domingo, 25 de enero de 2009

La vida en Ocopa.

Una pesca milagrosa.
Policarpo Garrido era persona que tenía el don de relacionarse con la gente, y se relacionaba con personas de alto como de bajo nivel, no hacía discriminación. Le gustaba la pesca, como nos gustaba a todos los coristas de Ocopa, porque para nosotros lo importante era tener momentos de relajamiento y salir de la rutina. No sé de dónde sacó una famosa raíz amazónica llamada curare, parece ser que en más de una de las tribus amazónicas la usaba para pescar, porque tiene la virtud de quitar el oxígeno a los peces y salen a la superficie. Pues nuestro buen Policarpo, con su curare bajo el brazo, subió acompañado de Fray Juan Alberto Zárate a la laguna de Pumacocha, llegados al lugar, hicieron el experimento de arrojar el curare al agua, y el efecto fue inmediato: recogieron gran cantidad de truchas vivas, aunque agonizando. La suerte le fue mal, porque en la laguna había vigilantes que los sorprendieron con la pesca en la mano y el cuerpo de la agresión a las inocentes truchas. Lo pasaron muy mal, hubo amenazas de denuncia y de detención, pero gracias al palabreo y a la promesa de darles algunos beneficios, Policarpo y Alberto, pudieron salir bien. Yo lo supe, no porque fuera su confidente, sino que como sacristán tenía en la sacristía botellas de vino de misa que, junto con otras botellas de miel, fue un buen estímulo para que la denuncia no llegara más allá de una amenaza. También consiguió traerse las truchas ya pescadas a casa y servírnoslas en la mesa. Policarpo era el único de su grupo que vivía tan feliz como si estuviera en el seno materno, nunca participaba de las decisiones y acuerdos de sus compañeros, para él el mundo ya estaba hecho y él era el hacedor de su gloria.

Otro compañero de Policarpo era Moisés Bravo, quizás el más inteligente de todos, estaba todavía aniñado, pero con un aniñamiento inocente y sencillo, y no era por “mañosería”, como se dice en el Perú. Su salud no era muy buena, quizás algo susceptible, por lo que se sentía mal y andaba siempre bien abrigado; le gustaba fumar, y fumaba gracias a la generosidad de su hermano Leoncio; era amigable y le gustaban las bromas y los chistes; y era un especialista en Filosofía, al estilo del P. Buenaventura, muy clásico, por lo que en él se daban todas las condiciones para mandarlo a Roma a especializarse. Un día me dijo que le pusiera una inyección porque estaba resfriado y no quería estar mal y mucho menos en cama. Le dije que se lo dijera a Emiliano, que yo no conocía bien el botiquín y que, además, nunca había puesto inyecciones, pero le di unas pastillas, las tomó y se sintió bien.

Desde esta experiencia con Moisés me puse a deliberar si continuar o no en la enfermería. Decidí continuar y pedirle al Padre Maestro, Vicente Pérez de Guereñu, que me matriculara en un Instituto llamado de “Superación” (salía propaganda en el periódico de Lima), y en el que se podía estudiar por correspondencia; le pareció bien y me dijo que iba a consultar con el Padre Prefecto de Estudios y con el Guardián. Hecha la consulta, salió a mi favor y me matricularon. Todos los meses me mandaban un folleto y un examen. Comenzó a gustarme la medicina, consultaba muchas cosas con el Padre Odorico, que también era enfermero. Total que el curso que iba a durar tres años, lo saqué en año y medio y me dieron mi título.

Recuerdo que la primera inyección que puse era intramuscular y todo lo preparé siguiendo las normas del folleto pero, a la hora de clavar la aguja en la carne, me entró gran ansiedad y en mi mente estaba la idea que de un momento a otro se me iba a morir el enfermo, termino de poner la inyección, y veo que se empieza a subir los pantalones y a darme las gracias, di un profundo respiro de alivio y se me ensancharon los pulmones. Fue mi bautizo de enfermero, después de ahí todo fue fácil.

Me agradaba hablar con Gervasio González (el vasco) porque era calmado, inteligente, muy activo y creativo, buen músico, y buen cantor y director de coro. Su mano prácticamente podría arreglar todo lo que estuviera descompuesto.

Un día que tuvimos todos los coristas un paseo por grupos, el mayor de nuestro grupo fue Gervasio, que nos llevó a un lugar cercano a la Oroya, donde la Minera “Cerro de Pasco” había establecido una granja de ganado ovino. Caminamos toda la mañana para llegar al lugar; estando allí, el ingeniero que tenía a su cargo dicha granja nos recibió muy bien, nos enseñó todo el proceso de la selección, por lo que salía un ganado excelente de nombre “Junín”. Almorzamos en su casa. Terminado el almuerzo, el mismo ingeniero nos llevó en su camioneta hasta la carretera central y nos dejo. Estuvimos un rato echando dedo a los camiones que pasaban hasta que uno se detuvo, nos subió y nos llevó hasta el mismo convento, pues iba camino de Satipo. Recuerdo que el lugar donde estuvimos estaba a más altura que Ocopa, hacía frío y estábamos arrepentidos de haber ido porque, por nada del mundo, queríamos pasar la noche caminando por esa carretera y además estaba a bastantes kilómetros de nuestra casa, pero después, pensándolo bien, no estuvo mal el paseo y, sobre todo, la experiencia.

El Catafalco de Ocopa.
Este catafalco era una verdadera obra de arte fabricado por los coristas, era realmente impresionante por su grandeza, adornos y sentido funerario, propios de un duelo. Se colocaba delante del altar bajo la bóveda del templo en la misas de réquiem o de cuerpo presente y cuando la misa era solemnísima. En los entierros se hacía una ceremonia acogedora, triste y de pesadumbre. El cadáver lo colocaban en el atrio de la Iglesia y salíamos los coristas con los celebrantes en procesión a recogerlo y, después de una breve oración, el sacerdote entonaba el Miserere y, en dos coros, lo cantábamos hasta colocar al muerto en el capilla ardiente o catafalco; inmediatamente subíamos al coro a cantar la santa misa, acompañada con los acordes del órgano y, al final, se cantaba el responso.

La liturgia en el convento de Ocopa estaba en unas cosas tal como las mandaba las nuevas normas, pero en otras iba a la zaga y eso era algo muy comprensible, sobre todo tratándose de los pueblos de la sierra tan acostumbrados por generaciones a verlas y vivirlas en ese carácter tradicional. En nuestra casa de estudios tratábamos de hacer comprender a la buena gente que ya era hora que la misa se celebrara en castellano y de cara al pueblo, que los cantos iban a ser también en castellano y con otro tono menos gregoriano, que no se celebrarían misas diaconadas, porque estaban permitidas las concelebradas, que todo el pueblo debería participar en la santa misa y, especialmente, en aquellas respuestas que correspondía al pueblo, y que cantaran todos los cantos que iban saliendo nuevos y que nosotros queríamos enseñarles; que el luto que cubría el retablo del altar tenía que desaparecer, y lo mismo el catafalco, etc. Unos lo entendían, otros a medias y otros que querían misa con tres padres, con lienzo negro y con catafalco, de todo había.
Como a veces salíamos sin hábito a la calle, a la gente le decíamos que se acostumbraran a vernos unas veces con el hábito y otras sin él.

La costumbre de la gente del pueblo era decir: sí, padresito, pero a la hora de la hora: nones.
El “Cholo Ramírez”, este personaje era un dentista llamado Esteban Ramírez y tenía su consultorio en la Calle Real de Huancayo. Los días martes de cada semana, después de la siesta, el hermano Barrena, algún que otro padre, y algunos coristas, iban en el carro del convento a Huancayo, cada uno por distintas motivos. Los coristas solían ir al hospital del Carmen, o a un médico particular o al dentista, pero solo a aquellos médicos o dentistas que no cobraban la consulta. El cholo Ramírez (él mismo se mencionaba así) era uno de ellos, era una persona agradable, culta y caritativa que nos curaba o nos sacaba las muelas o dientes, nos daba consejos de cómo cuidar la dentadura y nos hacía pasar un rato agradable en su consultorio.

Antes de la seis nos reuníamos en la Inmaculada, donde el padre Guardián, Pedro García, nos daba una buena merienda, y jugábamos al sapo o al ping-pong antes de regresar a Ocopa. Pasábamos una tarde distinta y distraída (si no te habían sacado una muela).

Al Padre Guardián, Roque Irazabal, un año antes de ir nosotros a Ocopa, se le había perdido (“decía”) de su cuarto una cantidad de dinero. Después de hacer la pesquisas correspondientes y no hallar al culpable, determinó, sin ningún escrúpulo de escándalo y mal ejemplo, llamar a los investigadores (la PIP) que tuvieron la plena libertad de entrar en las celdas de los coristas en busca del tesoro, pero no encontraron ni rastro del dinero ni al sospechoso.

Un día aparece el P. Guardián cerca de la puerta del comedor, había hecho sus provisiones para todo el año de licores, galletas y algo más, en el almacén que hay junto el comedor, donde también se guardaban las papas. Algunos coristas que estaban viendo el acopio, entre ellos estaba yo, le pidieron al Guardián algo para el coristado, naturalmente se negó. El Padre Guardián, que ese día estaba de buen humor, me preguntó cómo era eso de un “chato de manzanilla”, le estuve dando unas cuantas explicaciones y él se reía. Mientras tanto, uno de los coristas se coló dentro del almacén y se sacó una caja de vermut sin que el padre se diera cuenta y la levó al coristado. Esta bebida era tan poco apetecible que duró de uno a dos años y nadie le hacía caso. Pero nos dimos el gusto y la emoción de poder escapar a sus pesquisas y desconfianzas.

Recuerdo que, en el cumpleaños de uno de nuestros compañeros, habíamos decidido hacer algo para festejarlo. Por casualidad, o providencialmente, no sé, encontramos un hermoso conejo que se había escapado de la conejera, lo agarramos, y ya en nuestras manos decidimos guisarlo y comerlo entre los que sabíamos lo de la caza, y festejar a nuestro compañero. El lugar más oculto y privado que encontramos fue el sótano del teatro. Por otra parte había que remojarlo con algún líquido y nada mejor si era vino. El encargado de cocinarlo fui yo, por la experiencia adquirida en Arequipa, y todo lo pudimos hacer y nadie se enteró fuera de los que participamos.

Días después el encargado de los conejos pregonaba que faltaba uno, llegó la noticia a oídos del Guardián que dijo: eso lo soluciono llamando a la PIP.

Desde ese día decidí hacerme cargo de los conejos que estaban muy abandonados, sin ningún cuidado y sin técnica. Se lo propuse al Padre Maestro y este, al Guardián y consintieron.

La conejera.
Cuando entré en la conejera lo hice con la compañía y consejo de Plácido Calvo, estudiamos la situación de las jaulas, el número de conejos, padrillos y madres. Las jaulas era buenas, mejor que las que teníamos en Arequipa, estaban bien hechas y con buen material; la población conejil era regular, pero no era de raza fina; los padrillos se veían viejos y era urgente encontrar unos buenos sustitutos, no de entre los conejos de esa misma conejera, si no que habría que buscarlos de afuera; y las madres, aunque no eran de raza fina, se podían quedar. Deliberamos si le decíamos o no al Maestro lo que se necesitaba para repuntarla y hacerla operativa y productiva. Primero, acordamos investigar en el pueblo si alguien criaba conejos y si era posible, al menos, conseguir un buen macho. Con la ayuda de Barrena todo nos resultó muy bien. Conseguí mi propósito: aumenté la producción de carne, como para poder comer una vez por semana toda la comunidad. Y, con el tiempo, algún que otro corista me pidió algún que otro conejo para regalar a sus amistades. No fue necesario consultar al Maestro.

Personajes típicos de Ocopa y cercanías.
Poco a poco fuimos conociendo a la gente que de alguna manera estaba ligada al convento de Ocopa, unos por su devoción y otros por devoción a la comida que se repartía todos los días de lo que sobraba del comedor, la que se preparaba en una esquina de la Obrería, la encargada una señora mayor, de la familia Sarapura.

Cuentan que, en sus ratos libres, el Padre Buenaventura, filosofo y persona de fino sentido del humor, le gustaba pasear por la alameda y alrededores del convento. Un día, a media mañana, a la hora que se iban acumulando los pobres de santa Rosa y pueblos vecinos con su latita en la mano y en la otra una cuchara de palo para recoger la comida (o la sopa “boba”), venían de camino unos cuantos del pueblo de santo Domingo, capitaneados por un hombrecito de mediana edad, estaban mal vestidos, peor peinados, descalzos y sucios, porque solo se bañaban con el agua que le caía de la lluvia y sin quitarse la ropa; a su paso iban dejando una estela de olor que tumbaba, y ese hediondo bálsamo por un largo rato anulaba las agradables fragancias del eucalipto, la retama, la manzanilla y el anís del campo. Se cruzaron con el Padre, y al verlo estos típicos personajes lo saludaron con una amplia y babosa sonrisa, que era lo que mejor sabían hacer. El Padre, venciendo los escrúpulos, se les acercó, y al que iba a la cabeza le pregunta su nombre, el pobre le contestó en su rematada lengua lo que pudo, pero el padre no entendió nada; le pregunta por la edad: ¿cuántos años tienes?: corinta (40 años) le contestó. Ante esta respuesta el Padre se sonrió y se retiró. Más tarde contó el diálogo con este personaje y la edad que tenía, y desde entontes (“opa”, palabra quechua que significa mudo) se quedó con el apodo de “corinta”. Desde que nosotros llegamos a Ocopa hasta que nos retiramos de allí, siempre que le preguntábamos su edad al “opa” nos decía “corinta”. Este personaje se podría comparar con el famoso “Caravaca” del Callao, que siempre lo encontrábamos con la misma apariencia y apoyado en la pared del templo “El Faro” con su cara despreocupada.

La población del contorno del convento en general gozaba de una saludable vida en valores de orden espiritual, aunque también, y hasta en exceso, de orden material, pues se bebía demasiado licor. Pero era sencilla y acudía al convento con el fin de cumplir alguna promesa o a buscar paz y sosiego. Cuando acudían en masa era en las fiestas más importantes de la Orden o de la Iglesia, como en Navidad, Semana Santa, el Apóstol Santiago, Santa Rosa, la Porciúncula, San Francisco; cuando había ordenaciones, Profesiones Solemnes, etc. Recuerdo que una vez, en que nuestro querido Cardenal, con motivo de los doscientos cincuenta años de la fundación del convento de Ocopa, recorrió el Valle del Mantaro y Ocopa, le preparamos un masivo recibimiento. Acudió tanta gente del Valle, que se hubo de celebrar la Santa Misa en el Atrio de la Iglesia. Como no todos podían verlo, por el gentío, un hombrecito que estaba acompañado de otro de menos tamaño, le dijo: mira, mira, ahí está el Cardenal. ¿Cuál, cuál es?, le pregunta. A lo que el otro le responde con toda seriedad y sencillez: el que lleva la “cojudez” (Mitra) en la cabeza.

Había otros que eran un poco más versados e inquietos por saber sobre la Biblia, por eso preguntaban y preguntaban de algo que no entendían bien o lo habían malinterpretado, y el padre, en este caso el P. Gregorio, le contestaba dándole a entender el verdadero significado. Sabe, Padre, le dijo el que había preguntado: “es que yo también tengo mi tanto por ciento de ortodoxia”.

Cajas Espíritu
Desde antes que nosotros llegáramos a Ocopa este personaje, de unos cincuenta años de edad, muy simple, con muy poca cultura y sin ningún equipaje vivía en el convento. Parece que fue al convento pidiendo ingresar en la Orden, lo recibió el Hermano Barrena, al que también le gustaba tomar el pelo, y lo admitió, le dio un habito viejo de los que usaban los “osos” (jóvenes postulantes para hermanos) y lo introdujo poco a poco en el convento; primero en la hospedería, luego en la chanchería, después se le veía cortando alfalfa, hasta que, con el tiempo, llegó a tener una celda en el claustro del olivo. La comunidad llegó a acostumbrase, a verlo, y a tolerarlo, pues no molestaba para nada y era servicial sobre todo con el Hermano Barrena, que lo utilizaba para lo que fuera necesario, hasta lo vistió un día para hacer de subdiácono. Entonces, al hombre simplón le entraron ganas de estudiar y llegar a ser sacerdote, Barrena, siguiendo con la toma de pelo lo mando donde el Padre Goiko. El Padre lo citó para encontrarse con él después del almuerzo y hacerle una prueba. A la hora de la cita, el Padre llevó un libro escrito en hebreo y griego, lo da a leer a Cajas Espíritu, este lo mira de un lado, de otro, lo voltea, lo pone hacia arriba y hacia abajo y no pudo leer. El padre, muerto de risa, igual que todos los presentes, le dice que seguramente necesitaba lentes, para ello lo manda donde los estudiantes y estos le recomiendan que vuelva al día siguiente y que lo vería un especialista que estaba por llegar. Mientras tanto, los estudiantes habían adaptado un cajón de madera, le pusieron un foco interior y ya estaba listo el aparato de medir la vista. Al día siguiente, a Cajas Espíritu, uno de los estudiantes que estaba vestido con mandil blanco lo sienta en una silla, le manda poner los ojos en los agujeros de la caja y enciende la luz. El pobre se siente encandilado, por lo que cierra los ojos, pero el oculista le manda abrirlos porque, de lo contrario, no puede determinar qué clase de lentes eran los correctos, intenta de nuevo abrirlos, pero ante la luz los vuelve a cerrar. Y entre risas y disimulos lo tuvieron un rato, hasta que al fin le regalaron unos lentes que tenían preparados y lo despiden. Al otro día ya con lentes, el Padre le entrega de nuevo el libro, lo vuelve a mirar y remirar y como no podía leerlo, porque estaba en hebreo, le devuelve el libro al padre y le dice: “libro jodido”.

Rinconete
El chanchero o porquero era también un hombre típico en su lenguaje, pues decía palabras de difícil traducción, como, “rinconete”; después se supo lo que quería significar esta palabra. Resulta que en la vaquería había un hermoso ejemplar de toro, muy celoso, como lo son todos los astados en defender su querencia y cualquiera que se introdujera en su territorio era embestido inmediatamente. Los toros son muy cortos de vista, pero tienen muy desarrollado el olfato, por eso, más por el olfato que por la vista, buscan a su posible competidor y lo atacan con los cuernos. A nuestro “Capurro” (que así se llamaba el toro), lo solían sacar a la huerta a pastar y a caminar un poco, a veces lo ataban y otras no; cuando alguien caminaba por el lugar donde estaba el toro, el buen pastor de porcinos, gritaba avisando del peligro al despistado que se arrincone, pero dicho por él era “rinconete”.

Después del Capurro llegó un becerro, regalo del Padre Lorenzo Pelosi, como era pequeño y mamón, los coristas y todos los que iban a la vaquería le pusieron por nombre “el Pelosi”, y lo vimos crecer y le augurábamos que con el tiempo sería un buen ejemplar y padrillo del establo, cosa que así sucedió; el becerrito también estaba acostumbrado a vernos e incluso a jugar con nosotros, Cuando “el Pelosi” llegó a ser eral o novillo, ya era un enorme animal de respetable cuidado, aunque él seguía siendo manso con nosotros, entraba a nuestro campo de fútbol y pastaba mientras nosotros jugábamos.

En tiempo de exámenes muchos teníamos la costumbre, durante la hora de la siesta, de salir al campo del coristado y echados en el pasto a repasar nuestros apuntes para el examen. Un compañero, llamado Felipe Aguilar, en una de esas repasadas le entró sueño y se quedó dormido; “el Pelosi” (que ya era por lo menos novillo), comía las hierbas del campo, pero vio unas de color blanco, se acercó, las olió y no le parecieron malas y entonces se las comió; buscando más, con el morro empujó los hombros del dormido Felipe para ver si había más de esas hierbas blancas tan exquisitas. Se despierta Felipe sorprendido, furioso y de mal humor, busca sus hojas y las ve en la boca del toro, ya todo estaba consumado. Pero buscó la venganza, que no tardó, y fue así: el día siguiente, a la hora de la siesta, llegó el toro como de costumbre, Felipe, que se había armado de hojas de periódico, se escondió detrás de la pared del frontón, llamó al toro, moviendo las hojas para que las viera, el toro poco a poco se acercó, abrió la boca y empezó a comer y, en ese momento, nuestro vengativo compañero, encendió un fósforo lo arrimó al periódico y el papel ardió rápidamente; el toro se quemó el morro, por lo que el pobre animal sintiendo el ardiente dolor en su cara, resoplaba, berreaba como loco y dando coces a la carrera se fue derecho a su querencia.

Antes de terminar el curso y de hacer los exámenes finales, en el Aula Magna se dieron las exposiciones de los temas que nos ponían nuestros profesores de cada una de las materias estudiadas. Eran trabajos realmente hermosos, y me acuerdo de uno que lo veía muy enredado sobre la existencia o no del Limbo. Yo veía el Limbo como un cerco celestial que no dejaba entrar en el cielo o al infierno a los niños muertos sin bautismo. Se apoyaban los argumentos especialmente en los evangelios, que dicen que Jesús bajó a los infiernos a sacar a las almas de los santos padres que estaban esperando su santo advenimiento. La conclusión era que existía el Limbo.

Me acordé de Miguel Server que fue condenado por Calvino a la hoguera por defender que el Hijo no podía ser eterno, como el Padre, puesto que si era Hijo tendría que haber sido engendrado por el Padre aunque fuera un segundo más tarde. Por lo tanto, Jesús era Hijo del Padre Eterno y no podía ser Hijo eterno del Padre. La Fe sobre la Trinidad afirma que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son eternos, ninguno tiene origen ni fin, han existido siempre, y nunca dejarán de existir y que ninguno es anterior al otro. Cuando nosotros hablamos con un lenguaje humano, y con este lenguaje humano expresamos nuestras verdades lógicas (como hizo Galileo), o las reveladas (los profetas), entonces todo este lenguaje adolece, y la correspondencia entre el concepto y la palabra no es siempre la más apropiada. En filosofía se confía en la razón y en la demostración lógica, pero hay muchos conceptos que se refrieren a algo o a alguien, pero son solo conceptos que no reflejan necesariamente ni verdaderamente lo que es.

Siempre me ha parecido que privar a esos niños inocentes de la gloria del cielo, por el solo hecho de morir sin bautizar, es una crueldad. Hemos visto a tantos niños, especialmente los de la geografía africana, donde las pobres y esqueléticas criaturas morían por inanición junto al también cadavérico cuerpo de sus madres, y que (ellas) estaban dispuestas a darle a sus hijos hasta la última gota de su sangre con tal de darle unas horas más de vida, por si acaso alguien se compadecía y lo salvaba, prefiriendo (ellas) morir en esta esperanza antes que sus hijos.

Ya, para fin de año, teníamos los exámenes finales. Pero surgió una polémica si había que hacerlos orales o escritos. El problema parece que surgió porque el Padre Goiko dijo haber una posibilidad de tomar oralmente los exámenes (yo nunca lo oí), y parece que el P. Tapia ante nuestros ojos lo aprobaba, pero ante la comunidad educativa estaba de acuerdo en que se hiciesen por escrito. La voz cantante la llevaban siempre los de cuarto año, además eran mayoría y ya desde el principio mostraron su rebeldía negándose a recibir el diaconado, y tanto era su postura de no ceder que estaban dispuestos a resistirse hasta las últimas consecuencias. El P. Goiko, como prefecto de estudios, nos convocó a todos a una asamblea, donde expuso sus razones que, aunque no eran convincentes, sí convenientes, se acordó someternos a los exámenes finales.
Superado el incidente de si escrito u oral, los exámenes finales los hacíamos en el Comedor del convento, sentados en nuestras mesas, con unos papeles en blanco esperando las preguntas o temas que nos pusieran nuestros profesores. Estos exámenes no eran en realidad difíciles sino largos, pues muchas veces había que desarrollar un tema que llevaba tiempo. Solíamos sacar buenas notas, que oscilaban entre dieciocho a veinte.

Próximos a la Navidad, había que levantar el Nacimiento, que con mucha razón era de lo más hermoso y atractivo de todo el valle y quizás de todo el Perú, creado por el ingenio de nuestros antiguos coristas. Era tarea de muchos, por los muchos detalles que había que configurar año tras año, siguiendo una norma general; también era necesario reparar algunas figuras, casitas, luces etc., que con el uso se iban deteriorando. La rueda del reloj que al girar iba dando luz y movimiento a las figuras, también tenían algunas piezas gastadas, mirando y repasando cómo se podría solucionar ese pequeño problema que, aunque no atañía a la mayoría, si quitaba donaire al conjunto, a mí se me ocurrió un ingenioso sistema de alambre de cobre en forma de escobilla y a la hora de probarlo dio buen resultado.

Pasadas las Navidades, el día de Reyes no hubo ordenaciones como era de esperar. Se hizo el reparto en dos turnos en donde pasar las vacaciones, y me tocó pasarlas con Plácido Calvo en Trujillo. Días antes, el Padre ecónomo de la Comunidad, Padre Félix, nos dio a todos una cantidad de dinero para comprarnos un pantalón, camisa y ropa de baño, los que iban a la costa. Nos pidió, eso sí, que pidiéramos factura, cosa que fue muy difícil, pues todos o casi todos fuimos a la feria de Huancayo por ser más barato, pero no daban ningún comprobante de pago.

Casi sin sentir terminábamos el primer año de nuestra formación en Ocopa, poco a poco fuimos convirtiéndonos en Ocopinos y Odoriquenses, esta última palabra era dicha por algunos para referirse a la mística extática que nos iba inculcando el padre Odorico Saiz, como herederos de un glorioso pasado misionero.

La Chacra y el tractor.
Cuando estábamos en Arequipa, recuerdo que el Padre Lafuente nos hablaba de sus trabajos espirituales y materiales que hacía junto con el Padre Mauro y Goiko en Comas y en el convento de Ocopa, cuando eran estudiantes. Lo de ir a Comas yo lo veía muy difícil, pero no lo que podría hacer en casa, es decir, trabajos materiales en la chacra. Me hice amigo del tractorista y le pedí que me enseñara manejar esa máquina de fuerza y, como vio que se lo pedía con interés de aprender, no tuvo inconveniente. Primero me dio unas lecciones teóricas y después prácticas y en una semana ya era práctico. En realidad es muy fácil, porque no es una máquina de correr, sino de remover la tierra con más potencia y más rápida que una yunta de bueyes, y para ello hay que tener control del acelerador y los frenos, el de la derecha o el de la izquierda o ambos a la vez; las marchas para hacer rodar el tractor: la primera o las siguientes marchas para dar más o menos velocidad; las palancas: para levantar o bajar el arado o el trillo; y, sobre todo, buen pulso en el timón para hacer derechos los surcos. Todo esto, claro está, sin que lo supiera el Maestro ni el Guardián y contra reloj, tan solo en la hora de recreo o en los días que no había clase. Alguna vez ya había llevado el tractor a distancias más largas, también por las chacras, por lo que lo conocía bien y lo trataba con mucho cuidado y fijándome bien lo que hacía; también sabía poner el remolque y entrarlo en la vaquería cargado de alfalfa para los animales.

Un día jueves que bajaba en bicicleta de la escuela de san Antonio donde hacía catequesis, veo en el pináculo del cerro Jerusalén al Hermano Barrena y al chofer del convento junto a la camioneta, me acerqué a ellos y me dijeron que se habían quedado sin gasolina. Dame la llave del tractor, le dije, te lo traigo hasta aquí y la remolcamos hasta casa, y les pareció bien. Llego al convento, entro en el garaje y saco el tractor, apenas comienzo a salir por el portón de Matahuasi, cuando aparece el Guardián, me mira y me ordena bajar, yo le dije lo que había pasado con la camioneta. Dame la llave inmediatamente, como le insistí en lo urgente que era, me gritó y me llamó desobediente y no sé qué más. Le entregué las llaves y me fui a mi cuarto. Esa misma noche me llamó el Maestro y me dijo que fuera a pedirle perdón al Guardián, cuando llego todo avergonzado ante él y dispuesto a recibir una gran reprimenda, me di con la sorpresa que me recibió bien, y me dijo que lo que estaba haciendo era bueno, pero que primero había que pedir permiso.

Pedir permiso era algo que a todos los coristas nos costaba mucho, porque teníamos la experiencia de que casi siempre era un no, por repuesta.

Nadie duda que pedir permiso es conveniente, sobre todo recordando la experiencia del P. Agustín Oña con el P. Isidro Salvador. Nos contaban los padres más antiguos que en tiempos, Agustín Oña e Isidro Salvador, siendo estudiantes en Ocopa, además de las leyes canónicas también habían aprendido las leyes de la aeronáutica, y que el inquieto y creativo P. Oña había inventado una planeador capaz de volar por los aires y lo tenía construido, pero que solo faltaba el piloto de pruebas; fue buscando un voluntario por todo el coristado, hasta que encontró al más idóneo: Isidro Salvador. Llegado el día de la prueba, todos los coristas estuvieron presentes para ver el vuelo experimental. El piloto subió junto con el planeador a la altura de la pared del frontón, se lanzó al vacío y planeó un poco, pero como al inventor se le olvidó ponerle ruedas de aterrizaje a la aeronave, a la hora de tocar tierra tuvo una caída desastrosa. Felizmente el ángel de la guarda ayudó al P. Isidro Salvador a no perder la vida, tan solo recibió algunos golpes y malestares temporales que, con el tiempo, desaparecieron. Aunque el P. Gervasio González tenía sus dudas, y, en son de broma, le preguntaba al P. Isidro, si ese echarse hacia un costado al caminar no sería una secuela del aterrizaje…

El viaje a Lima, antes de nuestro destino final, lo hicimos en parte en tren y parte en auto, porque al ir vestidos con el hábito franciscano no nos cobraban el boleto del tres, bastaba una constancia o boleta que tenía el P. Guardián; pero de Lima a nuestra sede final había que sacar pasaje pagado ida y vuelta, para esto y algunos gastos del camino también nos dieron nuestra propina que, aunque no era muy generosa, sí cubría nuestras necesidades. El día señalado, primero de febrero de 1969, en la estación de Matahuasi tomamos el tren de la sierra o ferrocarril central y, al poco de tomar asiento, ya corría el rumor que el tren no pasaba de la Oroya a causa de los derrumbes (huaycos), rumor que se convirtió en realidad. El tren no pasó de la Oroya, pero había en el lugar un buen número de autobuses y colectivos que nos podían llevar a Lima, el problema era que si gastábamos el dinero de las propinas nos íbamos a quedar sin nada o tendríamos que volver a Ocopa, pero esto último lo descartamos. Decidimos usar los colectivos y quedarnos sin propina, felizmente el gasto no nos salió muy alto, aun nos quedaba algo. Tomamos el colectivo que nos llevó hasta Matucana, donde vimos una larga hilera de autos, camiones y autobuses, preguntamos qué sucedía y nos dijeron que llevaban como dos horas parados por culpa del Huayco. Pues nada, a esperar o a caminar hasta Lima, pero como era de noche decidimos pasar la noche en Matucana. Paseábamos por la carretera y vimos algunos puestos y restaurantes en el pueblo, pero no era cosa de gastar el poco dinero que nos quedaba; en una esquina vimos a una mujer vendiendo café, le preguntamos por el precio que, aunque era alto, nos daba para una taza de café y un paquete de galletas, cuando probamos el café aquello no sabía a nada, era agua caliente con un poco de algo que le habría dado un color oscuro, estaba malísimo y le dijimos que no nos sirviera, preferimos comer solamente las galletas. La noche la pasamos caminando, y a eso de las cinco de la mañana se abrió el tránsito en la carretera. Llegamos sin novedad a Lima.

Cuando nos vio entrar el padre Braulio se alegró mucho y nos dijo que estábamos de buen color, fuimos a la cocina, donde el hermano Aróstegui, que, con su eterna sonrisa, nos dio panes y fruta y café del bueno y con leche.

Averiguamos las salidas de los colectivos para Trujillo y había para las 10 de la noche, le pedimos que reservaran dos, el resto de los coristas que iban para Cajamarca, Huaraz y Chiclayo hicieron lo mismo. Almorzamos en los Descalzos, vimos a los Novicios, se alegraron. Después del almuerzo el Maestro nos dejó entrar a Calvo y a mí.

Llegamos al amanecer a la ciudad de la eterna primavera cuando estaba para amanecer, encontramos las puertas del convento cerradas, aunque no tuvimos que esperar mucho rato, nos recibió el Hermano Félix, el P. Tarazona, y el P. Jesús Pérez. El P. Guardián estaba ausente de vacaciones. Nos parecía soñar al volver al convento de Trujillo no ya de seráficos sino de frailes, pues, aunque habíamos estado solo de paso varias veces, guardábamos buenos recuerdos de esta alegre ciudad, sobre todo de sus playas. Durante el desayuno saludamos al P. Álamo y al P. Salvador Saiz. Nos pusimos a las órdenes de P. Jesús. Estábamos cansados del viaje, pero no nos fuimos a dormir, ya habría tiempo para eso.

Pasaban los días entre cortos paseos por la ciudad, alguna que otra vez fuimos por las playas y donde más parábamos era en el despacho parroquial ayudando al Padre Jesús en la secretaría, donde anotábamos bautizos, que eran muchos, expedíamos partidas de bautizo y limpiando el convento que, por cierto, tenía una buena cantidad de polvo.

Cuando llegó el P. Guardián, ya nuestra actividad fue algo más variada, desde cantar misas en el coro, subdiaconal, y hasta alguna que otra salida a los pueblos acompañando al padre en su misa.
El Padre Guardián hablaba de poner un intercomunicador para ahorrar tiempo y pasos entre el despacho parroquial y las celdas de los padres llevando los recados o, en lugar de tocar la campana, nosotros lo animamos y nos comprometimos a instalarlo, le pareció bien al Padre Alzaga y nos dio la responsabilidad de hacerlo. Compró el aparato, lo examinamos y vimos que era fácil, solo necesitábamos un buen metraje de cordón eléctrico. En dos días estuvo listo y funcionando bien. Pusimos en todas las habitaciones el contestador de llamadas y la centralita en la portería; en la celda del P. Jesús no lo pusimos porque era muy celoso de las cosas que guardaba en su cuarto, especialmente el alambique donde elaboraba su precioso licor “ricosoy”, a base de palo santo.

Así pasamos nuestro mes de vacaciones menos dos días en Trujillo. Para el regreso nos pagaron los pasajes y nos dieron una propina. Además, en los días de vacaciones no nos faltaron los helados y las gaseosas. También conocimos el templo de san Francisco (hasta la Independencia fue de nuestra Orden), en ese tiempo estaba en posesión de los Padres Dominicos.

El viaje de vuelva, desde Lima a casa, lo hicimos en tren, la estación central (Desamparados) está cerca del Palacio de Gobierno. Nos acomodamos en nuestros asientos y el tren se puso en marcha y lentamente comenzamos a subir a la sierra. Esta vez si nos llevó hasta la estación de Matahuasi. Por el camino estuvimos muy distraídos mirando las quebradas, pequeñas mesetas, montes empinados, el paso por el puente del “Infiernillo”, la cantidad de túneles y las maniobras del tren hasta llegar a la cumbre, a casi cinco mil metros de altura, y en esa altura casi se puede coger la nieve sacando la mano por la ventanilla del vagón.

Nos anunciaron que habría ordenaciones y que el obispo que haría la consagración sería Monseñor Buenaventura León de Uriarte, Vicario Apostólico de san Ramón. Pero no todo el grupo se ordenaría, se había descartado a dos por castigo y dos por voluntad propia. A Pedro Vidalón y Palomino se les castigaba por un año a vivir en un convento fuera del Ocopa, y Diego Barbero y Vicente Gutiérrez habían pedido tiempo para pensarlo bien. Los que recibirían la ordenación, fueron: José Santamaría, Emiliano de María, Policarpo Garrido, Gonzalo Leonardo, Gervasio González y Moisés Bravo, la fecha estaba prevista para el 18 de marzo (1969). Unos días antes llegó a Ocopa Monseñor León de Uriarte, persona muy agradable, piadosa e infatigable Obispo y celoso de su rebaño. Nos visitó en el coristado durante el recreo de la noche y disfrutaba como un muchacho escuchándonos e incluso hasta se reía de nuestros chistes y anécdotas. Conversando con él nos enteramos que pasó una noche, junto con el Padre Pelosi, en Matucana, la misma que nosotros.

Ese año, después de nuestro regreso de las vacaciones, se retiraron del convento algunos de nuestros compañeros: Amador Álvarez, Martiniano Izquierdo y Lorenzo Manzaneado, de los siete que éramos ya solo quedamos tres: Juan Moya, Plácido Calvo y Fermín Cebrecos. Esta vez no nos chocó tanto la salida de nuestros compañeros, pues era una salida anunciada.

Vinieron a ocupar el primer año de teología solo dos “arequipeños”: Ángel Soto y Felipe Aguilar, pues su compañero, Percy Chávez, había salido rumbo a su casa desde Arequipa. Ángel Soto era un chico que en todo círculo en que hubiera una conversación siempre se metía él, y casi siempre era para contradecir. Cuando llegó a Ocopa, se le veía sin mucho entusiasmo y no duró mucho, pronto dejó el convento y sentimos su salida, pues nos habíamos acostumbrado a esa forma extraña de actuar, aunque sin malicia, pues era por el solo hecho de hacerlo, tal vez por su carácter de riojano. En cambió, Felipe, su compañero, duró un poco más, uno o dos años, y también salió, éste era más introvertido, estudioso, inteligente y melancólico.

Pasados unos cuantos años, después de nuestra ordenación, todos los que regresábamos a España a visitar a nuestras familias, teníamos la aspiración de volver al Castillo de Anguciana, y recordar “in situ” lo que un día fue nuestro hogar, y revivir los recuerdos y anécdotas de la niñez y adolescencia, y el ideal de llegar a ser misioneros en el Perú. También sentíamos la curiosidad de conocer el nuevo convento de Logroño, para conocer el cambio.

Las dos casas me desilusionaron, porque a Anguciana no pude entrar, todo estaba abandonado. En cuanto a Logroño, con la venta de Anguciana y la aportación de la Provincia se había adquirido este Convento de Logroño en tiempo récord y en tiempos difíciles y no cumplía su fin.

Lo noté como si fuera la posesión de unos cuantos privilegiados y que disfrutaban del sacrificio y esfuerzo de los “misioneros” en el Perú.

2 comentarios:

  1. No sé si se llamaba Pelosi, pero lo cierto, Juán Ramón, es que a mi me pasó algo similar. No me dio tiempo de recoger los papeles al ver venir de frente tremendo animal, pero si me dio tiempo de ponerme detrás del árbol cuya sombra me cobijaba. Ahí me refugié y en mi se produjeron dos sentimientos encontrados. Por un lado no podía perder los apuntes, eran el trabajo de mucho tiempo, por otro no me atrevía a moverme del lugar. Lo único que me consoló un poco, muy poco, fue que en una de esas que se acercó al árbol le propiné un garrotazo donde más les duele a los hombres, me imagino que al toro también y este se fue, pero la escena del crimen estaba consumada.

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  2. "Buenas tardes, José Luis:
    Sí me acuerdo de "El Pelosi", pero no de mi venganza, aunque es posible que así fuera. ¡Es tan frágil mi memoria!. Faltaría confirmarla con algún testimonio más. De todas formas más que ingeniosa fue cruel. ¡Pobre animal! Se le atragantarían todas las letras, y de un periódico, y para toda su vida. Pero, en verdad, no me veo tan desalmado, aunque si eran los apuntes de un curso de teología, o de ascética o mística, o alta espiritualidad, en época de exámenes, ¿qué mejor que condenar al hereje con penas parecidas a las del infierno?.
    La opinión que tiene Moya sobre mí es bondadosa, vista su cordialidad. No me reconozco como introvertido y melancólico, aunque es posible que en épocas en que la decisión sobre mi futuro sobrevolaba y punzaba mi conciencia, me hiciera vacilar y apareciera como taciturno, dada la importancia de dicha decisión. Ya sabes: lo de la vocación, la de la indignidad de quien ha puesto la mano en el arado y mira atrás, el cordonazo de S. Francisco, que machaconamente se nos recordaba ... Era toda una zozobra. Sí me recuerdo como perfeccionista y, por tanto, un poco riguroso e inmisericorde con las opiniones y actitudes de los demás; un poco rebelde y muy inconformista con mentalidades que me parecían medievales, con ciertos modos de ese estilo de vida religiosa que se pretendía mantener, con esas divisiones y luchas intestinas entre los frailes por ocupar los puestos de dirección; por la frustración de no poder captar esa "alegría franciscana" con que se debía vivir en fraternidad; por ver cómo se extendía por todo el panorama una neblina de abulia que envolvía todo en desaliento. La conducta de un hijo mío, -esa rectitud sin atisbo de condescendencia- me ha hecho recordar cómo era yo con su edad.
    Pero creo que estas perplejidades subyacentes no afloraran ostensiblemente ni por mucho tiempo. Sólo muy tardíamente me atreví a confiárselas a unos muy pocos, y tu, que compartiste conmigo vaciones en Ica, bien lo sabes. Por mucho tiempo, casi siempre, me sentí alegre, me gustaba participar en cualquier clase de actvidad, era -como se dice ahora- proactivo y interesado en todo, en cosas tan simples que a nadie importaba, como cultivar el jardín, cuidar de las palomas o encargarme de las colmenas. Como digo, me falla la memoria y puedo mezclar ciertos hechos. Pero sí estoy seguro de que me encargué de organizar, y también me organizaron, la celebración de cumpleaños, hurtando y sisando conejos, huevos, patatas, licores, dulces y galletas; así como ciertas salidas furtivas del convento. Y me veo cantando desaforadamente en las idas y venidas en las excursiones con el Toyota, con o sin tu guitarra. Sin embargo es posible que otros apreciaran más en mí el carácter de intorvesión y melancolía. ¡Qué le vamos hacer!. Tu me dirás o quitarás la razón".
    Felipe Aguilar, 28 de septiembre de 2016

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