanzada, los intestinos están con heridas, entonces empieza a brotar en las partes íntimas de los bebes y se va formando como escaldadura, así va avanzando por todo el cuerpo hasta matar al bebe.
Esa enfermedad mata rápido a los bebes, dura como máximo dos meses.
Fue cuando le dije que mi hijo ya estaba enfermo hace dos meses.  Ella comentó:
 - Gracias a Dios, que tu hijo está vivo.
 - ¿Qué puedo hacer?, ¿cómo y con qué clase de medicina lo curaría?

 - Con tres medicinas, dos de farmacia y una casera. Escribe en un papel el nombre de los remedios...
Cuando me dio el nombre de las medicinas quedé sorprendida, porque el mikostantín y trivisol le había dado a mi hijo cuando era bebito y tenía escorbuto en su boquita, después me dijo que busque piñón blanco y le ponga la resina en su potito con un algodón, para que ayude a cicatrizar las heridas internas.
Le dije a la señora que viniera a mi casa para que viera a mi hijo, pero ella no quiso porque estaba apurada.
Me dijo que al principio le diera 5 gotas cada 15 minutos; cuando vea que le ha parado la diarrea y el vómito, le sigue dando cada hora y a cada tres días le sube las horas hasta que solo le dé a tomar 4 veces al día, hasta que esté complemente sano. No le dé comida con aderezos, ni dulces ni carne, solo puede comer cosas simples, como puré de papas o sopitas de verdura.
Le pregunté a la señora donde vivía y, ella me dijo que vivía atrás del camal.
Le dije que la buscaría.
Hice mis compras a la volada y me fui a mi casa por dinero, para comprar la medicina.  Estaba alegre y segura de que mi hijo se salvaría.
Cuando llegué a mi casa mi hijito estaba en su cama, y mi amigo a su lado, le conté lo que me sucedió en el mercado.  
Le dije a mi amigo que  por favor fuera a la farmacia y comprara el mikostantín y el trivisol. Date prisa...
Se fue y regresó con los remedios le di a mi bebe las gotas, como me lo indicara la buena mujer.   Eran las 11 de. La mañana cuando empecé a darle el remedio a Salvador.  
Cerca de las 3 de la tarde, mi hijo me llamó.  
Yo me acerqué y le dije:
 - ¿qué tienes hijito, te hiciste tu diarreíta
  -  No, caca...Tengo hambre, mami.
Para mí, fue una gran alegría escuchar a mi pequeño que me pedía comida y tenía hambre.  Lo cargué, lo senté en el mueble y me puse a prepararle una sopita con cabello de ángel y papita amarilla.  Cuando estuvo lista, aplasté la papa con el tenedor junto con el cabello de ángel para darle como crema, le di cucharadita por cucharadita y se la comió toda y  no vomitó y  lo mismo sucedió después con la manzanilla.
Le volví a dar su remedio y me extrañó verlo tan aliviado.  
Ya no tenía diarrea ni vómitos y lo vi más restablecido.  
Ese día no busqué el piñón, pero estaba muy contenta y miraba a cada rato al retrato del Corazón de Jesús, y le daba gracias  por haberme escuchado y haberme dado el privilegio de tener nuevamente  a mi hijo, sano y salvo.  
Nuevamente le dije que en adelante le encomendaba el camino de mi hijo, y que siempre estaría sujeta a su voluntad, porque Dios sabe lo que hace.  
Ese día me di cuenta de que en verdad existían los milagros, sobre todo si se tiene fe y se deja nuestra suerte a la voluntad de Dios.  Y Dios me demostró que él es justo y benevolente y que, aunque seamos pecadores, seguimos siendo sus hijos.
Nunca olvidaré esa fecha, porque Dios me escuchó y me devolvió a mi único hijo
En los días que siguieron, Salvador, se fue recuperando con rapidez, pero no dejaba de darle su medicina conforme la humilde señora me lo indicó. Pero yo sabía que era Dios el que estaba curando a mi hijo y no la medicina.
Un día me fui a buscar a la señora donde me indicó que vivía, pero nadie la conocía.  La busqué por el mercado, pero no pude encontrarla, parecía que se la había tragado la tierra.  
En verdad, a veces pensaba que esa mujer, era enviada por Dios, y me había revelado el remedio para curar.
O, ¿ era el mismo Dios con forma de mujer...?, no lo sé…

Al cabo de unos días y recuperada la salud de mi hijo, me llegó un giro enviado por Pablo a través del comité y una carta donde me comunicaba que no podía venir porque había tenido unos problemas en el trabajo, pero que ya lo estaba solucionando y que no me preocupara.  
También me decía que todas las noches oraba por la pronta recuperación de mi hijo.  
El giro me cayó como una suerte, porque ya casi no tenía dinero.
Al ver que mi hijo ya estaba bien, decidí regresar a Castillo, con mi familia adoptiva.
Desde que nació mi hijo, y aún antes, ni Elías, ni su familia quisieron saber nada ni de mí ni de mi hijo. De Elías no supe absolutamente nada, ni una carta, ni una visita por vacaciones. Todas sus palabras y promesas de amor fuero teatro. Que pena me daba Elías y su familia, que pocos valores humanos tenían…


Venganza sangrienta
Cuando llegué a mi casa, encontré a mi madre y Mary en la casa.  Se alegraron de verme y me preguntaron cómo seguía el bebe.  Yo le conté lo que había ocurrido.  
Mi mamá me dijo que Gladys y Pepe habían viajado a la Aguaytía a trabajar con unos madereros.
Cerca del anochecer, cuando estábamos descansando, aparecieron los hermanos de Pepe y mi mamá los invitó a cenar. Poco después, que los hermanos de Pepe se fueron a su casa, apareció Gladys y nos agarró de sorpresa porque no pensábamos que ella iba a llegar de viaje.
 Mamá le preguntó por Pepe, y Gladys le dijo que él no podía venir con ella porque tenía mucho trabajo.
Entonces, ¿por qué has venido tú...?, le pregunté. Nos respondió algo que no tenía sentido:  era que les había llegado una carta, en la que decía que la mamá de Pepe estaba grave.  
Entonces mi mamá le dijo a Gladys que eso era mentira porque la mamá de Pepe había viajado a Huánuco, a escuchar la misa de honras de su hijo fallecido y, esa misma mañana, la señora vino de pasada a encargar que viera a sus hijos.  
Así que era imposible que ella hubiese escrito esa carta, pero a Gladys no se le veía convencida, y quería que uno de nosotros la acompañáramos a la casa de su suegra para verificar,  pero nosotros la convencimos de que no se desesperara y que al día siguiente podía ir más tranquila.
Esa misma noche, cuando ya estábamos descansando, escuché que pasaban carros a toda velocidad, los perros ladraban y mi corazón empezó a latir de miedo, porque no era normal que a esa hora de la noche transiten tantos carros y motocicletas.  
Agarré a mi hijo y me fui al cuarto de mi mamá.  Ella también estaba despierta y fumaba un cigarrillo para ver la suerte y echaba hojas de coca, me dijo que en las hojas de coca y el cigarrillo veía sangre y luto y que algo malo iba a ocurrir esa noche.  
En verdad que volví a sentir miedo, ese miedo y ese terror que hacía mucho tiempo había sentido, cuando tuve que presenciar la muerte de mis tutores.
Horas después escuchamos el sonido de las balas y los ladridos desesperados de los perros.  
Cerca ya del amanecer, los carros y las motos pasaron a toda velocidad de retorno a Tingo, a partir de esa hora todo quedó en silencio y mi mamá me dijo qué habrá pasado en el aserradero...
Cuando cesaron los ruidos, luego me quedé dormida, ya había salido el sol cuando desperté.  Gladys aún no se despertaba, mi mamá si estaba despierta y preparando el desayuno.  
Me dirigí a la carretera y ni un alma transitaba por el lugar, ni siquiera el panadero, había una sensación de cementerio.
Fue entonces que el vecino me llamó y me dijo que en el aserradero había ocurrido una matanza, no sé a quienes habrán matado los compañeros...
Me asusté y regresé a mi casa a decírselo a mi mamá. Gladys se despertó y me preguntó: ¿qué pasa? Le respondí, que anoche hubo una matanza en el aserradero...
Gladys palideció y nos dijo: voy a ver a mis cuñados, le aconsejamos que no fuera, puede ser peligroso.
Poco después pasaron los carros del ejército a toda velocidad.  Nosotros nos fuimos tras ellos, a ver lo que había ocurrido.  Grande fue nuestra sorpresa cuando vimos que los carros entraban por la carretera de desviación, justo por donde estaba ubicada la casa de los Contreras, los cuñados de Gladys, me fui caminando para ver lo ocurrido.  
Los soldados rodearon la casa de los Contreras apresuradamente, me acerqué más y, lo que vi, se me heló la sangre: todo el hall de la casa de los Contreras estaba ensangrentado, las paredes salpicadas de sangre, las puertas y ventanas rotas, en el piso cabelleras ensangrentadas, pedazos de ropa con sangre, me di cuenta de que habían matado a los cuñados de mi hermana.
Viendo toda esa masacre, me puse a pensar en la carta que supuestamente le había enviado su suegra.
¡Dios mío!, volví a sentir repudio y odio hacia aquella gente criminal, recordé la tortura de mis padres adoptivos, me quedé helada y el cuerpo me temblaba.
Me acerqué a un oficial y pregunté: ¿dónde están los cadáveres...? El oficial nos respondió que no habían encontrado ningún cadáver, probablemente los hayan botado en otro lugar y los están buscando.
Había muchos curiosos, pero la gente que vivía en los alrededores había abandonado el área y ni un alma quedaba en las casas.  
Muchos al ver y escuchar lo que hacían los subversivos, llevados por el miedo, habían optado por escapar.
En ese entonces, cuando ocurría un ataque subversivo, y mataban gente, el ejército llegaba y torturaba a quienes vivían cerca al lugar de los hechos, sin darse cuenta de que estaban atacando a quienes tan solo servían de carnada de las fuerzas policiales, porque los verdaderos terroristas jamás se quedaban a esperar a la represión.
¿Qué delincuente se queda en el lugar donde cometió el delito, para esperar ser detenido por la policía...?  

Poco después, también llegaron los periodistas y los del servicio de inteligencia.
Pasado el mediodía, los del ejército encontraron los cadáveres de  cinco personas, que eran los cuatro hermanos de Pepe y de su cuñado, el esposo de Delia.  
Nosotros fuimos al lugar donde estaban los cadáveres, el lugar se llama Río Azul, entrando por una chacra.
Cuando llegué a Río Azul, vi un cuadro espantoso de tres niños:  Alinda, de 14 años, Lander de 13 años y Julito de 11 años; tenían el cráneo abierto, sus rostros cortados e irreconocibles y sus cuerpecitos cortados con machete y abaleados...
¡Dios Santo!, eran tan solo unos niños, que no habían hecho daño a nadie, niños que recién empezaban a conocer la vida.
¿Qué habían hecho ellos para que los mataran de una forma tan horrorosa...?
Gusanos blancos caminaban por sus cuerpos.
Me preguntaba, ¿por qué?, ¿por qué los senderistas cometían actos tan macabros, con niños inocentes...?
Todo mi pasado se me vino encima… Las lágrimas resbalaban por mis mejillas. Quería gritar alucinando todo lo que habían sufrido.  
Más allá, a unos 5m, había dos cadáveres más, los de Delia y su esposo Santiago.  Delia estaba con el cráneo abierto, sin cabellera, los brazos destrozados, la espalda abierta, los senos macheteados y también tenía impacto de bala en la cabeza; el pantalón estaba roto y el cuerpo con la piel desprendida como si hubiera sido arrastrados por la carretera.  
Un enjambre de moscas estaba cubriendo sus cuerpos.
Su esposo yacía a su costado, boca arriba, con impacto de bala en la cabeza, en el pecho y en el estómago, la camisa estaba destrozada.  
Debido al estado de descomposición de los cadáveres, estos despedían mal olor, y de ellos brotaba sangre negruzca y gusanos.  
Luego se acercaron los efectivos del ejército con las bolsas donde colocaron a los cadáveres, para llevarlos a los carros que los trasladarían a la morgue del hospital.  
Regresé cuando se fueron los del ejército.  
Unos vecinos comentaban, que en la casa de los Contreras también había un bebe y que no aparecía por ninguna parte.

Cuando llegué a mi casa todo era tristeza.  
Mi hermana Gladys lloraba, era un mar de lágrimas.
Como la policía llevó los cadáveres a la morgue, avisó a sus familiares.  
Nosotros estábamos averiguando donde iba a ser el velorio.  
Nos fuimos por la noche a visitar a su hermano que vivía en Tingo.   Lander estaba muy acongojado y lloraba la muerte de sus hermanos.  
Había policías en la casa de Lander cuidando a su familia y a él, porque ya se había descubierto que era la venganza de los terroristas, y que no pararían hasta matarlos a todos y, prueba de ello,  era la carta, que le habían escrito a Pepe.  
Nosotros sentimos temor por la vida de Gladys y le dijimos que se quedara a dormir en la casa de Lander, pues como ella era la esposa de Pepe, también corría peligro y la llevamos a Tingo María
Dejando a Gladys en Tingo regresamos a Castillo.  
Todo Castillo, y en especial “El Caracol,” estaba en silencio.   
Estábamos asustados porque no sabíamos en qué momento o a quién iban a atacar los terroristas.  
Cerrábamos bien nuestra puerta.  
Estábamos mirando por la ventana, cuando el perro ladró, el corazón se me sobresaltó y mi cuerpo temblaba, incluso me senté debajo de la ventana mientras oraba.
Mi mamá chacchaba su coca y fumaba su cigarrillo.  Yo también fumaba puesto que tenía los nervios alterados, tanto que me hacía temblar.  
Amaneció.
Me sentí más tranquila cuando vi la luz del día.
Nos cambiamos después de levantarnos y nos fuimos con mi mamá y Mary a Tingo, a ver lo que estaba ocurriendo.  
Llegamos a la casa de Lander, cuando ya los cadáveres estaban velándose en sus ataúdes colocados en fila.  
La policía estaba custodiando el lugar y también había gente del servicio de inteligencia, además de muchos periodistas que hacían preguntas sobre la matanza.
Entramos cuando ya estaba allí la mamá de Pepe y él también.  La vi desencajada, sedada y hablaba sola.  
En medio del llanto decía: “mis hijos, mis lindos hijos, están en el cielo, son mis estrellitas que me alumbrarán”.  Dios mío: ¿qué les han hecho para que los maten así?”.  
Se arrodillaba mirando al cielo llamando a sus hijos, y su cuerpo no soportó tanto dolor y se desplomó. Varias enfermeras la inyectaban.  
Mi mamá y yo nos acercamos a mi cuñado, que empezó a llorar desconsoladamente.
 Pensé, para mí, que al menos sus hermanos tendrían una cristiana sepultura, pero yo no pude ni siquiera enterrar a mis tutores y, peor aún, ni sabía en qué lugar habían tirado sus cadáveres.
Me dolía en el alma ver ese penoso cuadro, por el cual estaba pasando la familia de mi cuñado.  
Me acerqué a él y lo abracé, pero no pude decirle que yo también había pasado por el mismo dolor.
 Le dije a Pepe que ellos no podían regresar a Castillo, porque corrían el riesgo de que los terroristas atenten contra sus vidas.
Todo el día estuvimos en el velorio.  
Por la noche regresé a Castillo a ver a mi hijo.  
Al día siguiente me fui a ver a mi mamá a Tingo  y a las 3 de la tarde nos fuimos en caravana al entierro rumbo al cementerio.  Nosotros íbamos caminando junto a Pepe y su mamá, ambos iban llorando desconsoladamente  y sus rostros estaban desencajados.
 En el cementerio, colocaron los cinco ataúdes en fila frente a la capilla.  
El sacerdote dio su responso y un gran sentimiento llenó su pecho,  que casi no lo dejaba hablar, también lloraba.
La mamá de Pepe se desmayaba y gritaba mirando al cielo, encomendando a sus hijos a Dios.
Cuando empezaron a meter los ataúdes en los nichos, la mamá de los fallecidos se arrodillaba en el suelo entre las piedras, gritando que les devuelvan a sus hijos.  Sus rodillas sangraban.  Pepe la agarraba y le decía: por favor mamita, levántate, ya no podemos hacer nada.
La señora no entendía nada y, agarraba las piedras para con ellas frotarse las manos, diciendo: ¡Dios, llévame a mí también, para estar con mis cuatro estrellitas!
Un señor de avanzada edad, tío y cuñado de la señora, se subió a lo alto de los nichos, en medio de los gritos de su familia, para gritar indignado con todas sus fuerzas y con los ojos arrasados en las lágrimas: Malditos terroristas, aquí estoy, ¿por qué no me matan a mí...? ¿Por qué matan a niños inocentes...? Yo sé que están aquí, entre los presentes, es a mí a quien quieren matar, pues aquí estoy.
Los hijos del señor Marcial Contreras lloraban y le rogaban que se bajara.  Entre llantos y gritos, terminaron de meter los ataúdes en los nichos.  
Aún no me resignaba, ni comprendía, por qué los compañeros tomaban vidas en venganza y, peor aún, vidas de niños inocentes.

Ya casi anochecía cuando dejamos a Gladys y a Pepe en Tingo. Nosotras regresamos a Castillo.  
Días después nos informaron que Gladys y Pepe habían viajado a lugares lejanos, no supimos dónde.
Yo dejé de viajar a Uchiza por una temporada, no quería que mi hijo se quedara solo en Castillo, además mi mamá estaba un poco mal de salud por la ausencia de Gladis.  
Nos encontrábamos tan apenados por lo que había sucedido, que para el cumpleaños de mi hijo,  solo hicimos un almuerzo. En esos días mi sobrina Yajaira cumplía su primer año.
En ese entonces Marcial Contreras donó su linda casa para que el ejército ponga su base en Castillo y con la llegada del ejército a Castillo nos tranquilizamos un poco, porque los efectivos del ejército hacían patrullas a cada rato por toda la zona, y además habían puesto un control para vigilar a la gente que salía o entraba a Castillo, pero a pesar de todo la gente vivía en tensión.
Por las noches se escuchaba disparos por todos lados y nadie sabía si eran los del ejército o los compañeros que estaban provocando a la base.
 Lo cierto era que la noche para todos era un tormento, y solo el día nos inspiraba algo de tranquilidad.
Entre los que vivían en la zona había terroristas infiltrados, pero nadie los conocía, por eso es por lo que a veces no sabíamos ni con quien conversábamos.  
Por las noches dormíamos con un ojo abierto y el otro cerrado y vivíamos en medio de sobresaltos.
A partir de las 6 de la tarde nadie salía de sus casas por seguridad.  Castillo se había convertido en un infierno, pues en cualquier momento podían los terroristas patear nuestra puerta y matarnos.
Me entraban ideas de irme a vivir a Tingo, pero ya me había acostumbrado al cariño que nos daba Mary, su mamá y sus hermanos, además yo no tenía familia y mi hijo no conocía más familia que a ellos. ¿A dónde iba a ir...? ¡Quería tanto a esta mi nueva familia!, y no era justo irme cuando todos deberíamos estar unidos para darnos fuerza.  
Hacer andar a un niño de aquí para allá y de acá para allá, es maltratarlo y volverlo inseguro.
Los compañeros terroristas  mataron, unos meses después, cerca de mi casa, a una señora  por infiel.
Días después, cuando ya pensábamos que todo se había calmado, inauguraron una casa de oración, asistía mucha gente.  Yo también acudía al culto por la noche.  
Una noche, pocos días antes del 28 de Julio, cuando iba caminando a la casa de oración escuché fuertes voces que provenían del aserradero y ruidos de pies que corrían, justo me encontraba casi en la vereda de la casa donde vivía mi amiga Helen, seguí escuchando los gritos más de cerca, hasta que mi corazón empezó a latir al escuchar bien lo que gritaban, en ese instante salió Helen y me dijo: “pasa rápido”.
Dios mío, Helen, dije, ¿cómo estarán en mi casa? ¿A quién habrán venido a matar estos malditos...? Yo estaba asustada por mi hijo y mis hermanos.  
Ya iban llegando los compañeros terroristas..  
Helen y yo cerramos bien la puerta y estuvimos mirando por la rendija de la ventana.  
Pocos minutos después vimos pasar a tres mujeres y cinco hombres, vestidos con uniforme de militar y bien armados, cantando y gritando vivas a la lucha armada.
Grande fue nuestro miedo, las piernas me temblaban, cuando vi que se paraban y corrían hacia la casa de oración, a donde yo iba para asistir  y donde ya había varias personas.  
Transcurrieron unos segundos, antes de escuchar disparos y los gritos de la gente que asistían al culto.  
Yo temblaba y Helen lloraba llevada por la angustia.   Dios mío, yo también hubiese estado en el culto, gracias a Dios que me retrasé.
Después de escuchar disparos, los ocho compañeros gritaron vivas a la lucha armada, y muerte a los contrarrevolucionarios y  empezaron a correr por la carretera hacia el aserradero.  
Los que estaban en el culto gritaban desesperados. Helen y yo salimos a ver lo que había ocurrido y nos fuimos por la carretera, mirando a uno y otro lado, por si acaso…
Vimos que la gente del culto gritaba aterrada pidiendo auxilio. Me acerqué vi a un hombre, cuyo cuerpo se había desplomado entre las bancas, estaba ensangrentado y con varios orificios de bala en el abdomen, cuando me aproximé a él, ya agonizaba.
El hombre me miraba con ojos brillosos y lloraba... ¡Dios mío!, me miraba como si quisiera que lo salvara de la muerte... Dios, todavía estaba vivo.  Sentía ganas de acogerlo y darle vida..., quedé paralizada de impotencia. Hasta que grité y dije: por favor, ayuden, vayan a la base y avisen al ejército. Cuando estaba por levantarlo, mi amiga Helen me jaló del polo y salimos.
Y salí corriendo a mi casa, un vecino me dijo gritando, métete al cacahual que ahí vienen los del ejército, miré hacia atrás y vi los carros.
Sin pensarlo más, me metí en la chacra de cacao de un vecino, que colindaba con mi chacra y empecé a caminar en medio de la oscuridad agitada y temblando de temor, escondiéndome entre los árboles de azote.  Cuando estaba por llegar al lindero de mi chacra, un hombre armado me agarró del cuello y dijo: “te callas o mueres”. Creí que ya me había disparado, cuando sentí su fusil en mi estómago y me quedé sin habla por lo aterrada que estaba. El hombre me dijo:  ¿qué haces aquí?
No, no me mates señor, yo solo estoy escapándome, se lo suplico por el amor de Dios, no me mate, yo no sé nada.  
¿Dónde vives?
En la casa de al lado.
Si quieres seguir viva no grites y no digas nada a nadie de lo que has visto.  
Sí señor, pero por favor no me mate-
Corre y no mires atrás, si miras atrás, te mató.
Haré lo que digas, pero no me mates.
 Entré por la puerta trasera y me abrió mi mamá diciendo:
Ay hija, estaba asustada. Tu hermano Franklin no ha regresado hasta ahorita, y estoy preocupada. Le conté como los compañeros mataron a un hombre en el culto.
Entré al cuarto de mi mamá donde dormía mi hijo, lo abracé y  le di un beso.
    Bien entrada la noche, Franklin regresó muy asustado y nos dijo que no pudo regresar antes porque sentía miedo, que estuvo en la casa de Mary.   Esa noche no pasó nada, pero no pudimos conciliar el sueño por el miedo que sentíamos.  
  Al día siguiente, en la mañana, mis hermanos y yo nos fuimos a ver lo que sucedió en la casa de oración. Mientras caminaba, recordé la mirada que me dirigió el joven a quien le dispararon los compañeros.  Llegamos a la casa de oración y entramos a ver el cadáver.  Nadie lo había tocado ni movido.
La gente comentaba que había otro muerto en el baño.  Fui al lugar y vi el cadáver de otro joven que yacía boca abajo con impacto de bala en la espalda.  La policía aún no llegaba.  
Después salí a conversar con la gente que asistió al culto y con los que estaban la noche anterior, cuando llegaron los terrucos.
Decían que esos dos jóvenes eran ex miembros de sendero luminoso y como ya no querían pertenecer, sin avisar a la columna, se retiraron. Por que  los terrucos no aceptan cobardes, y como los terroristas temían que los jóvenes revelaran secretos de sendero, decidieron matarlos para silenciarlos.
Horas después, llegaron los efectivos del ejército y sin interrogar a nadie procedieron a embolsar los cadáveres, para luego llevárselos.
Vi durante el día que mucha gente bajaba de la Florida y otros lugares con sus cosas caminando hacia Tingo.  
Algunos vecinos también se estaban yendo a Tingo con su familia y sus cosas, se iban por temor a lo que pudiera suceder…
También se rumoreaba que los compañeros iban atacar la base esa noche, y que iban a bloquear la carretera.  Yo estaba intranquila, porque un vecino me dijo que los compañeros tenían una lista de las personas que iban a matar aquella noche.
 Ya no había ni un alma en la carretera.  Todos los que nos habíamos quedado en nuestras chacras y casas, nos encerramos y todo lo que había en la casa lo usamos para atrancar las puertas.

En mi casa, todos nos encerramos en la habitación de mi mamá, y no hablábamos, estábamos callados, y pendientes de cualquier ruido. Cuando el perro ladraba nos sentábamos debajo de la ventana y no pronunciamos ni una palabra.  Mi mamá fumaba y chacchaba su coca.  
Yo les decía a mis hermanos que no tuvieran miedo, y que rezaran para que no nos suceda nada, pero yo temblaba, estaba aterrada, hasta mi hijo se daba cuenta, él estaba sentadito a mi costado, y me decía:
“Mamita, ¿por qué matan los terrucos”?
Yo le decía que ellos solo matan a los rateros. Se abrazaba a mí, y me decía:  no tengas miedo, yo estoy a tu lado.
¡Dios mío!, mi hijito también tenía miedo...  Lo abrazaba como para que sienta que yo lo estaba protegiendo.  Me daban ganas de llorar.
¡Dios mío!, eran tantas preguntas que mi hijo me hacía.
Esa noche no solo sentía miedo, sino también culpabilidad, por estar haciéndole pasar a mi hijo cosas que un niño no debería sufrir.  
Ya eran las 2 am, solo mi mamá y yo estábamos despiertas velando el sueño de mi hijo y de mis hermanos y, hasta ese momento, no había nada fuera de lo normal.
 Cuando estuve a punto de cerrar mis ojos, escuché ruidos de pisadas en la carretera.  
Me levanté de un salto y vi por la ventana a unos hombres que venían hacia mi casa cubiertos con pasamontañas.  
Yo le dije a mi mamá que se acostara en la cama con mis hermanos y mi hijo, que yo afrontaría cualquier cosa.  
La verdad me invadió el pánico y mis dientes empezaron a rechinar, al ratito los terroristas llegaron a la puerta de mi casa, y empezaron a alumbrar con sus linternas por la ventana.
 Tocaron con fuerza la puerta y llamaron: “compañeras, abran su puerta”. Mientras yo rezaba el padre nuestro, mi mamá bajó de la cama con mi hermanito Juan Diego. Felizmente, mi hijo dormía con mi hermanito menor.  
Como los compañeros alumbraron el interior de la habitación con sus linternas, nos vieron y ordenaron: “abran la puerta”.  Yo, me dije a mí misma: “si no abro la puerta ellos se alterarán y son capaces de matar a todos”.  
Pensé en mi hijo, y le dije a Dios: ¡Dios mío, protégenos!, yo ya me daba por muerta.  
Le dije a mi mamá: yo abriré la puerta.  
Los seis compañeros entraron a revisar la casa, y nos dijeron en voz alta:
- ¿Solo ustedes están aquí? Salgan a la carretera para que nos ayuden a bloquearla.
Les juro que me tranquilicé, porque al menos no habían venido a matarnos.  Mi mamá, dos de mis hermanos y yo salimos con los compañeros a la carretera.  
Allí me di cuenta de que todos los vecinos que se habían quedado estaban también en la carretera acarreando troncos y piedras, y por todos lados había terrucos encapuchados.
Cuando de repente, uno de los compañeros se sacó el pasamontañas y reconocí al mando logístico, que hacía tres años atrás fue el ejecutor que mandó matar a mis padres adoptivos.  
Él se me quedó mirando, vino a mi lado, y me dijo:  “Tú eres ciega, sorda y muda”.  
Yo sentía tanto repudio por ese hombre que en ese momento vino a mi memoria, como una película, toda esa escena sangrienta que tuve que ver la noche que mis padres fueron asesinados y sin piedad por esa sarta de asesinos.
 El hombre se acercó y me dijo:  porqué me miras como si me odiaras...   
Tú ordenaste que maten a mi padre y a su esposa.
No recuerdo.
Claro, son tantos tus crímenes que es imposible recordarlos todos.
Le dije la fecha y la hora en que mataron a mi padre.  
Fue entonces que cuando el tipo se me quedó mirando y me preguntó:
¿Dónde vives?   
Como me quedé sola, no tenía con quien estar, solo en  Castillo tenía una amiga que me brindó su casa.
 Yo estoy al mando de la zona del alto Huallaga y por estos días estaré por estos lares, si tienes algún problema estaré al tanto, me dicen Juan el dulce, me llamo  Aurelio Domínguez.
Me quiso dar la mano, pero yo no se la di.
Cualquier día te buscaré para hablar. No te olvides: eres ciega, sorda y muda.  Asentí con la cabeza, pero no se imaginaba que con su presencia había revivido mi odio y los recuerdos.
Pensé que por fin estaba frente al hombre que mandó matar a mis padres, era el hombre que un día me quitó la felicidad de vivir con el hombre y la mujer que me quisieron como a su propia hija.  
Mientras acarreaba las piedras, mi mente luchaba entre la sed de venganza y el castigo divino.
 Yo tenía tanta fe en Dios y había hecho la promesa vivir en paz, y que solo pensaba en darle felicidad a mi hijo.
La verdad es que no tenía intenciones de mancharme las manos con sangre, porque en la Biblia se lee que uno no debe hacer justicia por su propia mano.
No podía dominar mi rencor y mi odio contra esa gente asesina.  
Pensaba en el futuro de mi hijo.  
No sé…dentro de mí había una lucha entre lo bueno y lo malo, y no sabía qué hacer...  
Casi al amanecer terminamos de bloquear la carretera.  
Los terrucos se fueron rumbo a la Florida y todos volvimos a nuestras casas.
Cerca de las 9 am salí a la carretera y estaba hecho un desastre.
Después me fui a la tienda que estaba cerca de mi casa y toqué la puerta para comprar leche para mi hijo, pero la señora no estaba, así que regresé a mi casa.  
Horas más tarde llegaron los efectivos del ejército y empezaron a limpiar la carretera.  También entraron a las casas a hacer preguntas y pedir documentos.  Los helicópteros volaban y patrullaban los alrededores revisando la zona.  
Yo reflexionaba sobre el desagradable encuentro que había tenido la noche anterior con el causante de la muerte de mis padres, no podía borrarlo de mi mente.
¡Tenía tanto odio en mi corazón!
Pensaba en un sin número de posibilidades de venganza.  
Por otro lado, le pedía perdón a Dios por tener tanto odio en mi corazón, y le decía que ilumine mis pensamientos.  
Acudían a mi mente todas las barbaridades que los compañeros habían hecho, quitando vidas sin importarles si eran gente inocente o niños.  Eran tantas cosas en contra de esa gente. Dios santo, había tenido tan cerca al hombre que me quitó la felicidad, qué no sabía cómo hacer para quitármelo de la mente, creo que en todo ese tiempo no sabía que me estaba retro alimentando del odio del pasado.


Todo era incierto.
Miraba a mi hijo y sentía tristeza, pues no había un mañana para él, ni para nadie… Todo era incierto. Lo cierto estaba muy lejano para mí, porque todo lo que había vivido hasta entonces era desprecio, muerte, tráfico e inseguridad, orfandad... La inseguridad de no saber si para mañana llegaría a ver la luz del amanecer, lo único bello y bueno era mi hijo y él me daba fuerzas para levantarme y seguir luchando.
La noche del 28 de Julio, lo pasamos en tensión, igual que las noches anteriores.  
En verdad, la paz estaba lejos de nuestras vidas.
Nos levantamos para ir al mercado, pero no había ningún micro.  Así que mi hermano, Juan Diego y yo empezamos a caminar hacia el Caracol para ver si allí encontrábamos carros, pero cuando llegamos al Caracol no encontramos carros ni tiendas abiertas, nos acercamos a conversar con un vecino.  
Le pregunté:  ¿Por qué no hay micros?
¿No viste anoche el noticiero como Fujimori ha dado un paquetazo? Elevó el precio de los alimentos en un cien por ciento y lo mismo el precio de la gasolina, por eso las tiendas no van a abrir y tampoco transitarán los micros.
Yo no creo que sea para tanto, pero lo fue.
Hablé con mi hermano Juan Diego y le dije que nos fuéramos a Tingo caminando.  Cuando llegamos a Tingo, efectivamente, la gente estaba alborotada y de lo único que se hablaba era del paquetazo. El mercado estaba cerrado, así como todas las tiendas.  Al rato, empezó un alboroto mayor con grupos de personas agitadas, rompían vidrios y ventanas de algunas tiendas, tratando de entrar para que los dueños los atendieran.  
En otros lugares, otros grupos armados con fierros, piedras y palos trataban de abrir el mercado.
Horas después, la policía y el ejército pusieron orden en el pueblo. Más tarde tuvimos que regresar a Castillo sin conseguir ni un tarro de leche.
 Cuando llegamos a mí casa le conté a mí mamá, y ella nos dijo que en los noticieros vio que todas las cosas habían subido. Yo me quería caer de espaldas, porque los ahorros que unos días antes me servía para mantenerme tres meses, se había devaluado tanto que solo me servía para mantenerme tres días.
En los días siguientes, en los noticieros solo pasaban reportajes de personas que armaban alborotos en distintas partes del Perú.  
El país estaba en un desconcierto económico por el alza de los precios.  
Mi dinero se había acabado y no tenía ni para un tarro de Leche En mi casa, como éramos una familia numerosa, estábamos pasando por momentos críticos, porque ya no teníamos que comer, aunque la chacra nos producía algunas verduras y frutas y más con los huevos de algunas gallinas que gracias a Dios criábamos, pudimos salir adelante. A mi hijo tenía que darle mazamorra de yuca con chancaca que mi mamá había conseguido no sé de dónde.
En varias ocasiones iba a Tingo a ver a algún amigo para pedirle prestado algo de dinero.

El Paquetazo.
Durante el gobierno del Presidente Alan García Pérez, la moneda peruana, que en su gobierno  se llamaba Inti, había sufrido una de las des valuaciones más grandes a nivel mundial. Estaba, la unidad de la moneda, algo más de un millón de intis por un Dólar USA. Fujimori quiso hacer una nueva evaluación y lo primero que hizo fue cambiar el nombre de la moneda, inti por sol, como lo había sido siempre,  poniendo el valor del sol al mismo nivel del dólar. Con esto hubo al principio un gran desconcierto entre la población, pero poco a poco, mediante una buena administración económica, fue mejorando la moneda y la gente se sentía más segura, ya que no había desvaluaciones.
Varios días después fui  a preguntar a uno que otro chófer de los que hacen viajes a Uchiza si   por casualidad habían visto a Pablo.  Nadie me daba razón de él, hasta que decidí viajar a Uchiza en busca de Pablo, y   para conseguir mi pasaje de ida, tuve que empeñar un artefacto.
 Días después me fui a Uchiza, por suerte, ni bien llegué a la ciudad, encontré a Pablo y me dijo que todo en Uchiza era un caos, porque mucha gente se había quedado en la miseria. Después me dijo que él estaba preocupado porque estaba muy mal económicamente.
Me contó que un día antes del paquetazo, él había vendido la droga y que al día siguiente toda la gente había guardado su mercadería porque no sabían a qué precio la iban a vender  
Me preguntó si había recibido el giro que me había mandado.  Le dije que sí y  también me preguntó por la salud de mi hijo.
Ya por la noche, cuando me llevaba a la pensión, me dijo que él buscaría dinero para darme y así poder regresar a Tingo.
Por tres días estuvimos buscando alguna forma de conseguir dinero.  Por suerte, Pablo tenía una moto guardada, la empeñó por 8 kg. de droga.  Vendió todo y me dio 500 dólares.  
Me dijo que él seguiría traqueteando para dar vuelta a la plata.  
Como estaba preocupada por mi hijo y por los problemas que había en Castillo por la subversión, decidí regresar.  
Cuando iba de regreso a Tingo, me encontré, en el ómnibus, a un joven amigo que había tenido en Huánuco, cuando vivía en la pensión de la abuela Pacha. Él me reconoció y se sentó a mi lado.
Me dijo:
Hola Lucy, cuantos años que no te veía, ¿qué ha sido de tu vida?
Tengo un hijo, no me ha ido bien.
Yo estoy estudiando derecho, ya voy estoy por terminar, tengo una pequeña empresa en Ambo.  
No te he olvidado y siempre he vivido con tu recuerdo y en mi billetera guardo una foto que nos tomamos cuando éramos amigos.  
Me siguió hablando de su amor, el amor que sentía por mí y que no le importa si tenía un hijo, que él me quería igual que antes.  
Me preguntó por mis padres y le conté todo lo que pasó con ellos.  
Y, llegando a Tingo, bajamos los dos del carro y me dijo que le hubiese gustado quedarse en Tingo pero no podía.
Lo acompañé al paradero y volvió a repetirme que me amaba.
Me dio su tarjeta con su dirección para ir a verlo o para escribirle.
Partió mirándome hasta desaparecer.
Poco después de hacer unas compras de víveres, tomé el micro para ir a Castillo.

Cuando llegué, mi bebe se alegró mucho y me dijo: “Mami qué me has traído.”, le dije: “comidita hijito”. Me abrazó y yo lo cargué.  Saludé a todos y me sirvieron la cena que comí con tanto afán y gusto por haber solucionado en parte mi problema económico.
Al día siguiente, me fui a Tingo a comprar un par de zapatos para mi hijo y depositar 100 dólares a mi papá.
Lo cierto es que me quedaron 300 dólares.  
Días después conocí a un amigo que me propuso trabajar cambiando dólares en la esquina del movimiento, me dijo que me enseñaría a trabajar y que no me preocupara, que él sabía todo sobre el negocio, porque ya tenía trabajando casi un año como cambista de dólares.  
No lo pensé dos veces para empezar a trabajar cambiando dólares.
El primer día me fue pésimo porque no faltó un vivo que me estafó con 20 dólares falsos.  Mi amigo se rio y me dijo que a la mayoría de los cambistas lo bautizaban los primeros días.  
Así que opté por pararme cerca de mi amigo para conocer el movimiento del negocio, pero como en ese entonces ese negocio estaba de moda no tuve problemas para recuperar el capital y ganar unos soles de más.  Así diariamente me fui acostumbrando al comercio y me parecía divertido.  Ganaba poco, pero alcanzaba para mi diario y para capitalizarme poco a poco.

En Castillo, la situación de los compañeros se había calmado un poco porque no fastidiaban como antes, aunque de vez en cuando nos sacaban por las noches para ir a sus reuniones, donde nos tenían hasta las seis de la mañana.   
Casi todas las noches, cuando yo regresaba,  como los micros no llegaban hasta el aserradero, solo nos transportaban hasta Caracol, por temor a que les sucediera algo, así que tenía que caminar cuatro cuadras para llegar a mi casa, y como ese trayecto, desde el aserradero era monte y cacahual, mientras avanzaba se me encrespaban los cabellos de miedo, pues  temía que alguien saliera del monte y me matase o me disparase por la espalda.  A veces tenía la sensación de que me estaban observando o me estaban siguiendo y otras veces tenía miedo de cruzarme con un difunto.
No es por exagerar, pero se sabía por los vecinos que muchas almas penaban y que incluso les tiraban piedras a los transeúntes y por las noches se escuchaba silbidos.
Con tantas cosas que me decían de las ánimas me había psicoseado, no sé si le temía más a los terrucos o a los difuntos, lo cierto era que les temía a ambos.  
Un día, cuando estaba caminando de regreso a mi casa, vi una moto que estaba parada como a 30 metros de mí, estaba oculta debajo de un árbol, me asusté pues   me imaginaba que me estaban esperando, porque era raro ver una moto estacionada en la carretera a esa hora, así que acorté mis pasos, encendí un cigarrillo y caminé despacio.  Pensé que de nada serviría retroceder o correr, me resigné y me dije, que sea lo que Dios quiera, si he de morir, solo Dios lo sabrá y decidí seguir adelante. Lo único que pronunciaba entre dientes era “Dios mío, ayúdame..., no permitas que me suceda nada malo..., y si me sucede algo, cuida de mi hijo, te lo suplico. De esa manera llegué al lugar donde estaba la moto estacionada.  
No pude distinguir a la persona que manejaba la moto, porque la oscuridad me lo impedía, pero cuando estaba frente a la moto el hombre me dijo:  Hola Lucy.
 ¿Qué se te ofrece?,
Quería saludarte y hablar contigo.
Le respondí que yo no quería hablar con él ni quería su amistad.
¿Es por lo que le hice a tus padres...?  Lo que ocurrió en aquel tiempo no fue culpa mía, solo cumplía órdenes superiores, a las que no podía oponerme.
 ¿Pero matarlos de aquella forma tan inhumana…?
La orden era que había que ahorrar balas y  teníamos que infundir terror, aterrorizar a la población para que nos obedezca.
Le contesté que él no entendería de los ideales que nosotros perseguíamos y no tenían ningún derecho a matar a la gente, tan solo por cometer un error y sin averiguar si la persona era inocente o culpable.
 Me dijo que ya lo sabía, pero ya las cosas están hechas y ya no se puede hacer nada para revivir a tus padres.
 Ustedes no saben el daño que me han causado...
 Lo siento por ti.  Sentimos recelo hacia tu persona porque sabes mucho sobre mí y sobre los compañeros, tú eres un elemento muy peligroso para nosotros, aunque en todo este tiempo que te hemos estado observando  no hemos visto nada que pueda perjudicarnos, pero aun así desconfiamos de tu persona.  Nosotros sabemos todo lo que has estado haciendo, a donde ibas, en que trabajabas y quienes eran tus amistades.  A mí no me importa lo que ustedes hacen, yo solo quiero vivir en paz y pierdan cuidado, para mí ustedes son fantasmas.
Nosotros no matamos por matar, porque no somos locos, solo queremos quitar del pueblo por medio del terror a las lacras que se dedican a robar, violar, a los fumones y otros delitos que perjudican al resto del pueblo.
Quiero que me acompañes a una reunión que tengo esta noche en Castillo Chico.
Sentí mucho miedo, pensé entre mí, él quiere llevarme a ese lugar para matarme.
Me puse fuerte y le dije: Mira, yo no hice nada, tengo la conciencia tranquila, además ya te dije que ustedes no existen para mí y si tú quieres matarme por temor a que yo hable algo sobre la labor que ustedes desempeñan, no te preocupes, porque yo no sé nada de ustedes, ni quiénes son ni quiero saberlo.
Por qué te adelantas a pensar cosas que ni en mi mente tengo, solo quiero que me acompañes a la reunión, para que seas una participante más, porque todos los vecinos de Castillo tienen que ir, es una obligación.  
Si es así, vamos.
Entre mí cavilaba que por más que me rehusara no lo  podría persuadir y corría el riesgo de que me matara.
Subí en su moto y nos fuimos directo a Castillo,  cuando pasé por mi casa vi que la luz estaba encendida, escuché el radio a todo volumen y vi también a mi mamá con mi hijo sentados en la vereda.
Entramos por unos naranjales y apagó su moto, miré alrededor y vi algunas personas sentadas y paradas entre los naranjos.  
Unos hombres encapuchados salieron al encuentro de Aurelio y le dijeron: Camarada Juan, ya va empezar la reunión y le dieron unos papeles.
Se fue y se puso a hablar con otros encapuchados que lo esperaban.
Encendí un cigarrillo y me senté en el suelo.  
Un vecino que me reconoció me dijo:  Hola Lucy, ¿no han venido tus hermanos?
No lo sé, porque acabo de llegar de mi trabajo y me trajeron.  
Mi vecino me dijo que estaba muy molesto porque los compañeros tan solo les hacen perder el tiempo y los ponen en peligro.
Yo no le decía ni sí ni no.
Cerca de las 10 pm apareció el mando y se paró frente a todos con unos papeles en la mano, resguardado por cuatro hombres bien armados,  con linternas y también llevaban capuchas o pasamontañas que cubrían sus rostros.  
El camarada Juan, como lo llamaban sus compañeros, empezó a hablar en voz alta, dando vivas al presidente Gonzalo y saludó a la gente que había concurrido a dicha reunión. Después empezó a leer los documentos que llevaba en la mano, hablando de la ideología de Mao Tse Tung,  una ideología con la que querían hacer un país con igualdad de posibilidades para todos y en la que  se eliminaría todo tipo de delitos.   
Yo me moría de sueño, no me quedaba más que fumar un cigarrillo tras otro. Había algo que me llamaba la atención era que exigían a la población que se unieran a la lucha armada y que fuéramos ciegos, sordos y mudos.  
Me sentía confundida porque en muchas ocasiones invitaban a las jóvenes a integrarse a las filas de sendero y, en esta ocasión, ahora mandaban a las personas a que se unieran al campo de Sendero. Yo solo observaba y escuchaba.
A las 2 de la mañana terminó la reunión.
Regresé a mi casa con unos vecinos.  Llegué muy cansada y muerta de sueño.
Mi mamá abrió la puerta y me preguntó dónde estuve, le dije que me quedé conversando con unas amigas en el Caracol.
 No quise decirle a donde había ido para no preocuparla.  
Una hora antes de irme a trabajar, mi mamá me dijo que regrese temprano para no preocuparla.  
En los siguientes días no pasó nada y tampoco vi a Juan el dulce.
Estábamos casi a fines de septiembre.  
Un día común y corriente, mientras estaba trabajando se presentó Juan el dulce, me llamó a un lado para conversar y me invitó a almorzar, le respondí que no tenía hambre, pero me replicó diciendo que tenía que hablarme de algo muy importante y no podía negarme.  Advertí que no estaba bromeando, así que para que mis amigos los cambistas no se dieran cuenta, consentí y le dije que estaba bien y fuimos vamos a un kiosco.
Cuando estuvimos sentados me dijo que no podía estar mucho tiempo en el pueblo. Me entregó un papel y me dijo que lo leyera y que no protestara. Lo tomé en mis manos y me puse a leer, luego lo miré a los ojos y le dije:  ¿por qué yo?  
No puedes oponerte a cumplir dichas órdenes.
Me puse furiosa y le dije que no tenía intención de pertenecer a la columna y mucho menos a aceptar órdenes.
 Si tú te niegas puedes tener muchos problemas.
¿Por qué no me dejan en paz?, yo no quiero complicarme la vida, más de lo que ya está.
Son órdenes de la base.  
No sé lo que es base y no entiendo nada de lo que está sucediendo.
Bueno, me voy porque me esperan. Recuerda que el partido tiene mil ojos y si das un mal paso ya cavaste tu tumba.  
Me quedé sentada y desconcertada, además tenía en mi mente lo que decía el papel, que me invitaban a participar en una reunión que se realizaría en la Florida.
Estaba sumamente preocupada y no tuve ganas de regresar a trabajar.  Regresé temprano a mi casa y sin ánimos de nada.  
A cada momento me hacía preguntas, como qué sería lo que quieren de mí.
Le dije a mi mamá que me sentía mal y me dolía la cabeza muy fuerte. Puede que en la tarde vaya  a Tingo a ver la posibilidad de unos negocios y, como era peligroso regresar tarde por la noche, me quedaría en Tingo.
Efectivamente, por la tarde salí.  
Para hacer hora, hasta las 8 pm, agarré un micro que me llevó a Caracol y me fui al aserradero.  
Cuando llegué, escondiéndome para que los vecinos no me vieran, me paré debajo de un árbol y esperé hasta la hora que me indicaron.  
A las 9 pm, vi aparecer una moto y salí a su encuentro porque reconocí la moto de Juan.  Pero el hombre que estaba en la moto no era Juan, era otro que nunca había visto y me preguntó si yo era Lucy, le respondí que sí.  Sube, me dijo. Subí a la moto y nos fuimos por la carretera pedregosa que subía a la Florida.
 Ignoraba a donde me llevaba.
El hombre que manejaba la moto no pronunciaba ni una sola palabra, estaba completamente mudo.  
A pesar de que vivía en Castillo varios años no tuve la oportunidad de conocer la Florida, solo tenía referencias de que en esos lugares era donde los compañeros habían puesto su base, no sabía nada más, y por vez primera iba a conocer esos lugares llenos de montes.
Al cabo de un rato largo llegamos a una ladera que tenía un puente que daba al otro extremo de la carretera.  
El hombre que iba conmigo escondió la moto en un matorral y me dijo que lo siguiera.  Pasamos el puente de madera y al fondo y entre los árboles había una casita de madera y, antes de llegar a la casita, salieron unos hombres encapuchados y nos saludaron; seguidamente vi salir de la casita unas chicas jóvenes con capucha, las cuales me dijeron que pasara.  
Dentro de la casita había 15 personas más, entre hombres y mujeres, también estaban encapuchados. Uno de los chicos trajo una silla para sentarme.  
Unos minutos después salió de uno de los cuartos un hombre  que se  presentó ante mí como el camarada Saulo y me dijo:
No te asustes y tranquilízate, nosotros no queremos hacerte daño, tenemos buenas referencias tuyas, desde hace meses te venimos investigando y sabemos quién eres y de dónde vienes.  
En pocos minutos me dijeron mi vida completa, me quedé impresionada por todo lo que sabían de mi vida.
Queremos que colabores con nosotros en la lucha revolucionaria.  
No sé nada de lucha revolucionaria, además no deseo tener problemas, quiero vivir en paz.
El camarada me dijo que ellos no pueden aceptar una negativa.  
Después, algunos miembros que estaban presentes, iniciaron su explicación sobre la lucha armada y su ideología y que estaban marchando del campo a la ciudad.  
Yo les dije que no podía porque tengo obligaciones, tengo que mantener a mi hijo, no tengo familia que me apoye. Entonces el camarada me dijo:
no te asustes, no correrás riesgos, solo queremos que hagas pequeños encargos y no te obligaremos a que permanezcas con nosotros, podrás llevar una vida normal, sin riesgos y te buscaremos tan solo en el momento oportuno. No intentes abandonar Castillo ni avisar a la policía, porque entonces sí que la pasarás mal.  
Les pregunté qué tipo de encargos querían que yo hiciera a y me respondió que me lo dirían en el momento preciso.
No pude protestar, ya estaba hecho y, en verdad, tenía que estar al margen de cualquier cosa que me perjudicara.  
Horas después, empezaron a cantar himnos subversivos, con  la mano derecha en alto, y dando vivas al camarada Gonzalo, y  a la guerra de guerrillas; también recordaban a sus mártires que murieron en combates.
Estaba tan preocupada que no atendía a lo que decían, pensaba en mi familia, en mi hijo, en mi trabajo y en mi vida que sin pensarlo se me estaba complicando cada día más
Cerca del amanecer, el hombre que me llevó me dijo: nos vamos, Lucy. Todos los compañeros se acercaron a mí y me abrazaron.
El camarada Saulo me dijo que en su debido momento estarían en comunicación conmigo
Amanecía cuando llegamos al aserradero y, gracias a Dios, ya había un micro en marcha esperando pasajeros.
Me despedí del hombre y subí al micro, me senté en el último asiento.  Poco después el chófer subió y arrancó su carro para ir a Tingo, bajé del carro y me fui para hacer compras al mercado y poco después regresé a Castillo.
  
Le dije a mi mamá que me quedé en casa de una amiga.  
Mi hijo me dijo que otra vez más no me vio en la noche.
Por la tarde me fui al parque con mi hijo y de pasada me fui a ver a los chicos en la esquina del movimiento, y preguntar cómo iba el negocio y  me contestaron que bien.
Les presenté a mi hijo y me dijeron que estaba muy lindo y me hicieron bromas.  
Después me fui con mi hijo a comer pollo a la brasa,  más tarde nos fuimos a un vídeo a ver una película de acción y aunque quería estar tranquila no podía.  
Estaba tan preocupada que fumaba cigarrillos como chimenea.
 Mi hijo me decía:  Mamita, ¿por qué fumas tanto?, te vas a enfermar.
Yo le decía, los grandes fumamos.
Casi a las 7 de la tarde regresamos a Castillo.  
Al día siguiente me fui a trabajar un tanto preocupada, y con no haber dormido en toda la noche, mi amiga que me vio en ese estado me preguntó:
 - ¿Te sientes mal?
 - He tenido una infección al estómago, pero ya estoy bien.
En todo el día no crucé palabra con casi nadie, solo me dedicaba de lleno a comprar dólares.
En verdad me encontraba tan desolada y sin saber qué hacer.  Por ratos tenía ganas de coger a mi hijo e irme lejos, pero no podía hacerlo porque ellos me encontrarían de todas maneras, además no podía dejar a mi linda familia.  
No quería estar sola, me daba miedo la soledad.  
No quería vivir sola porque con ellos encontraba calor familiar y, ahora cuando lo había encontrado, no estaba dispuesta a dejarlo.  
¡Dios!, me encontraba en una encrucijada.
 Pasaron los días sin novedad.  
Estábamos en la quincena de noviembre del 90 y no se tenía noticias de los compañeros.  
En esos días me había comprado una bicicleta de carreras, para ahorrar y no pagar el pasaje en auto.
Un día, cuando estaba de regreso a castillo, en el puente Corpac me interceptó una camioneta blanca, y me preguntaron:  
 - ¿Tienes dinero para que nos cambies 20 dólares?
Les contesté que sí.  
Uno de los chicos que estaban en la camioneta, sacó un billete de 20 dólares de su billetera, estaba doblado y me dijo:
 - léelo y harás lo que dice allí.  
Fue entonces que recién me di cuenta de que eran los compañeros.
Más adelante leí el papelito donde me daban instrucciones para que fuera al aserradero a las 7 de la tarde este mismo día y que allí me estarían esperando para llevarme al lugar destinado.  
Vi la hora, eran casi las 7. Así que encargué mi bicicleta.  
 Cuando llegué al aserradero había una camioneta 4x4 esperándome.  
Enseguida bajé del micro y el hombre que manejaba la camioneta me llamó y me dijo que iríamos al papayal, o sea a un sitio que llamaban Hunten, nos fuimos por la ruta de Castillo chico, algunos vecinos estaban caminando hacia Capelline y a los veinte minutos llegamos a un lugar despejado bordeado por grandes chacras de papayal, caminamos como 100 metros y llegamos a unos enormes árboles frondosos de mangos. Nos esperaban allí varias personas con pasamontañas, cuando llegamos, ellos se pusieron de pie y me saludaron.  
Luego se me acercó una mujer con dejo provinciano y me dijo:
 - Soy la camarada “Nelly” y estoy a cargo de la columna de mujeres y tú estás en mi columna.
Yo asentí con la cabeza, luego apareció otro hombre que se presentó como el camarada Lalo,  estaba a cargo de toda la operación.  
Nos sentamos en círculo y nos cogimos de la mano y empezamos a cantar canciones revolucionarias.
El camarada Lalo se paró al centro del círculo y empezó a explicarnos lo que teníamos que hacer.
Terminadas las explicaciones, yo le pregunté qué cómo pasaremos el control de la base de Castillo.
 Me dijo:
 - Como en la base de Castillo te conocen y tienes identificación de empadronamiento, será fácil para ti hacer pasar la camioneta.
Y me preguntaba a mí misma: ¿porqué yo..., y porqué tenían problemas para llevar la camioneta a Tingo?, pues veía que la camioneta estaba vacía y los demás que estaban encapuchados se irían por el canto del río para esperarlos en Picuro.  
Así son las instrucciones, me contestó.
Con el hombre que me había llevado a ese lugar, nos embarcamos en la camioneta y regresamos a Castillo Chico.
Cuando llegamos al aserradero, la camioneta siguió rumbo a Tingo hasta que llegamos al control de la base policial, me sentía un poco nerviosa, nos detuvimos cerca de la tranquera colocada en la carretera.  
En el lugar había efectivos del ejército bien armados que nos alumbraban con sus linternas.  
Un efectivo se acercó y nos dijo: ¿qué hacen aquí a esta hora?   Yo le respondí que estaba con cólicos muy fuertes y mi tío me está llevando a Tingo para comprar alguna medicina. Como ustedes estarán enterados en Castillo las farmacias no funcionan a partir de las 6 de la noche, por estar prohibido, por ese motivo tenemos urgencia de ir a Tingo.  
Nos pidieron documentos.  Les mostré mi carnet de empadronamiento que me identificaba como residente en Castillo.  Revisaron todo el carro y nos dejaron pasar, fue entonces que recién pude respirar.
Llegamos finalmente a Picuro Yacu y nos estacionamos en un kiosco, cerca de la carretera, tomamos gaseosa y esperamos la señal que indicaría la llegada del resto del grupo.  
Eran las 11 de la noche, y aun no llegaban.  La dueña del kiosco nos dijo que iba a cerrar. Pagamos la cuenta y nos retiramos y nos sentamos en el carro a esperar.
Mi compañero me dijo:
No pienses mal de mí, por lo que estoy haciendo, estoy en el partido porque toda mi familia fue asesinada por el ejército en  Boquerón, donde vivíamos.
Un día los compañeros hicieron una emboscada al ejército, cerca al pueblo y horas después llegaron los refuerzos del ejército de la Aguaytía con helicópteros que se hacían llamar lagartos, porque tenían apariencia de trompa de lagarto.  
Yo no estaba ese día en la casa, me fui de compras a la Aguaytía y, cuando quise pasar para averiguar lo ocurrido, los efectivos del ejército me lo impidieron.  Recién al día siguiente me permitieron pasar.  Me fui como alma que lleva el viento hacia mi casa, cuando llegué al poblado vi que todas las casas estaban quemadas y todo destruido, encontré poca gente viviendo allí, lloraban y se lamentaban.  
Caminé en dirección a mi casa y la encontré quemada,  las puertas y todo el interior quemado y destrozado.  Cuando entré hallé a mi mujer semi quemada y a mi hijo quemado y abaleado, los dos estaban muertos. Me arrodillé, casi me vuelvo loco.  
Encontré una frazada y envolví con ella los cadáveres, luego los saqué a la pista. Miré a mí alrededor y vi como trece cadáveres en fila a lo largo de la carretera, algunos estaban destrozados y yo estaba muy acongojado.  
Mientras esto me contaba, sus lágrimas se le caían,  revelando mucho dolor y odio en sus ojos..
En verdad, me causó tanto dolor escucharlo que no pude contener las lágrimas le dije que, aunque tú no lo creas, lo siento en verdad, porque también he pasado cosas similares, pero en mi caso no fueron los del ejército los que mataron a mis padres, fueron los senderistas y los mataron en mi presencia y yo también sufrí mucho.
Me contestó,  que algo de eso le contaron de mi vida.
Me dijo que intentaba resignarse, pero no podía.
Mírame, le dije, yo debería odiar a esta gente, por ser los causantes de la muerte de mis padres, ahora la vida me da la contra, ahora estoy ayudando a la gente que odio y aborrezco tanto...
¡Qué irónica es la vida!
Me contó que a veces tenía deseos de matarse y terminar con esa tristeza, pero que era tan fuerte su sed de venganza que no podía controlarse...
Estábamos tan sumidos en nuestra historia que no nos dimos cuenta de que por el camino que daba con Picuro Yacu iban llegando los compañeros, hasta que con un golpe en el parabrisas nos asustaron.
El que golpeó el parabrisas nos ordenó que arrancáramos el carro para dirigirnos por la carretera de Picuro Yacu y recoger las cosas que estaban escondidas entre la maleza al costado de la carretera.
Ingresamos y a unos 300mt, hacia adentro, nos esperaban varios hombres armados y en cuanto estacionamos, sacaron del monte varios costales y abultadas mochilas, que llevaron a la camioneta.
 Luego todos subieron y arrancamos a toda velocidad hacia Tingo.
Era la media noche cuando llegamos a Naranjillo.  Entramos al pueblo y nos fuimos al puerto, entramos con la camioneta al monte y bajamos todos.  
En ese momento la camarada Nelly me alcanzó un pasamontañas y un revolver.  Le dije que yo no sé cómo usarla. Ella me respondió, o lo manejas o te matan y ponte el pasamontañas. Me lo puse, me coloqué el revolver en la cintura y después formamos grupos de cuatro personas y  nos dieron un balde con pintura,  con una brocha y yo iría con dos chicas.  
Uno del grupo tenía un arma AKM, y las chicas llevaban fusiles. A continuación nos indicaron los lugares y las calles que teníamos que pintar, y que teníamos 30 minutos para concluir la misión y regresar al lugar donde nos habíamos reunido.
Con esas y otras indicaciones empezamos a correr al lugar donde pintaríamos las casas.  
Cuando llegamos, una de las chicas que iban conmigo me dijo que  empezara a pintar la hilera de casas del otro lado de la calle.  
Abrí el balde de pintura y me dispuse a pintar las paredes con palabras subversivas, escritas previamente en un papel. Yo, como mi mano estaba temblando y estaba asustada, no podía escribir rápido, mientras que las demás escribían apresuradamente, mientras que yo solo había pintado diez casas, ellas ya habían terminado, se acercaron a ayudarme y al cabo de 5 minutos concluimos y regresamos  
Nos sentamos para esperar al resto.
El logístico nos dijo que el único que regresará por tierra será el que maneja la camioneta, el resto irá por el río.
En efecto, en el puerto ya nos esperaba un bote al que todos entramos y pasamos al otro lado del río que daba a Castillo, uno de los chicos me dio una linterna y me dijo que lo siguiera.
Yo tan solo obedecía como perrito al que su dueño llama.  Caminamos como una hora por los cacahuales y montes y llegamos a una ganadería que estaba ubicada en Castillo Chico.  
Ya en la ganadería subimos por un cerro lleno de papayas, al otro lado del cerro había una casita de palmera donde ya nos esperaban varios compañeros.  
Al llegar nos sirvieron café y empezaron a repartir hoja de coca para masticar y algunos tomaban aguardiente.  Casi todos recibieron la hoja, yo me puse a fumar cigarrillos.  
Minutos después empezaron a cantar y dar vivas al presidente Gonzalo. Yo me limitaba a mirar, por ratos me parecían locos.
Antes del amanecer, el camarada Lalo me llamó a un lado y me dijo que ellos sabían que todavía no había asimilado la ideología, por lo que me disculpo en nombre del partido por hacerla participar de nuestra lucha armada, pero según las investigaciones de las que has sido objeto, nos hemos dado cuenta de que usted es una persona de mucha inteligencia y capacidad para ayudarnos en nuestros propósitos, por ahora  ya tenemos medida en una vara su participación.
Yo le dije que no soy partícipe de la política y que solo vivía para mejorar mi forma de vida.  
Después el camarada “Lalo” llamó a una mujer, bastante mayor, era la tesorera del grupo y le dijo que saque los sobres respectivos que tenía que entregar a los presentes, nos llamó uno por uno por nuestros nombres de combate o seudónimos y nos fue entregando los sobres.  
El camarada Lalo me autorizó para regresar y me indicó el camino por donde debía regresar a castillo.
Cuando llegué a mi casa, mi mamá estaba furiosa, mi hermana Mary también estaba allí y me dijo: ¿dónde has estado? Le contesté que me quedé en Tingo porque se me hizo tarde.
Ya, cuando me encontraba sola, abrí el sobre que me habían dado y vi el contenido: 80 dólares y un papelito que decía: “Aquí te mando 80 dólares para tus gastos.” Bueno, me dije, me reventaré este cochino dinero.  
Ese día no fui a trabajar.  
Por la tarde me fui a recoger mi bicicleta, al día siguiente fui a trabajar como si nada hubiese pasado.  
Mis compañeros de trabajo me dijeron: ¿qué pasa contigo?, ¿por qué faltas al trabajo?
En los días siguientes no me veía bien.  Siempre fumando y pensando en los problemas que me podría ocasionar estar comprometida con los compañeros.  
Tenía que buscar alguna solución para mi bienestar y el de mi hijo, además no podía dejar a mi familia, ellos significaban mucho para mí, sin ellos me sentiría sola.
 No sabía qué hacer, estaba tan mal con mi conciencia y no quería seguir en ese juego que me ponía entre la vida y la muerte.  
Por suerte, en esos días se presentó Juan y me dijo que deseaba hablar contigo, como a un amigo.
Le respondí que yo también necesito hablar contigo y es muy urgente.  Nos fuimos a almorzar y empezamos a charlar.
Me dijo que se sentía muy triste, porque hace varios años que no podía ver a sus hijos, tenía tres hijos.
De repente lo miré y me dio pena porque en sus ojos advertí un vacío y lo sentía tan solo…
Yo también me siento inquieta y deseo irme de vacaciones una temporada, pero no he tenido la suerte de encontrarme con algún miembro de la columna para avisar sobre mi viaje.
Me dijo que no podía retirarme de Castillo sin previo aviso. Por favor, le dije, tienes que entender que yo nunca imaginé estar metida en el grupo de sendero y estoy desorientada, por ese motivo necesito viajar, despejar mi mente, después veré lo que me dicta la conciencia.
Me respondió que trataría de hablar con los compañeros para que me den unos días de permiso.  
¿Cuándo me avisarás?
Lo más pronto que pueda.
Terminamos de almorzar y se fue.  
Regresé al trabajo como siempre.  
Al tercer día, cuando estaba trabajando, Juan vino a verme y me dijo: Tienes el permiso para viajar y mantén la boca cerrada.
No se preocupen, porque yo sé lo que me conviene.
Me entregó un sobre y me dijo, espero que te sirva de mucho tus vacaciones. Le di las gracias por intervenir en mi favor.

Por fortuna, no volví a saber más del grupo de subversivos, al que me querían incluir. Supe que en un encuentro con los efectivos del ejército fueron sorprendidos e eliminados la mayoría de los compañeros. No volvieron a buscarme nunca más. No sé si alguno de ellos quedó con vida, lo cierto es que jamás me buscaron. La mano de Dios estaba a ayudando a mi favor y en favor de mi hijo.

Así, a fines de noviembre del 90 avisé en mi casa que me iba de viaje a Huánuco, porque tenía unos negocios que me ofrecían y de esa manera me fui a Huánuco en compañía de mi hijo.  
Como tenía la dirección de Wenceslao Díaz (pero todos le decían Lulio) me fui a buscarlo.  
Por suerte lo encontré en su emisora en Ambo.  
Lo sorprendí, él no lo esperaba, me saludó con un beso  y me dijo que se alegraba mucho de verme.  
Tu hijo está muy lindo, te invito a que te quedes en mi pensión.
En esos días empezó a presentarme a sus amistades como a su esposa y a Salvador como su hijo.
Empezamos a vivir un romance. El me propuso vivir juntos, yo le dije que esperara para ver si resultaba, el tiempo lo dirá.
Comenzó a enseñarme el manejo de las transmisoras y conocí a cada locutor y locutora.  La emisora se llamaba “Voz de los andes” con dos frecuencias una en AM y la otra en FM.  
Lulio (Wenceslao) y yo nos comprendíamos como pareja.  
El seguía estudiando derecho, yo lo ayudaba en el manejo de las emisoras.
Muchas veces teníamos invitaciones de autoridades y personalidades a eventos y festividades que se realizaban en el pueblo de Ambo.  
Toda la población nos respetaba y nos tenía mucho cariño por ser tan jóvenes y aportar por el desarrollo del pueblo.  
Ya estábamos próximos a la navidad del 90. Por esa fecha iniciamos campañas navideñas con regalos, pero como no todo es color de rosa, empezaron problemas con los acreedores porque Lulio tenía préstamos contraídos con la CRC, los intereses habían subido, además él tenía que pagar la mensualidad de la universidad.
Por suerte el dueño de la cooperativa CRC, Fernando Zevallos, era amigo de Lulio, nos dio ocho meses más de plazo para pagar el préstamo.  
En otras ocasiones Fernando Zevallos nos había invitado a una cena en su casa ubicada en Ambo.

Pasamos la navidad en un ambiente muy tranquilo con  Lulio y mi hijo, en casa de una familia que nos apreciaba mucho.  
Por mi parte, yo no quería saber nada de Tingo.  
Me sentí muy feliz de haber encontrado a un hombre muy joven y simpático, dinámico y cariñoso.  
Se comportaba como un verdadero padre para mi hijo, lo llevaba a todos sitios.  
Lulio me presentó a sus padres.  Ellos lo visitaban de vez en cuando.  
Me agradaba tanto ser una señora a quien todos saludaban con respeto.

En enero del año de 1991, abrimos una academia Pre universitaria, con buenos profesores contratados, alquilamos un local para dar clases sobre las distintas materias.
A Partir del mes de febrero del 91, Lulio empezó a salir a menudo, aduciendo que iba a ver asuntos vinculados a los auspiciadores.  Yo no desconfiaba de su fidelidad, porque Lulio era un hombre muy serio y maduro, pero no faltó quien me advirtiera que Lulio me estaba engañando con una joven del pueblo llamada Maritza.  
Empecé a desconfiar y decidí seguir a Lulio sin que él lo notara.  Ciertamente, un día pasé con un taxi y vi a Lulio con una joven simpática a la orilla del río.  Me quedé observándolo como él  la besaba y acariciaba.  
Me sentí defraudada y entristecida al  haber descubierto el engaño de Lulio.  Me faltó valor para bajar del auto y reclamarle porque me destrozaba el alma. Todas las ilusiones de formar un hogar se me vinieron abajo.  Me hice tantos proyectos de organizar un hogar con él...  
El taxista se dio cuenta de que las lágrimas se resbalaban por mis mejillas y me dijo que  si yo era la dueña de la emisora local. Respondí que sí.
Cuando llegué a la emisora, empecé a pensar el por qué Lulio se estaba comportando tan mal, en qué le había fallado yo....
No sabía si decirle de lo que ya  estaba enterada, o callar y tratar de entenderlo.  Tenía tanto temor de perderle, me sentía incapaz de reclamarle o reprocharle porque quizás yo me había descuidado con él.  Lulio llegó horas después.  Cuando lo miré sentí ganas de hacerle un escándalo.
 Llegó muy fresco y alegre, como si nada hubiese pasado.  Me demoré, me dijo, porque me fui a tomar unos tragos con unos auspiciadores.  Me preguntó por Salvador, y le dije que estaba durmiendo. Y le serví su comida y me comentó que la comida estaba muy rica y que por eso me amaba tanto.
Le dije: ¿Estás seguro de que me amas como dices?  Me respondió que nunca dudara de su amor.  Todos estos años sin verte no dejé de soñar y pensar que algún día te encontraría y que no volvería a perderte.
Yo le respondí que de repente se obsesionó con mi recuerdo.
No tuve valor para reclamarle nada.  
Pasaron los días y los chismes y los cuentos de la gente continuaron, hasta que un día me encolericé tanto por su tardanza que le reclamé  y le conté lo que  la gente comentaba, y que si te  has cansado y no me amas como pensabas dímelo y te dejaré libre el camino para que hagas de tu vida lo que quieras, pero sé sincero y no me mientas.
 Él se sentó en la cama y me dijo que por qué presto oídos a gente malintencionada, te amo y siempre te he amado. Lucy, por favor créeme, yo te soy fiel y jamás sería capaz de hacerte daño.
Ya no pude resistir tanto cinismo y le dije:
Lulio, ya no quiero discutir, pero todos los días escucho y me traen chismes. Tú estás con una chica que se llama Maritza.  Si estás con ella y la quieres, yo te dejo el camino libre, no quiero ser un obstáculo en tu vida, todavía somos jóvenes.
Le seguí diciendo que me gustaría de todo corazón compartir mi vida con él, pero si el amor se acaba por parte de uno de los dos, es mejor seguir nuestro camino por separado y no desperdiciar el tiempo por gusto. Yo te seguí con un taxi y te vi con una chica en la orilla del río, pero preferí callar, para ver si todavía te das cuenta de lo que estás haciendo, pero como no das signos de cambio, me veo obligada a poner las cartas sobre la mesa”.

Él se paró y me dijo: sí, es cierto, tengo  amoríos con la tal Maritza, pero en realidad yo te amo a ti.  Yo no sé lo que me ha pasado iré hoy mismo a decirle a la chica que no quiero nada con ella, o puedes ir tú misma...
Yo, le contesté que  jamás me rebajaría en ir a discutir con una mujer por un hombre y, el hecho de que te ame, no significa que me rebaje y pierda mi dignidad de mujer.
Entonces me dijo que inmediatamente iría y se fue. Regresó un tanto perturbado.
Yo ya no lo trataba como al principio.  
El habló con su mamá para que hablara conmigo.  
Su mamá me dijo que un error cualquiera lo comete y deberías luchar por tu marido.
Después de eso Lulio ya no salió.  
Se volvió muy cariñoso conmigo y me sacaba a pasear. Pero poco duró eso, pues volvió a las andadas y con la misma chica.
 La chica fue un día a buscarlo a la emisora y yo la boté.
Y le dije a Lulio:
Yo me iré a Tingo hoy mismo y tú, piénsalo, piensa bien  lo que quieres y cuando ya te hayas decidido por lo que quieres en la vida, me lo comunicas. Estaré esperando tu respuesta.
 Él me contestó: ¡Lucy!, yo no quiero que te vayas, dame la última oportunidad...
Tomé mis cosas, y le di las ¡Gracias! Y le dije, que a pesar de todo era un hombre muy bueno, pero perdóname por no quedarme contigo, no podría vivir pensando que en cualquier momento me vas a ser infiel.  

Buscó un auto de mudanzas y mandó colocar   todos los muebles: el equipo de música, televisor, cocina, refrigeradora y, todo lo que había en la casa, para mandarlo a Tingo.
 Después me dio una cantidad de dinero.
Sentí una gran tristeza al dejarlo, porque a pesar del poco tiempo que habíamos convivido, me acostumbré al respeto que él me había dado con  la sociedad.
 Pensé y sentí que nuevamente había fracasado.
Una vez más la maldita serpiente me tenía enroscada en  su largo lazo de maldad, apretando mi corazón ensangrentado por la pena y el sufrimiento;  su lengua partida escupía veneno y me quemaba el rostro y me hacía llorar lágrimas amargas que entraban por mi boca y me ahogaban.
Todos los días soñaba en que él me daría una respuesta definitiva. ¿La tendré algún día…?

En cuanto llegué a Tingo encargué mis cosas en la casa de una amiga y me fui a Castillo
Al llegar, mi mamá me preguntó que en donde había estado tanto tiempo y le conté lo que me  había pasado.
Pero ya no quería estar en Castillo, por los problemas con los compañeros, aunque claro, yo sabía que ellos tenían mil ojos y que de seguro ya sabían que había regresado, pero estaba dispuesta a dejar Castillo y alquilar una casa en Tingo María.

Por esos días recibí un giro de Lulio y una carta donde me decía que deseaba casarse conmigo y que cualquier día vendría a verme para hablar sobre ello. Nunca vino a buscarme. Pero, yo  joven y enamorada no dejaba de esperar, llegará ese día…


A fines de marzo del 91. Decidí viajar a Pucallpa, a ver a mi papá, aprovechando que había recibido un dinero que me mandó Pablo desde Uchiza y otro poco de dinero que me mandó Lulio, a parte, de mi capital con el que trabajaba comprando dólares.  
Le dije a mi mamá que viajaría a Pucallpa con mi hijo, a ver unos asuntos.
Estaba decidida a presentar a mi hijo a mi padre y, al mismo tiempo,  para que Salvador conozca a su abuelo.  
Cuando llegamos a Pucallpa, me hospedé en un hotel.
Después de descansar un poco, me fui a buscar a mi papá.  Cuando llegué a la casa,  mi hermano  me dijo que mi papá estaba de viaje. Le presenté mi hijo a mi hermano y me dijo que se parecía bastante a su abuelo y a mí.  Me preguntó si mi esposo había viajado con nosotros, le dije que no, porque estaba separada de él.
Me informó que todos los giros enviados por mí los recibió mi padre, y que había gastado todo el dinero en su salud, porque había estado muy enfermo. Mi hermano me preguntó si me quedaría hasta el regreso de mi papá, le dije que esperaría hasta cinco días.
Al día siguiente nos fuimos a Yarinacocha, para pasear en botes pelícanos. Cerca de las tres de la tarde estuvimos de regreso, pero como no teníamos nada que hacer nos  fuimos  a la hoyada, a ver a mi hermano y a comer un pescado ahumado, con plátano asado.  
Mi hijo estuvo feliz con el paseo.
De regreso al hotel, cerca de las 6 pm cuando estaba en la pista de la Sáenz Peña, mientras esperaba un taxi, alguien me cogió del cuello y me dijo: ¡hola  ! Después de cuantos años te vengo a ver.  Lo miré y le dije:  Carlos Paredes, ¡qué alegría verte!
 Me dijo que siempre preguntaba a mi familia por mí, que todos le decían que estaba en Lima, pero que por boca de mi hermano se enteró que me había llevado una pareja de Tingo. Le dije que todo eso era cierto, que escapé de mi casa, porque me maltrataban.
Le pregunté cómo me has reconocido, me contó que en mi visita anterior se enteró por mi padre que había regresado, pero me enteré demasiado tarde porque ya te habías vuelto a Tingo.
 Le pregunté si todavía trabajaba en el concejo y me respondió que sí.
Me dijo si el niño que me acompañaba era mío.  Naturalmente, le dije.
 Conversamos largo rato, hasta que me dijo:  Te invito a cenar. Acepté y me  embarqué en su moto y nos fuimos a cenar los tres.
Ya en el restaurante del hotel donde me hospedaba, le conté toda mi vida, todo lo que me había ocurrido a partir del día que me fui de mi casa.
Al día siguiente llegó temprano para decirme que lo esperara para almorzar.  
Poco después llevé a mi hijo a tomar desayuno y luego nos fuimos a ver a mi hermano, para saber si mi papá había llegado.
Como mi papá todavía no regresaba, estuvimos paseando hasta el mediodía, nos fuimos al hotel a esperar a Carlos, quien llegó puntual para ir a almorzar en un restaurante. Me contó que tenía que viajar al Japón a trabajar y, para ello, estaba tramitando sus documentos. Después, en forma decidida me dijo:  
 - Oye, Lucy: ¿Quisieras venir conmigo a Japón?”
 - Qué locura estás diciendo…
 - En serio Lucy, si quieres, yo te puedo sacar el   en una semana, porque tengo buenos contactos, además no viajo solo, viajo con 20 personas más que ya tienen contrato de trabajo en el Japón.
Me preguntó otra vez:  ¿Quieres ir conmigo al Japón?
Le dije que no estaba preparada para viajar a un país tan lejano, me preocupa mi hijo, no quiero dejarlo solo.
  • Lucy, pienso que el esfuerzo y el sacrificio valen mucho.
Allá, en el Japón tendremos oportunidad de progresar y más adelante puedes llevar a tu hijo.  El sueldo es de 2,500 dólares y trabajarías en una fábrica de  ..
Me detuve a pensar y le dije que aceptaba.
Pues te sacaré tus documentos de inmediato, me dijo.
Después de almorzar me llevó a un foto-estudio para tomarme unas fotos tamaño carné y tamaño pasaporte.
Le dije a Carlos que tenía que viajar a Tingo a comunicarle a mi mamá sobre mi viaje y hablar sobre el cuidado de mi hijo, porque estaba muy preocupada, ya que al irme a Japón tenía que dejarlo durante un año como decía el contrato.  
Compartí esta preocupación con Carlos y él me comentó que yo podría enviarle su mensualidad desde allá. Nosotros no vamos a la aventura porque tenemos un contrato de trabajo.  Tienes que viajar con urgencia a Tingo, para que veas la situación de tu hijo.  
Viajaré, esta misma noche.
 Aquella noche, durante la travesía pensé en el futuro de mi hijo y en la suerte que yo correría en otro país, pero aún no me decidía.  
Pese a mi indecisión seguí adelante con los trámites de los documentos que se requería para viajar.
Esa noche la maldita serpiente ya no me amenazaba, ahora estaba de corrida. De sus colmillos salía veneno sin cesar, veneno que caía sobre su mismo vientre, que la consumía quemando su propia carne, Se estaba destruyendo, no pudo vencerme y en su desesperación se destruyó a si misma, dejando un rastro de ceniza por donde se arrastraba, ahora era yo la que reía.
Dejé a mi hijo con mi mamá adoptiva.
Ese mismo día viajé de regreso a Pucallpa, me sentía muy triste pensando en mi hijo.
 Llegué a Pucallpa por la noche y me hospedé en el mismo hotel de los días anteriores.
Desperté muy temprano- En el comedor del hotel me tropecé si querer con Lulio, o él se hizo el que tropezó  con migo. La cara me empezó a arder de alegría y de mis ojos salían millones de estrellitas de colores, Lulio me tomó de la mano, me atrajo hacia sí, me abrazó, me besó. Acercó su boca a mi oído y me dijo, Lucy, mi amor, ya tengo las ideas claras, yo te quiero a tí. Lo de la Maritza fue un engaño, una mentira, ella me buscaba no por amor sino por interés. He sufrido mucho buscándote, pero te he seguido la pista y aquí estoy. Mira, aquí está mi anillo de compromiso, y repleto de amor te digo y ante este público que nos contempla. Todos en el restaurante guardaron silencio y con los ojos puestos en los jóvenes enamorados.
 Lulio arrodillado ante Lucy y con voz temblorosa dijo:
  • ¿Lucy, deseo casarme contigo, quieres ser mi  esposa?
  • Wenceslao, si quiero casarme contigo y ser tu esposa.
Un fuerte aplauso resonó en toda la sala. Y un beso tierno de amor con un fuerte abrazo unió a los dos enamorados durante largo tiempo. Mientras tanto, Carlos que había presenciado la escena, miró a Lucy y haciendo un guiño con los ojos, habló con el camarero, que le dio dos copas y una botella de champán y con voz fuerte dijo, mientras servía a los dos enamorados, ¡que vivan los novios! 
En toda la sala resonó fuerte y vibrante: ¡Que vivan!


Fue la mejor sorpresa de mi vida, después de tantos años de sufrimiento, desde la muerte de mis tutores, por primera vez he sentido esa alegría que no se puede expresar con palabras, porque solo se siente y se sabe con el corazón.

FIN




Comienzo del fin del terror.
Los jóvenes sacerdotes
Michal Tomaszek
y Zbigniew Strzalkowski,
de 31 y 33 años



He querido poner este epílogo, relacionado con la época del terror impuesto por Sendero Luminoso, con ocasión de los dos mártires franciscanos conventuales asesinados por este movimiento subversivo ocurrido en el Distrito de Pariacoto, perteneciente al Departamento de Ancash, de la Diócesis de Chimbote y martirizados un nueve de agosto de 1991.

Los conocí personalmente.
Con frecuencia nos visitaban y teníamos comunicación habitual por compartir una misma labor pastoral y social, al compartir la misma Regla de la ORDEN Franciscana, y como párroco de la parroquia de san Antonio de Padua de la diócesis de Huaraz, capital del departamento de Ancash y vecino próximo a la Parroquia de Pariacoto.
El mismo día de su asesinato tuve la dicha de estar con los dos mártires, ahora beatos de Nuestra Santa Madre, la Iglesia Católica.
Como estábamos viviendo días de terror, con continuas amenazas de Sendero Luminoso a los sacerdotes y especialmente a los religiosos extranjeros, porque nuestra presencia y predicación evangélica era un estorbo para sus planes de captación de jóvenes e integrarlos en sus filas senderistas. Nos acusaban de engañar a la gente con nuestra doctrina cristiana y ayuda social, por lo cual nos decían que deberíamos marcharnos a nuestros países o de lo contrario tendríamos que ser eliminados.
En varias ocasiones en nuestros encuentros y reuniones, los   del clero extranjero, acordamos no marcharnos y asumir esas consecuencias fatales de perder la vida.
Ese mismo día de su asesinato tuve la suerte de ver a los dos frailes franciscanos y preguntarles si ellos también habían sido amenazados, me contestaron que sí, pero que ya estaban acostumbrados, incluso en su mismo país de Polonia, a convivir con el comunismo, por lo que no tenían temor a la muerte por su fe, o por su misión pastoral o por su entrega a servir a los más necesitados, porque esa era su vocación de entrega al servicio del evangelio y que así seguirían hasta la muerte si fuera necesario. Les dije que no solo éramos perseguidos por la fe, sino también  por la acción social,  cultural y cristiana que realizábamos especialmente con la juventud.
Esta conversación la tuvimos el mismo domingo, 9 de agosto, como a las cuatro de la tarde.
Les quise invitar a tomar un café, pero me dijeron que ya era tarde y que tenían que celebrar la misa de la noche en Pariacoto, por lo que me daban las gracias, pero tenían que ponerse en camino para no llegar tarde a la celebración Eucarística.

En las noticias del lunes, 10 de agosto, en la mañana escuché en radio RPP. que Sendero Luminoso había asesinado a dos sacerdotes franciscanos polacos en Pariacoto, y a un sacerdote del clero secular, de nacionalidad italiana, en la Provincia de Santa (Chimbote)

Hubo una gran conmoción en Huaraz, en Chimbote y en todo el País. El Obispo de Huaraz (lo mismo hizo el obispo de Chimbote), convocó a todos los sacerdotes de la diócesis y al pueblo en general, para celebrar una misa de difuntos, por el eterno descanso de estos tres mártires.
En Huaraz se sacó en procesión la venerada imagen del Señor de la Soledad y haciendo, mi persona, el recorrido de esta procesión, me vino la inspiración de que con la muerte de estos mártires, era el comienzo del fin de Sendero Luminoso. No me equivoqué, porque después de este martirio, el movimiento terrorista fue perdiendo líderes hasta detener a su líder principal Abimael Guzmán, que se hacía llamar el presidente Gonzalo, esto ocurrió en setiembre del dos mil dos, así se recuperó la paz en  todo el País.
Yo tengo plena conciencia y seguridad de que verdaderamente han sido mártires por su fe y su entrega íntegra a la causa del evangelio.

Fray Juan R. Moya.
Vélez Málaga, marzo 2019



Camina la Virgen pura
de Egipto para Belén
y en la mitad del camino
el Niño tenía sed,
no pidas agua, mi vida,
no pidas agua mi bien,
que los ríos vienen turbios
y los arroyos también,
las fuentes se secaron
y no se puede beber.
Más arriba en aquel alto
hay un rico naranjel,
cargadito de naranjas
que otro no puede tener.
El viejo que lo guarda
es un ciego que no ve.
Deme ciego una naranja
para el niño entretener.
Pase Usted Señora
y coja las que hubiere menester
La Virgen cono era Virgen
no cogía más que tres
Y el Niño como era niño
no cesaba de coger,
por una que coge el Niño
cien volvían a florecer
Camina la Virgen Pura
y el ciego comienza a ver.
Quién sería esta Señora
que me hizo tanto bien,
me dio luz en los ojos
y en el corazón también.
Era la Virgen María
que camina de Egipto para Belén.