miércoles, 24 de junio de 2009

Viaje a Perú

El trayecto de España al Perú lo haríamos en el gran barco inglés de pasajeros, llamado Reina del Mar, de 21.000 toneladas. De izquierda a derecha: Miguel Miguel, Victoriano Cubillo, P. Perico Fernández, Juán Ramón Moya, Rafael Ibeas. En la parte de abajo: Bienvenildo Uzquiza, Antonio Sanz y Policarpo Bernal.


Dos días antes de partir llegaron mi madre y mis tres hermanas, Carmen, María Dolores y Emilia. Recuerdo que el día que llegaron, en la noche, nos sirvieron para cenar una sopa, rica en ajos puerros, pero que a ninguno nos gustó, salvo a mi hermana María Dolores. Los encargados de llevarnos al Perú serían los Padres Pedro Fernández y Ricardo Colina.

El mismo día seis de enero, muy temprano, nos pusimos en camino por la carretera que nos llevaría a Santander. Todos estábamos en silencio, solo el P. Rojo habló algunas palabras, recuerdo que al pasar por un prado donde había muchos árboles de gran tamaño y de color medio azulado, dijo: esos árboles son eucaliptos. Era la primera vez que escuché ese nombre, pues por mi tierra no los había (en el Perú sí los hay) y no volví a verlos hasta después de dos años cuando estuvimos en Arequipa estudiando filosofía.

Ya, en Santander, como era muy temprano, lo primero que hicimos fue entrar en la Iglesia de los padres Redentoristas, el Padre Cubillo tenía un hermano sacerdote y misionero en Venezuela en esa congregación, escuchamos la santa misa y, al terminar, le cantamos una salve a la Virgen del Perpetuo Socorro. En un restaurante del lugar desayunamos. Dimos algunos paseos por la ciudad, sobre todo por los alrededores del puerto y sin parar de mirar el mar y los barcos.

Ese día de invierno la mar estaba muy movida, el agua se veía de un color gris-blanco que yo nunca había visto en mis playas andaluzas, había pocos barcos en el puerto, pero a lo lejos se veía una lancha que subía hasta lo alto de las crestas de las olas y de pronto desaparecía, parecía como si se la hubiera tragado el mar, para luego volver aparecer. Sentí miedo de navegar por esos mares tan agitados y que no se parecía en nada a las tranquilas y tibias aguas de mi mar Mediterráneo, pero ahora estábamos en el mar Cantábrico, me dije a mi mismo que debería ser valiente, como valientes eran los tripulantes de esta España del norte, seguramente los mejores marineros del mundo.

Algo lejos del muelle se veía un barco de color blanco, muy grande, que a pesar de haber tantas olas en el mar no se movía. Estuvimos por lo menos una hora yendo de un lugar para otro, pero el tiempo pasa. En el momento oportuno, el padre Pedro Fernández (Padre Perico) nos reunió a todos y pidió al Padre Rojo que nos diera la bendición de san Francisco. Empezaron las despedidas, los lloros y las lágrimas de nuestros familiares. El Padre Colina dijo a mi madre que se tranquilizara, y que si todo salía bien estaría de vuelta dentro de unos catorce años. Para qué le dijo eso, pues en lugar de darle consuelo la desesperó más. El padre se equivocó, porque no fueron catorce años, sino once, lo que tardé en volver a verla y a mis hermanos.

Nos pusimos en fila, entramos en una lancha que, abriéndose paso por entre las olas, nos llevó a aquel barco inglés grande y blanco que veíamos a lo lejos. Junto al casco del Reina del Mar paró la lancha, nos subimos en una canastilla que nos izó hasta la cubierta del barco, ya a bordo un marinero nos daba la bienvenida. Todos nos fuimos a las barandillas y con la mano no parábamos de decir adiós. El gran barco empezó a sonar sus bocinas y lentamente empezó a navegar, retirándose más y más de las costas españolas, todos nosotros estábamos con los ojos fijos mirando el horizonte, mudos y atentos. El padre Perico nos sacó de nuestra concentración y nos condujo a nuestros camarotes.

Estábamos navegando dentro de las aguas españolas, pero sin ver tierra. Ahí nos dimos cuenta de que era verdad, nos íbamos para América. Todavía tocaríamos una vez más un puerto español, (nosotros no lo sabíamos), el puerto gallego de Vigo en el océano Atlántico. Llegada la noche fuimos a cenar al comedor, rezamos el rosario y a dormir.

No fue nada fácil dormir, pues con el vaivén del barco la comida la teníamos entre el estómago y la boca, subiendo y bajando. Después de esa mala noche llegamos al amanecer, y nuestra primera intención, después de desayunar, fue subir a cubierta para ver el mar y su dimensión incalculable, pero para sorpresa nuestra vimos tierra firme, una tierra bella en acantilados, rías y hermosas playas, y muchas aves volando, unas a ras del agua, otras se lanzaban en picada contra el agua, otras caminaban por la arena y otras volaban por las nubes, eran las costas gallegas. Me vino enseguida a la mente a Fernán Caballero, la poetisa gallega autora de las Gaviotas.

El mar estaba precioso, de un azul limpio y de tranquilas olas espumosas, poco a poco el barco se acercaba más y más a tierra, y pronto pudimos distinguir la población y el puerto repleto de barcos grandes y pequeños, esta vez el barco sí atracó en el muelle, fue amarrado y pudimos salir. La gente y el padre Perico nos dijeron que estábamos en Vigo. El pisar tierra firme, sin sentir el mareo del vaivén del mar, era un consuelo que solamente lo aprecian los marineros y los que hacen viajes largos por los mares. El Padre nos llevó por toda la ciudad, una ciudad bonita, con hermosos parques, buen clima, y lugares turísticos como el “Castro” (castillo). La gente era amable, unos hablaban en gallego y otros en castellano. Estuvimos casi un día en esta ciudad. Volvimos a nuestro buque y enrumbamos hacia el oeste camino de América con el sol a la espalda, siguiendo el caminar del sol.

Cuando dejamos las costas españolas, estando ya en pleno océano, volvió el mar a mostrar su bravura, esta vez el barco si daba bandazos, cabezazos y coletazos. No estábamos a gusto en ninguna sitio, la cabeza se nos iba por todas partes, corríamos por todos los lugares buscando un sitio tranquilo y de sosiego, porque, cuando caminábamos por los pasillos perdíamos el equilibrio y a más de una persona vi caer al piso, nos daba nauseas y “devolvíamos la peseta”, el único lugar más sosegado era el camarote, echados en el catre y con los ojos cerrados. Estos malestares nos duraron unos tres días y no se veía a nadie, hasta las mesas del comedor estaban casi vacías.

Poco a poco nos fuimos acostumbrando, recuperamos el apetito y las ganas de subir a cubierta a respirar aire puro aunque el ambiente estaba muy nublado y frío, sin embargo, podíamos extender la visión hasta donde nos diera alcance. Es ahí donde por primera vez vimos los famosos peces que llamaban “voladores” y, mirándolos, ya nos distraíamos en algo.En cubierta había también algunas salitas de juegos, entre ellos estaba la mesa de ping-pong, había que hacer turno para jugar una partida; algunos jugaban a las cartas y otros simplemente paseaban, pero el sol no se veía.

Cuando llegó el domingo, en un salón grande se celebró la santa misa. Como había varios sacerdotes: franciscanos, capuchinos y seculares, había que guardar turno. El altar era una mesa con manteles y candelabros, en la pared, frente a la mesa, había un cuadro de la reina de Inglaterra, la reina Isabel. Le tocó el turno al padre Perico y durante la misa que era en latín cantamos algunas canciones, sobre todo las dedicadas a la Virgen María. Asistió mucha gente, se llenó el salón, y el público nos acompañaba con los cantos, pues muchos de los pasajeros eran de habla hispana, también los había italianos, franceses, alemanes y de otros países nórdicos.

Poco a poco fue mejorando el tiempo, tiempo que se nos hacía cada vez más corto, pues había que atrasar los relojes una hora cada día conforme nos acercábamos al Continente americano.

El tiempo que pasamos en el barco no fue aburrido porque los encargados de transportarnos tenían todo muy bien organizado para que la masa humana de viajeros pudiera distraerse y atenderse. Si eran damas, iban a la peluquería, lavandería y tiendas; los hombres, a tomar unas copas en el bar.

Los jóvenes y niños subíamos a cubierta donde había diversos juegos; los enfermos, con el médico; y los estudiosos, en el salón de lectura. Todos los días nos daban noticias de América y del mundo. En las noches también había animación, unas veces nos ponían películas, otras noches una orquesta interpretaba música de distintos países y se bailaba; también había un piano en el cual los aficionados podían interpretar algunas piezas de su tierra. Nuestro Padre Perico sabía tocar e interpretaba música criolla: valses, marineras, tonderos, y huaynos. Había peruanos, y los días que el Padre estaba de humor interpretaba música del Perú, entonces salían a bailar, y sacando sus pañuelos y agitándolos al aire bailaban al compás de la música, era la primera vez que veíamos esos bailes de pañuelos. Por fin empezó a sentirse calor.

Estando un día en la sala del ping-pong, en cubierta, vimos como unos marineros comenzaron a armar una piscina, eso nos dio alegría, pues podríamos refrescarnos en el agua e incluso nadar. La piscina estuvo lista esa misma mañana, ypor la tarde la llenaron de agua y, cuando la probamos, sentimos que era agua del mar, estaba salada. De día y de noche gozábamos de un clima estupendo.

En cubierta corría una brisa agradable, seguramente eran los vientos alisios que nos refrescaba el rostro; también nos daba apetito y ganas de jugar, sobre todo al ping-pong.

En las noches, nos juntábamos en una esquina cerca de proa, el padre Perico entonaba cantos, nosotros los seguíamos y eran cantos bonitos, alegres y algunos melancólicos, dirigidos a la Virgen, a los misioneros, un adiós a la Patria, a la madre querida y de los más populares de España. La gente nos escuchaba y poco a poco nos íbamos ganando sus simpatías.

En nuestra clase turística viajaba una pareja mayor, no recuerdo su nacionalidad, pero no eran españoles ni americanos, el esposo se puso enfermo, lo atendieron los doctores del barco, pero duró poco, murió en uno o dos días. A los que lo habíamos visto tomar el sol en cubierta nos impresionó su muerte, pero mucho más nos impresionó ver como el capitán del barco, después de una breve ceremonia religiosa, ordenó a los tripulantes arrojarlo al mar. La esposa estaba muy consternada.

En el comedor o en las salas de recreo, o cuando tomábamos sol después de bañarnos, la gente nos hacían muchas preguntas, sobre todo relacionadas con nuestra vocación de misioneros y por qué ir a estudiar al Perú.

Creo que todavía no se había inventado la palabra “inculturizarse”, o “enculturizarse”, pues para conocer mejor el país donde uno va a vivir es mejor hacerlo a una temprana edad y sin prejuicios de ninguna clase, así se aprende mejor la cultura, la lengua, las costumbres y se ama más al país que te recibe. Se puede discutir, tanto en pro como en contra, si fue bueno o no que trajeran al Perú niños de tan pocos años de edad, algunos de 10 años y otros de un poco más, desde luego fue muy duro para ellos y para sus padres.

Como las noches eran largas y agradables nos apartábamos un poco de la gente y hacíamos la oración y el rezo del santo rosario, terminados estos actos, el Padre Perico nos invitaba a que dijéramos algo de nosotros mismos o de lo que habíamos hecho en el día, algo así como un examen de conciencia; también contábamos algo de nuestros pueblos, de lo que hacíamos en vacaciones y de nuestras amistades, etc. Una noche, después de hacer oración, el más pequeño de todos, Antonio Sanz, me preguntó cómo había ido yo a parar donde ellos.

Viendo el interés que tenían todos, hasta del mismo Padre Perico, comencé así:
Una noche del dieciséis de mayo de 1962 asistí por una invitación de un amigo mío, llamado Leopoldo Garrido, a una conferencia que daba un padre Franciscano, de nombre Alberto Almécija Ramírez (nacido en Granada y años más tarde fallecido en Lima), sobre las misiones del Perú. Me agradó mucho cuando relató los muchos sacrificios que sufrían los misioneros, especialmente en la selva Amazónica; de las dificultades que encontraban en esos lugares inhóspitos, llenos de peligros, de naufragios y de animales salvajes, especialmente serpientes. Él mismo, a pesar de que no era ya muy joven estuvo en la selva, había sufrido un naufragio navegando por el río Urubamba y, aunque pudo salvarse, quedó sordo durante mucho tiempo.
Este Padre, de profesión farmacéutico y algo adinerado, conoció al Padre José Mojica, quien fuera famoso tenor de ópera, en una visita que hizo a Granada, se hicieron amigos y quiso imitarle queriendo también ser franciscano. Viajó con él al Perú. Fue admitido en la Provincia de los Doce apóstoles. Hizo el Noviciado y, después de prepararse en filosofía y teología, se ordenó de sacerdote. Yo sentía que las palabras de este Franciscano me llegaban al alma, pensé que a hombres así, que apuestan por el evangelio, valía la pena imitarlos. Me vino a la mente el deseo de hablar con él.

Lo visité en la casa de sus padres, donde estaba hospedado, me recibió muy amable y le expresé mi deseo de ser también misionero. Lástima, me dijo, no haberlo sabido antes, pues regreso en dos días al Perú y ya no hay tiempo para sacar tu pasaporte, hablaré con mis superiores y te diré lo que me digan, dame tu dirección, y así quedamos.

Pasó un mes, esperaba con ansiedad y temor esa carta, pero ésta no llegaba. Entonces le escribí yo, pero no sabía sus señas, puse en el sobre la siguiente dirección: Fray Alberto Almécija Ramírez. Convento de los padres Franciscanos. Cuzco, Perú.

A los quince días recibí la contestación. La respuesta no fue muy halagüeña, pues me decía que había hablado con sus superiores y que no les pareció bien que ingresara en su Provincia, que solicitara mi ingreso en la Provincia de san Francisco Solano, que tenía una casa en Anguciana (Logroño) y que fuera a los Franciscanos de Granada a preguntar por la dirección. Así lo hice y conseguí la dirección. Como mi pensamiento estaba puesto en ser misionero franciscano en el Perú, escribí al Padre Guardián de Anguciana. Pasaron otros quince días y, al no recibir respuesta, volví a escribir. Esta vez, el Padre Luís Blanco me contestó. Las noticias no eran del todo buenas, pues me decía que consultaría con los padres de la comunidad y que me daría una respuesta definitiva. Yo volví a escribirle, suplicando muy animoso a que me recibiera y que estaba dispuesto a aceptar las pruebas que me dieran. Por fin el Padre me escribió y me dijo que podía ir para conocerme y ponerme a prueba.

Si mi odisea por ingresar al convento de Anguciana fue de tenacidad y constancia, más hermosa, poética y sentimental fue la del ahora Padre Severino Esteban, que habiendo llegado a Anguciana con otros compañeros de su pueblo, queriendo estudiar para llegar un día ser franciscano Misionero en el Perú, llamaron a la puerta del convento con la persona encargada de llevarlos y presentar a los niños, pero el Padre Rector encargado de recibirlos los examina con la mirada y dice: estos dos grandecitos pueden entrar, pero ese, el más pequeñuelo, no, es demasiado chico, que regrese con su madre. Entonces, nuestro ahora buen Padre Severino se puso a llorar desconsoladamente, y tan profundo era el sentimiento de ver frustrada su vocación, y eran sus lágrimas tan sinceras, que el Padre Rector le dijo: anda, no llores más, entra tú también.

Pasaron cinco meses desde que sentí que Dios me llamaba a seguirle, sirviéndole en el evangelio. Prepare la maleta, tomé el tren para Haro, llegué a Anguciana y toqué el timbre de la puerta. También los otros chicos hablaron de su vocación, entre ellos hubo uno (no quiero decir su nombre) que contó que cuando el padre promotor de vocaciones fue a su pueblo, éste habló con el maestro de la escuela y el maestro escogió a unos cuantos llamándolos por su nombre, luego dijo: Padre, estos podrían ir al convento. Pero de todos solo fue él, pues el resto no quisieron sus padres.

Estamos para llegar a Jamaica. Cualquiera que haya navegado por mucho tiempo sabe que la monotonía del agua es a la larga aburrida y cansada, uno desea ver algo distinto, por eso cuando se nos comunicó que en las siguientes veinticuatro horas estaríamos llegando a Jamaica, fue para nosotros emocionante y al mismo tiempo algo histórico.

Nos vino a la memoria los hechos ocurridos en 1492, cuando los valientes hermanos Pinzón alentaron a Colón ante el temor y desaliento de la tripulación a seguir navegando adelante, y así sentir el gozo de poder decir: “tierra a la vista”. Esa noche hablamos de estas cosas, y con estos sentimientos nos fuimos a dormir, pero con el propósito de levantarnos temprano para ver y decir: “tierra a la vista”.

Nos permitieron bajar a tierra. La isla, que tiene por capital a Kingston no era parecida a la que descubrió Colón, pues en los casi cinco siglos después todo había cambiado mucho. Recuerdo que cuando todavía estábamos en el puerto sin bajar a tierra había gran cantidad de niños entre 12 o quince años nadando alrededor del barco, como el agua era limpia y transparente esperaban buscar buceando las monedas que la gente de abordo arrojaba; en la ciudad había una gran población de raza negra, muchas tiendas, y entramos una de sus iglesias anglicanas. Estábamos en América, concretamente en América Central.

Partimos de Jamaica a Venezuela. Visitamos por un día Caracas. Llegamos a la isla de Curazao, bajamos a tierra y visitamos la isla, donde nos detuvimos un día. Nos pareció interesante encontrar en esta parte de la tierra americana una ciudad con casas al estilo de las del norte de Europa. De allí partimos rumbo a los Estados Unidos, en la Florida, capital Miami. Nuestro barco atracó en el puerto de Everglades y bajamos a tierra, visitamos pocos lugares, pues la ciudad distaba mucho del puerto y no teníamos para alquilar un taxi, pero caminamos mucho por la carretera; estuvimos tres días, al cabo de los cuales arrumbamos hacia Panamá.

En Panamá estuvimos dos días, conocimos la capital que lleva el mismo nombre del País. Antes de pisar tierra me buscó el Padre Colina y me invitó a acompañarlo por el Puerto (Colón), en él vendían cosas muy baratas y él quería comprar unas lentes para su cámara fotográfica, como nos habían advertido que había muchos ladrones en la ciudad no quería ir solo. Este Padre, desde el inicio, ya nos parecía un personaje raro porque desde que abordamos el barco en Santander lo perdimos de vista y no apareció hasta ese día.

Efectivamente, en las tiendas del puerto había de todo lo que uno pudiera necesitar y la mayoría de las tiendas estaban atendidas por hindúes con turbantes en la cabeza. Entramos en varios comercios, hasta que consiguió lo que quería. Después de estas compras, como era hora de almorzar, me invitó a un restaurante y nos sirvieron arroz a la cubana (arroz blanco con un huevo frito encima), el padre comió con apetito, pero yo me desilusioné de la comida americana.
El paso del canal fue interesante, todos estábamos en la cubierta para ver el ingenioso sistema de hacer navegar el barco, desde el nivel del mar hasta elevarlo por medio de tres esclusas a las alturas del estrecho y cruzarlo por un canal con agua, y después bajarlo hasta el océano Pacífico.
Nos estábamos acercando a nuestro destino, pasamos las aguas territoriales de Colombia y Ecuador, nos aconsejaron que no bajásemos a tierra.

Conforme nos acerábamos a nuestro destino el ambiente marítimo iba cambiando, nos parecía estar en un mar deprimente, lleno de neblina, el barco hacía sonar las bocinas de trecho en trecho para no chocarnos con algún otro barco, y así se mantuvo la neblina y el sonar de las bocinas hasta llegar al Callao.

Llegamos más lejos que Colón, pues nosotros en menos tiempo pasamos por los tres continentes del Nuevo Mundo: Centro América, Norte América y Sur América.

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