domingo, 29 de septiembre de 2019

Ruta del carbón de Cok

En este video me limito a la ruta del carbón de Cok dentro de la montaña palentina.

https://youtu.be/w-Qd1OIMYJQ

lunes, 6 de marzo de 2017

Generación 1957

Apreciado JL. Estalayo.
                 Llega  oportuno la presentación y trasplante  del álbum  de los recuerdos al terreno abierto y global de internet.
Justo este año 2017, cumplimos sesenta años. Doce estudiantes seráficos, entre trece y catorce años, embarcamos en el puerto de Barcelona, con el ideal de misionero franciscano, llegando al Callao el 25 de Septiembre a las 4 pm de 1957.
Los recuerdos gráficos del vídeo, tan lejanos y remotos sean de homenaje, agradecimiento, a todos los compañeros  que en esa época formaba una gran hermandad franciscana, con el lema de: “piedad, disciplina, estudio”. A los profesores, que con paciencia, ilusión y dedicación iban moldeando según el espíritu del fundado San Francisco de Asís, en las diferentes etapas, desde niños hasta adultos.
Merece una mención especial en los estudios superiores de filosofía y teología, en la década de los sesenta, la suerte de haber contado con una plantilla  estupenda de profesores especializados en universidades. Según el P. Álvaro Díaz en el libro “El Seminario Franciscano de Anguciana  y su Castillo” dice: “Se explica perfectamente que estos chicos, llegados a mayores, premunidos de títulos universitarios romanos y convertidos en profesores de Ocopa – llamado el Escorial del Perú – nos estrujaran científicamente  a nosotros, que ingresamos bastante después que ellos”. A todos los recuerdo con mucha gratitud. No cabe duda el rendir un tributo de agradecimiento  a esos  profesores valientes y generosos. A continuación adjunto los que fueron mis profesores:
P. Antonio Goicoechea, doctor en Teología  (Universidad de O.F.M de Roma) con estudios en Instituto Bíblico de Jerusalén.
P. Odorico Sáiz, doctor en Historia Eclesiástica, y Licenciado en Teología (Universidad O.F.M. de Roma)
P. Buenaventura Martínez, doctor en Filosofía. (Universidad O.F.M. de Roma)
P. Lucas Hernando, doctor en Teología (Universidad franciscana de Roma)
P. Félix Saiz, doctor en Derecho Canónico por la Universidad de Roma y Universidad de Salamanca.
P. Ángel Rojo, Licenciado en Pedagogía (Universidad O.F.M Roma)
P. Ángel Cabezón, Licenciado en Derecho (Universidad O.F.M Roma)
P. Vicente P. de Guereñu, Licenciado en Pedagogía (Universidad O.F. Roma)
P. Efrén Mansilla, Estudios Superiores de Música por la Universidad de Madrid.
         Con este ramillete tan radiante, perfumado del saber que aún perdura, quedo muy agradecido.
Vicente Gutiérrez Cura

Pamplona 5/03/2017

jueves, 25 de junio de 2009

Capítulos



ANGUCIANA


VIAJE A PERU


COMIENZO DE CLASES


LA DISCIPLINA EN EL NOVICIADO


AREQUIPA


SORPRESAS...


OCOPA


LA VIDA EN OCOPA


TIEMPOS DIFICILES


PROFESION SOLEMNE


HUARAZ


VUELTA A HUARAZ


AÑOS 1990-2000











Anguciana

Cuando el primero de noviembre de 1962, a eso de las dos de la tarde toqué el timbre del Castillo de Anguciana, ”Residencia de los Padres Franciscanos”, mi mente estaba llena de confusiones pues no sabía a ciencia cierta si lo que estaba haciendo era lo más correcto. Me abrió la puerta un joven, le pregunté por el Padre Luís Blanco, esperé en la puerta, y el Padre me recibió y me llevó al recibidor. Le dije que yo era el joven de Granada, Juan R. Moya Santoyo, que le había escrito varias veces solicitando ingresar en la Orden Franciscana, y que quería ser misionero en el Perú. Me hizo muchas preguntas, sobre todo eso de querer ir concretamente al Perú, ¿por qué no en España, en Marruecos o en Tierra Santa? Yo le di mis razones, y al padre les parecieron muy buenas.

Me preguntó si había almorzado, como le dije que no, me llevó a la cocina y me sirvió de comer. Por el camino, desde la portería hasta la cocina, me encontré con los frailes que salían del comedor, de todos ellos los que más me llamaron la atención por su figura fueron tres: uno era bastante calvo y los pocos pelos que le quedaban en la cabeza los tenía muy revueltos, daba la sensación que nunca había pasado un peine por su cabeza, a otro lo noté bastante subidito de peso, con el cigarrillo en la boca (fumando), tenía el pecho y la barriga manchados con la ceniza que le caía del cigarrillo, a otro con el hábito un poco levantado, con vendas en las piernas y andaba con cierta dificultad.

Me llevó a la cocina, allí conocí a Fray Félix Elorza, con un hábito muy viejo y roto y con la capucha sobre la cabeza, debajo de la barbilla se había colocado un sujetador de ropa, decía que era para juntar los dos cantos y estar más abrigado, a Fray Antonio Rubio y a un joven de nombre Gabriel. No fue una impresión muy buena, y pensé que yo no duraría mucho en ese ambiente.

Luego de terminar el almuerzo, el Padre me llevó a visitar el castillo y a señalarme mi habitación. Observe que había por allí unos chicos que con baldes de agua limpiaban los servicios higiénicos de los frailes (días después, ese sería mi trabajo). La habitación era sencilla, había una cama, una mesa y una silla y algún cuadro por allí colgado en la pared. Me entregó el libro de las Florecillas de san Francisco (no conocía ese libro) y me dijo que lo leyera para que aprendiera cómo era la vida y la obra de los franciscanos. Salió y cerró la puerta. Yo saqué de mi maleta algunas cosas que iba a necesitar, y sin más me puse a leer, conforme avanzaba en la lectura del libro me pareció estar escrito por un escritor poseedor de una gran fantasía, amena, repleta de lirismo, algo irreal y que no parecía ser muy cierto lo que allí se había escrito.

Como en toda la tarde nadie me visitó ni me buscó avancé bastante la lectura y, conforme iba avanzando, cada vez me convencía más de que aquel modo de vida no era para mí, pues lo encontraba todo muy riguroso y sentía temor de no cumplir bien; tampoco los frailes descritos en ese libro se parecían mucho a los que yo había conocido en Granada, pero sí a algunos de los que había visto salir esa tarde del comedor o en la cocina, pues estos tenían un aire más cercano a la miseria y pobreza con los personajes descritos en las Florecillas.

Antes del anochecer me buscó el mismo Padre Blanco, me llevó a la capilla del convento para rezar el rosario y recibir la bendición con el Santísimo, oficiaba el Padre Antonio López, me agradó su voz clara, cantarina y fuerte.

El templo del convento era funcional, no era de gran tamaño, ni artístico, ni antiguo, parecía que lo habían construido haría unos pocos años atrás, estaba lleno de niños (los seráficos), estaban bien colocados en las bancas, también había unas cuantas personas del pueblo, y a un frailecito entrado en años sentado muy cerca del altar, luego supe que era el P. Francisco Urrózola, que gozaba de mucha veneración, estima y consideración entre los frailes. Me gustaron las canciones que cantaron los chicos, cantaron con entusiasmo y bien entonados. Cuando todo terminó, los estudiantes salieron en dos filas, comenzando por los menores (de menor a mayor), de ahí pasaron al comedor, y yo, a la cocina.

Terminada la cena, el Padre Blanco me presentó a los frailes de la Comunidad: P. Antonio López, P. Ángel Rojo, P. Felipe de Jesús Gil (de visita), P. Tomás Santos, P. Germán Pino, y un corista de la Provincia Franciscana de Granada. Faltaban algunos padres más que estaban ausentes: Pedro Cubillo, Narciso Chinchetru, Pedro Fernández y Ricardo Colina (estos dos últimos de vacaciones y visita). Estuve un rato hablando con ellos, se reían de mi dialecto andaluz y por las palabras contestadas, había muchas que no entendían bien, querían oír mi forma de hablar andaluza y, terminada la conversación, nos retiramos a dormir. Cuando llegué a mi cuarto, después de un viaje muy largo, no quise pensar mucho, solo quería descansar y dormir.

Me desperté muy temprano. El P. Blanco me llamó para que fuera a misa, y después a desayunar.

Esa mañana conocí mejor el convento: La planta baja era totalmente nueva, la portada de entrada era amplia y bien proporcionada, lo mismo el claustro con vidrieras que resguardaban del frío y de las heladas del gélido invierno castellano, en el centro interior había un jardín. Si mal no recuerdo, en la cuadrada planta baja, comenzando por la izquierda, estaban los siguientes ambientes: el auditorio, el comedor de los padres, cocina, comedor de los seráficos, y un amplio salón de juegos, y una gran puerta que daba al campo deportivo, y, por último, la capilla y el templo.

El campo deportivo era de buen tamaño y convencional, al fondo estaba el frontón y la piscina, a mano izquierda había una hermosa y florida huerta con hierbas y frutos de finales del otoño, nunca le faltaba el agua pues por ella pasaba un caudaloso canal, y se cultivaban hortalizas y árboles frutales, de estos últimos recuerdo a los delicados caquis. La segunda planta, también de izquierda a derecha: en el interior del mismo castillo estaban los dormitorios o celdas de los frailes, era todo antiguo y de piedra, en cambio el Colegió Seráfico era construcción totalmente nueva, había un gran salón de estudio y un aula, éste quedaba encima del comedor y de la cocina, un salón de lectura y unas pequeñas aulas de clases, al fondo el dormitorio del Padre Tomás Santos y el dormitorio de los niños más pequeños.

Era el día dos, día de difuntos, no hubo clases, había paseo, la mayoría de los chicos salieron camino de santo Domingo con el propósito de ver si encontraban algún “almendruco” en las tantas huertas que hay a izquierda y derecha de la carretera. Yo me quedé en casa, como reconociendo el terreno en el que me quedaría a vivir por dos meses antes de embarcarme para América.

Me encontré con el Padre Pino (peruano), estaba acompañado de tres o cuatro pequeños y me invitó a salir a pasear por el pueblo, también fuimos al cementerio. Me llamó la atención la confianza que tenían los chicos con el Padre, le llamaban “Padre Pinocho” y él, en lugar de molestarse, se reía, se colgaban de sus brazos y le preguntaban cosas del Perú.

Amaneció el tercer día de mi estancia en Anguciana, ya conocía a todos y todos me conocían; también conocí el horario del quehacer diario en la Comunidad, el oficio de cada uno y el horario de clases. Yo seguía en mi habitación del Castillo, castillo viejo y algo deteriorado por el tiempo, pero funcional y esbelto.

Mis primeros trabajos fueron dentro del mismo castillo: barrido de los pasillos, escaleras y salas; aseo de los servicios higiénicos; colaboraba también en la cocina, pelando patatas (papas), lavando platos, tazas y cubiertos.

En las tardes me pasaba largos ratos en mi habitación solo, entonces era cuando entraban en mis sentimientos los recuerdos de mi tierra, y me invadía la melancolía, hacia comparaciones de mi bella ciudad de Granada con ese pueblecito aburrido de Anguciana: el tibio frío de mi tierra andaluza, con el clima helado y húmedo de la vieja Castilla. Sentía un fuerte impulso de disculparme con el Padre Blanco, de salir de allí, y estaba decidido a regresar a mi tierra; pero el ardiente deseo de ser misionero en el Perú era más fuerte que mis depresiones y nostalgias, entonces decidí darme más tiempo para reflexionar antes de tomar una decisión. Estando pensando en estas cosas se me presentó el padre Blanco quien, con su psicología de hombre prudente y sabio, me dijo: Jovencito, es hora de que te integres con tus compañeros de viaje.
Sí, padre, respondí.

Al día siguiente me presentó a los chicos con los que iba a viajar al Imperio de los Incas, eran un total de siete, solamente me acuerdo de los nombres de seis y que, contando conmigo, seríamos siete los que vendríamos al Perú: el mayor era de Apellido Cubillo (su nombre no recuerdo), tendría unos catorce o quince años, era serio, tranquilo y algo tímido; Rafael Ibeas, estudioso, reposado y le gustaba el idioma inglés; Bienvenido Üzquiza, alegre, sencillo y le gustaba la literatura; Policarpo Bernal, juguetón, amigo y deportista; Miguel Miguel Miguel, algo distraído, le gustaba compartir con sus compañeros; y, el más pequeño, Antonio Sanz, cariñoso, engreído y alegre.

El Padre Blanco me ordenó que asistiera sobre todo a las clases de inglés y de historia del Perú, las dos asignaturas estaban a cargo del P. Germán Pino.

El cargo de rector del Colegio Seráfico estaba encomendado a la persona del P. Ángel Rojo, el vicerrector era Germán Pino y el P. Tomás Santos cuidaba de los niños más pequeños y me ofrecí a ayudar en lo que fuera necesario. También me agradaba asistir a las clases con los niños, especialmente a la de los mayores.

Un día asistí a la clase del P. Luís Blanco, que era profesor de Historia de España, la España Visigoda, gobernada por los visigodos, este gobierno ocurrió como consecuencia de la famosa invasión de los pueblos Bárbaros del norte y noroeste de Europa que provocaron la caída del Imperio Romano. Como le preguntara a un niño los nombres de estos pueblos y no supiera responder, entonces me preguntó si yo los sabía, y yo los sabía muy bien, los cité a todos: Godos, Visigodos, Ostrogodos, Suevos, Vándalos, Alanos, los Hunos, Vikingos, etc. Parece que el Padre lo que trataba era de ver hasta donde llegaba mi grado de cultura y, como quedó satisfecho, me nombró profesor de Historia hasta mi partida al Perú.

Como las habitaciones del Castillo eran frías, el P. Ángel Rojo me sacó de allí y me trasladó a una habitación más abrigada que estaba vacía cerca de la celda del Padre Santos en la segunda planta, con el fin de que cuidara de los niños más pequeños y los atendiera cuando fuera necesario. Que lo fue muy pronto, pues en una noche fría y helada se congelaron las aguas de los lavabos del dormitorio, reventaron las cañerías y se llenó todo el piso del dormitorio de agua. Los niños se despertaron y comenzó el griterío de alarma. Me desperté y fui a ver qué era todo ese vocerío, teniendo ya conocimiento del desastre, esto se solucionó cerrando las llaves de compuerta con lo que paró de salir el agua y con escobas y recogedores secamos el dormitorio.

Había la costumbre que los niños tenían que hacer ejercicios de lectura, y el horario era después del recreo de la comida del mediodía, durante la siesta de los frailes, y se hacía todos los días en el salón lateral que daba al campo deportivo, el encargado de esta tarea era el ya citado hermano corista, pero como éste se ausentó, me la encomendaron a mí. Es aquí donde aprendí a conocer un poco del comportamiento y costumbres de estos niños de los pueblos del norte: se puede decir que todos, salvo alguno que otro, eran muy traviesos y juguetones, escandalosos con sus risas y gritos y muy dados a las bromas y a pelear unos contra otros, más divertido que real. Por esos motivos comprendí por qué todos los Padres llevaban una varilla en la mano, y era más para disuadir que para castigar, ya que la mayoría de los castigos era dejarlos sin merendar cuando la falta era grave, o ponerlos de rodillas cuando era leve. Al padre que más le temían los niños, por los castigos que daba, era al P. Chinchetru, él usaba la vara y lo hacía de veras, hacía de profesor de música.

Recuerdo que en una ocasión, antes de Navidad, el P. Chinchetru, queriendo repasar los cantos, formó a todos los chicos, separándolos por voces: aquí los tiples, los semi-tiples y aquí los bajos, había un niño muy pequeño, tendría siete u ocho años, de apellido Bernal, hermano de Policarpo, éste se colocó con los de voz baja, cuando el padre lo vio, le preguntó qué hacía allí, le contesta que él era bajo (era bajo de estatura, pero no de voz), le dio un empujón y lo mandó volando donde los tiples, y todos se reían, él trató de mantenerse sereno, pero el final lloró como lo que era, un niño.

Yo empleé el método del castigo más leve, y la primera vez que lo hice a uno que era tan inquieto y movedizo como el rabo de lagartija, de apellido Monasterio, para sorpresa mía, los chicos se reían cuando le dije: “Monasterio, hínquese de rodillas”, estas palabras eran dichas con mi acento andaluz.

Me gustaba contarles a los niños historias, cuentos, o les recitaba poesías y hasta ensayamos una obra pequeña de teatro.

Viendo el Padre Tomás Santos que yo tenía conocimiento de obras literarias, como dramas, teatro y poesía me tomó de asistente en sus clases de Geografía y literatura, clases que la mayoría de las veces las dictaba yo.

Así, de esta manera, y ocupado como estaba, se me olvidó totalmente el deseo de regresar a Granada.

Ya, cuando estaba acercándose el día señalado para embarcarnos, sentí un poco de pena y sentimiento de alejarme de España, pues alejarme de mi madre y mis hermanos y lanzarme a lo desconocido no era nada fácil.

A los que serían mis seis compañeros de viaje se les concedió una semana de vacaciones con la finalidad de despedirse de sus familiares. Regresaron todos, menos uno, de cuyo nombre no me acuerdo, y éste era el que más entusiasmo tenía por viajar a América y animaba a los demás, pienso que sus padres no se lo permitieron.

Una semana antes del embarque nos llevaron a Logroño para hacer los papeles (documentos) de salida de la nación. Nos llevó el Padre Rojo en una camioneta conducida por el Padre Cubillo. Recorriendo las avenidas de Logroño, en las calzadas había unos árboles grandes y llenos de hojas, a los cuales el padre los llamó plátanos, yo tenía otra idea, creía que el plátano era el que daba el fruto del mismo nombre.

En la oficina donde nos estaban dando el pasaporte, como a mí me vieron de más edad, me preguntaron si no quería ser más bien militar, les respondí con un rotundo no, y no me hicieron más preguntas.

Escribí una carta a mi madre dándole la noticia y el día señalado: seis de enero de 1963, y el embarque sería en el puerto de Santander.

miércoles, 24 de junio de 2009

Viaje a Perú

El trayecto de España al Perú lo haríamos en el gran barco inglés de pasajeros, llamado Reina del Mar, de 21.000 toneladas. De izquierda a derecha: Miguel Miguel, Victoriano Cubillo, P. Perico Fernández, Juán Ramón Moya, Rafael Ibeas. En la parte de abajo: Bienvenildo Uzquiza, Antonio Sanz y Policarpo Bernal.


Dos días antes de partir llegaron mi madre y mis tres hermanas, Carmen, María Dolores y Emilia. Recuerdo que el día que llegaron, en la noche, nos sirvieron para cenar una sopa, rica en ajos puerros, pero que a ninguno nos gustó, salvo a mi hermana María Dolores. Los encargados de llevarnos al Perú serían los Padres Pedro Fernández y Ricardo Colina.

El mismo día seis de enero, muy temprano, nos pusimos en camino por la carretera que nos llevaría a Santander. Todos estábamos en silencio, solo el P. Rojo habló algunas palabras, recuerdo que al pasar por un prado donde había muchos árboles de gran tamaño y de color medio azulado, dijo: esos árboles son eucaliptos. Era la primera vez que escuché ese nombre, pues por mi tierra no los había (en el Perú sí los hay) y no volví a verlos hasta después de dos años cuando estuvimos en Arequipa estudiando filosofía.

Ya, en Santander, como era muy temprano, lo primero que hicimos fue entrar en la Iglesia de los padres Redentoristas, el Padre Cubillo tenía un hermano sacerdote y misionero en Venezuela en esa congregación, escuchamos la santa misa y, al terminar, le cantamos una salve a la Virgen del Perpetuo Socorro. En un restaurante del lugar desayunamos. Dimos algunos paseos por la ciudad, sobre todo por los alrededores del puerto y sin parar de mirar el mar y los barcos.

Ese día de invierno la mar estaba muy movida, el agua se veía de un color gris-blanco que yo nunca había visto en mis playas andaluzas, había pocos barcos en el puerto, pero a lo lejos se veía una lancha que subía hasta lo alto de las crestas de las olas y de pronto desaparecía, parecía como si se la hubiera tragado el mar, para luego volver aparecer. Sentí miedo de navegar por esos mares tan agitados y que no se parecía en nada a las tranquilas y tibias aguas de mi mar Mediterráneo, pero ahora estábamos en el mar Cantábrico, me dije a mi mismo que debería ser valiente, como valientes eran los tripulantes de esta España del norte, seguramente los mejores marineros del mundo.

Algo lejos del muelle se veía un barco de color blanco, muy grande, que a pesar de haber tantas olas en el mar no se movía. Estuvimos por lo menos una hora yendo de un lugar para otro, pero el tiempo pasa. En el momento oportuno, el padre Pedro Fernández (Padre Perico) nos reunió a todos y pidió al Padre Rojo que nos diera la bendición de san Francisco. Empezaron las despedidas, los lloros y las lágrimas de nuestros familiares. El Padre Colina dijo a mi madre que se tranquilizara, y que si todo salía bien estaría de vuelta dentro de unos catorce años. Para qué le dijo eso, pues en lugar de darle consuelo la desesperó más. El padre se equivocó, porque no fueron catorce años, sino once, lo que tardé en volver a verla y a mis hermanos.

Nos pusimos en fila, entramos en una lancha que, abriéndose paso por entre las olas, nos llevó a aquel barco inglés grande y blanco que veíamos a lo lejos. Junto al casco del Reina del Mar paró la lancha, nos subimos en una canastilla que nos izó hasta la cubierta del barco, ya a bordo un marinero nos daba la bienvenida. Todos nos fuimos a las barandillas y con la mano no parábamos de decir adiós. El gran barco empezó a sonar sus bocinas y lentamente empezó a navegar, retirándose más y más de las costas españolas, todos nosotros estábamos con los ojos fijos mirando el horizonte, mudos y atentos. El padre Perico nos sacó de nuestra concentración y nos condujo a nuestros camarotes.

Estábamos navegando dentro de las aguas españolas, pero sin ver tierra. Ahí nos dimos cuenta de que era verdad, nos íbamos para América. Todavía tocaríamos una vez más un puerto español, (nosotros no lo sabíamos), el puerto gallego de Vigo en el océano Atlántico. Llegada la noche fuimos a cenar al comedor, rezamos el rosario y a dormir.

No fue nada fácil dormir, pues con el vaivén del barco la comida la teníamos entre el estómago y la boca, subiendo y bajando. Después de esa mala noche llegamos al amanecer, y nuestra primera intención, después de desayunar, fue subir a cubierta para ver el mar y su dimensión incalculable, pero para sorpresa nuestra vimos tierra firme, una tierra bella en acantilados, rías y hermosas playas, y muchas aves volando, unas a ras del agua, otras se lanzaban en picada contra el agua, otras caminaban por la arena y otras volaban por las nubes, eran las costas gallegas. Me vino enseguida a la mente a Fernán Caballero, la poetisa gallega autora de las Gaviotas.

El mar estaba precioso, de un azul limpio y de tranquilas olas espumosas, poco a poco el barco se acercaba más y más a tierra, y pronto pudimos distinguir la población y el puerto repleto de barcos grandes y pequeños, esta vez el barco sí atracó en el muelle, fue amarrado y pudimos salir. La gente y el padre Perico nos dijeron que estábamos en Vigo. El pisar tierra firme, sin sentir el mareo del vaivén del mar, era un consuelo que solamente lo aprecian los marineros y los que hacen viajes largos por los mares. El Padre nos llevó por toda la ciudad, una ciudad bonita, con hermosos parques, buen clima, y lugares turísticos como el “Castro” (castillo). La gente era amable, unos hablaban en gallego y otros en castellano. Estuvimos casi un día en esta ciudad. Volvimos a nuestro buque y enrumbamos hacia el oeste camino de América con el sol a la espalda, siguiendo el caminar del sol.

Cuando dejamos las costas españolas, estando ya en pleno océano, volvió el mar a mostrar su bravura, esta vez el barco si daba bandazos, cabezazos y coletazos. No estábamos a gusto en ninguna sitio, la cabeza se nos iba por todas partes, corríamos por todos los lugares buscando un sitio tranquilo y de sosiego, porque, cuando caminábamos por los pasillos perdíamos el equilibrio y a más de una persona vi caer al piso, nos daba nauseas y “devolvíamos la peseta”, el único lugar más sosegado era el camarote, echados en el catre y con los ojos cerrados. Estos malestares nos duraron unos tres días y no se veía a nadie, hasta las mesas del comedor estaban casi vacías.

Poco a poco nos fuimos acostumbrando, recuperamos el apetito y las ganas de subir a cubierta a respirar aire puro aunque el ambiente estaba muy nublado y frío, sin embargo, podíamos extender la visión hasta donde nos diera alcance. Es ahí donde por primera vez vimos los famosos peces que llamaban “voladores” y, mirándolos, ya nos distraíamos en algo.En cubierta había también algunas salitas de juegos, entre ellos estaba la mesa de ping-pong, había que hacer turno para jugar una partida; algunos jugaban a las cartas y otros simplemente paseaban, pero el sol no se veía.

Cuando llegó el domingo, en un salón grande se celebró la santa misa. Como había varios sacerdotes: franciscanos, capuchinos y seculares, había que guardar turno. El altar era una mesa con manteles y candelabros, en la pared, frente a la mesa, había un cuadro de la reina de Inglaterra, la reina Isabel. Le tocó el turno al padre Perico y durante la misa que era en latín cantamos algunas canciones, sobre todo las dedicadas a la Virgen María. Asistió mucha gente, se llenó el salón, y el público nos acompañaba con los cantos, pues muchos de los pasajeros eran de habla hispana, también los había italianos, franceses, alemanes y de otros países nórdicos.

Poco a poco fue mejorando el tiempo, tiempo que se nos hacía cada vez más corto, pues había que atrasar los relojes una hora cada día conforme nos acercábamos al Continente americano.

El tiempo que pasamos en el barco no fue aburrido porque los encargados de transportarnos tenían todo muy bien organizado para que la masa humana de viajeros pudiera distraerse y atenderse. Si eran damas, iban a la peluquería, lavandería y tiendas; los hombres, a tomar unas copas en el bar.

Los jóvenes y niños subíamos a cubierta donde había diversos juegos; los enfermos, con el médico; y los estudiosos, en el salón de lectura. Todos los días nos daban noticias de América y del mundo. En las noches también había animación, unas veces nos ponían películas, otras noches una orquesta interpretaba música de distintos países y se bailaba; también había un piano en el cual los aficionados podían interpretar algunas piezas de su tierra. Nuestro Padre Perico sabía tocar e interpretaba música criolla: valses, marineras, tonderos, y huaynos. Había peruanos, y los días que el Padre estaba de humor interpretaba música del Perú, entonces salían a bailar, y sacando sus pañuelos y agitándolos al aire bailaban al compás de la música, era la primera vez que veíamos esos bailes de pañuelos. Por fin empezó a sentirse calor.

Estando un día en la sala del ping-pong, en cubierta, vimos como unos marineros comenzaron a armar una piscina, eso nos dio alegría, pues podríamos refrescarnos en el agua e incluso nadar. La piscina estuvo lista esa misma mañana, ypor la tarde la llenaron de agua y, cuando la probamos, sentimos que era agua del mar, estaba salada. De día y de noche gozábamos de un clima estupendo.

En cubierta corría una brisa agradable, seguramente eran los vientos alisios que nos refrescaba el rostro; también nos daba apetito y ganas de jugar, sobre todo al ping-pong.

En las noches, nos juntábamos en una esquina cerca de proa, el padre Perico entonaba cantos, nosotros los seguíamos y eran cantos bonitos, alegres y algunos melancólicos, dirigidos a la Virgen, a los misioneros, un adiós a la Patria, a la madre querida y de los más populares de España. La gente nos escuchaba y poco a poco nos íbamos ganando sus simpatías.

En nuestra clase turística viajaba una pareja mayor, no recuerdo su nacionalidad, pero no eran españoles ni americanos, el esposo se puso enfermo, lo atendieron los doctores del barco, pero duró poco, murió en uno o dos días. A los que lo habíamos visto tomar el sol en cubierta nos impresionó su muerte, pero mucho más nos impresionó ver como el capitán del barco, después de una breve ceremonia religiosa, ordenó a los tripulantes arrojarlo al mar. La esposa estaba muy consternada.

En el comedor o en las salas de recreo, o cuando tomábamos sol después de bañarnos, la gente nos hacían muchas preguntas, sobre todo relacionadas con nuestra vocación de misioneros y por qué ir a estudiar al Perú.

Creo que todavía no se había inventado la palabra “inculturizarse”, o “enculturizarse”, pues para conocer mejor el país donde uno va a vivir es mejor hacerlo a una temprana edad y sin prejuicios de ninguna clase, así se aprende mejor la cultura, la lengua, las costumbres y se ama más al país que te recibe. Se puede discutir, tanto en pro como en contra, si fue bueno o no que trajeran al Perú niños de tan pocos años de edad, algunos de 10 años y otros de un poco más, desde luego fue muy duro para ellos y para sus padres.

Como las noches eran largas y agradables nos apartábamos un poco de la gente y hacíamos la oración y el rezo del santo rosario, terminados estos actos, el Padre Perico nos invitaba a que dijéramos algo de nosotros mismos o de lo que habíamos hecho en el día, algo así como un examen de conciencia; también contábamos algo de nuestros pueblos, de lo que hacíamos en vacaciones y de nuestras amistades, etc. Una noche, después de hacer oración, el más pequeño de todos, Antonio Sanz, me preguntó cómo había ido yo a parar donde ellos.

Viendo el interés que tenían todos, hasta del mismo Padre Perico, comencé así:
Una noche del dieciséis de mayo de 1962 asistí por una invitación de un amigo mío, llamado Leopoldo Garrido, a una conferencia que daba un padre Franciscano, de nombre Alberto Almécija Ramírez (nacido en Granada y años más tarde fallecido en Lima), sobre las misiones del Perú. Me agradó mucho cuando relató los muchos sacrificios que sufrían los misioneros, especialmente en la selva Amazónica; de las dificultades que encontraban en esos lugares inhóspitos, llenos de peligros, de naufragios y de animales salvajes, especialmente serpientes. Él mismo, a pesar de que no era ya muy joven estuvo en la selva, había sufrido un naufragio navegando por el río Urubamba y, aunque pudo salvarse, quedó sordo durante mucho tiempo.
Este Padre, de profesión farmacéutico y algo adinerado, conoció al Padre José Mojica, quien fuera famoso tenor de ópera, en una visita que hizo a Granada, se hicieron amigos y quiso imitarle queriendo también ser franciscano. Viajó con él al Perú. Fue admitido en la Provincia de los Doce apóstoles. Hizo el Noviciado y, después de prepararse en filosofía y teología, se ordenó de sacerdote. Yo sentía que las palabras de este Franciscano me llegaban al alma, pensé que a hombres así, que apuestan por el evangelio, valía la pena imitarlos. Me vino a la mente el deseo de hablar con él.

Lo visité en la casa de sus padres, donde estaba hospedado, me recibió muy amable y le expresé mi deseo de ser también misionero. Lástima, me dijo, no haberlo sabido antes, pues regreso en dos días al Perú y ya no hay tiempo para sacar tu pasaporte, hablaré con mis superiores y te diré lo que me digan, dame tu dirección, y así quedamos.

Pasó un mes, esperaba con ansiedad y temor esa carta, pero ésta no llegaba. Entonces le escribí yo, pero no sabía sus señas, puse en el sobre la siguiente dirección: Fray Alberto Almécija Ramírez. Convento de los padres Franciscanos. Cuzco, Perú.

A los quince días recibí la contestación. La respuesta no fue muy halagüeña, pues me decía que había hablado con sus superiores y que no les pareció bien que ingresara en su Provincia, que solicitara mi ingreso en la Provincia de san Francisco Solano, que tenía una casa en Anguciana (Logroño) y que fuera a los Franciscanos de Granada a preguntar por la dirección. Así lo hice y conseguí la dirección. Como mi pensamiento estaba puesto en ser misionero franciscano en el Perú, escribí al Padre Guardián de Anguciana. Pasaron otros quince días y, al no recibir respuesta, volví a escribir. Esta vez, el Padre Luís Blanco me contestó. Las noticias no eran del todo buenas, pues me decía que consultaría con los padres de la comunidad y que me daría una respuesta definitiva. Yo volví a escribirle, suplicando muy animoso a que me recibiera y que estaba dispuesto a aceptar las pruebas que me dieran. Por fin el Padre me escribió y me dijo que podía ir para conocerme y ponerme a prueba.

Si mi odisea por ingresar al convento de Anguciana fue de tenacidad y constancia, más hermosa, poética y sentimental fue la del ahora Padre Severino Esteban, que habiendo llegado a Anguciana con otros compañeros de su pueblo, queriendo estudiar para llegar un día ser franciscano Misionero en el Perú, llamaron a la puerta del convento con la persona encargada de llevarlos y presentar a los niños, pero el Padre Rector encargado de recibirlos los examina con la mirada y dice: estos dos grandecitos pueden entrar, pero ese, el más pequeñuelo, no, es demasiado chico, que regrese con su madre. Entonces, nuestro ahora buen Padre Severino se puso a llorar desconsoladamente, y tan profundo era el sentimiento de ver frustrada su vocación, y eran sus lágrimas tan sinceras, que el Padre Rector le dijo: anda, no llores más, entra tú también.

Pasaron cinco meses desde que sentí que Dios me llamaba a seguirle, sirviéndole en el evangelio. Prepare la maleta, tomé el tren para Haro, llegué a Anguciana y toqué el timbre de la puerta. También los otros chicos hablaron de su vocación, entre ellos hubo uno (no quiero decir su nombre) que contó que cuando el padre promotor de vocaciones fue a su pueblo, éste habló con el maestro de la escuela y el maestro escogió a unos cuantos llamándolos por su nombre, luego dijo: Padre, estos podrían ir al convento. Pero de todos solo fue él, pues el resto no quisieron sus padres.

Estamos para llegar a Jamaica. Cualquiera que haya navegado por mucho tiempo sabe que la monotonía del agua es a la larga aburrida y cansada, uno desea ver algo distinto, por eso cuando se nos comunicó que en las siguientes veinticuatro horas estaríamos llegando a Jamaica, fue para nosotros emocionante y al mismo tiempo algo histórico.

Nos vino a la memoria los hechos ocurridos en 1492, cuando los valientes hermanos Pinzón alentaron a Colón ante el temor y desaliento de la tripulación a seguir navegando adelante, y así sentir el gozo de poder decir: “tierra a la vista”. Esa noche hablamos de estas cosas, y con estos sentimientos nos fuimos a dormir, pero con el propósito de levantarnos temprano para ver y decir: “tierra a la vista”.

Nos permitieron bajar a tierra. La isla, que tiene por capital a Kingston no era parecida a la que descubrió Colón, pues en los casi cinco siglos después todo había cambiado mucho. Recuerdo que cuando todavía estábamos en el puerto sin bajar a tierra había gran cantidad de niños entre 12 o quince años nadando alrededor del barco, como el agua era limpia y transparente esperaban buscar buceando las monedas que la gente de abordo arrojaba; en la ciudad había una gran población de raza negra, muchas tiendas, y entramos una de sus iglesias anglicanas. Estábamos en América, concretamente en América Central.

Partimos de Jamaica a Venezuela. Visitamos por un día Caracas. Llegamos a la isla de Curazao, bajamos a tierra y visitamos la isla, donde nos detuvimos un día. Nos pareció interesante encontrar en esta parte de la tierra americana una ciudad con casas al estilo de las del norte de Europa. De allí partimos rumbo a los Estados Unidos, en la Florida, capital Miami. Nuestro barco atracó en el puerto de Everglades y bajamos a tierra, visitamos pocos lugares, pues la ciudad distaba mucho del puerto y no teníamos para alquilar un taxi, pero caminamos mucho por la carretera; estuvimos tres días, al cabo de los cuales arrumbamos hacia Panamá.

En Panamá estuvimos dos días, conocimos la capital que lleva el mismo nombre del País. Antes de pisar tierra me buscó el Padre Colina y me invitó a acompañarlo por el Puerto (Colón), en él vendían cosas muy baratas y él quería comprar unas lentes para su cámara fotográfica, como nos habían advertido que había muchos ladrones en la ciudad no quería ir solo. Este Padre, desde el inicio, ya nos parecía un personaje raro porque desde que abordamos el barco en Santander lo perdimos de vista y no apareció hasta ese día.

Efectivamente, en las tiendas del puerto había de todo lo que uno pudiera necesitar y la mayoría de las tiendas estaban atendidas por hindúes con turbantes en la cabeza. Entramos en varios comercios, hasta que consiguió lo que quería. Después de estas compras, como era hora de almorzar, me invitó a un restaurante y nos sirvieron arroz a la cubana (arroz blanco con un huevo frito encima), el padre comió con apetito, pero yo me desilusioné de la comida americana.
El paso del canal fue interesante, todos estábamos en la cubierta para ver el ingenioso sistema de hacer navegar el barco, desde el nivel del mar hasta elevarlo por medio de tres esclusas a las alturas del estrecho y cruzarlo por un canal con agua, y después bajarlo hasta el océano Pacífico.
Nos estábamos acercando a nuestro destino, pasamos las aguas territoriales de Colombia y Ecuador, nos aconsejaron que no bajásemos a tierra.

Conforme nos acerábamos a nuestro destino el ambiente marítimo iba cambiando, nos parecía estar en un mar deprimente, lleno de neblina, el barco hacía sonar las bocinas de trecho en trecho para no chocarnos con algún otro barco, y así se mantuvo la neblina y el sonar de las bocinas hasta llegar al Callao.

Llegamos más lejos que Colón, pues nosotros en menos tiempo pasamos por los tres continentes del Nuevo Mundo: Centro América, Norte América y Sur América.